martes, 3 de octubre de 2017

POLICIA VERSUS PACIFICA CIUDADANIA

          Soy uno de tantos españoles que estuvo el pasado día 1 pendiente de los sucesos de Cataluña. Respecto del fondo de la cuestión prefiero no decir mucho, porque creo que ya se está diciendo demasiado. Mi punto de vista es que no se ha inventado, de momento, ningún sistema que sea tan garante de las libertades individuales como lo es la democracia parlamentaria y el estado de derecho. Sus defectos son evidentes para todos, pero no existe ni ha existido un sistema de convivencia que no los tenga. Actuar ignorando las leyes o directamente en su contra es ir en contra del estado de derecho y caminar directamente hacia el caos. Es el verdadero  atentado contra la libertad. Me doy cuenta que esto está muy cuestionado últimamente y no pretendo dictar sentencia, sino sencillamente dejar clara mi postura.

          Ver las imágenes de la violencia en las calles me horrorizó, como a casi todos. Nunca es agradable ver la parte oscura de la vida. Rápidamente las redes sociales se llenaron de twitts, mensajes y post con fotografías de heridos, cargas de las fuerzas de seguridad y, por resumir, del mantra de la brutalidad policial. Recuerdo especialmente los post de una catalana, amiga mía de facebook, en los que claramente transmitía el espanto y el rechazo a lo que estaba pasando. Nadie puede quedarse indiferente si ve a sus convecinos viviendo esa experiencia. Es lo natural.

          Menos natural me resulto ver como, casi desde el primer momento, se fue formando la «opinión mayoritaria» de que las Fuerzas de Seguridad del Estado estaban machacando a una multitud pacífica que, al fin y al cabo, solo quería votar. Raramente estoy de acuerdo con las opiniones mayoritarias, al menos de acuerdo sin matices. En este caso, estoy especialmente en desacuerdo. No puedo creer que la Guardia Civil y la Policía Nacional llegasen a los puntos de votación (llamarles colegios electorales me parecería una burla), cerrasen tranquilamente los locales y, ya de paso, matasen un poco el tiempo dando porrazos a una multitud pacífica que solo estaba esperando votar, así por capricho. Sin embargo ese es el mensaje que ha quedado establecido y me da rabia.

          Aunque resulte de Perogrullo, parece que es necesario recordar que la Guardia Civil y la Policía Nacional estaban cumpliendo órdenes. Órdenes de una jueza. Que alguno de ellos se excediese no lo niego (no lo sé, pero no lo niego), pero sí tengo que negar lo de la «multitud pacífica». Lo niego porque dias antes del infausto Uno de Octubre ya había «multitudes pacíficas» insultando y acosando a la policía en sus alojamientos; y acosando también a los hosteleros que les hospedaban. «Multitudes pacíficas» cercaron a los miembros de la Guardia Civil y la Policía Nacional en la Consejería de Economía de la Generalidad y en otros lugares a los que les llevaron, repito, órdenes judiciales. He visto a la fuerzas de seguridad cargando contra la gente, pero también he visto (¿yo solo?) a la «multitud pacífica» escupiéndoles, lanzando sillas y vallas, insultando, tirando piedras... Ha pasado en Cataluña como pasó otras veces en Madrid y en otros lugares. Siempre es igual: la policía carga contra una «multitud pacífica» porque sí, porque son unos animales.

          Y ahí está el meollo de la cuestión. En la definición de «multitud pacífica». Llamar «pacíficos» a los vándalos que insultan y apedrean es tan ridículo que no debería merecer la pena comentarlo. Pero así se les llama precisamente: pacíficos ciudadanos. ¿Y la resistencia pasiva? ¿Se le puede llamar a eso ser pacífico? en mi opinión, no. Podría ser llamado «violencia no activa», pero no paz. Tan guerrero es el que se lanza a la carga como el que  espera en la trinchera. Impedir que la policía entre, en cumplimiento de la Ley, en un centro de votación no es ser un «ciudadano pacífico que solo estaba esperando a votar», es ejercer violencia pasiva. «La actuación de la Fuerzas de Seguridad ha sido desproporcionada». Parece ser que así ha sido  en algunos casos, pero también se ha visto el día uno (¿de nuevo yo solo?) a miles de personas sitiando y acosando a unas cuantas decenas de guardias civiles y policías nacionales. Y se sigue viendo ahora como les echan de sus hoteles como si fuesen indeseables, de nuevo entre los insultos y humillaciones de la «pacífica ciudadanía». Igual que en los peores "años de plomo" del País Vasco, a los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado  les hacen el vacío social, a ellos y a sus familias, "pacíficos ciudadanos" .

          A todos nos gusta vivir seguros y amparados por la Ley, pero cuando los hombres y mujeres que dedican su vida precisamente a eso, a protegernos y a proteger la Ley, se ven obligados a actuar violentamente, les dejamos solos a su suerte. Son los bestias, los violentos, los desproporcionados. Nadie mira hacia los verdaderos violentos, hacia quienes de un lado y otro han generado la verdadera violencia con su obstinación, su dejadez y su desvergüenza.

          Ya me imagino que después de escribir esto me espera la del pulpo, porque ahora a todo el mundo la ha dado por ser Gandhi, pero tenía que decirlo.Nos guste o no nos guste, para los tiempos de paz estaba Atenas; para los de lucha Esparta. Y las dos hacían falta.

viernes, 22 de septiembre de 2017

MARQUESA




Pena no, no digais «pena». Decid dolor, rabia, rebeldía. Pero no digais pena. Las marquesas no dan pena. No da pena su vida, no da pena su muerte. No dan pena. Ahora se ha muerto, ahora estamos solos, ahora nosotros damos pena. Pero no ella.

lunes, 4 de septiembre de 2017

VIAJE A TAILANDIA IX

PHI-PHI

Como colofón a nuestro deambular por las tierras de Tailandia nos habían recomendado vivamente pasar unos días en las islas Phi-Phi, un pequeño archipiélago que se encuentra a unas tres horas de Phuket en barco.Se compone de dos islas, Ko Phi-Phi Don y Ko Phi-Phi Leh, y es de ese tipo de lugares  que quedan preciosos en las fotografías, con mogollón de palmeras y rodeadas de aguas de color turquesa. 



Para mi la excursión empezó de la peor forma posible. No entiendo esa manía que tienen las agencias de viaje de obligar a la gente a darse unos madrugones indecentes, cuando daría exactamente igual salir tres horas más tarde. El caso es que me llevaron hasta el puerto de pescadores de Phuket con una resaca mortal de necesidad, consecuencia de mi última aventura nocturna en la Banana Disco, apenas unos minutos después de haber salido el sol. Llegados al puerto me espabilé un poco con el nauseabundo olor a pescado podrido que impregnaba el ambiente.No mucho más tarde   nos vimos amontonados como ovejas en un ferry bastante desvencijado que rápidamente zarpó rumbo al archipiélago. Las tres horas de travesía las matamos intentando mantener el equilibrio  mientras tomábamos el te que nos sirvieron, y contando una y otra vez el asombroso número de maletas, bolsas y mochilas que habíamos ido acumulado en casi veinte días de compras y regateos.



La llegada a nuestro alojamiento en Ko Phi-Phi Don  fue bastante descorazonadora, por decir lo menos posible . El resort  estaba situado una playa de esas paradisíacas de arena blanca y aguas transparentes, medio sepultado entre la lujuriante y frondosa vegetación tropical. Todo muy dentro de ese estilo respetuoso con la naturaleza y el medio ambiente que tanta paz de espíritu proporciona, según he oído decir. Tan encantador y pintoresco era que que no tenía ni un muelle de atraque decente. Un pantalán esmirriado era la única forma de acceso a aquel paraíso en la tierra. Con aprensión creciente vi como nuestro barco fondeaba en medio de aquella pequeña bahía, sin intención alguna de acercarse a tierra para poder darnos la oportunidad de hacer  un desembarque digno y apropiado.


Cinco o diez minutos despues de haber fondeado, se acercaron una sucesión de barquichuelas de madera, largas, estrechas y de aspecto general extremadamente poco sólido, pilotadas por aborigenes de sospechosa catadura. En cuanto esa Armada Invencible de raquíticos esquifes quedó abarloada junto al ferry, empezaron  las barcas a ser bombardeadas brutalmete con nuestros equipajes y los del resto de incautos que habían elegido nuestro mismo destino. Aquel fuego graneado de maletas y demás bultos de viajero provocó en las barquichuelas un bamboleo loco sobre el que, poco despues y a pesar de mis enégicas protestas, nos vimos obligados a bombardearnos nosotros mismos.



Nuestro encantador alojamiento ocupaba un extremo de la playa y consistía en un «lobby» de lo más étnico que se pueda uno imaginar, todo él de madera  con  terrazas   y verandas a diestro y siniestro, con todas las vistas al mar imaginables. El resto era  una serie de bungalows asomando entre lianas y palmeras en los que estaban las habitaciones. Al otro extremo de la (pequeña) playa, otro resort de parecidas carácterísticas. Entre los dos estaba la «aldea de pescadores»:  cuatro o cinco casas  de madera y hojalata dispuestas alrededor de una hoguera, que conformaban lo que podríamos llamar “el área metropolitana” del lugar. Eso era todo.La hermosísima y exuberante vegetación, el silencio roto apenas por el rumor de las olas rompiendo sobre la finísima arena blanca y, sobre todo, la asfixiante ausencia de hormigón, me hicieron comprender con horror que la fatalidad me había conducido sin remedio hasta un puto paraíso natural de mierda.


Una vez instalado en mi bungalow, duchado y habiendo soltado a solas todos los juramentos que se me ocurrieron, me reuní con mis amigos a tomar el gin-tonic de antes de cenar. Para ir del bar al comedor había que atravesar un jardín apachurrado de flores exóticas, dividido en dos por un estanque con su puentecillo a la japonesa y todo. De aquel estanque surgían de tanto en tanto unos estremecedores bramidos que recordaban a los mugidos de una vaca cuando está pariendo, pero cuyo origen era, eso me explicaron, el croar de una rana aborigen en cuyo tamaño probable preferí no pensar demasiado. De vuelta al bungalow me encontré con la deliciosa sorpresa de que una especie de salamandra paliducha, toda ella ojos y viscosidad, descansaba imperturbable en la pared, justo sobre el cabecero de mi cama. Detesto a todas esas  repugnantes alimañas; y no comprendo como se consiente que sigan existiendo con los adelantos que tenemos hoy en día en materia de exterminio de especies animales. Cuando irrumpí aterrado en el bungalow de mis amigas para contarles mi horrible desgracia, en lugar del consuelo esperado me encontré con que se limitaron a señalar al techo, entre risas,  para que viese los dos minilagartos que les habían tocado a ellas. Esas cosas tiene vivir en medio de la naturaleza.


Dormir con una especie de salamandra sobre el cabecero de la cama resulta de lo más agotador. Apagas la luz, cierras los ojos y cuando estás a punto de dormirte te imaginas al bicho paseando por tu cara; enciendes la luz, compruebas que la bicha sigue en su sitio, apagas y vuelta a empezar. A la mañana siguiente, después del desayuno, fuí a informarme de las posibilidades lúdicas que ofrecía aquel espantoso lugar, caso de ofrecer alguna. Paseos, buceos, snorkeleos, diversos deportes acuáticos y toda una ristra más de odiosas actividades similares eran las únicas opciones. Lo curioso del caso es que toda la gente que me rodeaba parecía arrebatada por un afán de practicar todas aquellas locuras ecológicas. Mientras tanto, yo arrastraba el aburrimiento desde  mi bungalow hasta la desierta “cafetería”, o paseaba de extremo a extremo de la playa, sin mayor novedad que la de verme empapado de arriba abajo por algún repentino chaparrón tropical. Las noches, amenizadas por toda suerte de horrorosos  sonidos animales procedentes de la jungla que nos rodeaba, resultaban un poco más entretenidas.


Todas las mañanas un guardia de seguridad,  con innegable aspecto de facineroso, me daba los buenos días con una  caricatura muy graciosa del saludo militar.   Algunas veces, cuando me veía fumando y maldiciendo por lo bajinis en el pintoresco porche de mi bungalow,me traía un coco ya abierto a machetazos y todo, compadecido seguramente de mi triste estado. A sugerencia suya me decidí a bordear un pequeño acantilado hasta la playa vecina, que según me indico entre mímica y sonrisas, era una cosa verdaderamente preciosa de ver. A mitad de camino me llamó la atención un crujir de ramas a mi derecha y al volver la cabeza vi un monstruoso lagarto verde, un minigodzilla que me miraba fijamente con, estoy seguro, las más aviesas intenciones.  Presa del pánico inicié una  huida despavorida y ciega   que termino conmigo en el agua, completamente vestido y tratando de aparentar indiferencia ante la perpleja curiosidad de los odiosos bañistas de los alrededores.


Otro día me decidí a alquilar una barca  para acercarme a matar el tiempo en  Tonsai Beach, que es el puerto principal de la isla  y tiene bares, tiendas y cosas así. No es que sea la juerga mora, pero por lo menos hay ruido y gente yendo y viniendo, no como en nuestro detestable nirvana  natural de Loh Dalum Bay.  Como las tarifas que me propusieron en la recepción del resort me parecieron un atraco a mano armada, decidí, no escarmiento, hacerme el listo y dirigirme a la aldea de pescadores a ver si conseguía mejores precios. La expedición fue un rotundo fracaso. Resulta que los habitantes de la aldea no son tailandeses sino Moken, también llamados «gitanos del mar". Yo no vi allí ni rastro de castañuelas, ni carretas, ni un triste poster de Carmen Amaya, pero si dicen que son gitanos pues será verdad.El caso es que son hoscos como ellos solos y no hacen el menor intento por entenderte. Temo además que su opinión sobre los turistas no es muy buena. Terminé por ir a Tonsai Beach a precio de resort, pero la excursión tampoco mereció mucho la pena. Podéis haceros una idea de lo aburridísimo que estaba si os digo que visité hasta las cuevas en las que se recogen los nidos de golondrina. Las golondrinas de aquellos remotos lugares hacen sus nidos con su propia saliva, lo que resulta de todo punto incomprensible en unos parajes tan atiborrados de vegetación. El caso es que  esos nidos, una vez secos y teóricamente abandonados por los pajarillos, se recogen para hacer una sopa de aspecto particularmente poco apetitoso y que se vende a precio de caviar.



Y así seguí durante cinco interminables días, añorando Phuket terriblemente y rodeado de una turba de desequilibrados que dedicaba el día a arrastrar bombonas de buceo, snorkelear y botar kayaks entre alegres carcajadas. Y cuando daban por terminadas sus actividades acuáticas, se pasaban horas y horas relatando con todo lujo de detalles los maravillosos peces, corales y algas marinas que habían tenido la suerte de ver. De espanto.







sábado, 2 de septiembre de 2017

VIAJE A TAILANDIA VIII

PHUKET

Ko Phuket es una isla (ko significa isla) al sur de Tailandia, en el mar de Andamán, que se ha convertido en lo que podríamos llamar la Costa de Sol de allí. Según me han dicho la isla tiene una razonable cantidad de puntos de interés que visitar y la capital (Phuket City) está adornada con atractivos edificios de un estilo llamado chino-colonial, que son gloriosos vestigios de un pasado en el que las minas de estaño eran la gran riqueza de la región. Ahora es el turismo. Confieso que no hablo más que de oídas, porque en los seis día que estuvimos allí no me moví de Patong Beach.



Patong es al turismo lo que Phuket City fue al estaño y resulta  un sitio ideal para repanchingarse y hacer el vago sin más complicaciones. No soy de los que se recorren diez mil kilómetros para hacer lo que podría hacerse en Benidorm, pero a esas alturas del viaje me encontraba yo algo saturado de tanto bangkokear, ayutthayear y chiangmaizar. Llega un momento en que los sentidos se aturden de tanto prang y tanto chedi, de tanto Buda y tanto Garuda, de tanto templo y tanto palacio. Por otro lado una personalidad tan sensible como la mía puede verse tan fácilmente arrastrada a sufrir los sinsabores del Síndrome de Stendhal, que sería una imprudencia temeraria no proporcionarle de vez en cuando unas dosis de simple y vulgar turisteo al estilo guiri. Varios de mis amigos hicieron las consabidas excursiones, o contrataron tuc-tucs (me temo que a precio de oro) para recorrerse la isla de cabo a rabo, pero en honor a la verdad debo decir que los relatos que me hicieron de sus escapadas rezumaban un entusiasmo narrativo algo forzado.


Nuestro hotel, el Wyndham Grand Phuket Kalim Bay, ocupaba una pintoresca posición  en la falda de una colina, justo al final de la playa. Consistía en una serie de pabellones entre piscinas y jardines, colocados tan vertiginosamente colina arriba que en la recepción paraba un trenecito, un madaleno para ser exactos, que nos permitía a los ocupantes de los pabellones más empingorotados llegar a nuestras habitaciones sin dejar los pulmones en el intento. Para acceder a la zona de bares y restaurantes, que estaban sobre el acantilado, había que cruzar la carretera, con el grave riesgo que supone eso en Tailandia. En fin, tipismo local.


En Patong, aparte de divertirse, hay poco que hacer. La ciudad no es demasiado grande y está formada por dos calles principales conectadas por los consabidos «sois». Todo está lleno de bares, restaurantes, terrazas, mercadillos y puestos de comida. Uno de los sitios más animados es Soi Sea Dragón, en donde se mezclan bares normales y corrientes con otros de putas, o de putos, espectáculos de transformismo y todo el batiburrillo propio de las noches tailandesas: el omnipresente señor de la boa constrictor, el del águila, el saltimbanqui, el tragafuegos... Verdaderamente el mejor espectáculo está en la calle. El asunto de la prostitución en Tailandia y otros países de la zona es espinoso y no entraré en valoraciones éticas y mucho menos morales sobre la cuestión. Sé que hay prostitució infantil, todo el mundo lo sabe, pero yo no la vi. Sí puedo decir que la actitud respecto al sexo es, quizás para su desgracia, eso no lo sé, mucho mas desinhibida que la occidental. Comprendo que en lugares como Patong se intenta mostrar la cara más amable de las cosas porque, al fin y al cabo, es una ciudad que visita todo tipo de gente, desde australianos solterones a familias finlandesas con niños, y lo único que puedo decir es que lo consiguen. Un matrimonio con niños pueden estar sentados tomando algo en la terraza de un puticlub, naturalmente sin darse cuenta, sin que nadie les moleste.


Tan inevitables como los hombres con una boa constrictora al cuello, parecen ser en los grandes centros turísticos de Tailandia los restaurante españoles. Patong, desde luego, tenía uno que no me dejaron más opción que visitar un par de veces. Recuerdo con especial repelús una pularda, al menos eso me dijeron que era, rellena de arroz y nadando en una salsa espesa de una contundencia tan exagerada que todavía siento amagos de empacho cuando pienso en ella. Como compensación a ese españolismo exótico, conseguí que fuésemos a cenar una noche a un restaurante especializado en la «Comida de la Corte», que según cuenta la leyenda es  el tipo de comida que se sirve a la familia Real. Tomamos lo  que aquí llamaríamos un «menú-degustación», por no complicarnos la vida eligiendo platos que, al fin y al cabo, no teníamos ni la mas remota idea de lo que eran. Cuando empezaron a servirnos pensamos que por algún error en la comanda, o por misteriosas razones orientales,  el cocinero había  decidido endilgarnos en primer lugar los postres, porque aquellas bandejas estaban llenas de lo que se parecía mucho a las pastas de te de la confitería Gómez. Pero no. Lo que pasaba era que la comida de la corte consiste en convertir la comida normal y corriente, ya de por sí poco identificable para un occidental, en algo todavía más misterioso y disimulado. Todo está tallado, recolocado, dispuesto y pensado para que haga bonito. Todo está lleno de adornos de colorines y frutas esculpidas. El resultado, lo admito, es innegablemente espectacular; es el churrigueresco tailandes llevado a la mesa, algo así como si a Ferrá Adriá le hubiese dado un ataque de locura rococó. Aquello estaba riquísimo, eso hay que reconocerlo, y resultó indecentemente caro por añadidura.


En Patong se encuentra uno de los recintos más célebres de Tailandia de Muay Thai y allá que nos fuimos. No soy aficionado a los espectáculos de lucha, pero como la lucha tailandesa tiene tanta fama y lo único que había visto hasta entonces fue la cutrez aquella de Chiang Mai, me picó la curiosidad. El recinto era grande, nuevo y luminoso, con el agradable añadido de un bar enorme en el que pasar el rato tomando Shinga, lo que ya era algo. El Muay Thai es una cosa rarísima a más no poder. Cuando los dos luchadores suben al ring y piensas que van a darse de bofetadas, resulta que empiezan a practicar unos rituales misteriosos. Recorren la cuatro esquinas inclinando la cabeza y luego se ponen a hacer unos bailes muy enigmáticos e indescifrables, al son de una música ratonera que recuerda a la de los encantadores de serpientes. Uno llega a pensar que el Muay Thai consiste en la versión tailandesa de aquellas coreografías tan rompedoras que encargaba Diaghilev para Nijinsky, aunque la música recordaba más a Penderecki que a Stravinski. Pero, ay majos, en cuanto acaban las danzas empiezan a darse unas hostias como panes, con los pies, con las manos, con unos agarramientos y retorcimientos feroces como ellos solos, mientras el público se entusiasma hasta el franco enardecimiento. No se si habrá reglas, pero no lo parece. Cuando terminó en primer combate yo consideré que ya tenía Muay Thai para lo que me quedaba de vida, así que me largue con viento fresco (bueno, fresco no, que eso no se sabe lo que es en Phuket) a tomar unas copas a Soi Sea Dragón.


Lo habitual era terminar la noche en la discoteca «Bananas», que era la de moda en aquellos días. Yo  no sé por qué me divertía allí tanto, porque aquello era un calor asfixiante y un abarrotamiento descomunal de gentes de todas las nacionalidades y de diversos colores. Bueno, puede que si lo sepa, pero no es para contarlo en un blog. Como de costumbre, todos mis amigos se marchaban antes que yo. A la salida esperaba la consabida fila de tuc-tucs y sus correspondientes negociaciones, pero entre la hora indecentemente avanzada, el cansancio, el sueño y su poquitín de borrachera, no solía porfiar mucho en el regato. Así todas las noches, salvo una en la que me dio el arrebatamiento de hacerme el europeo listo. Tanto me emborriqué que acabé por decidir volver andando al hotel. Al fin y al cabo no estaba tan lejos y un poco de brisa nocturna tampoco me venía nada mal. Desde «Bananas» al Wyndham Grand Phuket Kalim Bay no hay más que 15 minutos andando y es imposible perderse si uno sigue el paseo marítimo. Bueno, pues me perdí. Media hora después de salir de la discoteca estaba deambulando por lo que solo puedo calificar como el más sórdido barrio marginal que he conocido. Todo eran casuchas bajas y formando un laberinto oscuro y silencioso. Como no hay mal que por bien no venga, poco a poco el miedo me fue quitando la borrachera. A cada paso esperaba caer en la garras de algún grupo de tailandeses malos, o birmanos inflitrados, que  me desvalijarían, probablemente con malos tratos y vejaciones incluidos. Sin saber como, pero en un estado próximo a terror pánico,  llegué a una calle que parecía un poco más civilizada, aunque igualmente desierta, en la apareció milagrosamente un tuc-tuc al que pagué lo que me pidió, no se cuanto, y además le dí propina cuando, minuto y medio más tarde, me dejo a la puerta de mi hotel, al lado del madaleno.

¿Qué más podría decir sobre Patong? Playa de arena blanca y finísima, palmeras, cerveza Shinga en cilindros de poliuretano...  Y orquídeas, orquídeas a porrillo. Adornando los cócteles de frutas, una orquídea; en el plato del postre, una orquídea; en la almohada de la cama, todas las noches, una orquídea. Y poco más, salvo que nuestras rapaces incursiones por los tenderetes de Patong nos obligaron a comprar otra maleta.





domingo, 27 de agosto de 2017

JO SI TINC POR

MIEDO:
1. m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.
2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.


Hace dos o tres días estuve en el Palacio de Festivales de Santander. Se representaba una «Carmen» en versión del Ballet de Victor Ullate». Ese tipo de espetáculos, en Santander, tienen un gran poder de convocatoria: la Sala Argenta estaba llena a rebosar. Poco antes de comenzar la representación, cuando las luces empezaban a atenuarse, se me vino a la cabeza la imagen de un terrorista de Daesh irrumpiendo a tiros en la sala al grito de «Alá es grande». Reconozco que no lo pense como algo probable, pero sí posible. El caso es que sentí por un momento el  «recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea»; esto es miedo según la  definición del Diccionario de la Real Academia. No fue intenso, no fue duradero, pero eso es lo que ocurrió. Creo, aunque esto no es más que pura suposición, que no sería yo el único que pensó en ello.

Estos días, a raíz de los trágicos atentados de Cataluña, la proclama general, la respuesta al terror, es manifestar una y otra vez que no tenemos miedo. En mi opinión eso no solo es falso, sino engañoso, superficial y extraordinariamente peligroso Es posible que tengamos poco miedo, que no estemos obsesionados, especialmente en lo lugares pequeños como es Renedo, con que una cosa así nos vaya a ocurrir. Pero cada vez pensamos más en ello, cada vez tenemos un poco más la sensación de inseguridad. Yo sí tengo miedo. ¿Como no tenerlo si golpean indiscriminadamente allí donde tienen la oportunidad? 

Comprendo que vivimos unos tiempos de sloganes, de verdades simples y aceptaciones acríticas del «sentir general de la población» que nos quieran transmitir los poderes públicos del momento. Por ello podría verse como  utilitario ese ya famoso «no tinc por» que  nos quieren grabar en el cerebro, pero solo para los primeros momentos, como una forma de canalizar de una forma fácil y concisa el sentir general.Pero después no, después es preciso que reconozcamos el miedo tenemos. Y lo tenemos porque   si no lo tuviésemos seríamos una pandilla de inconscientes, estaríamos locos. Estamos dispuestos a defender nuestra forma de vida, claro está; no van a conseguir imponernos su bárbara concepción de la vida y lucharemos por ello si es necesario, por supuesto. Pero reconociendo que les tememos. Debemos reconocer ese miedo que es componente indispensable del verdadero valor. Lo contrario, su negación, no es más que una bravuconería suicida.

Yo, desde luego, tengo miedo. Miedo de los terroristas, pero miedo también por la clase política que nos ha tocado en suerte, la misma que debe dirigir la lucha contra los bárbaros. Como ejemplo, la manifestación de Barcelona que todos, creo yo, esperábamos con ilusión. En primer lugar estuvieron esos «que yo no voy porque con este no me ajunto», el «que yo si voy y que vergüenza que no vayas tú»... Y después las "esteladas", las pitadas al Rey y al Gobierno, las declaraciones insensatas. ¿Unidad frente al terrorismo? Y un cuerno.

La misma noche de la manifestación escuche a Pilar Rahola justificar esas pitadas. Yo trato de escuchar siempre lo que dice la vivaracha Sra. Rahola, porque jamás de los jamases se sale del carril de lo multitudinariamente aceptado, ni  de esa corrección política «gauche divine» que tan buenos resultados le da en las tertulias televisivas. Cuando se quiere saber hacia donde se inclina la opinión pública, hay que escuchar a Pilar. Decía Doña Pilar que hay que entender las sensibilidades especiales de Cataluña, que no les gusta nada lo que hace el PP y no tienen simpatía ninguna, o muy escasa, por la monarquía. Vale ¿y qué? Los catalanes no son los únicos españoles que tienen esas «sensibilidades». Pero tendrán también, digo yo, sentido de la oportunidad y, sobre todo, la generosidad de espíritu que se requiere para aparcar las propias ideas en favor de un bien mayor ¿O no? Porque  muchos de ellos no lo demostraron cuando convirtieron una marcha de fuerza, respeto y solidaridad en un guirigay de «sensibilidades», cada una por su lado. ¿Es ese el frente unido que presentamos al Daesh? ¿Ese es el respeto a las víctimas? Yo soy profundamente anticlerical, pero acudo a los funerales de mis conocidos católicos como muestra de respeto. ¿Debería yo dejar suelta mi «sensibilidad» para ponerme a pitar en la homilía? Según Pilar Rahola, eso es precisamente lo que tendría que hacer. 

La cuestión es que se perdió la oportunidad de demostrar que somos capaces de unirnos para lo importante y que, a mi entender, se hizo rechufla de la memoria de los muertos. Resumiendo, que hay lo que dicen que no hay: miedo; y no hay lo que dicen que hay: unidad. Lo de siempre. 


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viernes, 25 de agosto de 2017

VIAJE A TAILANDIA VII

CHIANG MAI

Yo creo que ocho días con sus noches en Bangkok son más que suficientes para disfrutar razonablemente de las delicias, y padecimientos, que la ciudad ofrece. Al menos así fue para nosotros. Se debe tener en cuenta que todas las actividades diurnas y nocturnas hay que desarrollarlas con una temperatura media de unos treinta o treinta y cinco grados, a veces más, y una humedad del 90% p’arriba, y eso  quieras que no agota al más pintado. En consecuencia la mañana del noveno día, a unas horas indecentemente tempranas, estábamos haciendo el camino de vuelta hacia el aeropuerto de Suvarnabhumi, en donde tomamos un vuelo que en poco más de una hora nos depositó en sanos y salvos en Chiang Mai, al norte de Tailandia.

Nuestro hotel, The Empress Hotel Chiang Mai, era un poco del mismo estilo que el de Bangkok, pero más aparente. Nada más entrar  te recibía todo el lote de despampanancias  típicamente tailandesa: un hall enorme lleno de empleados sonrientes, en cuyo exacto centro relucía  una mesa de cristal sostenida por cuatro elefantes dorados, justo de ese tipo que suelen verse en la casa de los multimillonarios rusos de Marbella; unos sillones que a primera vista parecía tronos del emperador de la China, pero que no lo eran… Así mismo lucía su correspondiente lote de tallas doradas de estilo churrigueresco tailandés, maderas de oriente y todo y todo. Lamentablemente toda esa pompa y todo ese boato estaban un poco lejos del centro, pero no demasiado.



Chiang Mai es mucho más manejable que Bangkok. Tiene una parte  moderna, que podría estar perfectamente por la zona de Silom Road o Sukhumvit, y una  parte antigua  más tradicional. La ciudad antigua está amurallada, rodeada por un foso y recuerda un poco a Thonburi, pero sin klongs. Todo son casas bajas, de una o dos plantas, huertas pequeñas y cada poco, un templo. Yo me pasé una mañana entera paseando por allí, haciendo fotos a todo lo que veía y tomando un botellón  de cerveza Shinga cada media hora aproximadamente, no fuese a ser que me deshidratase. De todas aquellas (presuntamente) maravillosas fotos no salió ni una por algún oscuro misterio, relacionado  probablemente con mi manifiesta incompetencia en asuntos técnicos o, quizás, con la mencionada ingesta de cerveza. Pero ya os digo yo que era precioso. Los templos de Chiang Mai suelen ser más pequeños que los de Bangkok y con mucho más encanto, construidos en un  estilo que recuerda más a Láos que a Tailandia. Sin poder llegar a decir que son sencillos, su decoración no resulta tan apachurrantemente pomposa.


Con todo lo que habíamos taconeado en Bangkok, mi idea para los dos o tres días que teníamos previsto estar en Chiang Mai era la de una disipación nocturna relajada y un diurno conocer cosas  sin agobios. En el primer propósito coincidía con mi grupo. Para contento de todos encontramos, o alguien nos habló de ello en el hotel, un insospechado restauranta llamado “Casa Antonio” (sic) en el que se servía comida española y tailandesa. Yo elegía comida local porque me gustaba, porque me parece que la gastronomía es parte esencial de la cultura de los países y, sobre todo, porque no acabo de verle la gracia a recorrer más de diez mil kilómetros para terminar comiendo tortilla de patata en “Casa Antonio”. Puede que yo sea algo rarito porque lo cierto y verdad es que el local estaba repleto de españoles refractarios, al parecer, a las sutilezas de la comida exótica.

De la noche Chiangmaiense no es que se pueda contar mucho. Hay sitios para tomar copas, claro, pero muy poco animados. Nosotros fuimos a parar a un local notoriamente cutre y escasamente concurrido por una clientela mixta, pero mayoritariamente occidental, que nos había recomendado un tuctucero. En realidad era como una especie de estropajosa carpa de circo, pero con mesas y sillas en lugar de gradas. Allí pudimos disfrutar de un espectáculo de travestis de tercera categoría y otro de muay thai de cuarta, o eso me pareció ya que era la primera vez en mi vida que veía un espectáculo de lucha. Pocas veces en mi vida me he aburrido tanto.Pero mis acompañantes parecían estar fascinados con aquellos divertimentos locales y allí nos dieron las tantas. Las tantas de Bangkok son algo desérticas, pero las de Chiang Mai son absolutamente desoladoras, sin un alma por la calle porque la mayoría de los tailandeses, los de provincias al menos, no son de trasnochar; y los occidentales tampoco porque al día siguiente madrugan para ir a ver elefantes, mujeres jirafa o y triángulos de oro. El caso es que acabamos en la calle tardísimo a más no poder y sin un triste tuc-tuc en lontananza. Deambular a esas horas por una ciudad tailandesa desierta, oscura y descascarillada no resulta muy tranquilizador, la verdad. Pero bueno, justo cuando estábamos a punto de echarnos a llorar, apareció un  tuc-tuc y llegamos al hotel sanos y salvos.Esa noche no me dio por arrebatarme en el regateo.



En la actividad diurna de conocer cosas sin agobios surgieron discrepancias. Mis amigas tenían empeño en ver el Wat Phra That Doi Suthep. Todo el mundo dice que estando en Chiang Mai, es “visita obligada” el Wat Phra That Doi Suthep, más conocido como templo del elefante, o de los elefantes. Varias razones me impidieron hacerlo. La primera de ellas fue precisamente ese “visita obligada” que siempre me ha chinchado mucho. No me gusta verme obligado a visitar nada, ni me obsesiona conocer todos y cada uno de los lugares de interés, ni suelen coincidir las “visitas obligadas” con mi gusto personal. La segunda fue que para llegar al templo, lo que se dice el templo, hay que subir una escalinata de nada más y nada menos que trescientos nueve escalones o, si no te ves con fuerzas, tomar un funicular, que tampoco me gustan. La tercera, que mis acompañantes habían decidido contratar una visita guiada, y las visitas guiadas me irritan mucho porque me siento siempre como una oveja dentro de un rebaño. La cuarta y definitiva, que el autobús hacia Wat Phra That Doi Suthep salía del hotel a las seis de la mañana, que no son horas. Quien quiera ver en mi negativa a hacer esa visita un puntito snob, así del estilo de “yo no voy a donde va todo el mundo”, pues puede que tenga también algo de razón, pero poca. Así pues mientras todos sudaban la gota gorda subiendo escaleras y muertos de sueño, yo me levanté a las tantas, desayuné tranquilamente y me fui a visitar Wat Chiang Man, el templo más antiguo de Chiang Mai, que me pillaba a unos escasos diez minutos en tuc-tuc. Me contaron a la vuelta que la excursión había incluido una visita a la aldea de las Mujeres Jirafa, con lo que me alegré doblemente de no haber ido. En honor a la verdad y toda la verdad debo decir que, según parece, el templo es maravilloso y las vistas son espectaculares y demás.



          Los mercados nocturnos de Chiang Mai están tan animados como los de Bangkok, con lo que pudimos dar rienda suelta a nuestra dispendiosa locura compradora. Por comprar compramos hasta una maleta para guardar las compras, porque nuestros respectivos equipajes empezaban a amenazar con reventar de un momento a otro. Cuando creímos que ya le habíamos sacado a Chiang Maí todo el jugo del que éramos capaces, tomamos un vuelo a Bangkok para enlazar allí con otro que nos llevaría a nuestro siguiente destino: Phuket.

         





UNA NOCHE EN EL BALLET

UNA NOCHE EN EL BALLET

          Anoche estuve viendo en el Palacio de Festivales  una «Carmen», por la Compañía de Victor Ullate. Lo primero a destacar fue que, a pesar de que mi acompañante era Doña CJGA, llegamos al Palacio a tiempo de ver la función completa. Por los pelos, pero llegamos. 

La versión de Victor Ullate de la heroína de Merimée es, como era de esperar, muy contemporánea y muy de hoy en día. Las «versiones contemporáneas» de obras clásicas pretenden actualizar los mitos intemporales, pero conservando su esencia, o eso manifiestan los modernizadores. Tengo que decir que en mi opinión raras veces lo consiguen. En primer lugar no veo la necesidad de modernizar mitos intemporales. Si son efetivamente intemporales ¿Qué necesidad hay de modernizarlos? Y en segundo ese «actualizar conservando la esencia» suele ser en realidad una mera adaptación de la forma a la estética contemporánea, con muy pocas contemplaciones con el fondo y las esencias. Tanto lo modernizan que a veces resultan irreconocibles. Como ejemplo diré que mi acompañante me comento al oído, casi al final de la obra, que no conseguía saber quien era el torero y quien el soldado. Por mi parte no había conseguido saber ni tan siquiera quien era Carmen. 

La música era en su mayor parte la de la ópera de Bizet, pero con incrustaciones de piezas de Pedro Navarrete. Para haceros una idea de como sonaban estas últimas, tratad de imaginar que a la Filarmónica de Londres le hubiesen robado los instrumentos y hubiesen tenido que apañarse con txalapartas. Muy contemporáneo. En cuanto al vestuario, oscilaba entre el fetichismo leather y los concursos de drags queens. La escenografía, todo hay que decirlo, muy austera pero extraordinariamente efectista. Parte de la puesta en escena incluia la proyección en el fondo del escenario de lo que perfectamente podría haber sido un anuncio de Freixenet. Todo el cuerpo de baile vestido de burbujas de colorines  subía y bajaba las escaleras del palacio de Longoria, muy en plan Pasarela Cibeles. Al final, en un efecto muy conseguido, pasaban del vídeo al escenario, de lo virtual a lo real, para seguir el desfile ya en carne mortal.

Aquella melée de originalidad y extravagancias fue avanzando entre peleas callejeras con sus insultos y todo, desfiles militares que recordaban a las carrozas BDSM del Orgullo Gay, fondos de escenario como la nave de «Alien, el octavo pasajero». La representación lo mismo podía servir para «Carmen» que para «Psicosis». Hubo también  momentos de silencio total en los que, invariablemente, me daba un ataque de tos. Mi compañera también tosió lo suyo, pero aprovechaba astutamente las fanfarrias más retumbantes de la ópera de Bizet para hacerlo. 

En cuanto al cuerpo de baile en sí, tengo que decir que no soy experto en la materia. Solo comentaré, así de pasada,  que  se veían varios hombres y mujeres con unas contundencias glúteas y pectorales que casaban bastante mal con la idea clásica de los bailarines-sílfides. Pero según mi acompañante, que tiene la carrera de ballet clásico, lo hicieron bastante bien, incluso muy bien en algunos casos.

Anoche, a la salida del Palacio, no sabía muy bien que opinar porque las «versiones acualizadas»  me resultan casi siempre abominables y blasfemas, pero no era el caso. Me daba cuenta de que aquel conglomerado de incongruencias escénicas no me había disgustado, pero no quería manifestarme antes de haber consultado con mis carpetovetónicos principios artísticos y estéticos.Una vez hecho, os diré que me gustó, que merece la pena verlo. No sé si era «Carmen» lo que vimos, pero algo atractivo vimos.