miércoles, 16 de mayo de 2018
sábado, 12 de mayo de 2018
SEÑOR ARREGLADO
Hace unos días alguien que no recordaba mi nombre (o no lo sabía) le contaba a una amiga mía una anécdota de la que yo era el protagonista. Para tratar de identificarme recurrió a esos típicos “si, mujer, que viene todos los días a tomar café”, “que es amigo tuyo”, “que se sienta siempre ahí” y demás cosas de esas que generalmente no nos sirven nunca para reconocer a nadie. Pero parece ser que una de las señas que utilizó en su afán por dar pistas más concretas fue un “ese señor que va siempre arreglado”, que me ha dejado completamente anonadado. Cuando se llega a mi edad ya se está muy acostumbrado a ser definido de las más diversas formas y es raro que cualquiera de ellas nos afecte los más mínimo. Como decía Wilde “La gente de hoy se comporta con perfecta monstruosidad: habla mal de uno y a sus espaldas, diciendo cosas que son completa y absolutamente ciertas”. Eso se asume. Pero verse definido de semejante manera ya traspasa todos los límites. La frase me ha parecido tan lapidaria que me estoy planteando dejar instrucciones por escrito para que la usen como epitafio para mi tumba: “Aquí descansa ese hombre que siempre iba arreglado. DEP”.
Varias personas con las que he comentado este lamentable asunto han dado por supuesto, muy precipitadamente, que lo que me molesta de la frase es el “señor” del inicio, que de manera tan rotunda me coloca en la división de los mayores. Nada más falso. Hace ya tiempo que admití el “usted” que me dirigen los camareros mal educados y los jovenzuelos educados bien, y que me coloca en la división de los maduros. No diré que su digestión no fuese lenta, pero la hice. También hay quien me ha dicho que imite a la condesa viuda de Grantham y me tome la impertinencia como un cumplido, que es más cómodo; de hecho hay quien piensa que de verdad la frase es un cumplido, lo que a mi entender es muestra palpable de la falta de reflexión seria de la gente de hoy en día. Vayamos por partes.
“Ese señor que va siempre arreglado”. En primer lugar está el inconcreto y masificador “ese” con el que empieza la frase. Ese “ese” que me manda de una patada hacia un limbo de personalidades desdibujadas, a un hipotético batallón de hombres siempre arreglados del que yo formaría parte. “El señor que va siempre arreglado” me hubiese resultado igualmente desagradable, pero tendría al menos el consuelo de ser uno, de ser un “él” con entidad propia y personalidad característica, no un “ese” del tres al cuarto, uno más del montón de “esos” que pululan por el mundo (o, lo que sería peor, solamente por Renedo). No creo que resulte tan difícil darse cuenta del golpe brutal que supone ese “ese” para mi Ego, mi Yo y mi mismísima mismidad propia.
Del “señor” no tengo nada que decir, o casi nada. Quizás resulte un arcaísmo intolerable desde el punto de vista de la Ideología de Género por demasiado hetero-patriarcal, pero nada más. Lo que me irrita de verdad es ese “va siempre arreglado” tan poco glamuroso y tan, nuevamente, masificador porque cualquiera puede ir arreglado. Arreglarse es lo más fácil del mundo porque todos tenemos un fondo de armario con un par de americanas y tres o cuatro corbatas que te las pones (no todas al mismo tiempo, claro está) y, hala, ya estás arreglado. Ir arreglado no tiene ningún mérito y es de hecho la antítesis de la elegancia, porque “ir arreglado” se ve, salta a la vista, mientras que la elegancia sencillamente se nota sin saber muy bien por qué. Un hombre arreglado es ese joven que ves en las bodas embutido en un traje nuevo, rabiosamente moderno y muy probablemente caro y que se mueve con él como si la tela en lugar de ser de lana fría fuese de hormigón armado. Eso es ir arreglado. No pretendo yo ser el Petronio de Renedo ni el Beau Brummell de Piélagos, ni muchísimo menos, pero no me gusta nada que se me vea “arreglado”. Además ese “siempre arreglado” es un bofetón muy doloroso en la encantadora imagen “casual” que veo (o imagino ver) reflejada en mis espejos cuando me visto para ir a andar a La Vega.
Desde el punto de vista ontológico la cosa empeora todavía más, si cabe. Estoy leyendo estos día “El gran asombro. La curiosidad como estímulo en la historia de la filosofía”, de Jeanne Hersch, libro que recomiendo mucho y que me tienen muy sensibilizado sobre el ser, el estar y hasta sobre el saber estar. Me preocupa que mi causa eficiente haya llevado mi causa material “hombre" hacia la causa formal de un desdibujado “ese” cuya causa final va ser, según parece, un lamentable y poco atractivo “siempre arreglado”.
Muy triste todo.
Desde el punto de vista ontológico la cosa empeora todavía más, si cabe. Estoy leyendo estos día “El gran asombro. La curiosidad como estímulo en la historia de la filosofía”, de Jeanne Hersch, libro que recomiendo mucho y que me tienen muy sensibilizado sobre el ser, el estar y hasta sobre el saber estar. Me preocupa que mi causa eficiente haya llevado mi causa material “hombre" hacia la causa formal de un desdibujado “ese” cuya causa final va ser, según parece, un lamentable y poco atractivo “siempre arreglado”.
Muy triste todo.
domingo, 6 de mayo de 2018
CENAS Y REFRIGERIOS
En uno de esos magacines y tertulias que suelo ver a ratos mientras me tomo mis preceptivos dos cafés mañaneros, nos informaba el pintoresco Juan Manuel de Prada sobre la forma más correcta para el plural de la palabra «curriculum» que tan de actualidad ha estado estas últimas semanas. Despreciaba «curriculums» por groseramente inculto, «curricula» por demasiado culto y proponía el uso de «curriculos» como el plural más ajustado a las normas y usos del castellano. Lamento tener que decir que el Sr. de Prada me resulta profundamente antipático, pero siempre es agradable ver en un programa de televisión a personas que utilizan correctamente el castellano. Agradable y muy chocante.
Más chocante si cabe fue poder ver y escuchar en la misma cadena , apenas unos minutos después, a una reportera que informaba a pie de calle sobre un grupo de jubilados de vacaciones, intoxicados los pobrecitos por el consumo de mejillones en mal estado. Según la periodista la razón por la que los mejillones se habían estropeado era un misterio, porque constaba que no se había producido ninguna «reducción en la cadena de refrigerio». Parece evidente que la dirección de la cadena había tomado esa mañana la decisión de contribuir al enriquecimiento de nuestra cultura en los más diversos ámbitos. Yo, por ejemplo, no tenía ni idea de que la buena conservación de los mejillones dependiera en tan gran medida de la abundancia de sus refrigerios. De hecho estaba convencido de que los mejillones eran enlatados o congelados completamente muertos y por lo tanto sin necesidad de refrigerio posterior alguno, pero parece ser que estaba equivocado. Personalmente veo como una gran crueldad ese enlatamiento en vida, aún incluyendo refrigerios, y me pregunto como es posible que las asociaciones animalistas no hayan dicho ni una palabra sobre este triste asunto. Naturalmente no tengo intención de volver a comer mejillones en lata en lo que me queda de vida. La posibilidad de abrir la lata e interrumpir un refrigerio de los pobres animalitos me parece de mala educación, además de profundamente perturbador. En cuanto a los mejillones congelados, pues no sé muy bien que hacer porque no veo como puede ser posible que les apetezca un refrigerio cuando están sometidos a tan extremada refrigeración.
Poco a poco he ido comprobando que este afán culturizador no se limita a esa cadena. La Cuatro ha querido aportar su granito de arena cultural en el terreno de la gastronomía con su fabuloso «Ven a cenar conmigo», un concurso en el que «cinco perfectos desconocidos compiten por ser el mejor anfitrión». Los cinco perfectos desconocidos van recibiendo por turno a los otros cuatro, esmerándose por conseguir el apetecible premio de 3.000 euros.Antes de ir a cenar a la casa de de turno los invitados leen el menú y hacen divertidas elucubraciones sobre el mismo, ya que una de las gracietas del concurso consiste en poner a los platos nombres absurdos para que los demás intenten adivinar lo que les van a servir . A continuación vemos al concursante del día sudando en la cocina. El resto ya es como en todas las cenas de compromiso, con los invitados dedicándose a criticar la comida, la decoración y todo lo que se ponga a tiro, apuñalando por la espalda al anfitrión con toda la saña que pueden cuando sale del comedor y sonriendo y alabando su exquisito gusto cuando está presente.
La primera noche tenemos en el menú una crema toscana y un solomillo a la Strogonoff, que no parecen dar pie precisamente a demasiada adivinación, pero es que los concursantes de "Ven a cenar conmigo" son muy especiales. Al verlo mi concursante estrella de la semana, Isabel, nos demuestra que es avispada, de mente ágil y con ciertos conocimientos de geografía, porque deduce casi sin reflexión previa que "la crema toscana no parece un plato español». Por desgracia conseguir leer correctamente el «Strogonoff» le provoca ciertas dificultades. En el primer intento nos empantana en los mismísimos morros un insólito «a la Stanford» que ella misma desecha entre sonrisas. A la segunda, y definitiva, consigue articular a duras penas un «Stragnafog» (sic) que parece dejarle más convencida. Esa Toscana y ese Stragnafog «que parece alemán» le lleva hasta deducir que el anfitrión de la noche es un «sibirita», pero no tan lejos como para adivinar en que consiste el plato («no me lo imagino»), lo que a decir verdad no es de extrañar. Parecidos problemas tiene Maribel a la hora de lidiar con la lectura. Su anfitrión ha tenido la ingeniosa idea de llamar «Estrato» a la lasagna de verduras, lo que provoca en ella gran desconcierto ya que conoce de sobra el «arte estrato», pero ignoraba que se pudiese practicar en la cocina; a ella «le gusta en la pintura, pero nada más». Con la «Efervescencia de mango» la cosa se puso más seria. Es imposible transcribir en palabras, o en algo que se les parezca, la insensata serie de perdigonadas de saliva y amontonamientos de consonantes que salieron por aquella boca. Hay que reconocer a Maribel el mérito de haberse esforzado al máximo (en otras circunstancias podríamos hablar de efervescencia mental) hasta llegar a pronunciar algo parecido a una esfrensssensensia, matizada con un saleroso y algo irritado «Somos de Almería, aquí no hablamos tan fino». A la vista del comentario cabe preguntarse de donde sacó el anfitrión, también almeriense, la finura necesaria para bautizar su postre.
La aportación de «Ven a cenar conmigo» al mundo de la cultura abarca todos los ámbitos. Otra concursante bucea en la historia para preparar una «Delicia a la Sefardí» de la que dos invitados suponen que será «un plato árabe», otro lo afirma más rotundo con un «claramente es algo árabe» mientras el cuarto se decanta por La India («o algo así») como origén de la receta. Gracias a Dios la cocinera del día nos aclaró a su debido tiempo ese sefardismo gastronómico. Tras una chocante introducción en la que insistía machaconamente en que ella cocinaba «como las abuelas» al mismo tiempo que manipulaba los mandos de su supercontemporánea cocina de inducción, explicó que la «delicia Sefardí» era un guiso de bacalao «como lo hacían antiguamente", porque que en tiempos pretéritos el bacalao en salazón era el único pescado que llegaba a las zonas de interior en condiciones aceptables, y que por eso y nada más que por eso se llamaba el plato «Delicia Sefardí». No se lo que dirían los judíos españoles de esta reducción de su afamada y rica cultura a una triste bacalada, pero la mujer lo explicaba con tanto desparpajo y naturalidad que no podía uno menos que creérselo.
Rafa nos introduce en el mundo de la parapsicología al explicar con las debidas expresiones de misterio que en su casa se producen fenómenos paranormales. La casa en sí ya es un fenómeno paranormal de primer orden, llena de vírgenes apuñaladas a tamaño natural , estucos, dorados y refulgencias; pero lo que a Rafa le inquieta es que algunas veces su perro reacciona como si le hubiesen dado un azote en el culo y sale corriendo como un desesperado, así sin más ni más. Este poltergeist anal no lo veo yo como un gran argumento para una película de terror, pero quizás se pudiese hacer un hueco en «Cuarto Milenio». Anabel se presenta a cenar peinada con lo que parece una fusión entre un intento fracasado de moño italiano y una peluca vieja de María Antonieta, todo ello rematado con una diadema de brillantes y complementado con un traje rojo de lentejuelas. Su filosofía de la vida nos la resume con un «¿Trabajar? Yo creo que tengo cuerpo como para que un hombre me mantenga ¿no?». Carolina nos desvela que no podemos esperar mucho de la dulzura de su carácter ya que «tras una apariencia de seria y seca, soy bastante bicho y cortante» y espera a sus invitados «con cuchillo en mano». Al tiempo que lo dice se dedica a poner dos dátiles envueltos en panceta y unos anacardos picados en uno de esos enormes platos-fuente que tanto se llevan ahora, pretendiendo hacerlo pasar por un primer plato con todo su morro a base de chorretearlo con balsámico de Módena. Alberto se emociona como un niño cuando descubre una bandurria en una esquina y se abalanza hacia ella al grito de «coño, un ukelele». Rafa, que parece más versado en la identificación de instrumentos musicales, estaba convencido de que las bandurrias «ya estaban descatalogadas». En fin, no hay episodio en el que no se aprendan varias cosas nuevas.
Las cenas se dan por terminadas con un fin de fiesta que podríamos llamar «de temática libre», y consisten casi siempre en unas plumbeas demostraciones de alguna afición en la que el anfitrión cree destacar, desde la danza del vientre a la meditación trascendental. Es raro que alguno de los invitados no se quede dormido durante esas fiestas. Tampoco es raro que de camino a sus casas comenten con acritud que después de la bazofia que les han servido lo primero que van a hacer al llegar es prepararse un bocadillo, para poder así justificar el 3 sobre 10 con el que han puntuado una cena en la que no han parado un santo momento de alabar las habilidades del cocinero. Pero eso son ya cosas de la competición.
lunes, 23 de abril de 2018
LUIS DE LA CONCHA
Los semáforos de Renedo no son de esos que se ponen rojos y verdes a intervalos regulares. Los de aquí están siempre verdes para los coches y los peatones tenemos que apretar un botón cada vez que queremos cruzar. Desconozco el motivo de esa injusta discriminación tan estadounidense a favor de los automovilistas, pero la cuestión es que así están las cosas. A esta peculiaridad se une otra bastante más molesta: cuando oprimes el botón no pasa nada. Esperas y esperas y el mini-antropoide rojo que te impide el paso permanece tenazmente iluminado. A diestra y a siniestra la calle aparece despejada de vehículos automóviles, pero el semáforo no se pone verde. Los peatones locales ya estamos acostumbrados y oprimimos el botoncito por pura deferencia hacia lo absurdo, pero cruzamos el paso de cebra a la antigua, como si el semáforo no existiese. Yo, que soy propenso a las situaciones extravagantes, me encontré una mañana con la insólita circunstancia de que el semáforo se puso verde al segundo y medio de haber solicitado el paso, pero me quedé tan aturdido que no fui capaz de cruzar hasta que volvió a su color rojo de toda la vida.
Este pertinaz rojerío de los semáforos da pie a conversaciones, chascarrillos y toda clase de descabelladas teorías sobre la razón de esa aparente irracionalidad semaforil. Una de las más originales la escuché de labios de una señora bastante mayor con la que coincidí en el paso de cebra Pescadería-Petisú. Yo supongo que la señora no sería del pueblo porque de otro modo no se explica que estuviese allí esperando pacientemente el verde. El caso es que al llegar yo me arremetió verbalmente con un «¿donde estarán estos sinvergüenzas?» que me dejó muy desconcertado. Ajena por completo a mi evidente expresión de perplejidad, o tal vez ignorándola olímpicamente, la señora insistió con un nuevo «pero ¿donde estarán?» que infiltró en mi cerebro la peregrina idea de que la señora tenía interés por localizar a los operarios encargados de poner en verde los semáforos, pero la deseché por absurda. Mal hecho, porque un furibundo «seguro que ellos están tomando café y nosotros aquí, esperando» confirmó mi estrambótica idea inicial. Confieso que no me tomé la molestia de sacar a la señora de su asombroso error, sino que crucé el semáforo en rojo, como siempre, y corrí al Madigans a poner a Feli al corriente de la encantadora anécdota. Pero Dios ha castigado ese desaprensivo abandono con la duda ¿Y si la señora estaba en lo cierto? He comprobado en el Ayuntamiento que no hay ninguna concejalía de semaforismo, ni negociado de botones, ni departamento de Rojo y Verde. Pero no me he quedado tranquilo, porque es sabido que las administraciones públicas subcontratan ahora mucho, y pudiera ser que alguna malvada ETT hubiese conseguido convencer a la Corporación, ya se sabe como, de la imperiosa necesidad de tener un operario a cargo de la importante función de poner los semáforos en verde o en rojo. La verdad es que aún no he conseguido llegar a una conclusión que me convenza sobre este importante asunto. Justo castigo a la maldad de haber dejado a la señora sola, esperando probablemente horas y horas a que el semáforo pasase al verde.
La mayoría de los semáforos están en la Avenida Luis de la Concha, que es la gran arteria finaciero-comercial-hostelera de Renedo. En estos últimos años me he vuelto yo un defensor de mi pueblo a capa y espada, pero al hacerlo trato de concentrar mis observaciones en la simpatía de sus gentes y la belleza del paisaje que le rodea, porque en el aspecto aquitectónico y urbanístico no hay quien tenga narices de defenderlo. En los tiempos de mi infancia era una calle bordeada de casas, jardines y huertas apenas mancillada por un par de mamotretos de viviendas espantosos, de los que en los años cincuenta llamaban "de estilo moderno". Todo aquello ha desaparecido para dar cabida a una colección de edificios horrorosos tan numerosa y variada que es raro que no aparezca en el Libro Guiness. Hormigón, azulejo, ladrillo cara vista y demás elementos de construcción están dispuestos de la manera menos agradable posible. Completan el panorama unos cuantos árboles raquíticos y algún que otro parterre de hierba, casi siempre en estado semi-selvático, de esos que los reyes de la burbuja inmobiliaria tenían la desfachatez de denominar «zonas ajardinadas».
En descargo de Luis de la Concha hay que decir que está está guarnecida a babor y estribor de pescaderías, farmacias, tiendas de ropa, panadería, tiendas de fotografía, zapaterías, joyerías y todas las demás «ías» que nos ofrece el gremio del comercio. Pero su gran atractivo reside en su nutrida variedad de bares y terrazas y, last but not least, en que allí se instala está La Carpa.
Todo el mundo sabe que hay arquitecturas permanentes y arquitecturas efímeras, pero en Renedo, siempre tan dados a innovar, tenemos también arquitectura intermitente. Hacia la mitad de la avenida hay un solar cuyo destino inicial fue la construcción de un edificio de viviendas, muy probablemente espantoso, pero que dejó en barbecho la explosión de la burbuja inmobiliaria. A la espera de mejores tiempos especulativos, la finca se ha habilitado como parking público. Allí se instala La Carpa. Si no recuerdo mal, la primera vez que se instaló La Carpa fue con motivo de las Fiestas Patronales de San Antonio. En San Antonio siempre llueve en Renedo, eso es un hecho tan firme e inmutable como la Gran Pirámide, por lo que la idea de instalar una cubierta para poder comer los churros o bailar a los alegres sones de la Orquesta Princesa o el Grupo Apache sin empaparse de agua fue generalmente bienvenida. No hay cosa más incómoda que intentar comer churros con el paraguas abierto. Más tarde se empezaron a instalar allí Las Casetas, esos bares de ocasión que los bilbaínos y su meritoria habilidad para poner nombres horrorosos a las cosas llaman «choznas». A partir de ahí, la cosa se ha desbocado. Como si el intrascendente hecho de ver instalar una carpa hubiese desatado un deseo irrefrenable de organizar eventos, el pueblo a pasado a ser sede de La Feria de Segunda Mano, La Feria del Stock, La Feria de la Leche, La Feria de Artesanía y algunos otros eventos que ahora no recuerdo. Ayer mismo hemos podido disfrutar de un concurso de ollas ferroviarias; cierto es que aquello parecía más un campamento de refugiados afganos que otra cosa, pero la intención es lo que cuenta. Se arma La Carpa para San Antonio y para Carnavales, para Halloween... A este ritmo el parking de Luis de la Concha va a poder competir con los más prestigiosos palacios de exposiciones y congresos del mundo entero. Las consecuencias de esta fiebre por los simposios de diverso tipo son que la carpa no para de ser montada y desmontada y que ver el parking despejado empieza a ser tan difícil como cruzar el paso de cebra en verde. Yo creo que con tanto gasto de montaje y desmontaje se podría haber construido la Mole Antonelliana, o por lo menos dar la entrada. Ni que decir tiene que Luis de la Concha bulle de maledicencias, murmullos y rumores de diversa índole cada vez que La Carpa se monta, permanece, se desmonta y se vuelve a montar.
jueves, 19 de abril de 2018
LETIZIA VS SOFÍA
La pobre reina Letizia no gana para disgustos. Por si fuera poco la retransmisión en vivo de la escandalera que le organizó a su suegra en la catedral de Palma de Mallorca, ahora va y se le desata el vestido en una cena de gala en el Palacio Real. Letizia está que trina ¿Qué le pasa a Letizia?
En una de sus últimas entrevistas decía la reina Victoria Eugenia que sentía lástima por sus nietos, porque sería gobernados «por los hijos de sus taxistas». Mira tú por donde la frase fue no solo de un snobismo rampante, sino también absolutamente profética. Hace unos días hemos podido ver en la catedral de Palma de Mallorca como la nieta de un taxista le cantaba las cuarenta a una descendiente de reyes y emperadores. Hay que ser muy Schleswig-Holstein, muy Romanov y muy Hohenzollern para aguantarse las ganas de contestar con una fresca a esa nuera puesta en jarras y en garras; hay que tener una cabeza muy hecha a llevar la corona para ganar el combate sin dar un golpe. Lo que le pasa a Doña Letizia es que es muy contemporánea y muy cartesiana y eso casa mal con la tradición y la magia de la monarquía. Pretender que ser una buena reina se limita a hacer el trabajo de forma impecable es tan absurdo como creer que para hacer buena música es suficiente con seguir la partitura: es correcto, pero no emociona. Y por eso ha salido derrotada de la Batalla de la Catedral de Palma. Lo más llamativo del suceso es que el democrático e igualitario pueblo español se ha alineado en masa del lado de la hija del rey de Grecia, bisnieta del Kaiser y tataranieta del zar, y en contra de la nieta de taxista. Yo creo que lo ha hecho porque el pueblo intuye que Letizia es una reina un poco de plexiglass, que lo es solamente a ratos y eso ni es ser reina ni es nada.
La reina Letizia no es simpática, las cosas como son. Nunca simpatizamos mucho con la perfección y mucho menos con el intento frenético de conseguirla a toda costa. Se le ha metido en la cabeza que tiene que ser la reina perfecta, la mejor vestida y enjoyada, la de más estilo, la más profesional, la que todo lo hace bien, la mejor madre (o al menos la madre más eficiente) . Sabe que no se le perdona el ser plebeya, que siempre pende sobre su cabeza la espada de Damocles del « ¿que se habrá creído esta? » y para solucionarlo ha tomado el peor camino posible: ser impecable. ¿Quien quiere reinas impecables? ¿Que gracia tiene una reina como la Nancy Princesa?
Al hablar de Doña Sofía se cita muy a menudo ese «es una gran profesional» con que la calificó hace tiempo el rey Juan Carlos. Sin embargo ella, en las entrevistas que se le han hecho, siempre se ha referido a «su trabajo» . Trabajo y profesión son cosas muy distintas. El trabajo es lo que se tiene que hacer, mientras que la profesión es lo que se quiere hacer. Ambos coinciden algunas veces, pero no siempre. Por decirlo de otro modo el trabajo es natural, mientras que la profesión es artificial. Y esa es la gran diferencia entre las dos reinas, lo que hizo que la reina Sofía ganase sin esfuerzo el round de Mallorca. La profesionalidad estricta de Doña Letizia ha conseguido que no tenga ni la más remota idea de lo que es, de lo que se espera de ella y del sitio en el que está. No le entra en la cabeza que ser reina consorte es una condición, no una profesión.
Las aventuras de Don Juan Carlos le dejaron a Don Felipe una monarquía bastante destartalada, las cosas como son. Hay que reconocer el gran esfuerzo que el rey Felipe y la reina Letizia han hecho por desvincular a la corona de los trejemanejes finacienros, las cacerías de elefantes, las actrices del destape y las pseudo princesas zu Sayn-Wittgenstein, construyendo ese famoso cortafuegos entre el rey actual y el emérito. Lo malo es que Letizia ha llevado las cosas al extremo y ha pretendido crear la monarquía ex novo, sin darse cuenta de que la institución no puede ser sin lo que ha sido. Guardar la tradición en el cuarto de los trastos del Palacio de la Zarzuela es dar el primer paso hacia la puerta de salida.
Muchos tronos de Europa están ocupados por reinas consortes de origen plebeyo, y el resto lo estará pronto. ¿Por qué fracasa Doña Letizia si triunfan Máxima de Holanda o Mette-Marit de Noruega? ¿Porque no deja que las niñas se hagan una foto con su abuela? No, lo que ocurre es Maxima y Mette-Marit han comprendido ese «esprit de corps» que es el cemento de la realeza, ese mismo cemento del que Letizia huye como de la peste. Huye de los Borbón, detesta a los Grecia, no se ajunta con los Dinamarca... Le vence la soberbia de pretender que ella solita con el rey Felipe al lado (al menos de momento) es más lista y sabe mejor que nadie como hay que trajinar el trono, arrejuntando a duras penas a Lady Di con la Señorita Rottenmeier.
Ser impopular nunca ha sido un grave inconveniente para las reinas consortes de España. A la reina Victoria Eugenia le llamaban «La bella estatua indiferente» por su estirada forma de hacer las cosas a la inglesa y el snobismo propio de los Battemberg, que siempre querían parecer más príncipes que nadie. Victoria Eugenia era nieta de una condesa polaca del tres al cuarto, lo que para los estándares de la realeza de 1900 venía a ser como ahora ser nieta de un taxista, pero eso no le supuso ningún problema. Tampoco simpatizaba mucho con su suegra y antecesora la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, tan fría, tiesa y estirada que se ganó el mote de «Doña Virtudes». Pero sabía que tenía que aguantarla y la aguantaba porque las dos remaban en el mismo barco. Letizia ha decidido que ella navega sola y en lancha motora.
La apoteosis de ese hacer las cosas tan particular que tiene la reina Letizia, esa especie de esquizofrenia de ser a ratos reina y a ratos ciudadana, ha sido su metamorfosis en hidra de siete cabezas escupiendo en tres o cuatro segundos a la cara de su suegra todo el fuego de su profesionalidad concentrada, mandando al garete tantos años de perfección exquisita. Lo hace en el peor sitio, en las peores circunstancias y por el motivo (aparente) que más impopularidad le podía dar: evitar que una abuela se hiciese una foto con sus nietas. Soy de los que opinan de Doña Sofía es un poco de meterse en donde no le llaman al estilo de su madre la reina Federica de Grecia, que de tanto mangonear contribuyo como la que más a que los griegos le quitasen a su hijo Constantino el trono de debajo. Es creíble que la reina Letizia esté hasta el mismísimo coño regio de que su suegra le de la matraca, pero hay que ser muy poco reina para tratarla en público como si se hubiese querido colar en la caja del super.
Indudablemente debe ser un tostón de tomo y lomo aguantar a los Borbón, a los Grecia y a los Dinamarca, tan atiborrados todos ellos de sangres imperiales y reales, tan revestidos siempre de joyas de familia, costumbres de familia, tradiciones de familia... Seguramente serán un aburrimiento mortal esos saraos palaciegos con sus esplendores de plata y sus salones de oro, aguantando al lado al príncipe más idiota de Luxemburgo o la princesa más tostona del Reino Unido, pero son gajes del oficio. Supongo que Doña Sofía, tan llana y simpática, tendrá un sentimiento aristocrático de las cosas y un mirar desde arriba (pero dando la impresión de que lo hace de frente) que hará que su trato íntimo sea bastante menos atractivo para nosostros, pueblo llano, que el de Doña Letizia. Pero esa extraordinaria habilidad que tiene la reina actual para comportarse siempre del modo que más le perjudica, ha convertido a la mayestática Sofía en una pobre abuelita a la que no dejan estar con sus nietas.¿Se puede ser más torpe?
A estas alturas cabe preguntarse si la reina Letizia es o no monárquica, o si se da cuenta de lo que significa serlo. Ha mezclado lo peor de «la bella estatua indiferente» y de «Doña virtudes» y le ha salido lo que le ha salido: Doña Perfecta, la repelenta reina Vicenta. Ayyy Manolete, si no sabes torear ¿Pa qué te metes?
viernes, 6 de abril de 2018
EL TREN DE LAS 11.06
El tren con destino Santander que tiene su llegada a la estación de Renedo a las 11.06, llega siempre con un retraso de 9 minutos. Esto ha venido siendo un hecho tan imperturbable y firme como la Gran Pirámide. La razón de este sistemático retraso es una incógnita que escapa a mi capacidad de compresión. Hay mil razones, o por lo menos quinientas, para que un tren llegue con retraso alguna que otra vez a la estación de Renedo (o a cualquier otra, para que no se me tache de localista). Las que con más frecuencia son esgrimidas por los responsables de RENFE ( o de ADIF o como diablos se llame ahora) son las circunstancias climatológicas y esa intrigante y misteriosa catenaria cuya principal función en este mundo parece ser la de descacharrarse en los momentos más inoportunos. Vale, muy bien. No se puede luchar contra la naturaleza (mucho menos contra la catenaria) y hay que admitir como inevitables los inconvenientes que nos causa, que en nuestro caso son esos molestos retrasos.
Ahora bien, cuando el retraso es sistemático, cuando día tras día el tren de la 11.06 llega con nueve minutos de retraso llueva, truene o brille el sol, la excusa climatológica se desploma sin remedio; y la de la catenaria resuena demasiado al «faltan un sello y una firma» de los antiguos funcionarios ministeriales como para tomarla en serio, lo que eleva el asunto de anécdota a categoría. Estoy convencido de que la cuestión pondría los pelos de punta a todas las pequeñas células grises de Don Hércules Poirot. El gran detective pensaría de los horarios de RENFE (o de ADIF) lo mismo que Churchill de la Unión Soviética: que son «un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma». A decir verdad este misterio de los nueve minutos podría compararse sin exageración con el de los miles y millones de calcetines que desaparecen en las voraces entrañas de nuestras lavadoras, con el que por cierto todos hacemos bromas pero ninguno se atreve a enfrentar abiertamente.
Lo habitual en estos casos es hacer caer la carga de la responsabilidad en el famosísimo «factor humano" que tan buen resultado les da a los políticos ineptos, y que adoptaría aquí la forma de maquinista. Pero el caso es que tengo dos poderosas razones para oponerme a ello. La primera y fundamental es que tengo dos primos maquinistas de RENFE (o de ADIF) y aunque esté mal que yo lo diga, me consta que son personas competentes, profesionales y muy responsables, al menos en su trabajo (para lo demás consulten a mi prima Lourdes). La segunda es que es difícil imaginar que un maquinista tuviese el trastorno obesivo-compulsivo (o la mala baba) de llegar a Renedo nueve minutos tarde todos los días sin que nadie en su entorno profesional se diese cuenta; y si efectivamente se diese ese improbable caso hay que considerar que no siempre los mismos maquinistas conducen los mismos trenes, con lo que el tren de las 11.06 llegaría con nueve minutos de retraso únicamente los días que condujese el maquinista obseso-compulso (Por cierto ¿Se dice «conducir» trenes?). No, el factor humano-maquinístico es atractivo, pero hay que desecharlo.
Pero es sabido que RENFE (o ADIF) acoge en su seno un gran número de humanidades, cada una de ellas con sus específicos cometidos y funciónes. Reconozco humildemente mi ignorancia sobre el modo en que se confeccionan los horarios de RENFE (o ADIF), pero me inclino a pensar que alguien, algún humano susceptible de ser factorizado, ha cometido un error en alguna suma, resta o raíz cuadrada a la hora de calcular la llegada a la estación de Renedo del tren de las 11.06 (más nueve minutos de retraso). Refuerza mi argumento el asombroso hecho de que el tren que hasta la semana pasada tenía su hora de llegada a la estación de Renedo a las 11.06, la tiene ahora ¡A las 11.09! (más seis minutos de retraso). Hay que ser muy remoto, como dice mi hermano, para no llegar a la conclusión de que alguien en algún lugar se ha dado cuenta del error y está tratando de solucionarlo con discreción. No hay cosa que satisfaga más que hacer ver a los demás sus errores, ni nada más fastidioso que verse obligado a reconocer los propios. Eso lo llevamos tan marcado a fuego en los genes como la costumbre de atrincherarnos en bandos irreconciliables y la recurrente «envidia sana» que con tanta frecuencia nos ataca. Así es al menos en España. Lo más honesto hubiese sido que el responsable del error hubiera tenido el coraje suficiente para arreglar la chapuza responsable de la llegada teórica del tren a la estación de Renedo a las 11.06, sorprendiendo a todos con una valerosa rectificación a las 11.15 y asumiendo así abiertamente su condición de factor humano, en lugar de intentar arreglarla con ese astuto disimulo de hacerlo en tramos de de tres minutos. Bien, no debemos ser demasiado exigentes en esos asuntos. Si a Cristina Cifuentes le damos la oportunidad de presentar documentos falsificados e ir sonrojándose poco a poco, en lugar de obligarla a ponerse roja como un tomate de sopetón, que siempre resulta muy violento ¡Cómo no hacerlo con un oscuro confeccionador de horarios y su error de nueve minutos!
No pretendo arrogarme el mérito de haber resuelto el misterio del tren de las 11.06. Opino que mi teoría es razonable y avispada, pero con numeroso flecos sueltos. Se trata más de resaltar el hecho de que desde el Big Bang hasta los andenes de la estación de Renedo nuestra vida está rodeada de misterios, y que es mejor buscar nuestras propias soluciones, aunque sean erróneas, a conformarnos con las que nos da enlatadas Google. Eso y que a veces no sabe uno que escribir.
sábado, 17 de marzo de 2018
VIAJEROS Y TURISTAS
Estaba yo hace unos meses tomando el aperitivo con una amiga, en la terraza del Bourbon, cuando hete aquí que pasó por allí un conocido nuestro recién llegado de Benalmádena, en donde había pasado unos días de vacaciones. Como mi amiga tiene un apartamento en La Carihuela, que está al lado, aprovecho él la circunstancia para darnos la matraca contándonos aburridísimos detalles sobre su estancia en el Sur. Me llamaréis intransigente, pero nunca me han interesado ese tipo de relatos de viaje que se centran en la calidad del buffet de desayuno y la comodidad de los autobuses. La cuestión es que nuestro conocido no se cansaba de cantar las alabanzas torruscas (si, el gentilicio de Benalmádena es «torrusco», que ya son ganas de complicar las cosas). Como es habitual en estos casos, al minuto y medio de haber comenzado el monólogo, ya estaba yo mirándole con una sonrisa complaciente y pensando en mis cosas, sin hacer el menor caso de lo que decía, hasta que la inesperada (e insólita en el contexto) palabra «Venecia» me sacó de mis sesudas reflexiones a propósito de si sería mejor cocinar pasta a la carbonara o espinacas con gambas. ¿Venecia? ¿Que pintaba Venecia en medio de ese plúmbeo relato torruscano? Bueno, pues resulta que a nuestro avezado viajero le recordaba a Venecia la zona de Puerto Marina. Yo no tengo absolutamente nada en contra de Puerto Marina; de hecho he pillado allí unas borracheras muy simpáticas , porque es un sitio de mucho movimiento etílico nocturno y tiene unas terrazas muy a propósito para ello. No diré que la zona sea fea, pero a mucho tirar se le podría calificar como bonita; el lugar no deja de ser un atracadero de yates rodeado de apartamentos, uno de tantos. ¿Venecia? ¿La belleza de Venecia? ¿Venetto torruscado? Pues si, «porque también tiene canales...». ¡Chúpate esa! Vamos, que es lo mismo que decir que Baracaldo recuerda mucho a Florencia, «porque también tiene calles...» . Hay que tener una sensibilidad poética intensísima para ver Venecia en Puerto Marina, y una ausencia total y absoluta de ella para ver Puerto Marina en Venecia. Os aseguro que nuestro conocido no responde al primer caso, no diré más. Lo mollar de la cuestión es que el señor había tenido la oportunidad de conocer las bellezas de Venecia, y las de Puerto Marina, pero había sido totalmente impermeable a ellas, porque Dios da pan al que no tiene dientes.
A la vista del caso descrito, debemos poner seriamente en cuestión esa afirmación, mil veces repetida a la ligera, de que «viajar abre la mente». Más exacto sería decir que quien viaja con la mente abierta, regresa del viaje con ella enriquecida. Pero el que la tiene cerrada, la tiene cerrada tanto entre venecianos como entre torruscos.
También los grandes viajes de novios suelen ser con frecuencia un echar margaritas a los cerdos. Hace no tanto tiempo los novios consideraban más que suficiente pasar unos pocos días en Mallorca y volver morenos y cargados de ensaimadas. Más adelante se amplío el radio al resto de Europa y se volvía a casa quejándose de los precios. Ahora se considera del tres al cuarto un viaje de novios que no tenga como destino el Caribe, Bali, las Maldivas o las Seychelles. Salvo honrosas excepciones, todos regresan de esos paradisíacos lugares con trescientas o cuatrocientas fotos de su lujoso resort tropical y un desconocimiento absoluto del país que han visitado. Eso cuando no se ha tenido la mala suerte de comprobar, in situ, que las fotos del maravilloso resort eran de diez años atrás, y que las lujosas cabañas y los espectaculares salones y jardines se han convertido en un poblacho destartalado y comido por la humedad, que se ha sabido de algún caso.Yo conocí las aventuras de una joven pareja que, gracias al pelotazo inmobiliario de uno de sus progenitores, se permitieron un mes de estancia en los EEUUAA, visitando Nueva York, Nueva Orleans y Miami. A su vuelta informaron a todo aquel que les quiso escuchar que a ellos, en realidad, lo único que de verdad les había gustado había sido el parque Disney de Orlando. Quienes, como yo, mataríamos por desmelenarnos por Bourbon Street después de habernos atiborrado de comida cajún, patearnos el Barrio Francés y haber exprimido todas las demás delicias de la vieja ciudad sureña, nos rechinaban los dientes. ¿Por qué Dios prefirió darle ese pan a quienes no los tenían? Mi madre solía decirnos que «Dios escribe derecho con líneas torcidas». Será eso. Pero me ocurre como cuando era niño: no lo entiendo.
Como todo el mundo, he conocido personas que hablan de Roma con displicencia «porque está muy sucia y descuidada». Cierto es que muchos de ellos lo dicen para darse tono, por el simple snobismo de no reconocer que les ha gustado lo que gusta a todos. Otros tantos, lamentablemente, lo dicen porque lo piensan. Resulta descorazonador que alguien que tiene la suerte de estar rodeado por las obras de Rafael, de Borromini, de Melozzo da Forli y tantos y tantos otros, solo tenga sensibilidad para los desconchones y humedades del Palazzo Doria-Pamphili. Volver de Venecia con la nariz arrugada por el mal olor de los canales es otro gran clásico; es como salir de comer en Casa Lucio diciendo que estaba arrugada una punta del mantel, pero se dice.
Haciendo un crucero por el Nilo conocí a un animado grupo de viajeros, de esos que siguen a los guías como corderos, prestando una atención verdaderamente religiosa al ametrallamiento de tópicos, inexactitudes y lugares comunes que acostumbran a soltar estos. Pese a ello, al tercer día se dirigían unos a otros, en la mesa del desayuno, un sospechoso «Ayer ¿qué vimos?» que decía muy poco a favor del aprovechamiento del intenso fuego graneado de pseudocultura que les disparaban diariamente. A la hora de la cena ya se atrevían a decir, con aire de fastidio, que «todo es muy igual». A partir del día cuarto, más relajados y más en confianza, todas las conversaciones versaban sobre el espantoso calor y lo especiada que estaba la comida local, y se percibía cierta renuencia a la hora de encaminarse a visitar otro templo «igual». Esa armoniosa unanimidad argumental solo se veía alterada, en ocasiones muy alterada, por las agrias disputas sobre quién había regateado mejor con el vendedor del espantoso busto de Nefertiti que todos, sin excepción, habían comprado en el zoco local. Nunca olvidaré una tarde en el templo de Kom Ombo en la que todos ellos, obedientes como siempre a las instrucciones de su guía, miraban el polvoriento y poco interesante fondo de un nilómetro (que al día siguiente pasaría a ser otro difuminado «¿Qué vimos ayer?»), con tanta atención como si el mismísimo dios Hapi estuviese organizando allí la crecida anual; mientras, de espaldas a ellos, unos pocos disfrutábamos en la ribera del río de uno de los atardeceres más espectaculares que he visto en mi vida. He de confesar que en cuanto el sol se puso, los mosquitos nos acribillaron a picotazos tanto a los nilómetras como a los ribereños, en una hermosa y aleccionadora demostración de que, al fin y al cabo, nuestras mezquinas diferencias humanas le son indiferentes a la Madre Naturaleza.
Se viaja mucho ahora, es cierto, pero más para tachar países del mapamundi (y difundir generosamente los tachones entre amigos, conocidos y vecinos), que por el placer de conocerlos. Para eso y para mortificar a los demás con fotos y más fotos de lugares cuyo nombre no se recuerda, anécdotas agotadoramente insustanciales y la relación pormenorizada de todo lo que se ha comido y se ha bebido a cuenta del «todo incluido». Todo ello rematado con el inevitable colofón del «como en España no se vive en ningún sitio» , que por si solo es palpable muestra del nivel general de cosmopolitismo.
¿El viajar abre la mente? En fin, para eso sería preciso ser consciente de que se tiene una. Llamadme snob si queréis, pero creo que por cada diez viajeros, hay mil turistas.
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