domingo, 14 de agosto de 2016

SERÁ EL CALOR

          Hace unos días me pasé por la Biblioteca Municipal de Renedo a devolver un libro y, ya de paso, ver si pillaba algo interesante para leer. Carmen, la bibliotecaria, es uno de los pocos lujos culturales que tenemos en el pueblo. La pobre está siempre agobiada de trabajo y sufre la falta de medios que es característica de las instituciones culturales públicas de España. A pesar de todo, siempre saca tiempo para recomendarte un libro, comentarte las novedades del mes y cualquier otra cosa que podamos necesitar los usuarios. Pero resulta que Carmen ha cogido unas semanas de vacaciones, por lo que me atendió la persona que la sustituye, que no es lo mismo ni de lejos. Para empezar me dijo que devolvía el libro fuera de plazo, lo que podría jurar que es radicalmente falso. El problema es que si devuelves fuera de plazo, te castigan a no poder tomar otro libro en préstamo por un periodo de diez o doce días, no recuerdo bien, y yo quería llevarme uno. La chica no daba la sensación de ser precisamente el colmo de la simpatía, y  pensé  que intentar rebatir su taimada acusación de retraso iba a terminar, muy probablemente, en una discusión desagradable. Yo detesto discutir con desconocidos, porque no conozco sus puntos débiles; y detesto aún más discutir en verano, porque es muy fastidioso añadir el acaloramiento personal a la temperatura ambiente, que ya  de por sí me agobia mucho. A la vista de las circunstancias se me ocurrió la astuta añagaza de anotar el libro (que estaba decidido a llevarme como fuese) a nombre de mi hermana Verónica, que también es socia de la biblioteca. Mi propuesta no pareció ser muy del agrado de la señorita sustituta, porque frunció el ceño visiblemente y, con evidente ánimo de rechazarla, me dijo que sí, que podía pero solo “si se sabe los apellidos…”. Así, como suena.

          Yo soy miembro de familia numerosa y tengo que reconocer que soy muy despistado, pero estoy seguro de que si mis hermanos y yo no nos apellidásemos igual me acordaría, aunque reconozco que eso la señorita no tenía por qué saberlo. Por otra parte es verdad que en estos tiempos en los que la gente se casa y se divorcia tanto, puede darse el caso de que dos hermanos tengan uno de sus dos apellidos diferente, pero muy mal se tienen que llevar para no saberlos. Tan desconcertado me dejo la sustituta con su respuesta que estuve a punto de llamar a mi hermana para preguntarle. Afortunadamente reaccioné a tiempo para contestar con un escueto y estupefacto “sí”.

         Dice mi hermana Carmen que eso es imposible, que sería una broma pero, claro, es que ella no vio la expresión de pocos amigos de la señorita. Lo que yo creo es que le daba pereza anotarme el libro y me soltó el “si se sabe los apellidos” para dejarme noqueado y sin libro. La estratagema no es de las más brillantes que yo he visto, pero estoy seguro de que eso es exactamente lo que ocurrió.


          A mi hermana se le despegó el otro día una patilla de unas gafas. Ni corta ni perezosa se acercó hasta la óptica para ver si podían arreglarle la chapuza. Según me contó después, la atendió muy amablemente una señorita que, cogiendo con una mano las gafas y con la otra la patilla despegada, le dijo con rotundidad científica:”esta patilla se ha despegado”. Así, sin pasarla por una maquina ni nada, al primer vistazo. No se puede negar que el diagnostico daba toda la sensación de ser acertado, pero me parece muy imprudente precipitarse tanto en un asunto tan delicado e íntimo como es la separación de una patilla de sus gafas. Hay que tener mucha experiencia en asuntos de gafas y patillas, y ser muy sagaz en líneas generales, para deducir al primer vistazo que era la patilla la que se había despegado por el simple hecho de verla separada del resto de las gafas. Bien pudiera ser que en realidad fuera el resto de las gafas el que se hubiese separado de la patilla. El tema podría dar hasta para una discusión filosófica. Afortunadamente la perspicaz señorita zanjó la cuestión de un tajazo y al primer golpe de vista.

          En una de esas excursiones que hago algunas veces a las más remotas latitudes de Movistar TV, me encontré ayer con que el docto comentarista de un canal ultracatólico explicaba a sus oyentes, y a mí, que el Norte de África está habitado por árabes, bereberes y demás gentes musulmanas, pero que el África Subsahariana, por el contrario, la habitaban principalmente afroamericanos. Yo siempre he tenido la idea, evidentemente absurda por lo que veo, que en esa zona del continente vivían negros, gente de color (oscuro) o como mucho afroafricanos. Ahora resulta que no, que en un masivo movimiento de retorno los negros de EEUUAA han colonizado, o reconquistado o simplemente ocupado por la fuerza todo el África Subsahariana. Me parece raro que Eduardo Inda o Francisco Marhuenda, tan atentos siempre a los peligros que para la civilización occidental suponen los grandes movimientos migratorios, hayan pasado por alto un éxodo tan abrumadoramente multitudinario. Me pregunto quién vivirá ahora en Harlem, caso de vivir alguien. ¿Lo habrán reocupado los americoamericanos? ¿Estará vacío? ¿Estaremos llevando la corrección política hasta extremos tan ridículos? No se sabe.

          Para terminar citaré a una doctora en derecho, española convertida al Islam. Preguntada sobre la situación de las mujeres en países como Arabia Saudita, en donde ni conducir pueden, contestó ni corta ni perezosa que ese tipo de cosas hay que verlas en su contexto. Que no se puede decir, así al turuntutun, que fíjate tú que no las dejan conducir, que eso es muy imparcial y muy inexacto y que denota una escandalosa ignorancia sobre la sociedad saudí. Yo la miraba fascinado, con su perfecto traje sastre, su pelo al viento, su doctorado en derecho y su hablar en televisión a cara descubierta, tratando de descubrir en donde estaba la broma. Pero no, no había broma. No pueden conducir (ni prácticamente hacer ninguna otra cosa), eso es verdad, pero “quizás hay cosas que lo compensan”. Chúpate esa.

          Que digo yo que si el calor nos estará descoyuntando las mismísimas meninges, a algo así.

miércoles, 3 de agosto de 2016

MAÑANAS DE PUEBLO

          
         El día empezó pronto porque mi gato había decidido que hoy tocaba madrugar. A Chispas, que es un sentimental, le provoca una pena horrorosa ver vacío su bol de comida, y acostumbra a manifestarlo recitando un mantra de maullidos lastimeros al pié de mi cama. Yo, que de sentimental tengo bastante poco y detesto madrugar, respondo a sus lamentaciones lanzándole una babucha, pero nunca acierto. No es que el blanco sea precisamente pequeño, eso debo reconocerlo, pero entre las nebulosas del sueño es difícil acertar a cualquier cosa, sobre todo si el objeto en cuestión, a la vista de la zapatilla, ha salido corriendo hacia el pasillo como alma que lleva el Diablo. El resultado es que Don Gato sale corriendo a trote ligero… para volver diez minutos después. Visto que la simple apelación a mi sentimentalismo no produce el efecto deseado, empieza con su repertorio de guerra psicológica: se tumba a mi lado ronroneando, me lame la nariz con esa legua suya rasposa que si te descuidas te exfolia hasta el mismísimo hueso y se hace, en definitiva, el amigo cariñoso. Yo no admito bien por la mañana las manifestaciones de cariño, ni de cualquier otro tipo, pero el caso es que todas esas astutas maniobras felinas consiguen desvelarme completamente y no me queda más remedio que levantarme, a las siete de la mañana.


          Con Chispas pegado a mis talones voy como un autómata hasta la cocina, a rellenar de comida el maldito bol, y mientras él se dedica a ronchar el pienso con un crak-crak rítmico y metódico, yo empiezo el Trabajo de Sísifo de limpiar la terracita de la cocina. Allí está el cajón de arena del gato, cuyos alrededores aparecen a esas horas, después de toda una noche de tapar meadas a patadones, regado de piedrecitas de arena de gato que me veo obligado a barrer y recoger. A continuación friego la terraza y queda todo listo para que se produzca lo que yo llamo la Inspección Técnica. Chispas es muy mirado para sus cosas y el cajón de arena es su cosa más indiscutiblemente  su cosa, la  que más controlada tiene. Eso de que yo lo esté manipulando sin su consentimiento no le parece nada bien, de modo que en cuanto yo salgo de la terraza entra él, husmea un poco, se mete en el cajón, hace un pis para demostrar que aquello es suyo y culmina la ceremonia de toma de posesión con cuatro patadas bien enérgicas, regando de paso, otra vez, toda la terraza de fragmentos de su arena. Y así un día tras otro. Como Sísifo con la piedra.

         Viene después el rito del café y el cigarro. Todavía funcionando en modo piloto automático me hago un café y me lo tomo deambulando por email, facebook y lugares afines, fumando como un poseso para compensar la falta de nicotina que provoca toda una noche durmiendo. Tengo que decir que eso Chispas lo detesta hasta los mismos tuétanos felinos de su corazón. Me puedo pasar horas leyendo, con él tumbado tan ricamente a mi lado sin dar más señales de vida que algún estiramiento-acoplamiento para ponerse más cómodo; estoy viendo la televisión después de cenar y él se repanchinga en el otro extremo del sofá sin dar problemas. Pero en cuanto me siento al ordenador se pone a dar vueltas a mí alrededor maullando y dando la tabarra de las mil maneras posibles. Pasa lo mismo cuando hablo por teléfono. No se me ha ocurrido ponerme a investigar estos extravagantes comportamientos felinos. A los gatos no queda más remedio que aceptarles como son y tratar de bregar con ellos lo mejor posible. 

         Cuando termino de exprimir Internet todo lo que da de si,  llegan los asuntos de la ducha y demás manipulaciones higiénicas. Ese tiempo lo divide el gato entre hacer guardia a la puerta del baño y ensañarse con la primera pieza de calzado que tenga a mano. A Chispas le gusta muy poco estar solo y tiene clara la relación entre ponerme los zapatos y marcharme a la calle. Normalmente se conforma con morder y arañar una bota vieja que tengo reservada para su uso personal, pero también puede ocurrir que cuando entre al dormitorio a vestirme, me encuentre con todos mis zapatos desparramados y a Chispas en medio de ese mar de calzado, mirándome con cara de desafío.

          Una vez cumplidos los rituales mañaneros, salgo a la calle y me lanzo a la vorágine  de la Avenida Luis de la Concha, centro neurálgico de la vida comercial y social de Renedo. Cuando eres joven el pueblo te agobia, no te gusta, porque en el pueblo todo el mundo te conoce, todo el mundo sabe tu vida y tus milagros y a cualquier sitio que vayas te encuentras con alguien conocido. Pero cuando te vas cargando de años, cuando ya empiezas a necesitar aquel “Sistema ideal de calistenia para los que no son ya muy jóvenes” que tanto le gustaba a la sin par “Reina Lucía”, el pueblo te encanta porque todo el mundo te conoce, todo el mundo sabe tu vida y tus milagros y a cualquier sitio que vayas te encuentras con alguien conocido. Así de extravagantes somos. Si esto supone madurez o decadencia no sabría decirlo.

          Lo que sí sé es que da gusto ir andando a pequeños saltos entre saludo y saludo, entre sonrisa y sonrisa. No negaré el lado oscuro de los rencores y las murmuraciones, porque todo paraíso tiene su serpiente, pero ese tipo de cosas suelen quedar desactivadas, o casi, a poco empeño que pongas en no hacerles ni caso.

          Me gusta empezar la jornada tomando un café en Madigan’s. Madigans es indudablemente un bar, pero también tiene mucho de salita de estar, gabinete psicológico y club social de los Desterrados Hijos de Eva. Nunca falta conversación, ni risa, ni el “buongiorno, príncipe” con el que me saluda Feli todos los días, que anima mucho. Allí, entre bromas y veras, se procura quitar algo de humedad a este Valle de Lágrimas.


          Algunos días compró el periódico, pero no todos. Estar al día de las noticias es un arma de doble filo, porque la inmensa mayoría de las veces te provoca mal humor, sentimiento de frustración y, en el caso de las noticias sobre política española, hastío y desesperación; cosas, todas ellas, que no estoy seguro de que compensen el estar debidamente informado. Por otra parte siempre se encuentra algún buen artículo de opinión y hasta información cultural que hablan de verdadera cultura, aunque esto último no siempre. Hoy me he encontrado en el kiosco de Olga con un antiguo compañero de los tiempos en que estuve trabajando en RAM. Tras saludarme con un “Hola, Sierra” (la mayoría de la gente mayor del pueblo se refiere a mí como “Sierra” o “el pequeño de Sierra”) ha pasado a hacerme un relato muy pormenorizado de su vida, de lo bien que les va a sus hijos, de su huerta y no sé cuantas cosas más. Ha sido un fuego graneado de información tan intenso e impenetrabe que yo apenas he podido intercalar un “ah ¿sí?” de vez en cuando. Lo más curioso del caso es que cuando ha terminado su instructivo monólogo se ha despedido de mí con un “Bueno, me alegro que te vaya tan bien”, que me ha dejado perplejo. O el señor es adivino, y no muy bueno, o mi vida sale publicada en la Hoja Parroquial sin yo saberlo, porque desde luego no tuve oportunidad de decirle ni “esta boca es mía” y mucho menos lo bien o mal que me va la vida.

         La prensa suelo leerla en la terraza del Bourbon, ya lo he dicho en más de una ocasión. Me gusta su tranquilidad, el “Buenos días, amigo” de Juan y su superapretón de manos. Ignoro si ocurrirá lo mismo en otros lugares, pero en Renedo, en cuanto te sientas en una terraza, no pasa perro ni gato que no te suelte un “qué bien estás ahí”, “así se vive bien”, “así da gusto” o cualquier otra frase corta del mismo tenor. Tanto te lo dicen que terminas por tener la sensación de estar haciendo algo extraordinario y casi pecaminoso. Lo curioso del caso es que te lo dice gente que podría estar haciendo lo mismo, que de hecho lo hará en un momento u otro del día, pero mientras tanto te dejan con un sentimiento de culpa,  como si tú  estuvieses sentado en la terraza justo, justito, en el mejor momento. O en el peor, eso no lo tengo claro.


          Siguen las compras, que suelen empezar en el Estanco de Raúl. Hoy, como es lunes, me ha recibido con la sonrisa de siempre y su chiste de los lunes (“Ay, que larga se me está haciendo la semana”). Siguen la frutería, la carnicería… en todos los sitios es raro no escuchar una broma, o un chascarrillo, un “venga, que vaya bien el día”. También es raro, por no decir imposible, no encontrarte alguien conocido con quien hilar un poco la hebra. Y mientras vas de un sitio a otro siguen los “buenos días”, los “hasta luego”, los pitidos del claxon de algún amigo que pasa en coche. Supongo que habrá en Renedo gente que se sienta sola, pero me parece difícil. El pueblo es como una casa grande. Puedes estar solo en casa, si quieres, pero tienes la certeza de que en cuanto abras la puerta alguien se alegrará de verte. Claro que varios saludos serán forzados y algunas sonrisas serán hipócritas pero, que queréis, a caballo regalado, no se le mira el diente. Hipócrita o sincera, la cortesía siempre agrada. El único punto negro en esta idílica estampa de la compra es la caja del supermercado. No consigo acostumbrarme a ese ritmo frenético, a esa prisa enloquecida e insensata a la que te obliga el inclemente bip-bip de tu compra pasando por el sensor de la caja, a la fría eficiencia de las cajeras bombardeándote con el paquete de arroz, la lata de tomate y las naranjas. Por lo demás, hacer la compra en el pueblo suele ser una experiencia agradable.

          Llegar a casa con la compra lleva aparejada la minuciosa inspección por parte de Chispas de todas y cada una de las bolsas. Husmea, olfatea, da un par de vueltas alrededor y va a tumbarse al sofá del que acaba de levantarse. Eso si la compra no incluye algún vegetal verde, sea el que sea. Da lo mismo un puerro que un poco de perejil. A Chispas lo verde le vuelve loco y siempre lo recibe con unos maullidos, que más parecen graznidos, exigiendo para su uso personal el elemento en cuestión. Cuando yo he conseguido poner a salvo el puerro, o lo que sea, se marcha muy enfadado a enzarzarse a mordiscos rabiosos con su planta de menta.

          Si salgo a tomar el blanco nunca, o muy raramente, he quedado con alguien. Otra de las ventajas de vivir en un pueblo es que sabes con toda seguridad que siempre te vas a encontrar con amigos. Los raros momentos en los que estoy solo me entretengo escuchando descaradamente las conversaciones de la mesa de al lado, que siempre se aprende mucho. Hoy estaban sentadas cerca de mi mesa dos mujeres de unos 35 o cuarenta años, tomando su cerveza y charlando tan ricamente. Tan ricamente hasta que ha llegado el que evidentemente era el marido de una de ellas. Lo digo porque antes de sentarse le ha descerrajado un desagradable “Luego dices que estás cansada” que me ha sonado más a marido que a novio, aunque nunca se sabe. A continuación, tras explicar ella que había estado de compras, ha continuado su ametrallamiento machista con un “Toda la puta mañana para hacer la compra”. Para que luego se diga que en los pueblos no hay gente moderna. Lo que me ha resultado más alarmante ha sido el remate final: “Te pasas todo el día por ahí, estirando la pata”. De haber sido yo la mujer, le habría mandado a la mierda, por decirlo suavemente, después de la primera frase; pero claro, si se pasa todo el día “estirando la pata” la cosa cambia. Estirar la pata una vez es una tragedia, pero estar todo el día estirándola es de una frivolidad irrazonable. No me voy a poner a defender el descarnado machismo de ese hombre, pero comprendo su malhumor si se tiene que pasar la vida pagando funerales, al precio que están, porque su mujer tiene la extravagante monomanía de estirar la pata sin ton ni son. No debe resultar muy agradable estar casado con una zombi, y una zombi que se pasa toda la puta mañana de compras por añadidura.

          Entre mis amigos más íntimos no abundan los potentados. Llegar a fin de mes, o a mediados de mes, o al fin de semana suele resultarnos misión imposible, pero cuando nos juntamos a tomar el vermouth procuramos dejar a un lado las preocupaciones y nos lanzamos a una vorágine de chismes, retruécanos y frases ingeniosas. En resumen, hacemos unas risas. De nuevo es Madigans el centro neurálgico de estas reuniones. Al terminar, ahí siguen los problemas, pero te vas a casa más reconfortado.Y allí me está esperando Chispas, como un farolillo, nada más abrir la puerta, que guerra da toda la que quieras y un poco más, pero compensa.

          Está claro que las mañanas de ciudad tienen su encanto, qué duda cabe, pero yo prefiero las de pueblo.








sábado, 16 de julio de 2016

JOSEFINA, NO TE LAVES

          De la correspondencia “romántica” entre el emperador Napoleón y su esposa, Josefina, se conservan suficientes ejemplares como para saber, sin asomo de duda, que los dos augustos personajes eran de naturaleza fogosa y apasionada. La que más célebre se ha hecho ha sido aquella en la que Bonaparte le comunica a su media naranja: “Josefina, en dos días iré a verte. No te laves”. Por el tono general de la misiva han deducido los historiadores que ese napoleónico “no te laves” se refería a mismísima pepitilla de la De Beauharnais. Eso de querer encontrar el felpudo maldito de su esposa en estado de fermentación, ha aureolado al Gran General de una fama de guarrete que está, en mi opinión, muy lejos de haber sido demostrada más allá de toda duda. Se sabe que Eugenia de Beauharnais fue una devota seguidora de las costumbres del Directorio, costumbres relajadas donde las haya en cuestión de liberación sexual. La mayor parte de los aristócratas y demás gente destacada de la sociedad de aquellos días había estado en un tris de que les rebanasen el cuello en la guillotina, que a Robespierre, una vez que se puso a cercenar cabezas, no había quien le echase el freno. A esas épocas de terror total, suelen sucederles otras de desenfreno general, como bien se vio en los locos años veinte del siglo pasado. Eros y Tánatos en estado puro.


           Todo lo relativo a las partes pudendas de Josefina estaba en boca de todos, si se me permite la expresión; en algunos casos de modo figurado, pero literalmente en gran parte de ellos. Sus íntimas amigas, desde La Cabarrús hasta madame Tallien, que también fueron unas pendones muy notables, se hacían lenguas, de nuevo pido perdón, de los furores uterinos de la célebre vizcondesa de Beauharnais. Alguna de ellas, llevada por la caridad y el espíritu cristiano, informaba puntualmente a Bonaparte de los extravíos de su esposa. A Napoleone, que a todo su Grandeur y toda su Gloire añadía unas suspicacias y unas malas pulgas muy meridionales, no le hacían ninguna gracia esos comentarios; estaba todo el santo día dudando, que sí me lo creo, que no me lo creo. En esas circunstancias pudiera ser que el “no te laves” de Napoleón no fuese muestra de una desaforada afición del emperador por los berberechos arranciados, afición del más genuino mal gusto, sino una astuta estratagema de aquellas que tanta fama le dieron en el campo de batalla, que ya se sabe que “en el amor,como en la guerra”. Que Josefina no se lavase le permitiría a él investigar, y en su caso detectar, la presencia de, digamos, elementos extraconyugales en el Sagrario del Amor de su santa esposa.

         Sería también posible, aunque poco probable según los historiadores, que la mujer fuese en realidad una leal y recatada esposa, fiel a su marido como una monja. Esto se contradice, insisto, con los abundantísimos chismorreos de la época y con toda la historiografía napoleónica, pero justo es decir que no hubiese sido la pobre Josefina la primera mujer injustamente vilipendiada de la historia. De ser el caso se me ocurre otra explicación al “no te laves”, menos onerosa en términos de reputación para el Gran Corso. El nombre de soltera de la Beauharnais era Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie. Ese “De la Pagerie”, sin traducción literal al español, en castellano resuena muy muchísimo a “pajerío”. Pudiera muy bien ser que las cálidas y sensuales soledades tropicales de su Martinica natal, tan escasa de hombres y mujeres aceptables, arrojasen a la familia Tascher en los mórbidos y pecaminosos brazos de la autosatisfacción, y que lo hiciesen de un modo tan desenfrenado y total que terminasen por apodarles los “Pagerie” sus maliciosos vecinos. Según he oído decir, los placeres del dedo y de la mano le dejan a uno satisfecho , exhausto y con la libido muy tranquilizada. También me han dicho que después de practicados es la costumbre lavarse. Claro, si madame Beauharnais era adicta a ese feo vicio, tan justamente condenado por la reina Victoria y por la Iglesia, no era de esperar que recibiese a su Napoleone con el ardor romántico que él desearía. Tal estado de laxitud se compadecería mal con los volcánicos instintos acumulados de un soldadote italiano, con más de tres meses de abstinencia a cuestas por añadidura. Eso cambiaría completamente el sentido de la controvertida frase, dejando el tristemente famoso “no te laves” en un simple y ramplón “Déjate de pageries y aguanta un poco, que ya llego”. Claro que eso significaría que la antigua vizcondesa y futura ex-emperatriz se lavaba única y exclusivamente después de sus pageries, lo que por otra parte no sería tan extraño en aquellos tiempos en los que la higiene personal dejaba tantísimo que desear.Y es que todos aquellos nobles y reyes y reinas eran, por decirlo claramente, una pandilla de cerdos.

         Vemos a todos esos personajes y personajas en los retratos de corte que les representan con sus mejores galas, forrados de diamantes, rasos y terciopelos, estirados y altivos como ellos solos y la verdad es que impresionan. Pero en cuanto te pones a pensar en la escasa afición que sentían por el baño, toda esa pompa y circunstancia queda seriamente empañada por la idea del fuerte olor a chotuno del que necesariamente tenían que estar aureoladas.



          Pongamos por ejemplo el palacio de Versalles en la época de Luis XIV, ejemplo y paradigma del boato regio y cortesano elevado a su máxima potencia. Se dice que vivían en él alrededor de 4000 personas, entre reyes, príncipes, nobles y la legión de ayudantes y servidores de rigor. Todos ellos amontonados en aquella cansina sucesión de gabinetes y salones llenos de mármoles y dorados y en la que no había ningún baño. Al Rey Sol le gustaba estar siempre rodeado de gente y sus fiestas eran  multitudinarias. Estremece pensar en aquel apretujamiento de aristócratas que se bañaban una vez al año, como mucho, destilando todos ellos sus vapores corporales mezclados con los perfumes que usaban para tratar de disimularlos. Cualquier pituitaria moderna entraría en estado de shock instantáneamente. Al mal olor de las personas había que añadir el de las propias instalaciones. Cuenta el duque de Saint-Simón en sus memorias que la esquina del arranque de la Escalera de los Príncipes, tan impresionante y fastuosa, era el lugar más popular entre los nobles para ejercitar sus artes mingitorias, aunque parece ser que cualquier esquina oscura les parecía apropiada. Del cómo y cuándo de las evacuaciones mayores, y de lo que se hacía después con ellas, es mejor no hablar. Me doy perfecta cuenta de que adopto un punto de vista muy prosaico al analizar aquel despampanante fulgor, aquellos boatos regios que tanto prestigio dieron a Francia, pero como decía la marquesa de Merteuil, y aún a riesgo de ser tachado de poco sensible, “no puedo evitarlo”. La corte de Luis XIV, con toda su “Grandeur” y todo su lo que queráis, olía como un estercolero.


          Dentro de aquella guarrindonguería generalizada había personajes que destacaban por su especial falta de higiene, lo que bien mirado no deja de tener su mérito. Uno de ellos fue, precisamente, nuestro buen rey Felipe V. Felipe fue el primer Borbón que reinó en España, para alegría de su abuelo Luis XIV y desgracia de Cataluña y algunas otras regiones de España, y llegó a Madrid con las sucias costumbres de Versalles a cuestas, para añadirlas a las de la corte de España, que tampoco serían mucho más aseadas. Trajo también unas melancolías y unas neurastenias que con el tiempo degeneraron en lo que viene a ser llamado “volverse majareta”. Y esa majaratería se tradujo en una aversión irreversible por el baño en particular y por la limpieza en general. Usaba solo camisas que previamente hubiese usado la reina y estas se las dejaba puestas hasta que caían hechas jirones. El pestazo en la cámara regia alcanzaba cotas tan apocalípticas que algunos ministros se desmayaban al entrar en ella. Al amor por la suciedad unía su desenfrenada lubricidad borbónica, exigiendo a la reina el diario cumplimiento de sus deberes maritales, por lo que no es de extrañar esa cara de avinagrada que tiene Isabel de Farnesio en todos los retratos.

Con el transcurso del siglo XVIII y sus delicadezas rococó el asunto de la suciedad debió empezar a tratarse de manera un poco más moderna, pues de otro modo no se explica ese “no te laves” de Napoleón que, estoy seguro, nunca tuvo necesidad Luis XIV de decírselo a Madame de Montespan o a cualquier otra de sus numerosas amantes.

lunes, 11 de julio de 2016

GORETTI, JOSÉ MARIA Y SIMEÓN

          En mi humilde opinión, el tema se la santidad se ha visto contaminado muy seriamente del mal del siglo: la supremacía del número, la indiscutible supremacía de la cantidad sobre la calidad. Los vapores del populismo han ido ascendiendo poco a poco hasta confundirse con el incienso de las iglesias, emponzoñando sin remedio esos salones forrados de terciopelo rojo y molduras doradas tan característicos de los palacios episcopales. Ahora es suficiente con que se reúna un número suficiente de personas, suficiente para llamar la atención de los medios, para que rápidamente el prelado correspondiente ponga en marcha el engranaje canonizador. La velocidad a la que se tramitan esos expedientes, se encuentran los preceptivos tres milagros y se recogen pruebas y testimonios de las virtudes heroicas se ha acelerado tanto en los últimos cien años, que el Martirologio Romano va a terminar por ser más voluminoso que la Enciclopedia Británica. Ahora todo esos delicados y farragosos trámites se hacen con rapidez vertiginosa (vertiginosa para los tiempos vaticanos quiero decir). Pudiera ser que la santidad brille con más claridad en estos tiempos tan entregados al vicio y la perdición. Eso o en la Sagrada Congregación Para las Causas de los Santos han aplicado la Reforma Laboral del PP y tienen a los Abogados del Diablo trabajando a destajo por cuatro perras. La verdad es que ya ni los santos son como los de antes.

         Tenemos el caso de Santa María Goretti. Goretti vivía en la miseria, rodeada a más no poder de malaria y anticlericalismo. Era tan buena que cuando hizo la primera comunión prometió morir antes que cometer pecado alguno. Al año siguiente murió la pobre en horribles y santificadas circunstancias Pudiera ser que el espantoso crimen que acabó con su vida ocurriera de manera fortuita, pero es más probable que la Divina Providencia, en su sabiduría, tuviese en cuenta la debilidad de la carne (y del pescado) y provocase el incidente, para subir cuanto antes a María a las esferas celestiales, no fuese a ser que las tentaciones del siglo llevasen a la niña, unos años más tarde, a faltar a una promesa de tan dudoso cumplimiento. El caso es que María murió tan virtuosa e inmaculada como su tocaya de Nazaret, probablemente con el nombre de Jesús en los labios, y era pobre como una rata y humildísima y buena hasta decir basta. Bueno, pues esa santidad tan evidente y total tardó nada más y nada menos que cincuenta años en ser reconocida y proclamada.



          Luego está San Monseñor José María Escrivá de Balaguer, marqués de Peralta. En la Edad Media el Santo Padre tenía la costumbre de canonizar a los monarcas, quizás en una entrega algo imprudente a la teoría del Derecho Divino de los reyes, aunque los historiadores maliciosos pretenden que era, simple y llanamente, una forma de agradecer los privilegios y terrenitos concedidos por esos santos autócratas en beneficio del Papado. No sé. Pero como ahora cada vez es más difícil encontrar a un rey con la corona puesta, la Curia Romana ha democratizado su punto de vista y se ha puesto a santificar marqueses. Creo que esta actitud es muestra indubitable del constante esfuerzo de la Iglesia por adaptarse a los nuevos tiempos, aunque siempre habrá algún malintencionado que se empecine y persista en sostener lo contrario. Así son de resentidos y obcecados los librepensadores. Por si ser marqués no fuese suficiente mérito para ser santificado, San Monseñor bendijo al mundo con la creación de Opus Dei y, sobre todo, con la publicación de su célebre best-seller “Camino”, cumbre de la literatura piadosa, que deja a Tomás de Kempis y su “Imitación de Cristo ” a la altura del betún teológico. Ese “Vanidad de vanidades y todo vanidad, sino amar y servir solo a Dios. Esta es la suma sabiduría por desprecio del Mundo ir a los Reinos Celestiales”, que declaraba D. Tomas, estaría muy bien para aquellos medievales tan obtusos, que eran muy brutos y tenían escaso sentido de la oportunidad. Pero para nuestros tiempos modernos vienen mucho mejor las prédicas del Santo Monseñor cuando nos dice: “El plano de santidad que nos pide el Señor, está determinado por estos tres puntos: La santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza”. Intransigencia, coacción y desvergüenza, como debe ser. Solo con esto tendría la Iglesia motivos más que sobrados para elevarle a los altares, aunque no se le hubiesen probado tres milagros ni nada. A él y a la mayor parte de la clase política y empresarial de España, ya puestos. Uno tiende a sentir más simpatía por la virtud de la Santa Goretti que por la desvergüenza del San Marqués, pero el caso es que a ella tardaron cincuenta años en canonizarla, mientras que a él se lo ventilaron en poco más de veinte. A partir de ahí el proceso de canonización ha seguido acelerándose sin parar. El de San Juan Pablo II les llevo tan solo nueve años, y bajando. En la Congregación de los Santos, las cosas de palacio van deprisa y eso va en claramente desdoro de la tradicional y augusta paciencia Vaticana.


          Eso con las canonizaciones, que lo que ocurre con las beatificaciones es ya una cosa enloquecida e insensata. Hablando solo de beatos españoles no encontramos con que el 11 de marzo de 2001 fueron proclamados 233; el 28 de octubre de 2007, 498; el 13 de octubre de 2013, 522. No sé si el número de beatos por habitante influirá en el PIB, pero desde luego nos convendría mucho. Yo no digo ni que sean beatos, ni que no lo sean, que para dictaminarlo Doctores tiene la Santa Madre Iglesia. Pero me es inevitable hacer la reflexión de que beatificando a la gente tan a mogollón, no será difícil que se les cuele en el cielo algún malandrín que no sea trigo limpio. Es horroroso que a alguien le peguen un tiro solo por ser fraile, cura o seminarista, eso es indiscutible, pero de ahí a hacerlos a todos beatos… Teniendo en cuenta como está el asunto de la pederastia entre el clero, ahora que hay, o parece que hay, algún control sobre el asunto ¿No sería posible que en aquellos entonces turbulentos hubiese entre los fusilados alguno de esos buenos clérigos a los que se les va la mano al culito de los niños? ¿No habría alguno ellos reo de soberbia, de gula, de ira o avaricia? Lo lamento, pero tengo que decirlo: esa enloquecida forma de beatificar en manada me parece de una imprudencia temeraria y de una frivolidad impropia de la Sede de San Pedro. Ellos verán.


          Ciertamente en este asunto de la santidad, digámoslo sin rodeos, ha bajado muchísimo el nivel de calidad. Me parece muy bien que una chica defienda su pureza y que un marqués defienda su intransigencia, los dos hasta extremos virtuosamente heroicos, pero a mi dadme los santos de antes. Aquello era carácter, personalidad y sentido escenográfico y lo demás es cuento. Uno de mis favoritos ha sido siempre San Simeón El Estilita.



          San Simeón debió ser un hombre de esos que es preferible admirar de lejos, pero muy santísimo y muy ingenioso, lo que no suele coincidir. Para empezar se le considera el inventor del cilicio, lo que le conecta directamente con el Opus Dei y sus prácticas de penitencia, demostrando su gran iniciativa en el campo del masoquismo y su visión de futuro. Cuentan las crónicas que tan extremado y riguroso era en sus penitencias, que en aquellos días en que los ayunos y mortificaciones eran el pan nuestro de cada día (las mortificaciones, no el ayuno), fue expulsado de su monasterio por exagerado. De haber sido un santo de los de ahora se hubiese ido a vivir a un apartamento en la mejor zona de Madrid, como Rouco, o a los Palacios Apostólicos, como Bertone, pero no. San Simeón se fue a vivir… a una cisterna seca. Como la Historia Sagrada no dice nada de que hubiese problema de vivienda en Cilicia en aquellos años, hay que suponer que San Simeón se instalo en la cisterna (seca) de motu absolutísimamente proprio, en un rasgo de tan encantadora originalidad que no se le hubiese ocurrido ni al lord victoriano mas excéntrico. Yo opino que el santo debería haber dado por supuesto que en la Cilicia del año 400, que debía ser un lugar aburridísimo, el espectáculo de un hombre viviendo en una cisterna, mojada o seca, sería la sensación del momento y no querría perdérselo nadie. Pero no lo tuvo en cuenta y se encontró con que la gente no paraba de darle la tabarra yendo a visitarle, impidiéndole practicar en las debidas condiciones sus ayunos y rigores, de la forma más impertinente y desconsiderada. Cualquier otro en su lugar se hubiese desalentado y se hubiese puesto a pecar como un descosido, o se hubiese postulado para cardenal que para el caso era lo mismo, pero él, muy al contrario, reflexionó y volvió a reflexionar sobre el asunto, hasta que se le ocurrió la brillante idea de subirse a una columna y quedarse allí tan ricamente. Preciso es reconocer que este hombre santo tenía una tendencia irrefrenable a llamar la atención de sus semejantes, porque si vivir en una cisterna ya resulta bastante llamativo, no te digo nada la expectación que causaría verle allí empingorotado. Es factible que él fuese consciente de ese defecto suyo tan feo, que roza el pecado de escándalo, y que fuese esa la razón del virulento modo en que se disciplinaba.



          Tan arraigada debió de estar en él esa manía de dar la nota, que para sanar de ella su alma tuvo que pasarse treinta y siete años purgando y sufriendo encima de la columna. Es de suponer que la gente seguiría yendo a verle y en número aún mayor que a la cisterna, que por muy seca que estuviese, quieras que no, esos sitios siempre son húmedos y oscuros. Pero allí, al aire libre, sentadito en su columna, se le podría mirar con mucha comodidad a la hora del paseo, mientras que él, encaramado en aquellas alturas columnarias, conseguía la soledad de mono (en el sentido griego) que tanto, y de forma tan enrevesada, intentaba encontrar. Por otro lado hay una cuestión, desagradablemente escatológica, que contribuiría en gran medida a facilitar el aislamiento del santo varón. Se dice que la comida se la llevaba un fiel discípulo suyo en una cesta, y que San Simeón la subía hasta sus alturas cuasi celestiales izándola con una cuerda. Eso está muy bien, pero hay que enfrentar el hecho de que El Estilita, por muy santísimo que fuese, cagaría y mearía como todo el mundo. Los textos sagrados no dicen ni pío sobre el asunto, como tienen por costumbre, pero no sería muy arriesgado suponer que se aliviase, por así decirlo, arrimando el culo al borde de la columna. Treinta y siete años cagando y meando en el mismo sitio son muchos años. Es de imaginar que ya a los seis meses no resultaría muy agradable acercarse a ver el panorama. No te digo nada a los doce o trece años. De hecho yo creo que podría hablarse sin temor a equivocarse de guerra bacteriológica “avant-la-lettre”, lo que unido al ya citado invento del cilicio redunda en la idea de que San Simeón era un hombre inteligente y muy adelantado a su tiempo, aunque no muy limpio.


         Hay otros inventos y costumbres que podrían perfectamente haber tenido su origen en la insólita idea de San Simeón. Desde que Freud fue Freud resulta que las columnas son símbolos fálicos, y lo que está arriba del falo toda la vida fue el capullo. Así la castiza expresión “hacer el capullo” podría hacer alusión en su origen a practicar la penitencia a la manera del Estilita. Es verdad que ahora “hacer el capullo” quiere decir hacer el tonto, pero eso es porque la perniciosa secularización de la sociedad, que todo lo relativiza,  nos lleva a ver como una tontería todo lo que tenga que ver con la piedad desatada y loca. Yo propongo, en desagravio al Santo, la expresión "hacer el Estilita" y que cada cual la utilice en el sentido que prefiera. La moda de vivir en un loft o en un ático puede serle también atribuida a Simeón quien, no me cansaré de repetirlo, demostró una enorme visión de futuro. Lo único que desmerece un poco la ejemplar vida de Simeón es que por muy buena voluntad que le pongamos no se puede decir, tras treinta y siete años de deposiciones diarias, que muriese en olor de santidad.


          Tan gran sensación causó la vida de San Simeón, que creó escuela. Después de él llegó San Simeón Estilita el Joven, que se tuvo que pasar la vida buscando cada vez columnas más altas, para eludir a las multitudes que acudía a venerarle. Quizás en su atolondramiento de santo varón encontró una solución al problema de los desechos orgánicos más civilizada que aquella que tan buen resultado le dio a su antecesor,  sin tener en cuenta los efectos disuasorios para los molestos peregrinos; o quizás ya en aquella época algo más moderna algún otro santo había inventado las máscaras antigás. El caso es que el pobre tuvo que cambiar de columna hasta tres veces, antes de encontrar una lo suficientemente alta para poder hacer tranquilamente sus meditaciones. Por haber, hubo hasta un San Simeón Estilita III del que no se dice mucho y no me extraña, porque lo poco agrada y lo mucho cansa.


          Además fueron llegando otros santos más a la moda y con extravagancias nuevas, como tirarse a las hogueras y cosas de esas que, por qué negarlo, dan mucho más espectáculo que estarse quieto encima de un pilar, con el gran riego de sufrir torticolis que corrían los veneradores.También hubo algún santo de chichinabo en aquellos heroicos tiempos, como San Martín de Tours, que se encontró con un pobre en invierno y le regalo… media capa. Cortó su capa en dos y hala, una mitad para él y otra para el pobre. Eso me parece hacer las cosas a medias, por decirlo suavemente. Y tuvo suerte con su pobre, porque si un día de lluvia me encuentro yo con la rumana de la Puerta del Lupa, que es de esas profesionales que te exigen la caridad a gritos, y se me ocurre partir en dos mi gabardina y darle una mitad a ella, os aseguro que me lanza una ristra de insultos y maldiciones que me hunde la vida para siempre jamás.


          A mi dadme aquellos santos tan insensatos y apocalípticos. Dadme a Simeón y su columna, dadme a San Drogón y sus deformidades, dadme a Santa Águeda de Catania con sus tetas en una bandeja. Dadme si queréis a la infeliz María Goretti, pero esos San Sumo Pontífice y esos San Marqués, esos beatos a mogollón, que os voy a decir, me parecen de guardarropía.

sábado, 25 de junio de 2016

POLLING STATION



          Allá por los años de mi juventud era yo muy aficionado a leer libros de historia. Imbuido hasta las trancas del espíritu del “Quien no conoce bien su historia, está condenado a repetirla”, devoraba todo lo que pillaba sobre nuestros antepasados y sus cuitas. Más tarde me pilló esa avalancha del “revisionismo histórico”, que consistía fundamentalmente en decir que era malo lo que nos habían dicho que era bueno, que los antiguos y gloriosos hechos no eran más que tapaderas de los motivos más ruines y miserables y que todo, entonces como ahora, se movía solo si estaba engrasado con dinero. A esa tendencia generalizada, se añadía en España la circunstancia de que al haber cargado tan exageradamente las tintas el franquismo en las Glorias de la Patria, la democracia creyó su deber hacer todo lo contrario, elevando la leyenda negra a unas cotas que ni en sueños llegaron a imaginar sus inventores. Este exceso de revisionismo provocó un revisionismo del revisionismo y así sucesivamente. Están también los nuevos descubrimientos y reinterpretaciones que mandan al desván de los trastos viejos todo lo que siempre se consideró cierto y probado, con ese olímpico desprecio hacia todo lo anterior que es típico de quienes ven en el progreso un bien absoluto. El caso es que entre tantos dimes y diretes, tanto contra y tanto pro, tanta revisión y contra revisión, he llegado a creer que lo se llama Historia, lejos de poder ser considerado algo cierto y asentado, no es más que la proyección hacia el pasado de los puntos de vista que estén de moda en cada momento.


         De aquellos tiempos de estudiante de historia me viene ahora a la cabeza el concepto de “Espléndido aislamiento” (Splendid isolation) que practicó el Reino Unido en los últimos años del reinado de Victoria. Y es que siempre que los británicos han tenido miedo a perder hegemonía, o poder económico, o lo que sea, se vuelven sobre si mismos y le echan la culpa de todo al extranjero. Cuando se dan cuenta de que solos tampoco pueden, regresan a lo bestia y hacen Ententes Cordiales, se meten en la Gran Guerra y la lían parda. Son cosas de ellos. Ahora les ha dado por ese “Brexit” que les conduce de nuevo a la isolation, aunque es más que dudoso que en el presente caso sea splendid.


          Lo primero que tengo que decir sobre ese referéndum es que difícilmente podía haber salido un resultado distinto en un país que llama a los colegios electorales “polling station”, que dice el traductor de google que significa “estación de la interrogación”. Es notorio que los ingleses son muy excéntricos a la hora de hacer y decir las cosas, pero esa “estación de la interrogación” es llevar las cosas demasiado lejos. ¿Qué estación es esa? ¿Primavera, verano, otoño, invierno, interrogación? ¿Santander, Torrelavega, Palencia, Valladolid, Madid-Cahmartin, Interrogación? Ese “station” induce claramente al movimiento, a la salida en este caso. Lo de “polling” no sé cómo abordarlo sin caer en la grosería, porque si al pasar la tarde viendo la tele le llamamos “sofing”, si cuando nos despatarramos en una tumbona hacemos tumbing, cuando hacemos polling… hacemos polling y que Dios nos perdone y Santa Lucía nos conserve la vista. No me parece improbable que a la vista de las “polling station” muchos británicos de bien hayan pensado que se trataba de ir a cascársela a la estación, con el joder a Europa como fantasía sexual, que para ese tipo de filias tienen la imaginación muy calenturienta los súbditos de Doña Elizabeth, con el fastidioso resultado de que por tocarse ellos la polling, nos está tocando los cojones a los demás.


         Tampoco ha sido acertado sustituir el British Exit, claro y rotundo, por esa abreviatura Brexit, que parece como que le quita importancia a la cosa. Un Brexit es como un Bruch, un ni sí, ni no, un no se sabe bien qué. Es una ambigüedad muy peligrosa para tratar temas tan serios. Si en España hubiésemos llamado “Cataladeu” a la independencia de Cataluña, o “Euskoagur a la de Euskadi, es fácil que el Congreso de los Diputados les hubiese aprobado ya la secesión, sin darse cuenta. Al pan, pan y al vino, vino. Si de lo que se trata es de ir al colegio electoral a votar sobre la salido de Gran Bretaña de la Unión, pues dices: “Go to electoral college to vote about the departure of the United Kingdom from de UE”. Con un enunciado tan largo y terminante los ingleses, que detestan lo rimbombante y tratan de eludir las repuestas directas más que los gallegos, que eso lo sé yo porque lo he visto en Downton Abbey, pues se hubiesen quedado en casa tan ricamente tomando el té, o hubiesen votado mantenerse dentro de la UE por aquello de no cambiar las cosas, que es igualmente muy británico. Pero claro, van y les dicen:”tira pa la polling station pa lo del Brexit” y los pobres chiquillos no ha sabido ni lo que hacían.


          Hay que tener en consideracion otro factor y es  la cuestión de que las reinas británicas tienen la manía de hacerse viejísimas en el trono. En la época de la Splendid Isolatión la reina Victoria llevaba ya ni se sabe los años amargando la vida a todos los que tenía alrededor. Tan pequeñita, tan tremendamente oronda y tan repujada de diamantes, Victoria parecía una bola de discoteca, de esas que hay que quitar para modernizar el establecimiento, pero que da pena porque llevan allí toda la vida. Si se hubiese muerto unos años antes lo más probable es que en Londres, entretenidos con los funerales y la coronación, ni se le hubiese ocurrido “isolarse”, porque a los ingleses el despliegue de los esplendores de la monarquía le chifla más que el After eight. Pero claro, con aquella señorona de luto que lo único que hacía era ir de Windsor a Balmoral, y de Balmoral a Windsor, llorando como una posesa la muerte de su marido, no había suficiente entretenimiento, y para no aburrirse decidieron inventar la Splendid Isolation, a ver qué pasaba. Isabel II también ha cogido la perra de matusalenizarse con la corona puesta. A diferencia de su tatarabuela, Doña Isabel no es viuda; y se cuenta que el carácter autoritario y las meteduras de pata de su marido avinagran la existencia de su parentela y entretienen al pueblo, a partes iguales. Asimismo ha tenido la  monarca la habilidad de parir a una pandilla de descerebrados que entre divorcios, infidelidades, derroches y dislates varios han amenizado mucho el cotarro real. Pero el repertorio de los escándalos parece que ya no da para más y la reina sigue reinando. El resultado de ese insensato apego al trono y a la vida, no sabría decir en qué orden, empiezan sus buenos subditos han vuelto a ser presa del hastío. Y ha sido por eso, y nada más que por eso, que se inventaron el Brexit. Para no aburrirse.


          La cuestión es que los británicos se han largado, provocando con su marcha un terremoto en las bolsas y una gran preocupación en los gobiernos, aterrorizados pensando en un posible “efecto dominó”. Todo un bamboleo enloquecido que hace reflexionar sobre la firmeza de nuestro sistema. En el propio Reino Unido dicen los escoceses que si Gran Bretaña se va de Europa, ellos se van de Gran Bretaña; y los galeses que si se va Escocia, pues puede que ellos también se larguen. Dicen que este furor por cambiar las cosas, en Gran Bretaña y en todos los sitios,  es consecuencia de la crisis económica y es probable que así sea. Yo, sin ser inmovilista, pienso como San Ignacio de Loyola: “En tiempos de tribulación, no hacer mudanza”.

domingo, 19 de junio de 2016

TELERELIGION



          Dicen que la belleza que verdaderamente importa es la belleza interior. Claro, si nos ponemos a mirar a un cabracho, la cosa sale rodada; pero si nos dedicamos a escuchar “La noche transfigurada” del bendito Schoenberg, que Dios tenga en su Gloria, eso de que la belleza va por dentro, o por fuera, o por cualquier sitio, requiere sin duda alguna un mayor esfuerzo de fe. Ya si nos lanzamos a oír su indescriptible ópera “Moses und Aarón” la cosa va muy a mayores. Solo con escuchar el primer acto tiene uno material para tres o cuatro meses de espantosas pesadillas. Rara vez me acuerdo yo de Schoenberg, pero resulta que me he enterado esta mañana, viendo la televisión, que el Teatro Real de Madrid ha programado un mes de “Ópera Judía”, con, precisamente, “Moses and Aarón” como representación estrella. Que los directores de los teatros de ópera europeos dediquen meses a trastornar los sentidos de los pobres abonados programando esa delicia llamada “música contemporánea”, adornándola con unas puestas en escena completamente enloquecidas no es, por desgracia, ninguna novedad. Lo que me ha llamado la atención es eso de la “Ópera Judía”, de cuya existencia no tenía hasta ahora la menor noticia.

           ¿Qué será "Opera Judía? Quizás sea ópera kosher, pero me extrañaría mucho porque jamás de los jamases he visto yo una ópera en la que un carnicero se dedique a sacrificar vacas o corderos, ni desangradas totalmente ni sin desangrar, ni con pezuñas partidas o sin partir, ni que sean rumiantes o no rumiantes, ni que, en resumidas cuentas, se adapten o se deje de adaptar a las estrictas normas alimentarias del Pueblo Elegido. Pero como para cualquiera que haya visitado el museo judío de Berlín, o el de cualquier otra parte, habrá resultado evidente que los judíos han siempre los más habilidosos, los más inteligentísimos y los más relistos, que si les hacemos caso han inventado desde la rueda hasta el zapatófono del Superagente 86, pues igual resulta que también han inventado la ópera. En cualquier caso el asunto es resbaladizo, porque ya le llaman a uno antisemita hasta por decir que no le gustan los niños con tirabuzones. Por otra parte, como no tengo intención de asistir a las funciones del Real ni el mes judío ni más adelante, poco me importan las mamamarrachadas que se les ocurra programar a sus directores.


         Lo que me dejado algo patidifuso, sorpresa sobre sorpresa y sobre sorpresa una, es que la noticia la he escuchado en uno de esos programas que Televisión Española ofrece a las distintas confesiones religiosas para que puedan hacer apología de sus diversos dioses y morales. La razón por la que los directivos de la cadena consideran que las únicas religiones con presencia en España son la Evangélica, la Católica, la Judía y la Musulmana es otro de los muchos misterios sin resolver que nos proporciona el solar patrio, pero así son las cosas. Ahora bien, si de lo que se trata es de que difundir la palabra de Dios ¿Qué es eso de pasarse el programa entero hablando de ópera, sea o no judía? Alguna vez he oído decir que hay aficionados al bel canto que van a ver a sus divos y divas con un auténtico fervor religioso, pero nunca creí que la cosa hubiese que tomarla tan literalmente. Cuando era pequeño me enseñaron en la catequesis que el Dios de los católicos está en todas partes. Conociendo como se las gastaba el Iahvé del Antiguo Testamento, que tenía unas malas pulgas de aquí te espero, supongo que no habrá querido ser ni más ni menos omnipresente; y por lo tanto  estar en la sinagoga, sí,  pero también en la ópera, entre sartenes como la Santa o en la mismísima cumbre del Kangchenjunga. Vistas así las cosas se comprendería que un programa de religión judía hablase de ópera o, ya total, de “Sálvame de Luxe”, que es un programa en el que se dan unas cuchilladas tan sangrientas los unos a los otros que estoy seguro de que la Esteban es Kosher desde hace tiempo.


         Picado por la curiosidad decidí quedarme a ver lo que se decía en los espacios de las tres “religiones mayoritarias” restantes. Bueno, pues resulta que los musulmanes, en lugar de decirnos que vayamos a La Meca, nos arrodillemos en una alfombra unas cuantas veces al día, respetemos el Ramadán, no comamos cerdo y no pimplemos, como sería de esperar, dedicaron todo su tiempo a una feria que promocionaba el turismo en los países árabes. Y vuelta la burra al trigo ¿Qué hay de religioso en una feria de turismo? ¿No se estará confundiendo el culo con las témporas? ¿No estarán liando la gimnasia con la magnesia? (Por cierto ¿qué coños es la magnesia?). Pienso con preocupación  en todos esos padres musulmanes diciéndoles a sus hijos que vayan al salón a ver el programa, en la confianza de que serán debidamente instruidos en los principios de su religión. Y pienso también en su pasmo atónito y desconcertado cuando las criaturas, en lugar de volver a la cocina recitando alguna poética azora, les canten de memoria los precios comparados de los hoteles de Túnez y de Abu Dabi. No seré yo quien se oponga a una cierta adecuación del Islam a los tiempos modernos, pero una caída tan radical en los brazos del laicismo va a dejar a los fieles bastante patidifusos, creo yo, sin saber si los viernes es mejor ir a la mezquita o a Viajes El Corte Inglés.


         Los católicos se pasaron el rato haciendo cábalas (lo que en mi opinión hubiese sido más propio de los judíos) sobre la dirección que tomará el voto de sus fieles en las próximas elecciones. Sin llegar a poner en la boca de los televidentes la papeleta del PP, al menos no con descaro, recordaron la obligatoriedad de defender la vida, el verdadero matrimonio y todas las demás cosas que los obispos quieren imponer a la sociedad civil. Del Evangelio, ni una palabra (de Dios). Sin llegar a justificar esa extravagancia de dedicarse a hablar de política en el tiempo que les conceden para hablar de religión, entiendo hasta cierto punto que los católicos lo hagan. En primer lugar porque los obispos jamás han visto la diferencia entre la una y la otra, y en segundo porque a ellos se les concede ración doble de programación, ya después de su espacio, viene la retransmisión de la misa, con su lectura del Evangelio, su homilía y su todo. Eso suena mucho a jugar con ventaja, pero no quisiera yo levantar falso testimonio.

         En honor de la Iglesia Evangélica tengo que decir que hablaron de la Biblia y nada más que de la Biblia. Y es que hay que ver la obsesión que tienen los evangélicos con pasarse el día leyendo la Biblia.Alguien debería decirles que no está mal empezar por leer best-sellers, pero que hay que ir avanzando poco a poco hacia la buena literatura.Pero justo es reconocerles que utilizaron su espacio para lo que se supone que está concebido. Si es por honestidad o por hacerse los interesante no sabría decirlo.


         En buena lógica deberíamos preguntarnos por qué los responsables de programación de Televisión Española-La Dos permiten esos usos mercenarios de los espacios religiosos. Y si lo permiten, si están de acuerdo, me parece que son culpables de agravio comparativo. ¿Por qué los sintoístas que haya en España no tienen derecho a un programa religioso en el que poder promocionar el “Mes de Teatro Kabuki” en los Teatros del Canal? o los budistas a ofrecer 15 días en Bangkok y Phuket con pensión completa por 800 euros; o los Neocatecumenales pedir el voto para VOX. Claro que, en buena lógica, la televisión del estado no debería emitir espacios religiosos. Pero para eso necesitaríamos vivir en un estado aconfesional lo que, pese a lo que diga la Constitución, no es el caso.

viernes, 10 de junio de 2016

MISCELÁNEA


         Ya he dicho alguna vez que una de las cosas más fastidiosas de la vida cotidiana moderna es hacer cola en la caja del supermercado. Por alguna razón desconocida somos incapaces de aguantarla con paciencia. A lo largo del día perdemos el tiempo de las más diversas formas y maneras, pero el que perdemos en la cola del súper nos parece siempre el más precioso, el más imprescindible. Todos estamos deseando que llegue el momento maravilloso en que la cajera, sin dignarse a darnos los buenos días y mientras habla a gritos con su compañera de la caja de al lado, empiece a manipular nuestra compra como si la tuviese rabia. Yo propondría para las próximas olimpiadas la modalidad de lanzamiento de productos contra clientes, porque es desde luego cosa maravillosa ver la energía que ponen esas mujeres cuando empiezan a bombardearte con latas de tomate y paquetes de macarrones. Lo que un momento antes era tu compra, se convierte en un depósito de municiones repleto de peligroso proyectiles que la cajera dispara con inclemente regularidad. En menos que canta un gallo te encuentras con todo amontonado y algunas veces medio despachurrado, mientras estás todavía sudando con esas malditas bolsas que no hay Dios que las abra. Es justo el momento en el que la cajera te dice sin mirarte que son 35, 67 euros, coge las bolsas con displicencia, las abre sin dificultad mediante algún procedimiento mágico que solo ellas conocen y te mira con cara de desaprobación, así como diciendo:¿Qué coños haces aquí todavía? Paga y jospa.


         En esas circunstancias tan hostiles y estremecedoras se agradecen mucho los pequeños gestos de cortesía. Es normal ceder tu turno en la fila si ves que la persona que va detrás de ti lleva solo el pan, o un litro de leche, o el Avecrem que se le olvidó coger cuando hizo su compra. Yo lo hago siempre; siempre que no me toque una de esas personas que se creen con derecho a que lo haga. Es esa gente que se te pega a la espalda y sopla y resopla con cara de mala leche, que pasea su mirada de vinagre sobre tu compra, te mira con un poco de altanería, mira después su botella de aceite y vuelven a soplar y resoplar con aire de resignación malhumorada. Cuando eso ocurre no solo no les cedo el turno, sino que soy especialmente meticuloso a la hora de colocar mi compra, tardo todo lo que puedo en encontrar mi tarjeta en la cartera y pongo en práctica todos los demás trucos dilatorios que se me vayan ocurriendo sobre la marcha. Poco me importan las miradas de rencor reconcentrado que me lanza la cajera, porque las compensa con generosidad el fastidio de quien va detrás. No concibo cosa más descortés que exigir cortesía a los demás con malos modos. Ni más absurda.


          Ayer me ocurrió algo parecido, pero en versión terraza llena. Cuando hace buen tiempo me gusta mucho tomar un café en la terraza de Bourbon, que a primera hora suele ser un sitio tranquilo, leyendo el periódico y fumando. Cuando hube terminado de hacer las tres cosas y estaba pensando en recoger mis trastos y marcharme, me percaté de que una pareja de cierta edad estaba lanzando unas miradas de ofendida indignación que iban de mi taza de café, vacía, a mi periódico, doblado encima de la mesa, pasando por mi mismísima cara. No hacía falta ser un experto en comunicación no verbal para darse cuenta de que me estaban echando maldiciones, indignados por el hecho de yo, que ya había terminado mi café, ocupase, yo solo, la mesa en la que ellos ansiaban hacer descansar sus posaderas. Ante ese ataque de hostilidad desconsiderada, hice lo único que podía hacer: saqué mis gafas de su estuche, desdoblé el periódico y me puse a hacer como que leía un artículo que ya había leído. Tengo que decir que me hizo sentir algo culpable el hecho de que Juan, siempre atento a la comodidad de sus clientes, se vio obligado a sacar y colocar una mesa para la desagradable pareja aunque, eso sí, en un sitio mucho peor que el mío. Una vez lanzado por los caminos de la maldad, no pude menos que redondear debidamente la faena. En el mismo momento en que les vi sentados en su mesa, recogí ostensiblemente mi periódico, mi tabaco y mis gafas, me levanté y me fui, acompañado por una nueva andanada de miradas mucho más descaradamente malévolas en este caso. Chupaos esa. Con una simple sonrisa, aunque fuese falsa, hubiesen conseguido que yo, que al fin y al cabo estaba a punto de marcharme, les cediese la mesa, pero nuevamente esa exigencia de amabilidad con su toquecito de soberbia me hizo caer en el lado oscuro de la buena educación.


          Pienso que en esa actitud mía tan desconsiderada hacia el bueno de Juan, que al fin y al cabo no tenía culpa alguna, estuvo influida por el aturdimiento que me produjo la previa lectura del periódico, que últimamente se está convirtiendo en un verdadero deporte de riesgo. Uno de los artículos ahondaba en esa impactante declaración de Pablo Iglesias de que D. Karl Marx era socialdemócrata. No cabe duda de que al punto de vista de el Sr. Iglesias se le podrá tachar de cualquier cosa, excepto de falta de originalidad. Es seguro que los pobres mencheviques hubiesen agradecido mucho esa interpretación sobre el marxismo cuando los bolcheviques se dedicaron a cazarlos como a conejos por tener tendencias precisamente socialdemócratas. Esa afición de Pablo Iglesias por lo transversal se está volviendo tan extremada que corre el riego de ser confundido con el clásico político camaleónico de toda la vida. En las antípodas de la actitud desconsiderada de los de la cola del súper o la terraza llena, Pablo practica esa exquisita cortesía a la antigua, tan parecida a la hipocresía, consistente en decirle a cada cual lo que quiere oír en cada circunstancia. Mientras tanto, dice el periódico, Pedro Sánchez reivindica para sí los títulos de propiedad de esa socialdemocracia que de repente se ha vuelto tan apetitosa. Rajoy siguen en la luna de Valencia de las cifras macroeconómicas. Rivera, según parece, intenta maquillar “sus propuestas más polémicas”. En el resto de la crónica política, más de lo mismo. Se pasaron por el forro de los cojones nuestros votos de las últimas elecciones por sus juegos de poder y sus mezquindades, pero nos piden que no nos desanimemos, que hay que volver votar con ilusión y que a ver si esta vez hacemos el favor de votar más a su gusto, que parecemos tontos.


          He leído también que el templete que cubre la llamada “Tumba de Cristo” está a punto de derrumbarse de puro ruinoso y destartalado. Como no soy cristiano no sabría decir si morir despachurrado por los cascotes en la tumba de Jesucristo se consideraría una desgracia o una bendición, pero es indudable que haría muy mal efecto de cara a la opinión pública. La causa del destartalamiento es la falta de acuerdo entre los Padres franciscanos, los popes ortodoxos griegos y los sacerdotes de la Iglesia Armenia, que se reparten mancomunadamente el control del monumento. Todos ellos prefieren que el templete se despachurre antes de perder ni un milímetro de influencia. Según me han dicho los conocidos que han visitado Tierra Santa, esa guerra de guerrillas se repite en todos y cada uno de los santuarios, ermitas, basílicas y demás templos de los que tan profusamente están poblada Jerusalén y sus alrededores. Es tanto y tan apasionado su amor por Cristo que la policía ha tenido que intervenir en más de una ocasión, cuando han confundido la mejilla propia del Evangelio por la ajena y se han liado a tortas los unos contra los otros. Los custodios de Tierra Santa predican la paz y la salvación al mismo tiempo que dedican todas sus energías a conseguir un pedacito más del pastel sagrado. En eso coinciden con los políticos españoles, que se secan la boca diciendo lo mucho que les preocupa el pueblo, pero anteponen a todo el cálculo meticuloso de sus opciones y estrategias de partido, que es lo que de verdad les importa.

           En EEUUAA un juez ha condenado a seis meses de prisión a un estudiante que violó a una compañera en el campus. El juez Aarón Persky ha considerado que “una condena de cárcel tendría un impacto severo en él (violador)”. El impacto de la violación en la vida de la mujer, si es que ha pensado en él, pues ya, total, no tiene remedio. Sería una crueldad innecesaria añadir mal al mal condenando al pobre chico a una pena de cárcel de severo impacto. Según las encuestas un 10% de las estudiantes estadounidenses declara haber sido violadas en la universidad. Nada más y nada menos que un 10%. Imagino que el pobrecito Mr. Persky estará preocupadísimo por el impacto que las hipotéticas penas de cárcel provoquen en la vida de los violadores que tengan la mala pata de ser juzgados. Por fortuna no serán muchos si a la judicatura americana le da por seguir su ejemplo.

         Toda esta selección de maravillas tenía yo en la cabeza cuando pille a los señores impertinentes mirándome con cara de fastidio. ¿Vosotros les hubieseis cedido la mesa?