domingo, 3 de diciembre de 2017

ISIS

Lo grande y lo pequeño, lo alto y lo bajo. Aquel que matamos y aquel que nos mata.

Madre del león que devora al cordero.
Madre del cordero que devoró a la hierba.
Madre del cordero que devoró a la tierra.
Madre del cazador que mató al león.
Madre del bacilo que mató al cazador.
Madre del hongo que mató al bacilo.

Los que comprenden esto, han despertado



EL ARTE DE DECORAR

          Es cosa sabida que no hay campo de minas más peligroso que el de la vida social. Por mucha atención que pongamos a la hora de andar por él, inevitablemente acaba por explotarnos bajo los pies un invitación de boda, la presentación de una exposición de trabajos manuales, una comida para ver los vídeos de un viaje de novios o cualquier otro horror de características semejantes. Especialmente odiosas son, al menos para mí, las meriendas-cena en la casa nueva de un «aficionado a la decoración de diseño». En estos casos no se puede hablar propiamente de invitaciones, porque son tan irrefutables como aquellas siniestras lettres de cachet del Antiguo Régimen. Puedes intentar hacer ver que no te apetece ni lo más mínimo asistir, inventando las disculpas más descaradamente falsas que se te ocurran, pero da igual. El aficionado a la decoración asaltará a golpe de bayoneta las trincheras de tus excusas una y otra vez, hasta que no te queda otra que sacar la bandera blanca, resignarte a lo peor y acudir al convite con la mejor de tus sonrisas forzadas.


Los aficionados a la decoración ven sus casas no como hogares, sino como santuarios consagrados a la modernidad decorativa más archicontemporánea. De otro modo no se explica que casi siempre sea «conditio sine qua non» descalzarse antes de entrar en ellos, como ocurre en los templos budistas y las mezquitas. Ese striptease pedicular te lo piden entre sonrisas y zalemas,   muy adornado siempre con enormes cantidades de «si nos os importa», pero basta para mirar a los anfitriones al fondo de los ojos para que te des cuenta de que esa amable sugerencia es, en realidad, una inapelable orden ejecutiva. Como consecuencia te ves obligado a pasar el resto de la velada tenso y abochornado, intentando tapar con el pie derecho el maldito tomate del calcetín izquierdo. Y cuando por descuido te relajas y te olvidas del inconveniente agujero, la sonrisa se te congela en la cara al darte cuenta de que el resto de los invitados, ignorando olímpicamente los esplendores decorativos que les rodean, tiene fija la mirada en tu pálido y horroroso dedo gordo del pie izquierdo.


Antes de sentarse a cenar, que verdaderamente es lo de menos, hay que hacer la visita propiamente dicha, lo que supone un peregrinar de habitación en habitación, con recogimiento sagrado y provisto, si es posible, de un buen repertorio de expresiones de admiración y pasmo. Yo recomiendo consultar el diccionario de sinónimos ese mismo día por la tarde, porque al tercer «que bonito» corres el riesgo de que los anfitriones te consideren poco sofisticado. En caso de apuro o de escasez de vocabulario, es aconsejable recurrir al  socorrido «que original», porque eso a un moderno aficionado a la decoración siempre le halaga escucharlo."Original" es la palabra mágica. Todo, todo, todo debe ser,ante todo, original.

La primera estación de este doloroso Vía Crucis suele ser el salón, que con muchísima frecuencia es tan elegante y refinado como una galería de arte, y exactamente igual de acogedor. Lo correcto es que los anfitriones den a los invitados un minuto o dos para que puedan enunciar con comodidad y sin atropellos los «que maravilla» y demás admiraciones apropiadas al caso para, acto seguido, pedir su atención hacia el cuadro de firma  que preside la habitación. Por lo regla general es horroroso, pero con toda seguridad ha sido muy caro, o debería haberlo sido. Lamentablemente no suelen conseguirlo, porque estamos todos hipnotizados por ese sofá con aspecto de ser de una irreductible incomodidad, guarnecido por una colección de cojines de seda india que están alineados con la milimétrica precisión de un batallón de granaderos prusianos; y por esa cigarrera de plata tan en el exactísimo centro de la mesita del café y, con alarmante frecuencia, la enorme e  insensata jirafa de madera , recuerdo del safari fotográfico a Kenia, que preside todo el conjunto desde la esquina mejor iluminada de la estancia. Uno o dos libros de arte, de los de gran formato y con evidente aspecto de no haber sido abiertos nunca, dan testimonio de que nos encontramos en la residencia de personas con inquietudes intelectuales. Si en el transcurso de esa inspección ocular, esa alucinación se podría decir, te topas por casualidad con la cara de los anfitriones y la ves transfigurada de espanto, quiere decir que has pisado sin querer, probablemente con el pie izquierdo, la inmaculada alfombra blanca de lana tibetana.


Del salón pasamos al rutilante comedor, tan estrictamente geométrico y minimalista, tan obra de arte total, que sabes a ciencia cierta que jamás te servirían allí unas buenas albóndigas con patatas fritas o un cocido montañés. El dormitorio principal trae a nuestra memoria  imágenes de los hoteles buenos de Tailandia, pero sin orquídea encima de la almohada. En compensación es normal que estén a la vista, así como por descuido, una americana de Dolce&Gabbana con la etiqueta bien  visible, o un bolso de Louis Vuitton (verdadero o falso). En los casos más extremados, un Rolex fulgura de esplendores sobre la mesilla de noche. No caigáis en el error de ignorar estos detalles. Por increíble que parezca eso no estaría bien visto según las modernas normas de etiqueta. Lo correcto precisamente es mencionarlo, vocalizando despacio todas las letras de la marca, para que los anfitriones, rojos de satisfacción, nos pidan disculpas por «ese desorden».


Los dormitorios de los niños pueden variar entre los «acogedores», con paredes, edredones, cojines y cortinas cubiertos de tela a cuadros escoceses, a los más estrictamente contemporáneos, en diversos tonos del gris, casi totalmente vacíos y con un impoluto peluche amarillo encima de la cama. Todos los baños, sin excepción, están forrados de roca de pizarra con pequeños toques de gresite; todos los lavabos cuadrados, todas las toallas de color naranja. El dormitorio de invitados es una copia exacta de la peor habitación de un hospital malo y tiene adjunto un baño sin pizarra, ni gresite ni nada de nada.Es tan descaradamente inhabitable que deja poco lugar a dudas sobre la hospitalidad de la casa.

Lo que podríamos llamar la «piece de résistence» del menú decorativo es indudablemente la cocina, que es siempre la Madre de Todas las Cocinas. Aquello es un no va más de mármoles italianos, cromados sin denominación de origen específica y cacerolas de cobre colgadas sobre la encimera. Turbadoras imágenes de quirófanos, salas de disección y cementerios victorianos se te vienen a la mente, mientras los anfitriones oprimen botones, abren y cierran cajones, descubren lavadoras y lavaplatos ocultos y relatan las excelencias del gigantesco frigorífico. A esas horas las tripas están empezando ya a hacer ruidos de impaciencia imaginando la inminente merienda-cena prometida, pero la impecable limpieza y el orden estricto que imperan en aquellos megaflamantes fogones  despiertan tus peores temores sobre la calidad de la misma.





El recorrido suele darse por finalizado cuando los anfitriones empiezan a darse cuenta de que los invitados, por más que nos estrujemos las meninges, no somos ya capaces de encontrar nuevas expresiones de admiración, pasmo y maravilla. Llegados a ese punto te llevan en procesión por un pasillo, estrecho  y poco iluminado, hasta una habitación minúscula, sin ventanas en algunos casos, presidida por un televisor de quinientos megatones y amueblada con un sofá desvencijado, una mesa camilla y un número indeterminado de sillas de diversa clase y condición. Quizás, en alguna estantería, pueda verse una figurita de Lladró con la cabeza de la pastora dieciochesca pegada con pegamento Imedio. Sobre la mesa nos aguardan un platillo con diez o doce aceitunas rellenas de pimiento, un bol de patatas fritas de bolsa y otro con mejillones de lata. Una fuente de loza de Talavera que ha conocido mejores tiempos acoge en su descascarillado seno alguna que otra rodaja de chorizo, unos triángulos de queso semi-curado que empiezan a arquearse por la punta y, en meriendas-cena de lujo, varias lonchas de fiambre de cabeza de jabalí. Y mientras esquivas las aceitunas, te comes una patata frita y compruebas con tristeza que los mejillones son en escabeche, te entretienes escuchado decir a tus anfitriones que «aquí es en realidad donde hacemos la vida».





jueves, 30 de noviembre de 2017

FILOSOFO NONAGENARIO

          Por arte de birlibirloque he pasado de ser un españolito de a pie, de mediana edad, a ser un filósofo nonagenario casi holandés. Resulta que una de esas simpáticas aplicaciones de facebook que te dicen como eres, o cual es tu tipo de amante ideal o como vivirás en el 2022 , me ha sentenciado que: « Emilio, por como hablas en facebook, creemos que tienes 90 años, tus raíces son 87% holandesas y que deberías trabajar en filosofía ». Vayamos por partes.

    Ignoro completamente que significa eso de «trabajar en filosofía». Etimológicamente filosofía significa amor a la sabiduría, pero no me veo yo con años para dedicarme al amor como trabajo. Según el Diccionario de la Real Academia Española, Filosofía es un «Conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano». Me llamaréis escéptico, pero no creo  que si añado a mi curriculum la habilidad para organizar y orientar el conocimiento de la realidad, mejoren en lo más mínimo mis posibilidades de encontrar trabajo. Pasarme las mañanas y las tardes en la biblioteca bombardeando a los sufridos lectores con teorías sobre el sentido del obrar humano perjudicaría gravemente, en mi opinión, mis posibilidades de seguir trabajando allí. No sería  de recibo que la buena señora que va a buscar el último premio Planeta, saliese de la biblioteca con la "Crítica de la razón pura" o el "Der handschriftliche Nachlaß in fünf Banden". Podría intentar reunir el «conjunto de saberes», pero temo que no lo soportase mi presupuesto para la compra de libros. La segunda acepción, que ya se sabe que la Academia raramente se conforma con una sola, dice que filosofía es una «Doctrina filosófica». No soy yo de cuestionar el trabajo  de los académicos, pero eso de decir que filosofía es igual que doctrina filosófica no me gusta mucho. No es lo mismo, ni muchísimo menos, decir "filantropía" que decir "doctrina filantrópica", porque no es igual «amar al género humano» que hacer doctrina teórica de ello. Vamos, que no es lo mismo predicar que vender trigo. En cualquier caso, estoy haciendo el intento de crear una doctrina filosófica así, en plan trabajo, y esperar a ver si la cosa me cunde.


Ser holandés no me deja ni frío ni caliente. Si me hubiese salido ser belga, luxemburgués o monegasco me habría llevado un disgusto muy serio. Ser belga me parece una de las cosas más absurdas que puede uno ser en la vida. Bélgica es un amasijo artificial de flamencos y valones, ni franceses ni germanos, gobernada por una dinastía alemana (los inevitables Sajonia-Coburgo-Gotha), que ha producido parejas reales tan pintorescas como  Balduino y Fabiola. Balduino y Fabiola reunieron todas las virtudes necesarias para ser santos nada más morirse: fueron inquebrantablemente piadosos, inmensamente ricos y sufrieron el martirio de abdicar (solamente por un día, eso si, que no es cosa conveniente llevar el martirio al ridículo extremo de la exageración) para no tener que firmar la ley del aborto. Cierto es que a partir del día siguiente procedieron a seguir reinando tan pimpantes sobre un país con su ley del aborto y todo, pero eso son cuestiones menores para la Sagrada Congregación para la Causas de los Santos a la hora de canonizar monarcas. En tiempos menos materialistas y descreídos ya se habrían  construido para su culto y devoción un par  catedrales o tres. Aparte de eso, que ya se que es mucho apartar, a Bélgica no le quedan mas méritos que los bombones y  su salvaje y sanguinolenta historia colonial en el  Congo. Por lo que se refiere a Luxemburgo, no me puedo imaginar nada más aburrido que ser Luxemburgués. No me gustan los paraísos, ni los naturales ni los fiscales. Y en cuanto a Mónaco, sobran las palabras; o faltan, que nunca me acuerdo.


No, no me molesta ser holandés. Pero sí me fastidia mucho eso de serlo al 87%. Me intranquiliza ese 13% sin identificar, que lo mismo puede ser de uzbeko que de transilvano. A mi edad no es bueno tener que vivir con ese 13% de incertidumbre. Reconozco que no me gustan nada los zuecos, ni los sombreros de encaje llenos de picuruchos que se ponen las campesinas neederlandesas los domingos y fiestas de guardar. Tampoco me gustan esos campos de tulipanes, monótonos hasta la extenuación y tan rectilíneos y ordenados como la vida de un buen burgués. Se comprende que esas manías mías me puedan restar algún punto pero ¿Y los cientos de miles de litros de cerveza Heineken que he trasegado en esta vida? ¿Eso no compensa? Han sido muchas horas de beber y beber, y muchas de siestas etílicas y sus correspondientes resacas. Eso por no hablar del notable dispendio de dinero. ¿Eso no cuenta? Para mayor abundamiento en mi holandesismo teórico y práctico, diré que hago un razonable consumo de queso Gouda, y siempre, pero siempre siempre que me hablan de Ámsterdam, digo que es precioso y animadísimo. Que teniendo todo esto en cuenta me asignen un miserable 87% de holandeza me parece de una mezquindad difícil de calibrar. Item más: ¿por qué no es el propio facebook quien me aclara, ya que no que coños soy en mi 13% restante, los motivos de no llegar al 100% de holandés? Es muy duro llevar 57 años viviendo en el engaño de que soy español 100% para descubrir ahora que soy holandés... al 87%. ¿Será un asunto administrativo, de convalidación académica?  ¿Ser 100% español equivale a ser solo 87% holandés? Si se llaman "Países Bajos" ¿A ton de qué poner tan altos los listones de paisesbajosidad? Facebook, en su insensibilidad de máquina, me ha arrojado a este mar de crueles incertidumbres, y ahí me ha dejado.


¿Y que decir de esa extravagante sentencia a 90 años? Hace tiempo que dejé atrás los afanes de la coquetería y sus sevicias, pero empotrarle a uno en todos los morros una apariencia de 90 años, cuando solo tiene 57, rebasa, a mi modesto entender, todos los límites de lo tolerable; máxime cuando todo el mundo me dice que me conservo muy bien, que nadie me echaría 57 años, que como mucho 56 y tres cuartos. Cierto es que  lo que antes llamábamos cortesía es llamado ahora falsedad, y que lo que llamábamos grosería se llama ahora sinceridad. Cuento con ello. Pero asignarme 33 años más de edad me parece herir por herir, que es ciertamente la forma más refinada de crueldad, pero la menos sofisticada de insultar. Sobremanera encontrándome en el estado de debilidad extrema que me ha producido la merma en un 13% de mi identidad asegurada. También podría interpretarse ese exabrupto nonagenario desde el punto de vista de la sabiduría que se presupone a las personas de edad provecta, lo que podría ser visto como un halago. Este punto de vista podría verse reforzado por el hecho de que me imputan esos 90 años «por como hablas». Pero la idea no me convence, porque ni nadie me ha dicho nunca jamas que mi forma de hablar sea filosófica, ni un  87% holandésa, ni tampoco que hablase como el padre de Julio Iglesias. No, esos 90 años me los han encasquetado solo para joderme.

          Eso, o que los test de facebook son un chorrada.





martes, 3 de octubre de 2017

POLICIA VERSUS PACIFICA CIUDADANIA

          Soy uno de tantos españoles que estuvo el pasado día 1 pendiente de los sucesos de Cataluña. Respecto del fondo de la cuestión prefiero no decir mucho, porque creo que ya se está diciendo demasiado. Mi punto de vista es que no se ha inventado, de momento, ningún sistema que sea tan garante de las libertades individuales como lo es la democracia parlamentaria y el estado de derecho. Sus defectos son evidentes para todos, pero no existe ni ha existido un sistema de convivencia que no los tenga. Actuar ignorando las leyes o directamente en su contra es ir en contra del estado de derecho y caminar directamente hacia el caos. Es el verdadero  atentado contra la libertad. Me doy cuenta que esto está muy cuestionado últimamente y no pretendo dictar sentencia, sino sencillamente dejar clara mi postura.

          Ver las imágenes de la violencia en las calles me horrorizó, como a casi todos. Nunca es agradable ver la parte oscura de la vida. Rápidamente las redes sociales se llenaron de twitts, mensajes y post con fotografías de heridos, cargas de las fuerzas de seguridad y, por resumir, del mantra de la brutalidad policial. Recuerdo especialmente los post de una catalana, amiga mía de facebook, en los que claramente transmitía el espanto y el rechazo a lo que estaba pasando. Nadie puede quedarse indiferente si ve a sus convecinos viviendo esa experiencia. Es lo natural.

          Menos natural me resulto ver como, casi desde el primer momento, se fue formando la «opinión mayoritaria» de que las Fuerzas de Seguridad del Estado estaban machacando a una multitud pacífica que, al fin y al cabo, solo quería votar. Raramente estoy de acuerdo con las opiniones mayoritarias, al menos de acuerdo sin matices. En este caso, estoy especialmente en desacuerdo. No puedo creer que la Guardia Civil y la Policía Nacional llegasen a los puntos de votación (llamarles colegios electorales me parecería una burla), cerrasen tranquilamente los locales y, ya de paso, matasen un poco el tiempo dando porrazos a una multitud pacífica que solo estaba esperando votar, así por capricho. Sin embargo ese es el mensaje que ha quedado establecido y me da rabia.

          Aunque resulte de Perogrullo, parece que es necesario recordar que la Guardia Civil y la Policía Nacional estaban cumpliendo órdenes. Órdenes de una jueza. Que alguno de ellos se excediese no lo niego (no lo sé, pero no lo niego), pero sí tengo que negar lo de la «multitud pacífica». Lo niego porque dias antes del infausto Uno de Octubre ya había «multitudes pacíficas» insultando y acosando a la policía en sus alojamientos; y acosando también a los hosteleros que les hospedaban. «Multitudes pacíficas» cercaron a los miembros de la Guardia Civil y la Policía Nacional en la Consejería de Economía de la Generalidad y en otros lugares a los que les llevaron, repito, órdenes judiciales. He visto a la fuerzas de seguridad cargando contra la gente, pero también he visto (¿yo solo?) a la «multitud pacífica» escupiéndoles, lanzando sillas y vallas, insultando, tirando piedras... Ha pasado en Cataluña como pasó otras veces en Madrid y en otros lugares. Siempre es igual: la policía carga contra una «multitud pacífica» porque sí, porque son unos animales.

          Y ahí está el meollo de la cuestión. En la definición de «multitud pacífica». Llamar «pacíficos» a los vándalos que insultan y apedrean es tan ridículo que no debería merecer la pena comentarlo. Pero así se les llama precisamente: pacíficos ciudadanos. ¿Y la resistencia pasiva? ¿Se le puede llamar a eso ser pacífico? en mi opinión, no. Podría ser llamado «violencia no activa», pero no paz. Tan guerrero es el que se lanza a la carga como el que  espera en la trinchera. Impedir que la policía entre, en cumplimiento de la Ley, en un centro de votación no es ser un «ciudadano pacífico que solo estaba esperando a votar», es ejercer violencia pasiva. «La actuación de la Fuerzas de Seguridad ha sido desproporcionada». Parece ser que así ha sido  en algunos casos, pero también se ha visto el día uno (¿de nuevo yo solo?) a miles de personas sitiando y acosando a unas cuantas decenas de guardias civiles y policías nacionales. Y se sigue viendo ahora como les echan de sus hoteles como si fuesen indeseables, de nuevo entre los insultos y humillaciones de la «pacífica ciudadanía». Igual que en los peores "años de plomo" del País Vasco, a los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado  les hacen el vacío social, a ellos y a sus familias, "pacíficos ciudadanos" .

          A todos nos gusta vivir seguros y amparados por la Ley, pero cuando los hombres y mujeres que dedican su vida precisamente a eso, a protegernos y a proteger la Ley, se ven obligados a actuar violentamente, les dejamos solos a su suerte. Son los bestias, los violentos, los desproporcionados. Nadie mira hacia los verdaderos violentos, hacia quienes de un lado y otro han generado la verdadera violencia con su obstinación, su dejadez y su desvergüenza.

          Ya me imagino que después de escribir esto me espera la del pulpo, porque ahora a todo el mundo la ha dado por ser Gandhi, pero tenía que decirlo.Nos guste o no nos guste, para los tiempos de paz estaba Atenas; para los de lucha Esparta. Y las dos hacían falta.

viernes, 22 de septiembre de 2017

MARQUESA




Pena no, no digais «pena». Decid dolor, rabia, rebeldía. Pero no digais pena. Las marquesas no dan pena. No da pena su vida, no da pena su muerte. No dan pena. Ahora se ha muerto, ahora estamos solos, ahora nosotros damos pena. Pero no ella.

lunes, 4 de septiembre de 2017

VIAJE A TAILANDIA IX

PHI-PHI

Como colofón a nuestro deambular por las tierras de Tailandia nos habían recomendado vivamente pasar unos días en las islas Phi-Phi, un pequeño archipiélago que se encuentra a unas tres horas de Phuket en barco.Se compone de dos islas, Ko Phi-Phi Don y Ko Phi-Phi Leh, y es de ese tipo de lugares  que quedan preciosos en las fotografías, con mogollón de palmeras y rodeadas de aguas de color turquesa. 



Para mi la excursión empezó de la peor forma posible. No entiendo esa manía que tienen las agencias de viaje de obligar a la gente a darse unos madrugones indecentes, cuando daría exactamente igual salir tres horas más tarde. El caso es que me llevaron hasta el puerto de pescadores de Phuket con una resaca mortal de necesidad, consecuencia de mi última aventura nocturna en la Banana Disco, apenas unos minutos después de haber salido el sol. Llegados al puerto me espabilé un poco con el nauseabundo olor a pescado podrido que impregnaba el ambiente.No mucho más tarde   nos vimos amontonados como ovejas en un ferry bastante desvencijado que rápidamente zarpó rumbo al archipiélago. Las tres horas de travesía las matamos intentando mantener el equilibrio  mientras tomábamos el te que nos sirvieron, y contando una y otra vez el asombroso número de maletas, bolsas y mochilas que habíamos ido acumulado en casi veinte días de compras y regateos.



La llegada a nuestro alojamiento en Ko Phi-Phi Don  fue bastante descorazonadora, por decir lo menos posible . El resort  estaba situado una playa de esas paradisíacas de arena blanca y aguas transparentes, medio sepultado entre la lujuriante y frondosa vegetación tropical. Todo muy dentro de ese estilo respetuoso con la naturaleza y el medio ambiente que tanta paz de espíritu proporciona, según he oído decir. Tan encantador y pintoresco era que que no tenía ni un muelle de atraque decente. Un pantalán esmirriado era la única forma de acceso a aquel paraíso en la tierra. Con aprensión creciente vi como nuestro barco fondeaba en medio de aquella pequeña bahía, sin intención alguna de acercarse a tierra para poder darnos la oportunidad de hacer  un desembarque digno y apropiado.


Cinco o diez minutos despues de haber fondeado, se acercaron una sucesión de barquichuelas de madera, largas, estrechas y de aspecto general extremadamente poco sólido, pilotadas por aborigenes de sospechosa catadura. En cuanto esa Armada Invencible de raquíticos esquifes quedó abarloada junto al ferry, empezaron  las barcas a ser bombardeadas brutalmete con nuestros equipajes y los del resto de incautos que habían elegido nuestro mismo destino. Aquel fuego graneado de maletas y demás bultos de viajero provocó en las barquichuelas un bamboleo loco sobre el que, poco despues y a pesar de mis enégicas protestas, nos vimos obligados a bombardearnos nosotros mismos.



Nuestro encantador alojamiento ocupaba un extremo de la playa y consistía en un «lobby» de lo más étnico que se pueda uno imaginar, todo él de madera  con  terrazas   y verandas a diestro y siniestro, con todas las vistas al mar imaginables. El resto era  una serie de bungalows asomando entre lianas y palmeras en los que estaban las habitaciones. Al otro extremo de la (pequeña) playa, otro resort de parecidas carácterísticas. Entre los dos estaba la «aldea de pescadores»:  cuatro o cinco casas  de madera y hojalata dispuestas alrededor de una hoguera, que conformaban lo que podríamos llamar “el área metropolitana” del lugar. Eso era todo.La hermosísima y exuberante vegetación, el silencio roto apenas por el rumor de las olas rompiendo sobre la finísima arena blanca y, sobre todo, la asfixiante ausencia de hormigón, me hicieron comprender con horror que la fatalidad me había conducido sin remedio hasta un puto paraíso natural de mierda.


Una vez instalado en mi bungalow, duchado y habiendo soltado a solas todos los juramentos que se me ocurrieron, me reuní con mis amigos a tomar el gin-tonic de antes de cenar. Para ir del bar al comedor había que atravesar un jardín apachurrado de flores exóticas, dividido en dos por un estanque con su puentecillo a la japonesa y todo. De aquel estanque surgían de tanto en tanto unos estremecedores bramidos que recordaban a los mugidos de una vaca cuando está pariendo, pero cuyo origen era, eso me explicaron, el croar de una rana aborigen en cuyo tamaño probable preferí no pensar demasiado. De vuelta al bungalow me encontré con la deliciosa sorpresa de que una especie de salamandra paliducha, toda ella ojos y viscosidad, descansaba imperturbable en la pared, justo sobre el cabecero de mi cama. Detesto a todas esas  repugnantes alimañas; y no comprendo como se consiente que sigan existiendo con los adelantos que tenemos hoy en día en materia de exterminio de especies animales. Cuando irrumpí aterrado en el bungalow de mis amigas para contarles mi horrible desgracia, en lugar del consuelo esperado me encontré con que se limitaron a señalar al techo, entre risas,  para que viese los dos minilagartos que les habían tocado a ellas. Esas cosas tiene vivir en medio de la naturaleza.


Dormir con una especie de salamandra sobre el cabecero de la cama resulta de lo más agotador. Apagas la luz, cierras los ojos y cuando estás a punto de dormirte te imaginas al bicho paseando por tu cara; enciendes la luz, compruebas que la bicha sigue en su sitio, apagas y vuelta a empezar. A la mañana siguiente, después del desayuno, fuí a informarme de las posibilidades lúdicas que ofrecía aquel espantoso lugar, caso de ofrecer alguna. Paseos, buceos, snorkeleos, diversos deportes acuáticos y toda una ristra más de odiosas actividades similares eran las únicas opciones. Lo curioso del caso es que toda la gente que me rodeaba parecía arrebatada por un afán de practicar todas aquellas locuras ecológicas. Mientras tanto, yo arrastraba el aburrimiento desde  mi bungalow hasta la desierta “cafetería”, o paseaba de extremo a extremo de la playa, sin mayor novedad que la de verme empapado de arriba abajo por algún repentino chaparrón tropical. Las noches, amenizadas por toda suerte de horrorosos  sonidos animales procedentes de la jungla que nos rodeaba, resultaban un poco más entretenidas.


Todas las mañanas un guardia de seguridad,  con innegable aspecto de facineroso, me daba los buenos días con una  caricatura muy graciosa del saludo militar.   Algunas veces, cuando me veía fumando y maldiciendo por lo bajinis en el pintoresco porche de mi bungalow,me traía un coco ya abierto a machetazos y todo, compadecido seguramente de mi triste estado. A sugerencia suya me decidí a bordear un pequeño acantilado hasta la playa vecina, que según me indico entre mímica y sonrisas, era una cosa verdaderamente preciosa de ver. A mitad de camino me llamó la atención un crujir de ramas a mi derecha y al volver la cabeza vi un monstruoso lagarto verde, un minigodzilla que me miraba fijamente con, estoy seguro, las más aviesas intenciones.  Presa del pánico inicié una  huida despavorida y ciega   que termino conmigo en el agua, completamente vestido y tratando de aparentar indiferencia ante la perpleja curiosidad de los odiosos bañistas de los alrededores.


Otro día me decidí a alquilar una barca  para acercarme a matar el tiempo en  Tonsai Beach, que es el puerto principal de la isla  y tiene bares, tiendas y cosas así. No es que sea la juerga mora, pero por lo menos hay ruido y gente yendo y viniendo, no como en nuestro detestable nirvana  natural de Loh Dalum Bay.  Como las tarifas que me propusieron en la recepción del resort me parecieron un atraco a mano armada, decidí, no escarmiento, hacerme el listo y dirigirme a la aldea de pescadores a ver si conseguía mejores precios. La expedición fue un rotundo fracaso. Resulta que los habitantes de la aldea no son tailandeses sino Moken, también llamados «gitanos del mar". Yo no vi allí ni rastro de castañuelas, ni carretas, ni un triste poster de Carmen Amaya, pero si dicen que son gitanos pues será verdad.El caso es que son hoscos como ellos solos y no hacen el menor intento por entenderte. Temo además que su opinión sobre los turistas no es muy buena. Terminé por ir a Tonsai Beach a precio de resort, pero la excursión tampoco mereció mucho la pena. Podéis haceros una idea de lo aburridísimo que estaba si os digo que visité hasta las cuevas en las que se recogen los nidos de golondrina. Las golondrinas de aquellos remotos lugares hacen sus nidos con su propia saliva, lo que resulta de todo punto incomprensible en unos parajes tan atiborrados de vegetación. El caso es que  esos nidos, una vez secos y teóricamente abandonados por los pajarillos, se recogen para hacer una sopa de aspecto particularmente poco apetitoso y que se vende a precio de caviar.



Y así seguí durante cinco interminables días, añorando Phuket terriblemente y rodeado de una turba de desequilibrados que dedicaba el día a arrastrar bombonas de buceo, snorkelear y botar kayaks entre alegres carcajadas. Y cuando daban por terminadas sus actividades acuáticas, se pasaban horas y horas relatando con todo lujo de detalles los maravillosos peces, corales y algas marinas que habían tenido la suerte de ver. De espanto.







sábado, 2 de septiembre de 2017

VIAJE A TAILANDIA VIII

PHUKET

Ko Phuket es una isla (ko significa isla) al sur de Tailandia, en el mar de Andamán, que se ha convertido en lo que podríamos llamar la Costa de Sol de allí. Según me han dicho la isla tiene una razonable cantidad de puntos de interés que visitar y la capital (Phuket City) está adornada con atractivos edificios de un estilo llamado chino-colonial, que son gloriosos vestigios de un pasado en el que las minas de estaño eran la gran riqueza de la región. Ahora es el turismo. Confieso que no hablo más que de oídas, porque en los seis día que estuvimos allí no me moví de Patong Beach.



Patong es al turismo lo que Phuket City fue al estaño y resulta  un sitio ideal para repanchingarse y hacer el vago sin más complicaciones. No soy de los que se recorren diez mil kilómetros para hacer lo que podría hacerse en Benidorm, pero a esas alturas del viaje me encontraba yo algo saturado de tanto bangkokear, ayutthayear y chiangmaizar. Llega un momento en que los sentidos se aturden de tanto prang y tanto chedi, de tanto Buda y tanto Garuda, de tanto templo y tanto palacio. Por otro lado una personalidad tan sensible como la mía puede verse tan fácilmente arrastrada a sufrir los sinsabores del Síndrome de Stendhal, que sería una imprudencia temeraria no proporcionarle de vez en cuando unas dosis de simple y vulgar turisteo al estilo guiri. Varios de mis amigos hicieron las consabidas excursiones, o contrataron tuc-tucs (me temo que a precio de oro) para recorrerse la isla de cabo a rabo, pero en honor a la verdad debo decir que los relatos que me hicieron de sus escapadas rezumaban un entusiasmo narrativo algo forzado.


Nuestro hotel, el Wyndham Grand Phuket Kalim Bay, ocupaba una pintoresca posición  en la falda de una colina, justo al final de la playa. Consistía en una serie de pabellones entre piscinas y jardines, colocados tan vertiginosamente colina arriba que en la recepción paraba un trenecito, un madaleno para ser exactos, que nos permitía a los ocupantes de los pabellones más empingorotados llegar a nuestras habitaciones sin dejar los pulmones en el intento. Para acceder a la zona de bares y restaurantes, que estaban sobre el acantilado, había que cruzar la carretera, con el grave riesgo que supone eso en Tailandia. En fin, tipismo local.


En Patong, aparte de divertirse, hay poco que hacer. La ciudad no es demasiado grande y está formada por dos calles principales conectadas por los consabidos «sois». Todo está lleno de bares, restaurantes, terrazas, mercadillos y puestos de comida. Uno de los sitios más animados es Soi Sea Dragón, en donde se mezclan bares normales y corrientes con otros de putas, o de putos, espectáculos de transformismo y todo el batiburrillo propio de las noches tailandesas: el omnipresente señor de la boa constrictor, el del águila, el saltimbanqui, el tragafuegos... Verdaderamente el mejor espectáculo está en la calle. El asunto de la prostitución en Tailandia y otros países de la zona es espinoso y no entraré en valoraciones éticas y mucho menos morales sobre la cuestión. Sé que hay prostitució infantil, todo el mundo lo sabe, pero yo no la vi. Sí puedo decir que la actitud respecto al sexo es, quizás para su desgracia, eso no lo sé, mucho mas desinhibida que la occidental. Comprendo que en lugares como Patong se intenta mostrar la cara más amable de las cosas porque, al fin y al cabo, es una ciudad que visita todo tipo de gente, desde australianos solterones a familias finlandesas con niños, y lo único que puedo decir es que lo consiguen. Un matrimonio con niños pueden estar sentados tomando algo en la terraza de un puticlub, naturalmente sin darse cuenta, sin que nadie les moleste.


Tan inevitables como los hombres con una boa constrictora al cuello, parecen ser en los grandes centros turísticos de Tailandia los restaurante españoles. Patong, desde luego, tenía uno que no me dejaron más opción que visitar un par de veces. Recuerdo con especial repelús una pularda, al menos eso me dijeron que era, rellena de arroz y nadando en una salsa espesa de una contundencia tan exagerada que todavía siento amagos de empacho cuando pienso en ella. Como compensación a ese españolismo exótico, conseguí que fuésemos a cenar una noche a un restaurante especializado en la «Comida de la Corte», que según cuenta la leyenda es  el tipo de comida que se sirve a la familia Real. Tomamos lo  que aquí llamaríamos un «menú-degustación», por no complicarnos la vida eligiendo platos que, al fin y al cabo, no teníamos ni la mas remota idea de lo que eran. Cuando empezaron a servirnos pensamos que por algún error en la comanda, o por misteriosas razones orientales,  el cocinero había  decidido endilgarnos en primer lugar los postres, porque aquellas bandejas estaban llenas de lo que se parecía mucho a las pastas de te de la confitería Gómez. Pero no. Lo que pasaba era que la comida de la corte consiste en convertir la comida normal y corriente, ya de por sí poco identificable para un occidental, en algo todavía más misterioso y disimulado. Todo está tallado, recolocado, dispuesto y pensado para que haga bonito. Todo está lleno de adornos de colorines y frutas esculpidas. El resultado, lo admito, es innegablemente espectacular; es el churrigueresco tailandes llevado a la mesa, algo así como si a Ferrá Adriá le hubiese dado un ataque de locura rococó. Aquello estaba riquísimo, eso hay que reconocerlo, y resultó indecentemente caro por añadidura.


En Patong se encuentra uno de los recintos más célebres de Tailandia de Muay Thai y allá que nos fuimos. No soy aficionado a los espectáculos de lucha, pero como la lucha tailandesa tiene tanta fama y lo único que había visto hasta entonces fue la cutrez aquella de Chiang Mai, me picó la curiosidad. El recinto era grande, nuevo y luminoso, con el agradable añadido de un bar enorme en el que pasar el rato tomando Shinga, lo que ya era algo. El Muay Thai es una cosa rarísima a más no poder. Cuando los dos luchadores suben al ring y piensas que van a darse de bofetadas, resulta que empiezan a practicar unos rituales misteriosos. Recorren la cuatro esquinas inclinando la cabeza y luego se ponen a hacer unos bailes muy enigmáticos e indescifrables, al son de una música ratonera que recuerda a la de los encantadores de serpientes. Uno llega a pensar que el Muay Thai consiste en la versión tailandesa de aquellas coreografías tan rompedoras que encargaba Diaghilev para Nijinsky, aunque la música recordaba más a Penderecki que a Stravinski. Pero, ay majos, en cuanto acaban las danzas empiezan a darse unas hostias como panes, con los pies, con las manos, con unos agarramientos y retorcimientos feroces como ellos solos, mientras el público se entusiasma hasta el franco enardecimiento. No se si habrá reglas, pero no lo parece. Cuando terminó en primer combate yo consideré que ya tenía Muay Thai para lo que me quedaba de vida, así que me largue con viento fresco (bueno, fresco no, que eso no se sabe lo que es en Phuket) a tomar unas copas a Soi Sea Dragón.


Lo habitual era terminar la noche en la discoteca «Bananas», que era la de moda en aquellos días. Yo  no sé por qué me divertía allí tanto, porque aquello era un calor asfixiante y un abarrotamiento descomunal de gentes de todas las nacionalidades y de diversos colores. Bueno, puede que si lo sepa, pero no es para contarlo en un blog. Como de costumbre, todos mis amigos se marchaban antes que yo. A la salida esperaba la consabida fila de tuc-tucs y sus correspondientes negociaciones, pero entre la hora indecentemente avanzada, el cansancio, el sueño y su poquitín de borrachera, no solía porfiar mucho en el regato. Así todas las noches, salvo una en la que me dio el arrebatamiento de hacerme el europeo listo. Tanto me emborriqué que acabé por decidir volver andando al hotel. Al fin y al cabo no estaba tan lejos y un poco de brisa nocturna tampoco me venía nada mal. Desde «Bananas» al Wyndham Grand Phuket Kalim Bay no hay más que 15 minutos andando y es imposible perderse si uno sigue el paseo marítimo. Bueno, pues me perdí. Media hora después de salir de la discoteca estaba deambulando por lo que solo puedo calificar como el más sórdido barrio marginal que he conocido. Todo eran casuchas bajas y formando un laberinto oscuro y silencioso. Como no hay mal que por bien no venga, poco a poco el miedo me fue quitando la borrachera. A cada paso esperaba caer en la garras de algún grupo de tailandeses malos, o birmanos inflitrados, que  me desvalijarían, probablemente con malos tratos y vejaciones incluidos. Sin saber como, pero en un estado próximo a terror pánico,  llegué a una calle que parecía un poco más civilizada, aunque igualmente desierta, en la apareció milagrosamente un tuc-tuc al que pagué lo que me pidió, no se cuanto, y además le dí propina cuando, minuto y medio más tarde, me dejo a la puerta de mi hotel, al lado del madaleno.

¿Qué más podría decir sobre Patong? Playa de arena blanca y finísima, palmeras, cerveza Shinga en cilindros de poliuretano...  Y orquídeas, orquídeas a porrillo. Adornando los cócteles de frutas, una orquídea; en el plato del postre, una orquídea; en la almohada de la cama, todas las noches, una orquídea. Y poco más, salvo que nuestras rapaces incursiones por los tenderetes de Patong nos obligaron a comprar otra maleta.