martes, 10 de noviembre de 2020
TIBIEZA
domingo, 1 de noviembre de 2020
LAS PARTES DE ABAJO
Nos dice la Real Academia de la Lengua que el eufemismo es una “Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Cuando España se vio sumergida bajo la ola de la sinceridad ante todo, la franqueza como norma y el “soy como soy” se me pasó por las meninges que el eufemismo se iría al cubo de la basura, junto con todas las demás formas de cortesía; pero vino en su auxilio el lenguaje políticamente correcto y ahora se ha convertido en un instrumento absolutamente imprescindible. De hecho no hay conversación en la que no haya que devanarse los sesos para encontrar uno lo suficientemente neutro como para no dañar alguna sensibilidad, reforzar algún odioso estereotipo u ofender alguna cultura.
Pero en los antiguos tiempos el asunto del eufemismo tampoco era un camino de rosas, porque con cierta frecuencia el remedio era peor que la enfermedad y la frase empleada para manifestarse de forma suave y decorosa resultaba más penosa que la dura o malsonante idea original. En resumidas cuentas, que hay una serie de eufemismos antiguos que suenan tan vulgares o más que la recta y franca expresión. Entre estos, los que más me han llamado la atención, para mal, siempre han sido “sus partes” y “es de abajo”. “Sus partes” es una abreviatura de “sus partes nobles”, es decir las partes nobles de él, esto es la polla y los cojones. Su correspondiente femenino es “es de abajo”, que incluye genitales y aparato reproductor de ella, y ambas expresiones se utilizan siempre y cuando él o ella sufran alguna enfermedad en esas partes de abajo. La nomenclatura para los genitales de ambos sexos es amplia y variada y se utiliza sin rubor en el lenguaje coloquial, pero se convierte en un arcano necesitado de eufemismo cuando sufren alguna perturbación sanitaria. Que se haya creído necesario diferenciar entre “sus partes” masculinas y el “es de abajo” femenino en lugar de utilizar la misma vulgaridad en ambos casos es un enigma que tiene fácil resolución. No era lo mismo el potente y triunfante lingam que el modesto y conquistado yonin.
En el bando masculino existe una rica colección de expresiones que exaltan la bienaventuranza que supone tener colgando en la entrepierna un pene y dos testículos. Se pueden tener “los huevos cuadrados” y “más cojones que el caballo de Espartero”; puede uno “tocarse las pelotas” y las cosas que no te importan te pueden “sudar la polla”. Hay que “echar un par de pelotas” o simplemente “tener cojones” para hacer las cosas como es debido. Como es natural al hombre que no alcanza ese nivel de apoteosis fálica, “le faltan huevos”. La exhibición verbal testículo-fálica salpimenta pizpireta y sin el más mínimo pudor nuestras conversaciones. Pero, ay majo, en cuanto esas pollas y cojones se ven afectados por alguna dolencia se cubren con un velo de misterio y pasan a ser una púdicas y discretas“sus partes”. Ningún hombre sufre dolencias en el pene o los testículos, sino en “sus partes”. Y cuando alguien te habla de alguien que tiene problemas en “sus partes” lo acompaña siempre con un gesto de fatalidad, como si la losa del destino hubiese caído sobre él en el peor ángulo posible. Ese hombre que hasta ayer mismo andaba medio despatarrado, con la pelvis hacia afuera, así como si le llevasen a rastras sus mismísimos cojones en una gloria de virilidad, ha pasado a ser un triste alguien con problemas en “sus partes”. Se podría pensar que “sus partes” es una forma expresión propia de gente iletrada o poco sofisticada, pero no; precisamente se me ocurrió escribir sobre esto al escuchar en las noticias de TV a un abogado cuyo cliente, como consecuencia de una agresión, sufría lesiones en “sus partes”. No se espera de un letrado que diga a cámara “a mi cliente le han jodido los cojones”, pero tampoco es tan difícil decir “sus genitales”. Pero parece que no, que no es lo mismo, que los genitales masculinos o se pueden manifestar en toda su gloria, o pasan a ser “sus partes”.
Por la parte femenina ocurre algo parecido, pero no igual. Ciertamente los genitales femeninos contribuyen igualmente a la riqueza del lenguaje. Con frecuencia hay algo que “no me sale del chichi”, o se está “hasta el mismísimo”, o no consientes que te “toquen el coño”, pero tienen un matiz más de resistencia pasiva que de victoria. Ese encantador gesto de llevarse la mano a la entrepierna para reforzar un exabrupto se da en una mujer por cada mil hombres, porque los genitales femeninos deben ser un sagrario, un oculto sancta sanctorum, algo con un cierto toque vergonzoso que es preferible ocultar, No unas lastimosas pero aún así dignas de admiración “sus partes”, sino un difuso y oscuro “es de abajo”. “Es de abajo” nos lo dicen siempre después de muchos circunloquios, susurrado de un modo un poco furtivo y con la mirada fija en el suelo, así como si te estuviesen confesando una drogadicción. El ámbito que comprende “es de abajo” no necesita ser explicado, se sobreentiende. A nadie se le ocurre pensar al escucharlo en un problema de sabañones, que más abajo no pueden estar, o en una lesión en la rodilla. “Es de abajo” comprende todo lo específicamente femenino , sin diferenciar. Esos genitales compuestos por una polla y dos cojones perfectamente identificables, cada una con su parte correspondiente de mérito y respeto pasan a convertirse en las mujeres en un totum revolutum “es de abajo” del que vale más no especificar. Es algo así como si la polla fuese el nirvana y el coño el bajo astral.
Sin estar yo ni mucho menos en contra, tampoco puede decirse que sea un apasionado defensor del lenguaje inclusivo y la búsqueda con lupa de expresiones machistas, para eliminarlas. Prueba de ello es que no es raro que hablando con mis hermanas y sobrinas sobre el tema surja algún conato de incendio, pero esa naturalidad con que se asume “sus partes” y “es de abajo” da que pensar.
martes, 27 de octubre de 2020
DESDICHAS
Comienzo la semana abrumado bajo el peso de una serie de (tres ) catastróficas desdichas.
La primera ha sido la decisión del Gobierno de Cantabria de prohibir fumar en las terrazas. No hay estudios que comparen si el humo exhalado por un fumador tiene mayor carga viral que el aliento exhalado por alguien que no esté fumando, ni está demostrado que el humo del tabaco sea un vehículo transmisor del virus, pero da lo mismo. Prohibir fumar ya es como una especie de coletilla que acompaña a cualquier medida sanitaria. Merced a una maquiavélica combinación de paternalismo, salud y moralina al estilo de la Ley Seca, los fumadores nos hemos convertido en el pim pam pum de todas las crisis. ¿Qué el Coronavirus se transmite principalmente en los locales de ocio nocturno y las reuniones familiares? Ok, hay que contenerlo, prohibamos fumar en las terrazas al aire libre. Estoy completamente seguro de que si llega a haber, pongamos por caso, una epidemia de sabañones, una de las medidas para combatirla será prohibir fumar en mitad de Los Monegros.
Esta nueva norma es difícil de sortear porque los comandos anti-tabaco abundan como los hongos. Constituidos mayormente por una mezcla de ex-fumadores resentidos, resentidos en general y tocapelotas profesionales, estos comandos babean de satisfacción con cada nueva restricción a los fumadores, y se lanzan a las calles con el único y exclusivo fin de pillarnos en renuncio y llamarnos la atención. En las actuales circunstancias puedes ir sin mascarilla, toser en los mismísimos morros de los transeúntes, morrear apasionadamente a todos los desconocidos y desconocidas que te encuentres por la calle, que no pasará nada. Medio en serio, medio en broma, te dirán que bueno, que no es para tanto, que nadie cumple las normas a rajatabla; pero como te pillen fumando a trecientos metros de la persona más cercana puedes tener la seguridad que te va a caer la del pulpo por algún lado. En fin, son cosas de la sociedad moderna que hay que aceptar para que no te llamen terraplanista, cuando no asesino de masas.
Debidamente ubicado y remangado he recibido el jabalinazo en el brazo con una gran presencia de ánimo, sin llorar apenas ni nada. Todo ha ido como la seda hasta que a mi “Bueno, pues ya me puedo ir” me ha contestado la amable auxiliar con un “Sí, pero no se aleje del Centro durante los próximos veinte minutos” que me ha helado la sangre. Lo primero que he pensado es que al Sistema Sanitario, tan cargado ahora de trabajo, le resultará mucho más práctico recoger los cadáveres en las cercanías del Centro de Salud, todos bien agrupaditos, que tener que ir buscarlos casa por casa; y por mucho que la auxiliar me ha hablado de ligeras erupciones cutáneas, rechazos y otras cosas por el estilo, he salido a la calle preocupado porque no tengo hecho testamento. Callado está dicho que durante esos veinte minutos he sentido síntomas no solo de gripe, coronavirus y neumonía, sino también de peste bubónica, malaria, hepatitis viral, paperas, varicela y esquizofrenia paranoide. La angustia ha sido de tal calibre que, pasados los veinte minutos, no he tenido más remedio que sentarme en una terraza a tomar un Martini y fumar con el cigarrillo escondido debajo de la mesa.
martes, 20 de octubre de 2020
FLANES
Yo tengo la costumbre de hacer la compra semanal los lunes por la mañana. El proceso suele desarrollarse sin complicaciones, salvo por esa sensación de que algo se me olvida, que me ataca siempre en el supermercado y que resuelvo comprando un paquete de espaguetis que, naturalmente, no me hacen falta. Pero las cosas de la vida moderna constantemente conspiran para amargarnos con inquietudes, sobresaltos y temores. Así ocurrió ayer cuando llegué tranquilo y relajado a la caja del super, con mis espaguetis y todo, y la amable cajera me dio un boletito con la sugestiva leyenda “PARTICIPA Y GANA” y que, según me explicaron, había que abrir allí mismo o ya en casa, a elegir. Como a pesar de todos los consejos, recomendaciones y balletitas mágicas las gafas se me siguen empañando con la mascarilla, elegí la opción “ya en casa” para evitar la humillación de tener que pedir a la cajera que me lo leyese.
Al llegar a casa, tras guardar los espaguetis junto con otros cuatro paquetes que ya tenía y darme cuenta de que lo que en realidad se me había olvidado era la arena del gato, me puse las gafas, abrí el boletito y pude leer:
¡ENHORABUENA CUPÓN PREMIADO!
FLAN HUEVO ALTEZA
Baño maría 100 x 4
Adiós a mi tranquilidad. Nada vi de inquietante en el baño maría pero ¿100 x 4? Me parece altamente improbable, con las prisas de hoy en día, que Alteza se dedique a cocer 100 flanes cuatro veces al baño maría o, más improbable aún, 4 flanes cien veces. Y eso ¿que opción me deja? Pues que me han tocado cuatrocientos flanes de huevo. He contemplado la opción de que el premio consistiese en 100 baños maría en algún spa de moda (y cuatro flanes), pero rápidamente la he desechado porque con tanto Covid suelto sería una grave imprudencia que los supermercados se dedicasen a amontonar gente en los balnearios que ofrezcan a sus clientes baños maría, que deben ser poquísimos. Así pues, cuatrocientos flanes nada más y nada menos.
Y me he encontrado con que la que podía haber sido una agradable mañana de martes se me ha llenado de angustias, porque el hecho es que yo tenía que volver al super a por la arena del gato y me aterrorizaba la idea de canjear el boletito por los cuatrocientos flanes. Se me ha pasado por las meninges la aterradora imagen de la cajera dándome la anunciada enhorabuena a grandes voces, con toda una fila de clientes sonriendo y cuchicheando, mientras algún amable empleado me ponía delante de las narices cuatrocientos flanes de huevo. Y luego ir a casa arrastrando el saco de arena y los cuatrocientos flanes delante de toda la gente sentada en las terrazas, que ajenos a la historia del premio pensarían de mi que estoy haciendo acopio de alimentos, que me ha dado un trastorno obsesivo-compulsivo por comprar flanes de huevo o, mas probablemente, que se me ha ido completamente la cabeza. Y en esas penosas reflexiones he pasado la mañana, amenizado por los indignados maullidos de Chispas mirando su caja de arena. Al final he optado por la solución extrema de comprar la arena en la tienda de los chinos. Y ha sido un gran acierto porque la cajera ni me ha dado la enhorabuena ni nada. De hecho a contestado a mi “buenos días” con un sonriente y conciso “unochetecinco”, sin más, que me ha sonado a gloria.
Para terminar, no me gusta el flan de huevo.









