martes, 10 de noviembre de 2020

TIBIEZA

 

Si es cierto eso de que “en el término medio está la virtud” no queda más remedio que reconocer que España es un país muy poco virtuoso. Aquí cazamos al vuelo cualquier oportunidad para saltar a una trinchera y ponernos a pegar tiros, metafóricamente hablando, a todos los que hayan saltado a la trinchera de enfrente. 

 Estos meses de pandemia están siendo especialmente fructíferos en atrincheramientos. De hecho las cosas han llegado a tal punto que solamente están permitidas dos opiniones (dos trincheras si se prefiere): defender a capa y espada la gestión del Gobierno (o de los gobiernos), sin admitir ningún fallo más allá de los que “cualquier gobierno hubiese cometido en una situación semejante; o atacar a degüello todo lo que ha hecho el Gobierno (o los gobiernos), sin admitir más aciertos que aquellos en los que “ya sería el colmo que no lo hubiesen hecho”. Si yo tuviese que elegir trinchera, o me gustase hacerlo, elegiría la primera, pero no he querido porque no soy de adhesiones inquebrantables, ni veo tan perfecto todo lo que el Gobierno ha hecho, ni lo veo tan horroroso, ni tengo carácter de atrincherado, ni me da la gana. 

A menudo me pregunto la razón de ser yo tan poco decidido a tener opiniones radicales, uno de esos “malditos tibios de corazón” que tanto le chinchan a Rosa Montero. Yo fui educado como católico y ya se sabe que los católicos tienen la Verdad verdadera y nada más que la verdad, que es una cosa muy descansada y tranquilizadora porque evita el esfuerzo de reflexionar a lo Quijote y permite repanchingarse a lo Sancho Panza . Debería, pues, ser adicto a lo que Jan Assman llama “La distinción mosaica”, que no se refiere a la división de los mosaicos en teselas sino a la división que hizo Moisés entre judíos creyentes en el único Dios verdadero y el resto de la humanidad, que pasó a ser chusma pagana destinada a la perdición y que tantas hogueras ha avivado desde entonces. Además nací, crecí y vivo en un país que en dos siglos ha pasado por cuatro guerras civiles, nueve cambios de régimen y ocho constituciones, con lo que podría decirse que llevamos el enfrentamiento en los mismísimos genes. Pero nada, oye, que no me gusta, que soy de esos de los que dice el Apocalipsis : “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero cuando eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Qué se le va a hacer.

La cuestión es que como las actuales normas, reglamentos, recomendaciones y decretos no nos permiten olvidarnos de la COVID-19 ni un santo momento, cada dos por tres los vomitados de la boca nos vemos metidos en una conversación con personas de corazón caliente A, para quienes todo se hace bien, o de corazón caliente B, que dicen que todo se hace mal. Ellos te sueltan su discurso claro, recto, contundente y sin fisuras y nosotros trasteamos como podemos con el nuestro, curvo, dubitativo, algo escéptico y, en definitiva tibio. El resultado es siempre el mismo; nos vomitan de la boca. Tanto si estás hablando con calientes de tipo A, como si lo estas haciendo con calientes de tipo B, al poco tiempo ves que te están dirigiendo una sarcástica sonrisa que está a medio camino entre el desdén y el menosprecio, acompañada de una mirada que en el caso de los calientes A significa “este cabrón es de VOX”, y en el de los caliente B “este es un podemita de mierda”, y rápidamente se ponen a hablar de otra cosa. 

Este ser malditos tibios en un ambiente que solamente admite fríos o calientes es mucho peor que trágico, es aburrido y cansino y nos dificulta la vida social  más que el miedo al contagio, porque a los tibios nos llueven las tortas de todas partes. Por añadidura corremos el riesgo de ser asimilados a un tercer grupo, que sin ser A ni B, tampoco es tibio. Hablo de los directamente negacionistas, que se agarran al clavo ardiendo de la conspiranoia para hacer un poco lo que les da la gana porque “no hay que vivir con miedo”, “nos están mintiendo” y demás clásicos del género. 

Para la COVID 19 parece que ya hay vacuna, o está a punto de haberla. Para lo demás la ha habido siempre: la cultura y el humanismo.

domingo, 1 de noviembre de 2020

LAS PARTES DE ABAJO

 

Nos dice la Real Academia de la Lengua que el eufemismo es una “Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Cuando España se vio sumergida bajo la ola de la sinceridad ante todo, la franqueza como norma y el “soy como soy” se me pasó por las meninges que el eufemismo se iría al cubo de la basura, junto con todas las demás formas de cortesía; pero vino en su auxilio el lenguaje políticamente correcto y ahora se ha convertido en un instrumento absolutamente imprescindible. De hecho no hay conversación en la que no haya que devanarse los sesos para encontrar uno lo suficientemente neutro como para no dañar alguna sensibilidad, reforzar algún odioso estereotipo u ofender alguna cultura.

Pero en los antiguos tiempos el asunto del eufemismo tampoco era un camino de rosas, porque con cierta frecuencia el remedio era peor que la enfermedad y la frase empleada para manifestarse de forma suave y decorosa resultaba más penosa que la dura o malsonante idea original. En resumidas cuentas, que hay una serie de eufemismos antiguos que suenan tan vulgares o más que la recta y franca expresión. Entre estos, los que más me han llamado la atención, para mal, siempre han sido “sus partes” y “es de abajo”. “Sus partes” es una abreviatura de “sus partes nobles”, es decir las partes nobles de él, esto es la polla y los cojones. Su correspondiente femenino es “es de abajo”, que incluye genitales y aparato reproductor de ella, y ambas expresiones se utilizan siempre y cuando él o ella sufran alguna enfermedad en esas partes de abajo. La nomenclatura para los genitales de ambos sexos es amplia y variada y se utiliza sin rubor en el lenguaje coloquial, pero se convierte en un arcano necesitado de eufemismo cuando sufren alguna perturbación sanitaria. Que se haya creído necesario diferenciar entre “sus partes” masculinas y el “es de abajo” femenino en lugar de utilizar la misma vulgaridad en ambos casos es un enigma que tiene fácil resolución. No era lo mismo el potente y triunfante lingam que el modesto y conquistado yonin.

En el bando masculino existe una rica colección de expresiones que exaltan la bienaventuranza que supone tener colgando en la entrepierna un pene y dos testículos. Se pueden tener “los huevos cuadrados” y “más cojones que el caballo de Espartero”; puede uno “tocarse las pelotas” y las cosas que no te importan te pueden “sudar la polla”. Hay que “echar un par de pelotas” o simplemente “tener cojones” para hacer las cosas como es debido. Como es natural al hombre que no alcanza ese nivel de apoteosis fálica, “le faltan huevos”. La exhibición verbal testículo-fálica salpimenta pizpireta y sin el más mínimo pudor nuestras conversaciones. Pero, ay majo, en cuanto esas pollas y cojones se ven afectados por alguna dolencia se cubren con un velo de misterio y pasan a ser una púdicas y discretas“sus partes”. Ningún hombre sufre dolencias en el pene o los testículos, sino en “sus partes”. Y cuando alguien te habla de alguien que tiene problemas en “sus partes” lo acompaña siempre con un gesto de fatalidad, como si la losa del destino hubiese caído sobre él en el peor ángulo posible. Ese hombre que hasta ayer mismo andaba medio despatarrado, con la pelvis hacia afuera, así como si le llevasen a rastras sus mismísimos cojones en una gloria de virilidad, ha pasado a ser un triste alguien con problemas en “sus partes”. Se podría pensar que “sus partes” es una forma expresión propia de gente iletrada o poco sofisticada, pero no; precisamente se me ocurrió escribir sobre esto al escuchar en las noticias de TV a un abogado cuyo cliente, como consecuencia de una agresión, sufría lesiones en “sus partes”. No se espera de un letrado que diga a cámara “a mi cliente le han jodido los cojones”, pero tampoco es tan difícil decir “sus genitales”. Pero parece que no, que no es lo mismo, que los genitales masculinos o se pueden manifestar en toda su gloria, o pasan a ser “sus partes”.

Por la parte femenina ocurre algo parecido, pero no igual. Ciertamente los genitales femeninos contribuyen igualmente a la riqueza del lenguaje. Con frecuencia hay algo que “no me sale del chichi”, o se está “hasta el mismísimo”, o no consientes que te “toquen el coño”, pero tienen un matiz más de resistencia pasiva que de victoria. Ese encantador gesto de llevarse la mano a la entrepierna para reforzar un exabrupto se da en una mujer por cada mil hombres, porque los genitales femeninos deben ser un sagrario, un oculto sancta sanctorum, algo con un cierto toque vergonzoso que es preferible ocultar, No unas lastimosas pero aún así dignas de admiración “sus partes”, sino un difuso y oscuro “es de abajo”. “Es de abajo” nos lo dicen siempre después de muchos circunloquios, susurrado de un modo un poco furtivo y con la mirada fija en el suelo, así como si te estuviesen confesando una drogadicción. El ámbito que comprende “es de abajo” no necesita ser explicado, se sobreentiende. A nadie se le ocurre pensar al escucharlo en un problema de sabañones, que más abajo no pueden estar, o en una lesión en la rodilla. “Es de abajo” comprende todo lo específicamente femenino , sin diferenciar. Esos genitales compuestos por una polla y dos cojones perfectamente identificables, cada una con su parte correspondiente de mérito y respeto pasan a convertirse en las mujeres en un totum revolutum “es de abajo” del que vale más no especificar. Es algo así como si la polla fuese el nirvana y el coño el bajo astral.

Sin estar yo ni mucho menos en contra, tampoco puede decirse que sea un apasionado defensor del lenguaje inclusivo y la búsqueda con lupa de expresiones machistas, para eliminarlas. Prueba de ello es que no es raro que hablando con mis hermanas y sobrinas sobre el tema  surja algún conato de incendio, pero esa naturalidad con que se asume “sus partes” y “es de abajo” da que pensar.





martes, 27 de octubre de 2020

DESDICHAS

Comienzo la semana abrumado bajo el peso de una serie de (tres ) catastróficas desdichas.

La primera ha sido la decisión del Gobierno de Cantabria de prohibir fumar en las terrazas. No hay estudios que comparen si el humo exhalado por un fumador tiene mayor carga viral que el aliento exhalado por alguien que no esté fumando, ni está demostrado que el humo del tabaco sea un vehículo transmisor del virus, pero da lo mismo. Prohibir fumar ya es como una especie de coletilla que acompaña a cualquier medida sanitaria. Merced a una maquiavélica combinación de paternalismo, salud y moralina al estilo de la Ley Seca, los fumadores nos hemos convertido en el pim pam pum de todas las crisis. ¿Qué el Coronavirus se transmite principalmente en los locales de ocio nocturno y las reuniones familiares? Ok, hay que contenerlo, prohibamos fumar en las terrazas al aire libre. Estoy completamente seguro de que si llega a haber, pongamos por caso, una epidemia de sabañones, una de las medidas para combatirla será prohibir fumar en mitad de Los Monegros.

Esta nueva norma es difícil de sortear porque los comandos anti-tabaco abundan como los hongos. Constituidos mayormente por una mezcla de ex-fumadores resentidos, resentidos en general y tocapelotas profesionales, estos comandos babean de satisfacción con cada nueva restricción a los fumadores, y se lanzan a las calles con el único y exclusivo fin de pillarnos en renuncio y llamarnos la atención. En las actuales circunstancias puedes ir sin mascarilla, toser en los mismísimos morros de los transeúntes, morrear apasionadamente a todos los desconocidos y desconocidas que te encuentres por la calle, que no pasará nada. Medio en serio, medio en broma, te dirán que bueno, que no es para tanto, que nadie cumple las normas a rajatabla; pero como te pillen fumando a trecientos metros de la persona más cercana puedes tener la seguridad que te va a caer la del pulpo por algún lado. En fin, son cosas de la sociedad moderna que hay que aceptar para que no te llamen terraplanista, cuando no asesino de masas.

La segunda ha tenido su origen en una llamada que recibí ayer de mi Centro de Salud, en la que una agradable voz femenina me notificó, ni más ni menos, que mi nombre aparecía en un listado de “personas de riesgo”. Soy consciente de que al tercer gin-tonic mi lengua se ve atacada por el Síndrome Torra-Puigdemont, ejerce de manera unilateral su derecho a la autodeterminación y utiliza mi boca para soltar una notable cantidad de inconveniencias. Cualquiera que haya cenado conmigo en Nochebuena ha podido verlo. Pero puesto que todos mis allegados y conocidos lo saben, me parece de una crueldad intolerable, y muy impertinente, que me incluyan en un listado. Se me aclaró que el riesgo a que hace referencia el listado de marras es sanitario, no verborreico, y que se me recomendaba encarecidamente vacunarme contra la gripe. Tampoco lo he entendido muy bien porque aparte de ser viejo, gordo e hipertenso, no veo en mí riesgo sanitario alguno; pero como no quiero añadir al peligro de fumar clandestinamente en las terrazas el de que me llamen irresponsable e insolidario, acepté la sugerencia y me presenté esta mañana en el Centro de Salud. Los diez primeros minutos los he dedicado ha hacer el ridículo deambulando por todos los mostradores, huecos y recovecos preguntando por la enfermera Cruz, de la que nadie ha sabido darme noticia debido, muy probablemente, a que mi enfermera en realidad se llama Reyes. De este penoso peregrinaje me ha salvado la potente voz de una auxiliar de enfermería preguntando por “alguien que haya venido a vacunarse”.

Debidamente ubicado y remangado he recibido el jabalinazo en el brazo con una gran presencia de ánimo, sin llorar apenas ni nada. Todo ha ido como la seda hasta que a mi “Bueno, pues ya me puedo ir” me ha contestado la amable auxiliar con un “Sí, pero no se aleje del Centro durante los próximos veinte minutos” que me ha helado la sangre. Lo primero que he pensado es que al Sistema Sanitario, tan cargado ahora de trabajo, le resultará mucho más práctico recoger los cadáveres en las cercanías del Centro de Salud, todos bien agrupaditos, que tener que ir buscarlos casa por casa; y por mucho que la auxiliar me ha hablado de ligeras erupciones cutáneas, rechazos y otras cosas por el estilo, he salido a la calle preocupado porque no tengo hecho testamento. Callado está dicho que durante esos veinte minutos he sentido síntomas no solo de gripe, coronavirus y neumonía, sino también de peste bubónica, malaria, hepatitis viral, paperas, varicela y esquizofrenia paranoide. La angustia ha sido de tal calibre que, pasados los veinte minutos, no he tenido más remedio que sentarme en una terraza a tomar un Martini y fumar con el cigarrillo escondido debajo de la mesa.

Y la tercera ¿Cual era? Ah, sí, que mi carnicero no tenía ayer filetes de rabadilla. Vamos, un inicio de semana de pesadilla.




martes, 20 de octubre de 2020

FLANES

 Yo tengo la costumbre de hacer la compra semanal los lunes por la mañana. El proceso suele desarrollarse sin  complicaciones, salvo por esa sensación de que algo se me olvida,  que me ataca siempre en el supermercado y que resuelvo  comprando un paquete de espaguetis que, naturalmente, no me hacen falta. Pero las cosas de la vida moderna constantemente conspiran para amargarnos con inquietudes, sobresaltos y temores. Así ocurrió ayer cuando llegué tranquilo y relajado a la caja del super, con mis espaguetis y todo, y la amable cajera me dio un boletito con la sugestiva leyenda “PARTICIPA Y GANA” y que, según me explicaron, había que abrir allí mismo o ya en casa, a elegir. Como a pesar de todos los consejos, recomendaciones y balletitas mágicas las gafas se me siguen empañando con la mascarilla, elegí la opción “ya en casa” para evitar la humillación de tener que pedir a la cajera que me lo leyese.

Al llegar a casa, tras guardar los espaguetis junto con otros cuatro paquetes que ya tenía y darme cuenta de que lo que en realidad se me había olvidado era la arena del gato, me puse las gafas, abrí el boletito y pude leer:

¡ENHORABUENA CUPÓN PREMIADO!

FLAN HUEVO ALTEZA

Baño maría 100 x 4

Adiós a mi tranquilidad. Nada vi de inquietante en el baño maría pero ¿100 x 4? Me parece altamente improbable, con las prisas de hoy en día, que Alteza se dedique a cocer 100 flanes cuatro veces al baño maría o, más improbable aún, 4 flanes cien veces. Y eso ¿que opción me deja? Pues que me han tocado cuatrocientos flanes de huevo. He contemplado la opción de que el premio consistiese en 100 baños maría en algún spa de moda (y cuatro flanes), pero rápidamente la he desechado porque con tanto Covid suelto sería una grave imprudencia que los supermercados se dedicasen a amontonar gente en los balnearios que ofrezcan a sus clientes baños maría, que deben ser poquísimos. Así pues, cuatrocientos flanes nada más y nada menos.

Y me he encontrado con que la que podía haber sido una agradable mañana de martes se me ha llenado de angustias, porque el hecho es que yo tenía que volver al super a por la arena del gato y me aterrorizaba la idea de canjear el boletito por los cuatrocientos flanes. Se me ha pasado por las meninges la aterradora imagen de la cajera dándome la anunciada enhorabuena a grandes voces, con toda una fila de clientes sonriendo y cuchicheando, mientras algún amable empleado me ponía delante de las narices cuatrocientos flanes de huevo. Y luego ir a casa arrastrando el saco de arena y los cuatrocientos flanes delante de toda la gente sentada en las terrazas, que ajenos a la historia del premio pensarían de mi que estoy haciendo acopio de alimentos, que me ha dado un trastorno obsesivo-compulsivo por comprar flanes de huevo o, mas probablemente, que se me ha ido completamente la cabeza. Y en esas penosas reflexiones he pasado la mañana, amenizado por los indignados maullidos de Chispas mirando su caja de arena. Al final he optado por la solución extrema de comprar la arena en la tienda de los chinos. Y ha sido un gran acierto porque la cajera ni me ha dado la enhorabuena ni nada. De hecho a contestado a mi “buenos días” con un sonriente y conciso “unochetecinco”, sin más, que me ha sonado a gloria.

Para terminar, no me gusta el flan de huevo.


viernes, 20 de septiembre de 2019

SINGAPUR


          El Ayuntamiento de Getafe ha aprobado recientemente una normativa que sanciona con multas de hasta 3000 euros una serie de conductas incívicas tales como tirar al suelo las cáscaras de las pipas, escupir en la calle y algunas otras por el estilo. No seré yo quien defienda ese tipo de comportamientos, pero empieza a ser muy preocupante ver como aumentan sin parar las restricciones a la libertad individual en favor del comportamiento civilizado, la salvaguarda de los derechos de las minorías, el lenguaje inclusivo, la salud pública y otras diversas nobles causas. De seguir así se va a dar la paradoja de que la libertad individual del ciudadano va a desaparecer en favor de la libertad general de la ciudadanía. Pero lo que me ha resultado más llamativo de la decisión del Consistorio getafense es su adhesión al método preferido por las administraciones públicas para disciplinarnos: las multas. Esos 3000 euros de sanción por tirar al suelo unas cáscaras de pipas me ha traído recuerdos de mi estancia en los años 90 en la ciudad más puntera y avanzada en ese tipo de cuestiones: Singapur.


         Cuando viajo soy siempre de los que ven la botella medio llena. Creo que todos los sitios tienen su encanto si uno se molesta un poco en buscarlo, en caso de ser necesario. No comprendo a quienes regresan de Roma diciendo que está sucia, o de Venecia con el sonsonete de lo mal que huelen los canales, o de Egipto quejándose de la pesadez de los vendedores callejeros. Estoy convencido de que esos comentarios adolecen de un cierto snobismo de andar por casa, un snobismo de rebajas se podría decir, mediante el cual quienes lo practican tratan de ponerse por encima del vulgo, de quienes nos maravillamos con lo maravilloso como si fuésemos tontos sin tener esa fina visión y ese exquisito olfato de “entendidos” que ellos SÍ tienen. Yo creo que quedan como burros insensibles a fuerza de tratar de mostrarse como cosmopolitas diplomados, pero eso puede que sean cosas mías. Eso sí, son personas a las que les suele gustar Singapur.
         La verdad es que viajé a Singapur algo a lo tonto, cegado por ese espejismo del “ya que vamos, cuanto más conozcamos, mejor” que tan catastróficas consecuencias en madrugones insensatos y acarreo constante de maletas suelen suponer a los incautos. Me refiero al clásico “Seis días en Italia, visitando treinta y dos ciudades” con el que las agencias de viajes acostumbran a engatusar a los viajeros novatos (o a quienes ven sucia Roma). La cuestión es que mi idea inicial era pasar veinticinco días en Tailandia, pero como la compañía aérea me ofrecía viajar también a Singapur por muy poco dinero más, me dejé embaucar como un pardillo. Así pues, finalmente disfruté de veinte fantásticos días en Tailandia y sufrí cinco abominables días en Singapur.
       Por uno de esos encantadores efectos secundarios del colonialismo resulta que Singapur, que geográficamente forma parte de Malasia, está controlada por los chinos o, más concretamente, por la burguesía comercial china. Es además una dictadura como una casa, pero como está disfrazada de república parlamentaria y saca siempre de notable alto a matrícula de honor en los exámenes del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, pues se hace como que no. Es, podría decirse, una dictadura del burguesariado. Y para que uno no se despiste te lo dejan muy clarito desde la mismísima llegada. Apenas has desembarcado pasas un exhaustivo control policial que no es más que el primero de otros tres o cuatro que, entre cacheos indiscriminados, apertura y cierre de maletas e inspecciones corporales con inquietantes aparatos electrónicos, te lleva hasta un mostrador en el que una funcionaria que se deshace en sonrisas te entrega, así como si nada, un documento con el sello del gobierno en el que se especifica qué delitos están castigados con la pena de muerte (bastantes), cuales con años y más años de prisión (muchos) y cuales con multas abusivas, azotes (sic) y algún otro tipo de indignidad (muchísimos). Eso sí, a la vista de nuestros pasaportes tuvo el cordial detalle de repetir sin parar “Spain, Spain; bulls, bulls”, como si fuésemos vestidos de matadores.


      Intimidados y aturdidos por toda aquella prosa punitiva deambulamos por el gigantesco y ultramoderno aeropuerto, con sus acuarios gigantes  y sus jardines colgantes y su de todo, a la busca de alguna oficina en la que contratar un hotel. Como en aquel entonces éramos todos algo pijos, nos decidimos por la oferta que ofrecía el hotel que , dentro de nuestras posibilidades, tenía el nombre más rimbombante: “The Singapore Royal Holiday Inn Crowne Plaza” (on Scotts Road). Justo es decir que el hotel hacía honor a su nombre. Aquello era un despliegue disparatado de porteros de librea, maderas nobles y cúpulas de rutilante vidrio de colores. Por el hall de entrada desfilaban lo que parecían ser jeques y jequesas, ejecutivos impecablemente trajeados y, solamente de cuando en cuando, algún turista vestido como para salir a cenar. En aquel ambiente, que si bien no era exactamente refinado hacía todo lo posible por parecerlo, nuestras camisetas y pantalones cortos de mercadillo de Bangkok resultaban, por decirlo suavemente, claramente conspicuos; y nosotros, pijos al fin y al cabo, no podíamos pensar en otra cosa que en subir a nuestras habitaciones a cambiarnos de ropa. Probablemente alterado por ese ansia por darme una ducha y vestirme adecuadamente, lo primero que hice al llegar a mi habitación fue quemar con un cigarrillo una de las dos relucientes babuchas de piel que el hotel había puesto a mi disposición, junto a la mesilla de noche. No recordaba yo haber leído en la lista de delitos y faltas que nos dieron en el aeropuerto nada sobre babuchas quemadas en los hoteles, pero por precaución escondí el cuerpo del delito en el armario. Esto no me libró de sufrir una angustia constante por el temor a ser descubierto por alguna camarera de planta cotilla; ni de las horribles pesadillas en las que me veía pagando multas astronómicas mientras me azotaban sin misericordia al grito de “Spain, Spain, Bulls, Bulls”. Una vez escondida la babucha me dediqué a fisgar un poco y así descubrí que la Dirección ponía a disposición de sus clientes una Biblia, un Corán y un ejemplar de Los Pensamientos de Buda, no sé si por fomentar el sincretismo religioso o para recordarnos que, aún rodeados de aquel confort y lujo, no somos más que miserable polvo a los pies de la divinidad. En el techo una enigmática flecha que señalaba hacia una de las esquinas del cuarto me preocupó bastante, porque se me ocurrió que podría indicar una salida de emergencia trampantojo, lo que me hubiese supuesto un grave hándicap en caso de incendio. Luego supe que no, que indicaba la dirección de La Meca para que los clientes musulmanes pudiesen rezar como es debido.


        Para sufrir mi primer encontronazo con la obsesión singapurense por la limpieza  no tuve necesidad de salir a la calle. Una vez duchado y vestido, lindo como un San Luis, bajé al versallesco salón principal a esperar a mis amigos tomando una cerveza y fumando cigarrillos. Llevaba apenas cinco minutos sentado cuando se presentó ante mí una señora muy seria  vestida con bata azul y con una caja colgada al hombro; se arrodilló (sic) ante la mesa,extrajo de la caja diversos utensilios de limpieza, retiró todos los objetos, incluidos el cenicero y mi cerveza (con gran alarma por mi parte), roció la mesa con limpiacristales, paso un paño, saco brillo al cenicero y volvió a dejar todo en su sitio, incluida mi cerveza (con gran alivio por mi parte). Resulta difícil de creer, pero juro que en los veinte minutos que estuve allí sentado, la señora repitió la representación un mínimo de cuatro veces, mientras yo la contemplaba entre histérico y estupefacto . Y no se trataba, como supuse, de que la gobernanta del hotel fuese una sádica maniática; tampoco era el caso que la señora de la limpieza padeciese un síndrome agudo de adicción al trabajo. En restaurantes, en bares de copas, en discotecas, en todos los sitios a los que fuimos, pasaba lo mismo o parecido. Todo tiene que estar limpio y reluciente, como si no se hubiese usado. La limpieza era la obsesión de moda en Singapur y supongo que lo seguirá siendo.
    Todas las calles del centro son iguales, o parecidas: bancos, hoteles, centros comerciales y rutilantes sedes empresariales. El antiguo barrio colonial inglés, el barrio chino y el barrio hindú están tan limpios y ordenados, tan completamente singapurizados, que no tienen ningún atractivo especial. Hay templos chinos que parecen balnearios japoneses, mezquitas que parecían tan recién sacadas de “Simbad el Marino” que daban ganas de esperar por ver si salía Douglas Fairbanks a firmar autógrafos, y está el famoso Sri Mariamman que quieren hacer pasar por templo hindú, pero que es claramente su caricatura. Es, en definitiva, un sitio “muy bonito” en el sentido que en EEUUAA se da a la expresión. Una de sus mayores fuentes de ingresos es el turismo y no me extraña nada, porque allí reluce tanto todo y está todo tan organizado como en uno de esos “cruceros de ensueño” en los que tres o cuatro mil personas se dejan llevar de un puerto a otro a golpe de excursión organizada y buffet libre. Pero para viajeros no es.



       En Singapur, salvo negocios y compras, hay muy poco interesante que hacer. Esto, que puede parecer un grave inconveniente, es en realidad una gran ventaja porque la lista de cosas prohibidas es tan enorme que el estar pendiente de no cometer alguna infracción le ocupa a uno casi todo el tiempo. Los carteles prohibiendo algo, cualquier cosa, son tan omnipresentes que en lo único que eres capaz de pensar es en lograr volver al hotel sin haber infringido ninguna norma, sin pagar multas o recibir azotes  y, en mi caso, rezando para que la camarera no hubiese encontrado la babucha chamuscada. Hay prohibiciones tan absurdas que dudo mucho que el acto prohibido existiese antes de la prohibición. Recuerdo ahora la prohibición de entrar en los centros comerciales con sombrilla (sic), pero había bastantes más por el estilo. Muchas parecían estar en relación con la obsesión singapurense por la pulcritud, como la de tirar cualquier cosa al suelo, masticar chicle o ir comiendo algo, lo que sea, mientras deambulas por los centros comerciales; otras con la limpieza y la salud, como la prohibición de fumar en todos los restaurantes, que ahora nos parece de lo más natural pero que resultaba completamente incomprensible en aquellos años noventa en los que aún se valoraba más la buena vida que la vida sana; otras, en fin, con la seguridad, como la prohibición de entrar en los bancos con casco o gafas de sol. Son la prohibiciones “razonables”, las que hoy en día son aceptadas sin rechistar en todo el Primer Mundo. De ahí a prohibir entrar en los centros comerciales con sombrilla, o con boina, solo hay un paso para el que con toda seguridad se encontrará también una justificación razonable y beneficiosa para el bien común.  Tengo que decir que hoy en día las prohibiciones de Singapur me sorprenderían mucho menos que hace treinta años. Me dicen que esto es síntoma de que vamos mejorando, pero yo lo dudo.


       Del resto de mis días en la “exótica” Singapur poco más tengo que decir. Creo que como muestra del aburrimiento que me aplastaba,  conocida como es mi difícil relación con la naturaleza, bastará el botón de que dedique una mañana entera a visitar el Jurong Bird Park, un aviario gigantesco que se presenta como uno de los grandes atractivos de la ciudad. Aquello es una inmensidad de pájaros de colorines y lujuriante vegetación capaz de agotar hasta al ornitólogo más obsesivo. Como soy enemigo declarado de cualquier tipo de transporte turístico, ya sean calesas, camellos, elefantes, monorraíles o trenecitos, me aventuré a recorrer el parque “dando un paseo”, una de esas decisiones estúpidas que se toman dejándose llevar por los prejuicios y de las que uno se arrepiente toda su vida. Yo no sé qué extensión tiene ese parque, pero a mitad de camino me daba la sensación de que Cantabria cabía dentro. Loros, avestruces, pelícanos, aves del Paraíso, tucanes, pingüinos, búhos, aves de presa, cigüeñas, flamencos y más loros, todos ellos exhibiendo sus plumajes multicolores entre flores y más flores también de colorín colorado… A ese insensato cromatismo que me dejó las retinas aturdidas había que añadirle un calor de mil demonios y un sol de justicia. Ponerse a la sombra de algún árbol tropical era una aventura muy arriesgada, porque por raro que parezca en una ciudad tan obsesionada por la limpieza los pájaros no tienen prohibido cagar encima de ti. Lo que si estaba prohibido, en un parque en el que ni poniendo en ello todo tu empeño le llegaba el humo de tu cigarrillo a nadie, era fumar. En fin, una auténtica delicia.


        Así fui arrastrándome por aquellos cinco días, los más largos de mi vida, haciendo compras absurdas, sorteando prohibiciones y pensando en la babucha churruscada. A fuerza de buscar encontramos cerca del hotel un establecimiento en el que algún astuto chino se había colado por alguna grieta legal que permitía comer, fumar y tomar copas al mismo tiempo, o sucesivamente. Allí pasábamos horas y horas soñando despiertos con el vuelo que nos llevaría de vuelta a Londres y repitiendo como un mantra: “con lo bien que nos lo pasábamos en Bangkok”.