sábado, 3 de marzo de 2018

PRIMERAS IMPRESIONES

          Como bien saben los avispados ejecutivos mercadotécnicos, somos esclavos de las primeras impresiones. El primer golpe de vista, queramos o no, nos marca el cerebro con una idea que  el trato, el conocimiento o la reflexión modifican, pero no anulan. Serán cosas del cerebro reptiliano que, caso de existir, es muy dado a ir a lo suyo. Yo recuerdo mucho el caso de unos jóvenes campistas cuya primera impresión, estoy seguro, les hizo volver a sus casas con la idea fija de que en Santander nos ponemos el esmoquin hasta para bajar la basura.


El asunto ocurrió hace ya muchos años, una noche de Inauguración del FIS. Ahora es posible encontrarse a gente en vaqueros y camiseta en plena zona B, lo que no estoy yo muy seguro de que sea un gran avance, pero en aquel entonces la Inauguración de Festival era casi una liturgia. Desde la zona A, tan cercana al escenario que se corre el riego de perder un ojo si al director de orquesta le da por hacer la gracia de volverse hacia el público, batuta en ristre, hasta las vertiginosas altitudes de la C, todo el mundo iba  mas o menos arreglado. Pero la apoteosis de la arreglación vestimentaria se daba en la codiciada zona B. Ir a la Inauguración daba buen tono en cualquier caso, pero  si habías conseguido entradas en la zona «B», pues daba más. Allí los trajes oscuros  y las corbatas de seda se codeaban con los modelos de las mejores tiendas y la profusión de adornos y joyeríos. Recuerdo que mi amiga María José, La Marquesa, se ponía siempre el «traje del Palacio» y el collar de perlas buenas de su madre. Y así todos. En los casos más extremados se han visto hombres de esmoquin, señoras con vestido largo y hasta el relumbrar de alguna joya de familia. Por verse, hasta  se veía algún que otro despistado que había ido al concierto para escuchar la música. Para que aquel despliegue de elegancia y sofisticación no quedase tristemente constreñido a las cuatro paredes de la Sala Argenta, era costumbre salir a fumar un cigarrillo, copa de cava en ristre, al atrio de entrada del Palacio, para que los humildes mortales que no habían tenido la suerte de acceder a aquel Olimpo, tuviesen la oportunidad de contemplarlo fugazmente. 


Terminado el evento salíamos todos en tropel, Cuesta Del Gas abajo,  en dirección a la calle Castelar. Unos para cenar y resarcirse así del sufrimiento de haber tenido que soportar un oratorio barroco enterito; otros para tomar el gin-tonic de después (con perdón de la expresión), y otros muchos al parking, a coger el coche. Ocurrió aquella noche que al tiempo que bajábamos todo el rebaño festivalero, subía un grupo de chicos y chicas jóvenes, mochila en ristre, probablemente camino del Camping de Cabo Mayor. Las pobres criaturas se vieron de pronto rodeadas por una marabunta de figurines de moda y chales ondeantes, de cabezas recién salidas de la peluquería y de, en fin, toda la parafernalia inauguracional con las velas desplegadas. Yo supongo que tuvo que ser horroroso ser engullido así por quinientas personas luciendo sus mejores galas, sin tener ni la menor idea de que salían de un concierto, porque el chico que iba en cabeza se volvió hacia los demás y soltó un sonoro «¡Joder!, como viste aquí la gente» que sonó un poco amedrentado.

Estoy seguro que el efecto de esa primera impresión se les quedó grabado a fuego, y que volvieron a casa con la errónea impresión de que Santander es una ciudad muy pija, conservadora y convencional, mira tú que cosas.



sábado, 3 de febrero de 2018

LA RISA DE CARMINA

          Siempre que pienso en mi madre la recuerdo tronchándose de risa. Carmina, mi madre,  murió enferma de Alzheimer, esa espantosa enfermedad que te lo va robando todo poco a poco, y me entristecería mucho recordar su imagen de los últimos tiempos. Pero por suerte no me ocurre: la recuerdo tronchada de risa. Por eso le doy gracias al recuerdo; pero también le doy gracias al tiempo. Los años transcurridos desde su muerte me permiten hablar  de su presencia, que es lo bueno,  y centrarme menos en el dolor de la ausencia.

La risa de Carmina era un fenómeno natural en si misma. Ella no se limitaba a soltar una carcajada y hala, se acabo; en la risa, como en todo, tenía su propio estilo. La cosa empezaba doblándose en la butaca como si se le acabase de declarar una peritonitis; continuaba con un movimiento ascendente, acompañando de un ruido difícil de definir, y culminaba con ella recostada en el respaldo del asiento estallando, entonces si, en una carcajada clara y potente. Este subir y bajar se repetía varias veces, porque a mi madre le provocaba la risa hasta el mismo hecho de reírse. Y cuando ya parecía que se le había pasado, un par de enérgicos golpes en el brazo de la butaca con la mano abierta eran señal inequívoca de que no, de que aún había risa para rato. No he conocido nunca una risa tan contagiosa. Daba igual si lo que la había provocado  te hacía gracia o no, porque al final la energía de esa risa te arrastraba y acababas, tú también, desternillado a más no poder.


La risa de Carmina era incontrolable, irreprimible, tenía vida propia. Más que reírse se podría decir que le poseía el genio mismo de la risa. Era, digámoslo claramente, de esa personas que cuando ven a alguien caer, primero se ríen y después prestan auxilio (entre hipidos). Hay una anécdota que recuerda siempre una de mis hermanas cuando sale a colación el tema. En casa de mis padres había un pequeño office («el pasillo de atrás») que comunicaba el comedor con la cocina. Erase una vez que desfilaban por allí mi madre y mi hermana. Mi hermana abría la mini-procesión, cargada con una enorme fuente repleta de filetes; detrás, mi madre. Mi hermana tuvo la mala suerte de resbalar, darse un porrazo morrocotudo y verse en el suelo, muy dolorida y rodeada de filetes por todas partes. ¿Y Carmina? Carmina agachada en la cocina, aguantando su cintura con los dos brazos y a punto de congestionarse de la risa. No es que no le importase saber si mi hermana se había hecho daño; no es que no le importase que el segundo plato de la comida se hubiese ido al garete. Es que estaba siempre abierta de par en par al genio de la risa.


Como todas las personas inteligentes, Carmina sabía reírse de si misma. Nunca se me olvidara una tarde en Toulouse, a la salida de un centro comercial. A Carmina le gustaba ir siempre arreglada, bien vestida y peinada, y no soportaba que la lluvia tuviese la impertinencia de rozar ni de lejos su cabeza recién salida de la peluquería. Bueno, pues al salir del centro comercial llovía. La cosa empezó a ponerse cómica cuando mi madre, muy previsora, abrió su paraguas diez o doce metros antes de llegar a la puerta de salida. Como la lluvia estaba empezando a ser torrencial, propuso mi hermana Verónica que mamá esperase a resguardo, mientras nosotros llevábamos al coche las compras y pasábamos  después a recogerla. Carmina aceptó el plan y allí se quedó, pero lo hizo en el mismísimo umbral. No dentro, por si no nos  veía llegar; no fuera, porque llovía mucho: en el mismísimo umbral. Las puertas acristaladas, que nada sabían de madres ni peluquerías, intentaban cerrarse, chocaban contra el paraguas de mi madre y se volvían a abrir una y otra vez. Carmina, impertérrita y completamente ajena a la batalla entre las puertas y su paraguas, allí se quedó esperando tan pimpante, mientras  Verónica y yo, empapados y muertos de la risa, nos fuimos a buscar el coche. Pero lo mejor llegó más tarde.


Tenía mi hermana entonces una de esas furgonetas mononovolúmen, de las que tienen un escaloncito para subir al asiento. Quiso la fatalidad que ese día Carmina vistiese falda de tubo. Subir a una de esas furgonetas siempre resulta algo costoso para una señora de edad, máxime cuando viste falda de tubo, pero si encima se niega en redondo a soltar el paraguas «que se me moja el pelo», la cosa reviste carácter épico. Tras varios infructuosos intentos , la situación se volvió  tan desesperada que Vero y yo no vimos más opción que aupar a mamá hasta el asiento, empujando por donde la espalda pierde su nombre. En ese preciso  momento  Carmina, informada ya por nosotros del apachurramiento de paraguas y consciente de lo cómico de la situación,  se dejó poseer por el genio de la risa. Con un pie en el coche y otro en el suelo, con el paraguas siempre en posición,  estalló en una catarata carcajadas y convulsiones, dificultando con ello enormemente nuestra maniobra. Ya no recuerdo el tiempo que nos pasamos allí, a risa pura. Sé que al final conseguimos culminar con éxito la operación, que mamá conservó intacto su peinado y que estuvimos riendo a más no poder todo el camino hasta Tournefeuille. Así era reírse con mi madre.

Las frase favorita de Carmina cuando teníamos una comida familiar en ciernes era «como nos vamos a reir»; y después de ella nunca faltaba el «como nos hemos reído». ¡Ay, la risa de Carmina!

jueves, 1 de febrero de 2018

RENEDO Y SUS MISTERIOS

          El tópico nos dice que los pueblos son más aburridos que las ciudades, pero nada más alejado de la realidad. A poco atento que uno esté a las cosas que suceden a su alrededor, el pueblo es una fuente inagotable de anécdotas, sucesos y estímulos intelectuales. Miss Marple, la anciana protagonista de muchas de las novelas de Agatha Christie, era ardiente defensora de este punto de vista. De miss Marple no puede decirse que resulte precisamente simpática. Irreductible defensora de la moralidad y los modos de vida victorianos, reunía en su enteca figura todos los prejuicios  que heredó el Reino Unido de Don Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, idolatrado esposo de la reina Victoria: clasismo estricto, racismo rampante, positivismo burgués, represión sexual a rajatabla y pragmatismo a machamartillo. Jane Marple es, además, cotilla, mal pensada y metomentodo. Eso por no hablar del clarísimo gafe que arrastra con ella, que en cuanto aparece en cualquier sitio palma una persona o varias. En fin, como he dicho, no es simpática. No obstante hay que reconocerle una gran inteligencia y un enorme poder de observación. El sistema de miss Marple para resolver los enrevesados casos de asesinato que surgen como setas a su alrededor, es comparar la situación asesinatoria con algún pequeño suceso que hubiese ocurrido en su pequeño y encantador pueblecito inglés, St. Mary Mead. Sostiene, y es verdad en mi opinión, que la naturaleza humana es la misma en todos los sitios, pequeños o grandes. Haciéndome un poco el pedante, diría que su teoría no es ni mas ni menos un trasunto del antiguo principio hermético reflejado en la Tabla de Esmeralda: «Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo». Macrocosmos y microcosmos en versión de andar por casa.


El microcosmos de Renedo, sin ir más lejos, nos ofrece diariamente un misterio o dos de esos que te hacen reflexionar sesudamente y que estimulan hasta la histeria las «pequeñas células grises», esas mismas que tan grandes éxitos le proporcionan a Hércules Poirot. Es famoso el caso del convecino que visitó el Acueducto de Segovia «pero solo por fuera», que años después de sucedido todavía nos da serios quebraderos de cabeza. Pero no hay por qué alejarse tanto en el tiempo, porque el flujo de misterios, como he dicho, es constante en Renedo. A modo de ejemplo, tres casos.

EL MISTERIOSO ASUNTO DE LAS COSTILLAS TREPADORAS

La semana pasada, a la salida de la biblioteca, me dejé llevar por mis instintos etílicos y paré a tomar unas cervezas en mi club social, el Madigans. Encaramado en mi banqueta, disfrutando alegremente de la fermentación de la cebada, empecé a observar, al principio con cierta indiferencia pero con creciente interés, como un conocido que tenía al lado empezó a contorsionarse  de la manera más extraordinaria. Empezó por elevar con gran energía el hombro derecho, así como si quisiese imitar a Quasimodo; poco después le dio por levantar el brazo por encima de la cabeza, al estilo retorcido de las bailarinas balinesas. A continuación se lanzó a ejecutar los dos movimientos simultáneamente, poniendo en ello grandes cantidades de contundencia y reciedumbre. Tan concienzudamente se dedicaba a sus retorcimientos que consiguió que mi interés, leve al principio como he dicho, ascendiese de  grado hasta la loca curiosidad .

           Pensé que quizás se tratase de una danza sagrada, de esas que hay que bailar a horas fijas y te pille donde te pille. En ese caso  me parecía políticamente correcto hacerme el indiferente, como cuando viajas en avión y de repente un señor pone un alfombra en medio del pasillo y se pone a hacer abdominales al revés, y tienes que esperar para ir al baño por mucho que tengas la vejiga a punto de reventar. Pero cabía también la posibilidad de que al pobre hombre le estuviese dando un patatús de cualquier tipo, de algún tipo muy original añadiría yo, lo que me imponía el deber de  prestarle asistencia , no tanto porque fuese conocido, sino sobre todo  por miedo a incurrir en el delito de omisión del deber de socorro, con el riesgo de verme castigado con una pena de tres a doce meses y, lo que sería mucho peor, una sustanciosa multa. Una especie de kung-fu yoga también se me pasó por la imaginación, pero difícilmente  pueden quedar los chakras bien colocados con esos estremecimientos tan espasmódicos.

          Lo intrigante del caso era que la cara del contorsionista no mostraba los signos de sufrimiento propios de un ataque, ni mucho menos la expresión de arrobo místico que se le supone al fiel en sus oraciones;  además, entre contorsión y contorsión, trasegaba cerveza con gran placer aparente, lo que siempre es un síntoma tranquilizador. Pero llego un momento en el que, incapaz yo de seguir hirviendo por más tiempo en aquel caldero de intriga desatada, me armé del valor necesario para lanzarle un  «que haces», que si bien no puede considerarse muy ingenioso, me pareció lo suficientemente casual y poco comprometedor. Como ocurría con los dictámenes de la Pitia de Delfos, en la respuesta iba implicito el misterio: «es que se me suben las costillas», me dijo. Para mayor abundamiento, cuando yo estaba consiguiendo  recomponer a duras penas mi cara de estupefacción, añadió sin misericordia: «me pasa desde pequeño».

Yo tengo edad y experiencia suficientes para afrontar con naturalidad el hecho de que en el cuerpo masculino hay cosas que se suben y se bajan, pero confieso que es el primer caso de subida costillar con el que me he topado en la vida. ¿No es esto un misterio de los de verdad? Uno diría que las costillas ya están suficientemente arriba como para que se vean en la necesidad de subir más. ¿Y como se suben? ¿Para qué? ¿Como es posible que no nos haya informado de un asunto tan curioso la National Geographic? ¿Por qué el contorsionista hablaba de esos extravagantes subimientos costillares con tanta tranquilidad? ¿Lo sabe Iker Jimenez? El caso es que llevo casi una semana padeciendo horribles pesadillas, en las que mis costillas toman consciencia de sí mismas y se ponen a subir, a bajar o a ponerse de lado sin control alguno. Misterios.



EL ENIGMA DE LA RECETA EXTRAVAGANTE

Hace dos días me encontré en la farmacia una disuasoria aglomeración de gente. El motivo era que uno de los mancebos, que estaba atendiendo a un señor de avanzada edad, dedicaba su tiempo a mirar y remirar su ordenador con la misma concentración con la que Fleming miraba aquellos hongos que resultaron ser penicilina. Tengo que decir que las personas que atienden en la farmacia , por regla general,  son amables rápidas y eficientes, lo que hacía muy llamativa esa aparente negligencia en materia rapidez. La cuestión es que el mancebo miraba y remiraba el ordenador, con breves pausas en las que miraba y remiraba la receta que sostenía en la mano. Tanto tiempo estaba dedicando a su propósito, que todos los que hacíamos cola empezamos asaetear  al señor de avanzada edad con esas miradas biliosas que reservamos para las ancianas que buscan y rebuscan los dos céntimo en la caja del supermercado.


           El misterio llegó cuando el mancebo, dándose por vencido y mirando al señor de avanzada edad con una expresión que mezclaba la irritación y el desaliento, soltó la bomba: «Lo siento, pero con sabor a coca-cola no lo tenemos». ¿Con sabor a coca-cola? En un primer momento pensé que necesariamente  habría escuchado mal (Es de sobra conocido el hecho de que los farmacéuticos tienen la molestísima manía de bautizar  las medicinas con unos nombre que parecen fáciles, pero que son imposibles de memorizar y llevan a confusión), pero no. El mancebo, con voz alta y clara, repitió «de sabor a coca-cola, no tenemos». Se me pasó por la cabeza que tal vez mis compañeros de cola y yo hubiésemos sido víctimas ignorantes de un experimento. Una de esa maquinaciones conspiratorias de las que tanto hablan los defensores de la «teoría de los antiguos astronautas» que, día si y día no, podemos ver en el «Canal Historia». Quizás un experimento de hipnosis colectiva maquinado malevolamente por la NASA o el FBI, mediante el cual todos los de Renedo que tuviésemos pensado ir a la farmacia, hubiésemos ido a parar al kiosko de chucherías. Me di un par de golpes en la cabeza, me pellizqué y miré a mi alrededor: estaba en la farmacia, no cabía duda, y allí se había presentado un señor de avanzada edad, portando una receta en la que le prescribían algo «con sabor a coca-cola».

Un doble misterio se abría ante mis mismísimas narices. ¿Qué medicamento se fabrica con sabor a coca-cola? Todos nos hemos visto obligados a tomar alguna vez uno de esos asquerosos bebedizos de farmacia con «sabor» a naranja, pero ignoraba absolutamente   que se hubiese avanzado tantísimo en materia de sabores medicinales. Y el segundo misterio ¿por qué se le había recetado a un señor de edad provecta? Puestos a elegir sabores, estoy seguro que por su edad preferiría sabor a zarzaparrilla o, como mucho, sabor a Mirinda. Pero ¿sabor  a coca-cola? Item más ¿No es de una frivolidad muy alarmante que los laboratiorios dediquen sus esfuerzos a conseguir un «sabor coca-cola»? El médico que expendió la receta ¿Sería en realidad un representane de refrescos camuflado? ¿Me atreveré a pedir mi siguiente remesa de pastillas para la tension «con sabor a gin-tonic»? A la vista del tono de franco escepticismo del mancebo ¿Existe verdaderamente un medicamento con sabor a coca-cola? Lo único que salió en conclusion de este misterio es que el señor de avanzada edad resumió admirabente el caso con su "o sea, que la receta está mal", tuvo que llevarse algo "con sabor naranja" , pagarlo integramente de su bolsillo, y   marcharse de la farnacia sin haber entendido en absoluto la razón de ese dispendio. Misterios


EL CASO DEL AUTODEFINIDO COMPLACIENTE

Ayer estaba yo sentadito al sol en una terraza, tomando un Martini terapéutico y fumando. Acostumbro a compensar así  a mi cuerpo de los excesos saludables y oxigenantes del paseo matinal por La Vega. Sentados a mi lado se hallaban un chico y una chica. La chica haciendo un autodefinido, el chico mirando, así como de cuerpo presente. Como es habitual en esos casos, la chica leía en voz alta las definiciones sobre las que tenía dudas en la esperanza, supongo, de que el chico que miraba le echase una mano. Con escaso éxito, a decir verdad.


           Yo, que estaba solo y no tenía nada mejor que escuchar, le puse un poco de atención al tema. Lo primero que escuche con claridad fue un «cubrir de oro», autocontestado sin titubeos con un impactante «orear», que a punto estuvo de llevar  mis meninges al estado de catalepsia. Al oreo aureo le siguió, sin solución de continuidad, un «obstáculo», autoreplicado esta vez con un  «obite» desenfadado y pizpireto que, tengo que reconocerlo, me desarmó por completo. Lo maravilloso del caso llegó  dos o tres minutos después. Como tengo la mala costumbre  de meterme en donde no me llaman, sentía en mi lengua los carbones ardientes de un «dorar» y un «óbice» empecinados en salir al aire, al oro o adonde fuese. Pero me los tuve que tragar a golpe de Martini, empujados garganta abajo por el «bueno, pues terminado» que pronunció la chica entre sonrisas. ¿Terminado? ¿Con su orear y su obite? ¿Que clase de autodefinido es ese que se puede terminar aunque no aciertes? ¿Ha inventado el mercado, esa máquina de despropositos, un autodefinido que se puede terminar como se quiera? ¿Estamos hablando de autodefinidos adaptables? ¿Mintió la chica? Más misterios.

Y el misterio más misterioso de todos: ¿Para qué coños sirve esa obra de la estación de RENFE que hace tantísimo ruido?

jueves, 25 de enero de 2018

FERROFOBIA (REMASTERIZED)

Fobia
Del gr. -φοβία -phobía 'temor'.
1. f. Aversión exagerada a alguien o a algo.
2. f. Psiquiatr. Temor angustioso e incontrolable ante ciertos actos, ideas, objetos o situaciones, que se sabe absurdo y se aproxima a la obsesión.

De entre los escasos dones que la naturaleza y la vida nos ofrecen con generosidad, las fobias son las más molestas. Por regla general todos nos entregamos a ellas sin mesura, salvo los seguidores del New Age, los adictos a las filosofías orientales y los abogados del  Turno Oficio. Los primeros porque la paz y la tranquilidad, verdaderas o ficticias, han llenado sus vidas de armonía; los segundos porque  son brahmanes y bodhisattvas, todo junto, o están a punto de serlo; los terceros, pobrecitos, porque lo manda la ley. Los demás, los seres humanos de andar por casa, nos arrebatamos sin control con nuestras aversiones exageradas, y tememos angustiosa e incontrolablemente ciertos actos, ideas, objetos o situaciones, aunque sepamos de sobra que son absurdos y se aproximan a la obsesión.


En cuestiones tan universal y generosamente distribuidas, las personas de mundo debemos ser especialmente cuidadosas a la hora de escoger, para no correr el riego de caer en la vulgaridad por haber elegido una fobia del tres al cuarto. El miedo a las arañas, las culebras, las avispas o cualquier otra alimaña queda descartado, por poco sofisticado. La aversión a todo lo que tenga que ver con las enfermedades y los hospitales nunca es tomada en serio, porque resulta sospechosamente práctica en multitud de ocasiones. Agorafobia, claustrofobia y acrofobia tienen unas elegantes resonancias a griego antiguo, pero generan un gran número de incomodidades. Los cursis recurren con mucha frecuencia al socorrido cultismo de toda la vida. No tienen miedo a la gente, tienen demofobia; no se cagan por la pata abajo cuando se suben a los aviones, sufren aerofobia... Y así ad infinitum. Lo que no tienen es miedo al ridículo, que es lo que más falta les hace, pero eso es porque todavía no saben que se llama catagelofobia. No, los recursos de los cursis tampoco podemos tenerlos en cuenta. En las fobias, como en todo, uno debe procurar ser original sin histrionismos. Mi búsqueda de una fobia aceptablemente singular concluyo hace años, cuando descubrí por pura casualidad la empleadadeferreteríafobia, o el temor angustioso e incontrolable a las empleadas de las ferreterías.

Contra mi se podrán lanzar toda clase de justificadas acusaciones, excepto la de ser un manitas a la hora de hacer reparaciones domésticas (domésticas o de cualquier otro tipo, a decir verdad). Conozco gente que lo es, gente que atesora en casa montones y montones de herramientas y artilugios de todo tipo, todos perfectamente colocado en sus correspondientes estuches y cajas, alineados en esas horrorosas estanterías metálicas que parecen mecanos con elefantiasis. Siempre saben cual es el tornillo que hace falta, aunque rara vez se dan cuenta del que les falta. Son, por decirlo claramente, una casta especial cuyo problema no son las fobias, sino un amor exagerado, obsesión se podría decir, por los artefactos de arreglar cosas. Y como casta especial, utilizan un lenguaje arcano que solo ellos comprenden, como los intelectuales de provincias. A lo que cualquier persona sensata llamaría «chisme», ellos lo llaman abrazadera, calibrador, broca y cojinete, para hacerse los interesantes. Y si se dan cuenta de que eres capaz de saber a que se refieren, te lanzan un «pásame unas clavijas de enchufe con t tierra tipo Schuko industriales», que te dejan definitivamente fuera de combate. Yo solo he sido capaz de aprenderme «alcayata» y «llave Allen», pero ya no me acuerdo de qué son y para qué sirven. A todo lo demás, como he dicho, lo llamo chisme.


Se comprenderá con facilidad que el conjunto de mi ignorancia ferretera y el exagerado hermetismo del lenguaje ferreteril, me lleve a visitar las ferreterías solo en casos de extrema necesidad y con muchísimos reparos. Me intimidan esas paredes sepultadas bajo  baldas y mas baldas, atiborradas todas ellas de cosas probablemente inútiles y de alarmante aspecto. Me acompleja mucho comprobar como el resto de los clientes sabe pedir exactamente lo que quieren, con ese repelente lenguaje arcano. Es muy molesto descubrir que cuando crees haber entendido algo, resulta que no, que es otra cosa. Me ocurrió una vez que un señor llegó pidiendo una fresadora de mano. Yo pensé, creo que con toda lógica, que le sacarían de la trastienda a una lozana campesina de Aranjuez, o quizás de Huelva, equipada  con una cesta de mimbre y dispuesta a recolectar a mano las fresas que hiciesen falta. Pues no. Lo que le dieron fue un aparato que recordaba ligeramente a una cafetera express casera, evidentemente poco apropiado para recolectar nada. Y así todo.


Yo siempre compro las bombillas en el supermercado, pero ocurrió una vez que la pertinaz lluvia de invierno me llevó a superar con valentía mis reservas y temores, y elegir para la compra la cercana ferretería en lugar del lejano supermercado. Confieso que  no tenía muy claro si ese tipo de establecimientos vendía o no bombillas y, en caso afirmativo, si a las bombillas les llamaban bombillas, «hilo de tugsteno encapsulado» o "melonera de mano". Esto último no era un asunto baladí, teniendo en cuenta el mundo de repelentes sabelotodo al que me dirigía. Confiaba en que lo temprano de la hora me permitiese indagar sobre el asunto sin testigos, pero, mi gozo en un pozo,  resulta que las nueve de la mañana es hora punta en las ferreterías. Había allí una auténtica manada de gente yendo y viniendo, manejando con envidiable soltura el lenguaje arcano y, a mayor misterio, derrochando energía ¡A las nueve de la mañana! Todos los dependientes estaban atareadísimos, todos excepto ella: La Dependienta de la Ferretería.

De la tienda en el ángulo oscuro, de la gente tal vez olvidada, silenciosa y con guardapolvo, veíase a la Dependienta. Atrincherada detrás de un mostrador de madera lleno de enigmáticas marcas y raspaduras, con gesto adusto y aire de hija del dueño, estaba La Dependienta. Sobre el mostrador, un inmenso pliego de papel con misteriosas casillas y anotaciones, que La Dependienta miraba con tanta atención como si fuesen los Manuscritos del mar Muerto. De hecho estaba tan absolutamente ajena a todo lo que la rodeaba que mi (evidente) presencia no le alteró ni lo más mínimo. Ignoro lo que se sentirá al ver a los fakires en trance en las escaleras de la ribera del Ganges, en Benarés, pero dudo mucho que sobrecoja tanto. Confieso que esa concentración religiosa ante un documento, en el que probablemente solo ponía «una fresadora de mano vendida» y «encargar más alcayatas», me llegó a lo más profundo. No sin gran pesar me atreví a romper ese instante de intenso misticismo, preguntando con un tono de desenfado impostado a más no poder: «Perdona ¿Tenéis bombillas?» . Toda aquella impresionante concentración se diluyo como por encanto al conjuro de mis palabras. Levantando la mirada del grimorio ferretero, dirigiome La Dependienta una mirada en la que, justo es reconocerlo, logró aunar con indiscutible maestría la suspicacia, el desprecio y la estupefacción. A continuación me enjaretó en los mismísimos morros un «Pues claro que tenemos bombillas», entonado a todos los decibelios que le permitieron los pulmones. A duras penas conseguí yo no perder la compostura. Con la cara roja como un pimiento morrón y sintiendo en la espalda, como puñaladas, las miradas despectivas de todos los clientes y dependientes, mantuve el tipo sin derrumbarme.

Esa turbación mía tan claramente manifiesta confirmó, eso creo, las peores sospechas de La Dependienta. No es que yo fuese un bromista, es que era tonto de capirote. Movida por la compasión y segura de la solidaridad de todos los presentes (incluida la mía, lo confieso), La Dependienta tuvo la generosidad inaudita de bajar a mi nivel y preguntarme: «¿De qué tipo?». Ahí ya terminé de acojonarme por completo, y me pasé los siguientes cinco minutos balbuceando incoherencias del estilo de «las pequeñas de siempre», «para una lámpara de mesa», «no, esas no» y varias más del mismo estilo. Finalmente apareció en el mostrador, sobre el mismísimo manuscrito, la bombilla que yo necesitaba. Pagué y salí de allí a la velocidad del rayo, plenamente consciente de que durante la siguiente media hora, como poco, mi persona protagonizaría una catarata de chistes y chascarrillos en lengua secreta ferretera.

Dicen los psicólogos que la única forma eficaz de vencer las fobias es enfrentarse a ellas. Mi experiencia me ha demostrado que tal afirmación es una solemne tontería. Me enfrenté a la mía y el resultado ha sido que pasé del miedo al terror pánico. Dudo mucho que en los años que me queden de vida reúna valor suficiente para volver a enfrentarme a una Dependienta de Ferretería.

domingo, 3 de diciembre de 2017

ISIS

Lo grande y lo pequeño, lo alto y lo bajo. Aquel que matamos y aquel que nos mata.

Madre del león que devora al cordero.
Madre del cordero que devoró a la hierba.
Madre del cordero que devoró a la tierra.
Madre del cazador que mató al león.
Madre del bacilo que mató al cazador.
Madre del hongo que mató al bacilo.

Los que comprenden esto, han despertado



EL ARTE DE DECORAR

          Es cosa sabida que no hay campo de minas más peligroso que el de la vida social. Por mucha atención que pongamos a la hora de andar por él, inevitablemente acaba por explotarnos bajo los pies un invitación de boda, la presentación de una exposición de trabajos manuales, una comida para ver los vídeos de un viaje de novios o cualquier otro horror de características semejantes. Especialmente odiosas son, al menos para mí, las meriendas-cena en la casa nueva de un «aficionado a la decoración de diseño». En estos casos no se puede hablar propiamente de invitaciones, porque son tan irrefutables como aquellas siniestras lettres de cachet del Antiguo Régimen. Puedes intentar hacer ver que no te apetece ni lo más mínimo asistir, inventando las disculpas más descaradamente falsas que se te ocurran, pero da igual. El aficionado a la decoración asaltará a golpe de bayoneta las trincheras de tus excusas una y otra vez, hasta que no te queda otra que sacar la bandera blanca, resignarte a lo peor y acudir al convite con la mejor de tus sonrisas forzadas.


Los aficionados a la decoración ven sus casas no como hogares, sino como santuarios consagrados a la modernidad decorativa más archicontemporánea. De otro modo no se explica que casi siempre sea «conditio sine qua non» descalzarse antes de entrar en ellos, como ocurre en los templos budistas y las mezquitas. Ese striptease pedicular te lo piden entre sonrisas y zalemas,   muy adornado siempre con enormes cantidades de «si nos os importa», pero basta para mirar a los anfitriones al fondo de los ojos para que te des cuenta de que esa amable sugerencia es, en realidad, una inapelable orden ejecutiva. Como consecuencia te ves obligado a pasar el resto de la velada tenso y abochornado, intentando tapar con el pie derecho el maldito tomate del calcetín izquierdo. Y cuando por descuido te relajas y te olvidas del inconveniente agujero, la sonrisa se te congela en la cara al darte cuenta de que el resto de los invitados, ignorando olímpicamente los esplendores decorativos que les rodean, tiene fija la mirada en tu pálido y horroroso dedo gordo del pie izquierdo.


Antes de sentarse a cenar, que verdaderamente es lo de menos, hay que hacer la visita propiamente dicha, lo que supone un peregrinar de habitación en habitación, con recogimiento sagrado y provisto, si es posible, de un buen repertorio de expresiones de admiración y pasmo. Yo recomiendo consultar el diccionario de sinónimos ese mismo día por la tarde, porque al tercer «que bonito» corres el riesgo de que los anfitriones te consideren poco sofisticado. En caso de apuro o de escasez de vocabulario, es aconsejable recurrir al  socorrido «que original», porque eso a un moderno aficionado a la decoración siempre le halaga escucharlo."Original" es la palabra mágica. Todo, todo, todo debe ser,ante todo, original.

La primera estación de este doloroso Vía Crucis suele ser el salón, que con muchísima frecuencia es tan elegante y refinado como una galería de arte, y exactamente igual de acogedor. Lo correcto es que los anfitriones den a los invitados un minuto o dos para que puedan enunciar con comodidad y sin atropellos los «que maravilla» y demás admiraciones apropiadas al caso para, acto seguido, pedir su atención hacia el cuadro de firma  que preside la habitación. Por lo regla general es horroroso, pero con toda seguridad ha sido muy caro, o debería haberlo sido. Lamentablemente no suelen conseguirlo, porque estamos todos hipnotizados por ese sofá con aspecto de ser de una irreductible incomodidad, guarnecido por una colección de cojines de seda india que están alineados con la milimétrica precisión de un batallón de granaderos prusianos; y por esa cigarrera de plata tan en el exactísimo centro de la mesita del café y, con alarmante frecuencia, la enorme e  insensata jirafa de madera , recuerdo del safari fotográfico a Kenia, que preside todo el conjunto desde la esquina mejor iluminada de la estancia. Uno o dos libros de arte, de los de gran formato y con evidente aspecto de no haber sido abiertos nunca, dan testimonio de que nos encontramos en la residencia de personas con inquietudes intelectuales. Si en el transcurso de esa inspección ocular, esa alucinación se podría decir, te topas por casualidad con la cara de los anfitriones y la ves transfigurada de espanto, quiere decir que has pisado sin querer, probablemente con el pie izquierdo, la inmaculada alfombra blanca de lana tibetana.


Del salón pasamos al rutilante comedor, tan estrictamente geométrico y minimalista, tan obra de arte total, que sabes a ciencia cierta que jamás te servirían allí unas buenas albóndigas con patatas fritas o un cocido montañés. El dormitorio principal trae a nuestra memoria  imágenes de los hoteles buenos de Tailandia, pero sin orquídea encima de la almohada. En compensación es normal que estén a la vista, así como por descuido, una americana de Dolce&Gabbana con la etiqueta bien  visible, o un bolso de Louis Vuitton (verdadero o falso). En los casos más extremados, un Rolex fulgura de esplendores sobre la mesilla de noche. No caigáis en el error de ignorar estos detalles. Por increíble que parezca eso no estaría bien visto según las modernas normas de etiqueta. Lo correcto precisamente es mencionarlo, vocalizando despacio todas las letras de la marca, para que los anfitriones, rojos de satisfacción, nos pidan disculpas por «ese desorden».


Los dormitorios de los niños pueden variar entre los «acogedores», con paredes, edredones, cojines y cortinas cubiertos de tela a cuadros escoceses, a los más estrictamente contemporáneos, en diversos tonos del gris, casi totalmente vacíos y con un impoluto peluche amarillo encima de la cama. Todos los baños, sin excepción, están forrados de roca de pizarra con pequeños toques de gresite; todos los lavabos cuadrados, todas las toallas de color naranja. El dormitorio de invitados es una copia exacta de la peor habitación de un hospital malo y tiene adjunto un baño sin pizarra, ni gresite ni nada de nada.Es tan descaradamente inhabitable que deja poco lugar a dudas sobre la hospitalidad de la casa.

Lo que podríamos llamar la «piece de résistence» del menú decorativo es indudablemente la cocina, que es siempre la Madre de Todas las Cocinas. Aquello es un no va más de mármoles italianos, cromados sin denominación de origen específica y cacerolas de cobre colgadas sobre la encimera. Turbadoras imágenes de quirófanos, salas de disección y cementerios victorianos se te vienen a la mente, mientras los anfitriones oprimen botones, abren y cierran cajones, descubren lavadoras y lavaplatos ocultos y relatan las excelencias del gigantesco frigorífico. A esas horas las tripas están empezando ya a hacer ruidos de impaciencia imaginando la inminente merienda-cena prometida, pero la impecable limpieza y el orden estricto que imperan en aquellos megaflamantes fogones  despiertan tus peores temores sobre la calidad de la misma.





El recorrido suele darse por finalizado cuando los anfitriones empiezan a darse cuenta de que los invitados, por más que nos estrujemos las meninges, no somos ya capaces de encontrar nuevas expresiones de admiración, pasmo y maravilla. Llegados a ese punto te llevan en procesión por un pasillo, estrecho  y poco iluminado, hasta una habitación minúscula, sin ventanas en algunos casos, presidida por un televisor de quinientos megatones y amueblada con un sofá desvencijado, una mesa camilla y un número indeterminado de sillas de diversa clase y condición. Quizás, en alguna estantería, pueda verse una figurita de Lladró con la cabeza de la pastora dieciochesca pegada con pegamento Imedio. Sobre la mesa nos aguardan un platillo con diez o doce aceitunas rellenas de pimiento, un bol de patatas fritas de bolsa y otro con mejillones de lata. Una fuente de loza de Talavera que ha conocido mejores tiempos acoge en su descascarillado seno alguna que otra rodaja de chorizo, unos triángulos de queso semi-curado que empiezan a arquearse por la punta y, en meriendas-cena de lujo, varias lonchas de fiambre de cabeza de jabalí. Y mientras esquivas las aceitunas, te comes una patata frita y compruebas con tristeza que los mejillones son en escabeche, te entretienes escuchado decir a tus anfitriones que «aquí es en realidad donde hacemos la vida».