domingo, 8 de enero de 2017

UN IDILICO PASEO

      Mucho lamento tener que comunicaros que, salvo milagro, cataclismo o cosa similar, voy de cabeza hacia ese pozo de iniquidad, ese loco y obsesivo frenesí que el mundo moderno llama “vida saludable”. Todo comenzó aproximadamente hace un mes, cuando acudí a la consulta de una terapeuta por mor de poner un poco de orden en mis nervios, que llevan una temporada algo destarabincunticulados. “Destarabincunticulados” no es un complicado neologismo de mi invención, sino una de aquellas palabras imposibles que se utilizaban en mi niñez para jugar a los trabalenguas. Se empezaba por lo más básico:” El perro de San Roque no tiene rabo, porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”, que era, por así decirlo, un trabalenguas de parvulitos. Se ascendía en la escala pasando por los “Tres tristes tigres buscaban trigo en un triste trigal”, que ya era de nivel un poco más avanzado. “El arzobispo de Constantinopla está sin desarzobispoconstantinopolizar” ya era para nota. Pero el trabalenguas “cum laude” era, sin duda alguna “Por el río bajan tres tablas tarabincunticuladas, el destarabincunticulador que las destarabincunticulare, buen destarabincuntilador será”.

      A mí, la verdad sea dicha, nunca me han interesado las vidas de Santos, y mucho menos la de sus perros, tengan rabo o no lo tengan. A los tres tigres les comprendo perfectísimamente porque, con lo carnívoros y lo imponentes que son, tiene que resultarles de una tristeza insoportable, y humillante por añadidura, verse reducidos al lamentable estado de tener que buscar trigo en un trigal que, al parecer, ya era triste de por sí. También me pongo en el lugar de los arzobispos de Constantinopla. Ellos que van siempre hechos un primor, con esa especie de chistera con velo, tan adornados de medallones refulgentes de oro y de diamantes, que da gusto verles paseando Constantinopla para arriba y Constantinopla para abajo. Ni que decir tiene que tiene que darles una rabia horrorosa que llegue cualquier mindundi y les desarzobispoconstatinopolice, así sin más ni más, por la tontería de recitar un trabalenguas.


      Pero a las tablas tarabincunticuladas siempre les he visto más misterio. Yo no tengo ni la más remota idea de cómo se tarabincunticuliza una tabla, ni para qué, pero me las imagino a las tres bajando tranquilamente por el río, recién tarabincunticuladas. Y me imagino también al pérfido destarabincunticulizador acechando en la ribera con la siniestra intención de deshacer ese bonito espectáculo de las tres tablas bajando. Por eso me parece que destarabincunticulado es algo así como falto de armonía, caótico en una palabra.


      El caso es que ando con los nervios algo destarabincunticulados. Mi terapeuta, que por lo demás es muy competente y muy maja, está lamentablemente poseída por ese virus infernal del ejercicio y los paseos. Antes te quitaban de fumar hasta cuando llegabas al médico con un tobillo roto; ahora te mandan pasear. ¿Qué te duele la garganta? A pasear ¿Qué estás de los nervios? A pasear ¿Qué te has roto la crisma? A pasear. Así que, pues nada, que me han mandado pasear; y como soy muy disciplinado y muy bien mandado he salido de casa dispuesto a dar mí paseo terapéutico.





      El “casco histórico” de Renedo, con su enloquecido desparrame de hormigón y asfalto, no invita precisamente a pasear, y tiene el peligro añadido de que en todas las terrazas te encuentras con alguien conocido, lo que resulta una tentación demasiado grande para un paseador novato. Pero tenemos la opción de La Vega, que es pura naturaleza apartada del mundo y sus tentaciones.


      Desde mi casa, la forma más cómoda de acceder a La Vega es por la carreta del cementerio, cuya entrada principal está precisamente al inicio del camino. La conmovedora inscripción que adorna su frontispicio (“Aquí termina para los justos la vida de los disgustos”) le levanta a uno mucho el ánimo y le da fuerzas (espirituales) para seguir adelante. Al poco de iniciar el pequeño descenso que lleva al valle, me pareció escuchar a mis espaldas un ligero rumor, que se transformó en ruido y terminó en un estrépito tan escandaloso que pensé que en la División Acorazada Brunete se habían enterado de lo de mi paseo y me estaban dando escolta. Pero no, el estruendo procedía de una enorme pala excavadora que se dedicaba aparentemente a transportar pacas de hierba de un lado a otro. La razón por la que un vehículo tan descaradamente industrial estuviese dedicado a las humildes tareas del campo, es una extravagancia que no sabría explicar. Solo sé que marchaba a una velocidad tan rara que ni me adelantaba ni conseguía dejarla atrás, por lo que tuve que pasar mis buenos cinco minutos soportando ese martilleo infernal en los oídos.



      Pasado ese amargo trago seguí caminando rodeado de huertas y campos. Y de vacas. Vacas que a mi paso se pusieron a mugir de un modo muy amenazador. Nunca me he fiado de las vacas, que estoy seguro que pican, y no me hace ninguna gracia que se dirijan a mí a mugido limpio, como a punto de embestir. Para más INRI, que diría mi madre, poco más tarde pasé junto a un cercado lleno de ovejas, creo que eran ovejas, y todas ellas, una detrás de otra, me dedicaron una mirada y un balido. No pasa nada si a uno le bala una oveja, pero que lo hiciesen cinco o seis, y en perfecto orden, provocó en mi la sensación poco alentadora de que me estaban reconociendo como a uno de los suyos. Más adelante otro ruido, provocado en esta ocasión por dos tractores, de esos que tienen unas ruedas enormes, que parece imposible que puedan pasar por el sendero sin dejarnos hechos papilla en la cuneta. Con semejante cortejo llegué a una bifurcación por la que por suerte se desviaron los tractores, dejándome solo frente a una pequeña nave, vigilada por un raquítico perro ratonero que nada mas verme se pudo a ladrar hasta desgañitarse.Los perros tampoco me gustan mucho, pero esa no es razón para que aquel escuchimizado animalucho se pusiese a ladrar con una antipatía tan rabiosa y tan descarada.



      A esas alturas del relajante paseo mis nervios estaban a medio camino entre el colapso catatónico y el desparrame histérico. Solo a fuerza de lanzar horrendas maldiciones contra mi terapeuta, contra los defensores del deporte y contra toda la universal existencia en general, conseguí ir tranquilizándome poco a poco. Por añadidura me encontraba ya en pleno campo, sin vacas, sin máquinas, sin ruido… sin nada. Si los prados circundantes hubiesen estado cubiertos de florecillas silvestres, aquello hubiese sido una bucólica perfecta. Lamentablemente, aparte de algunos huertos de coles y repollos, lo único de lo que estaba salpicado el campo era de esos antiestéticos plásticos negros que se utilizan ahora para guardar las pacas de hierba. Pero por lo menos se podía pasear tranquilamente, aspirando el aire puro del campo. Aspiración que poco a poco fue empapando mi sensible pituitaria del inconfundible y repelente olor a silo. Resulta que las vacas, en su maldad, estaban comiendo esa repugnante hierba fermentada de una de las pacas de plástico, que estaba despachurrada y a su entera disposición. Las muy asquerosas comían aquella fetida bazofia con una deleitación que cualquiera diría que era caviar beluga, esparciendo al mismo tiempo el odioso aroma a los cuatro vientos.



      Acelerando el paso todo lo que pude, y reanudando mi sarta de maldiciones, llegué por fin a la carretera y al bendito asfalto, con sus civilizados efluvios de motor de coche. Pero todavía me esperaba lo peor, que es subir esa insensata rampa que los lugareños llamamos “cuesta de Caparrini”, y que mentira me parece que no esté incluida en el catálogo de los montes más inaccesibles, así como entre el Aconcagua y el Kanchenjunga. El único aliciente es que, poco a poco, van apareciendo muros de hormigón, edificios de viviendas y algún otro indicativo de que la Avenida Luis de la Concha, con sus benditas terrazas, está casi al alcance de la mano.
      Y mañana más.

domingo, 30 de octubre de 2016

BONJOUR CHISPESSE

           Tengo Entre mi gente más cercana a veganos, animalistas, activistas contra el maltrato y demás defensores de los derechos de los animales. A pesar de que algunas de sus posturas resultan algo radicales para mi gusto (la depredación, al fin y al cabo, es el es el motor de la naturaleza y de la vida)  la verdad es que simpatizo mucho con todos ellos, porque me parece vergonzosa la manera en que se martiriza a los animales, y a los humanos, a favor del sacrosanto consumo. Eso cuando no se les hace sufrir por mera “diversión”, protagonizando actos de auténtica barbarie con el único objetivo de reírse a costa del dolor y el miedo de unos seres indefensos. Pero, puestos a defender, no estaría mal que se defendiese a los pobres mortales que vivimos con mascotas, que también tenemos que aguantar lo nuestro. Yo propondría, por poner un ejemplo, una “Asociación para la defensa y protección de los humanos que viven con gatos que son como Chispas”. Está muy lejos de mi intención vilipendiar a mi pobre gato. No voy a negar todo el cariño y la compañía que me da, pero en el lote viene incluida toda una serie de manías y peculiaridades que ponen a prueba mi paciencia, mis nervios y mi  estabilidad emocional en general.



                El principal problema con Chispas es que  aborrece los adelantos de la vida moderna. Su innata elegancia felina y su antigua y misteriosa sabiduría casan mal con los artilugios, aparatos y dispositivos eléctricos y electrónicos. Tanto los detesta que algunas veces me pregunto si se habrá hecho Amish sin maullarme nada. Como yo tampoco soy muy moderno que digamos, nuestra convivencia resulta pacifica por lo general, aunque la postura de Chispas es tan intransigente que algunas veces surgen roces y desencuentros.

            Es justo que reconozca que esa progresofobia gatuna me resulta de gran ayuda en algunas ocasiones, sobre todo en la cocina. Don Gato siempre está rondando por la cocina cuando estoy haciendo la cena, a ver si cae alguna delicia extra por casualidad. Lo cierto y verdad es que casi nunca le cae nada, porque en sus hábitos alimenticios es tan extravagante como en todo lo demás: solo come pienso de gato, peladuras de tomate y gambas (y cualquier cosa que sea verde, excepto las espinacas). Ya estoy  resignado a que Chispas campe por sus respetos por toda la casa, faltaría más, pero  en la cocina resulta peligroso. Como anda siempre con tanto sigilo, tan sin hacer ningún ruido, muchas veces me encuentro con que está despatarrado en medio del suelo de la cocina y tengo que hacer mil malabarismos para no despachurrarle de un pisotón. Hace no mucho malabarismicé  tanto que terminé yo mismísimo  descalabrado en el suelo, después de medio desnucarme contra la mesa. Lo mejor para evitarme disgustos es sacar del armario cualquier aparto que se enchufe, da igual la  batidora, el exprimidor o lo que sea. En cuanto lo ve pone cara de espanto y se larga lo más deprisa que puede. Jamás de los jamases he usado yo esos artefactos para amedrentarle;  es su natural desconfianza hacia todo lo moderno lo que le pone en fuga, digo yo. Eso o que está loco como una cabra, que  también lo pienso algunas veces. Por desgracia  no siempre es tan fácil, y tan útil, manejar esa repulsión de Chispas hacia lo moderno.

                El teléfono, da igual fijo que móvil, es uno  de los enemigos viscerales de mi gato. En cuanto suena, se pone en guardia. Tumbado a mis pies y mirándome fijamente a los ojos, maúlla con toda su rabia en cuanto me pongo a hablar. No sé qué pasará por su maquinadora mente felina, pero me barrunto que lo que no soporta es que dedique mi atención a alguien que no sea ÉL, que hasta esos extremos de egotismo llega. Tanto miau ininterrumpido termina por sacarme de mis casillas y suelto un “CALLATE DE UNA VEZ” que deja perplejos, cuando no francamente ofendidos, a mis interlocutores y me obliga a dar las correspondientes explicaciones, perdiendo ya de paso el hilo de la conversación.

                Pero el adversario de Chispas por antonomasia, su más directo rival, es el ordenador. Eso de que yo esté sentado ante el teclado como un bobo, perdiendo un tiempo que podría  dedicar a   cepillarle, mimarle  o cualquier otro “arle” de los que a él le gustan, no lo puede sufrir. Se frota contra mis piernas una vez tras otra, se despachurra panza arriba para que le acaricie, me da golpes con la pata, maúlla…  me crispa los nervios. Algunas veces termino por sacarle de la habitación y cerrar la puerta, pero ocurre que Chispas no admite ver una puerta cerrada, eso nunca. Se podría pensar que esa intolerancia a las fronteras es un rasgo de progresismo, pero no. Lo que ocurre es que Su Majestad gatuna no consiente impedimentos a la hora de inspeccionar la casa de un rincón a otro. A puerta cerrada  el concierto de maullidos, lejos de remitir, aumenta considerablemente y cambia del tono lastimero al indignado. Lo único que se puede hacer es resignarse y esperar a que se vea arrastrado por su pasión favorita: dormir a pierna suelta.

               Si quiero sacarle completamente de sus casillas, lo único que tengo que hacer es ponerme a bailar. Porque yo, señoras y señores, algunas veces bailo en casa. Me doy cuenta de que es una actividad que se acomoda mal a mi edad y condición pero, que queréis, de vez en cuando me mola ponerme música de los años ochenta y dislocarme un rato. Estos frenesíes discotequeros para Chispas son el acabose de lo inaceptable. Maúlla, salta, me muerde el pie, se me enreda entre las piernas con gran riesgo para su integridad física y la mía… No lo soporta. Si la música la escucho por youtube la irritación se le transforma en  histeria gatuna pura y dura, porque al agravio del baile se une el de usar el ordenador que, como he dicho, no le gusta un pelo. A pesar de lo molesto que resulta bailar con un gato cabreado rondándole a uno e intentando arañarle, tengo que reconocer que esa actitud dice mucho del gusto estético de Chispas, porque tiene que ser un espectáculo lamentable ver a un cincuentón barrigudo  mientras mueve la pierna, mueve el pie, mueve la tibia y el peroné, y vestido con ropa de andar por casa por añadidura. Pero esa delicada sensibilidad artística no justifica ni aminora los efectos de la rampante intolerancia de Chispas a la informática.




                La única concesión de mi gato a los inventor modernos es BabyTV. Para quienes no lo conozcan diré que BabyTV es un canal de televisión infantil, bastante ñoño y aburrido, que se pasa el día poniendo dibujos animados de animales “simpáticos”, niños “encantadores” y prados llenos de flores con un Arco Iris de fondo. Todo ello muy de colorín colorado y acompañado de melodías relajantes y piezas de música clásica. Es, en definitiva, políticamente correcto hasta la nausea. Lo es hasta tal punto que dudo muchísimo que ningún niño normal y en sus cabales aguante más de cinco minutos viéndolo. Bueno, pues a Chispas le fascina. Es sintonizar el canal y quedarse como hipnotizado. No diré que se pase horas mirando la pantalla, porque él es incapaz, salvo de madrugada, de pasar más de media hora despierto. Pero esa media hora se la pasa sentadito en el sofá sin perder ripio. Así de excéntrica es la criatura.

                Para Chispas la felicidad completa es tumbarse a mi lado cuando estoy leyendo. Se acurruca a mi lado, posa la cabezuca en mi brazo y se queda dormido como un rorro el tiempo que haga falta. Quizás sea más sensato de lo que yo creo.

miércoles, 12 de octubre de 2016

QUE INVENTEN ELLOS

No puede negarse que en España somos mucho de criticar. Eso de poner a  la gente a caldo nos  chifla a más no poder y muchas veces, con tal de criticar, lo hacemos así, al turuntutún, sin pararnos a pensar ni nada. Véase el caso del pobre D. Miguel de Unamuno y su denostado “Que inventen ellos”, que se ha tenido siempre como muestra del celtiberismo más cerril y carpetovetónico, sin reflexionar, como sí hizo el filósofo, que España es una fábrica de tantos prodigios y maravillas que, en verdad, no nos hace falta perder el tiempo en el esfuerzo de inventar nada.

Me informa mi amiga y colaboradora Feli de un titular, otro más, de “El Diario Montañés” que reza así: “CUATRO OVEJAS SOBREVIVEN A UN ATAQUE DESPUÉS DE HABER SIDO DEVORADAS LITERALMENTE”. En cualquiera de los países de nuestro entorno una noticia de este calibre hubiese merecido ocupar media portada y dos páginas interiores enteritas, pero aquí, que no pensamos, lo relegamos a un triste suelto perdido entre las noticias regionales. Anda que no dieron la tabarra los ingleses con su ovejita Dolly, cuando el único merito que tuvo fue el de haber sido clonada. No quiero ni pensar en el tiempo y el dinero que  dedico el Instituto Roslin de Edimburgo en crear un vulgar y corriente ejemplar de ganado ovino, con la cantidad de ellos que hay sueltos por Escocia, que me lo ha dicho mi sobrino Pablo, que vive allí en una granja. Dice que en aquellas agrestes tierras hay ovejas para aburrir a un santo, de todos los tipos y tamaños, unas con mucha lana y otras con poca; las hay más domésticas y las hay más asilvestradas y que, en resumidas cuentas, aquello es un no parar de vellones y balidos. Entonces ¿A ton de qué fabricar una más, una de tantas? Pero entre esas tantas no hay ninguna, que se sepa, que haya sobrevivido tras haber sido devorada literalmente. Eso solo ocurre en España. Y ocurre de forma espontánea, por la propia sabiduría de la mismísima naturaleza, sin tirar el dinero en ridículas investigaciones ni nada.


            No le veo yo mucha utilidad a sobrevivir después de haber sido comido de cabo a rabo, eso es cierto. Pensemos, por ejemplo, en el frío que van a pasar esos animales este invierno. Pero eso no le resta al asunto asombro ni maravilla. También es verdad que la ovejita Dolly salía muy bien en las fotos, con toda su lana puesta. El suelto de “El Diario” no incluye ninguna foto de las supervivientes y se comprende, porque ese conjunto de huesos sanguinolentos dando balidos en un aprisco podría herir la sensibilidad de los lectores. Justo es reconocer que los anglosajones tienen para todo una contención y una elegancia muy de admirar. Para todo excepto para el futbol y los bares de Mallorca, que ya se sabe que para esas cosas se dejan la flema en casa. Pero dejando aparte la estética y la fotografía, queda el hecho indubitable de que clones se ven a porrillo en las películas de Hollywood, pero yo no he visto nunca en ningún sitio a una oveja, mucho menos a cuatro, que sigan tan pimpantes después de haber sufrido el desagradable percance de ser depredadas tan atrozmente.

Lo malo es que en España somos perezosos a la hora de sacar provecho de esos inventos que tan generosamente nos regala la naturaleza. Ya se sabe que suele valorarse más lo que se consigue a base de esfuerzo, que lo que se obtiene sin dificultad. Personalmente me parece una actitud completamente absurda, pero según me comenta la mayoría de mis amigos y conocidos, así suele ser. Hace dos día nos hemos despertado con la tristísima noticia del fallecimiento de la cabra de la Legión. El animalito se llamaba Pepe, lo que resulta muy original para una cabra, y era, además, la “cabra jubilada de la Legión”, que es un rango de la Administración de cuya existencia no tenía yo hasta ahora ni la más remota noticia. Sabía, como todos, que hay muchos cabrones premiados con jubilaciones de oro, pero no cabras. Aquí hasta las cabras usan las famosas “Puertas Giratorias”. Aclaro que la que ha muerto ha sido la cabra jubilada, para que los amantes de los desfiles no se alarmen pensando que el día 12 de octubre, tan cercano, vayan a tener los Legionarios que desfilar sin una cabra al frente, o teniendo que recurrir a un burro o al pequinés de la coronela para salir del paso. Tranquilidad, que parece ser que ya hay cabra titular. Pero a lo que yo voy es a que si hemos conseguido tener ovejas capaces de sobrevivir tras ser devoradas literalmente ¿Tanto costara conseguir una cabra de la Legión que no se muera? O, en su defecto ¿Una que sobreviva tras haber muerto literalmente? Yo creo que lo más difícil ya lo hemos conseguido pero, como de costumbre, ahí nos quedamos. Está previsto incinerar a Pepe en un tanatorio de mascotas, envuelta en la bandera nacional (sic), con el gasto que tiene que generar eso. Y está el asunto de la jubilación de la cabra, que también nos la hubiésemos ahorrado si hubiésemos desarrollado debidamente, con su laboratorio y todo, el prodigio de la ovejas devoradas.


          La cuestión es que aquel “Que inventen ellos” de D. Miguel tenía su razón de ser, como creo haber demostrado más allá de cualquier duda razonable. D. Miguel conocía nuestra particular idiosincrasia, esa aristocrática displicencia nuestra hacía el esfuerzo, tan de castellano viejo. Y lo que vale para los inventos, vale para todo. Así, nuestros políticos han convertido nuestra idiosincrasia en lo que podríamos  llamar su “sindiosincracia”. Nosotros les elegimos para que trabajen y resuelvan, para que se ganen el sueldo que les pagamos solucionando los problemas reales, nuestros problemas. Ellos se entretienen tumbando secretarios generales, o dándose de tortas entre bambalinas twiteras, o haciendo como que protegieron la corrupción sin darse cuenta. Todos ellos pensando en votos y perspectivas. Y cuanto toca pringarse y decidir se cagan por las patas abajo y sueltan un “Que decidan ellos”, y hala, vuelta a votar. Es para pensar si en España se habrá inventado una democracia que sobrevive tras haber sido literalmente devorada.




                

domingo, 14 de agosto de 2016

SERÁ EL CALOR

          Hace unos días me pasé por la Biblioteca Municipal de Renedo a devolver un libro y, ya de paso, ver si pillaba algo interesante para leer. Carmen, la bibliotecaria, es uno de los pocos lujos culturales que tenemos en el pueblo. La pobre está siempre agobiada de trabajo y sufre la falta de medios que es característica de las instituciones culturales públicas de España. A pesar de todo, siempre saca tiempo para recomendarte un libro, comentarte las novedades del mes y cualquier otra cosa que podamos necesitar los usuarios. Pero resulta que Carmen ha cogido unas semanas de vacaciones, por lo que me atendió la persona que la sustituye, que no es lo mismo ni de lejos. Para empezar me dijo que devolvía el libro fuera de plazo, lo que podría jurar que es radicalmente falso. El problema es que si devuelves fuera de plazo, te castigan a no poder tomar otro libro en préstamo por un periodo de diez o doce días, no recuerdo bien, y yo quería llevarme uno. La chica no daba la sensación de ser precisamente el colmo de la simpatía, y  pensé  que intentar rebatir su taimada acusación de retraso iba a terminar, muy probablemente, en una discusión desagradable. Yo detesto discutir con desconocidos, porque no conozco sus puntos débiles; y detesto aún más discutir en verano, porque es muy fastidioso añadir el acaloramiento personal a la temperatura ambiente, que ya  de por sí me agobia mucho. A la vista de las circunstancias se me ocurrió la astuta añagaza de anotar el libro (que estaba decidido a llevarme como fuese) a nombre de mi hermana Verónica, que también es socia de la biblioteca. Mi propuesta no pareció ser muy del agrado de la señorita sustituta, porque frunció el ceño visiblemente y, con evidente ánimo de rechazarla, me dijo que sí, que podía pero solo “si se sabe los apellidos…”. Así, como suena.

          Yo soy miembro de familia numerosa y tengo que reconocer que soy muy despistado, pero estoy seguro de que si mis hermanos y yo no nos apellidásemos igual me acordaría, aunque reconozco que eso la señorita no tenía por qué saberlo. Por otra parte es verdad que en estos tiempos en los que la gente se casa y se divorcia tanto, puede darse el caso de que dos hermanos tengan uno de sus dos apellidos diferente, pero muy mal se tienen que llevar para no saberlos. Tan desconcertado me dejo la sustituta con su respuesta que estuve a punto de llamar a mi hermana para preguntarle. Afortunadamente reaccioné a tiempo para contestar con un escueto y estupefacto “sí”.

         Dice mi hermana Carmen que eso es imposible, que sería una broma pero, claro, es que ella no vio la expresión de pocos amigos de la señorita. Lo que yo creo es que le daba pereza anotarme el libro y me soltó el “si se sabe los apellidos” para dejarme noqueado y sin libro. La estratagema no es de las más brillantes que yo he visto, pero estoy seguro de que eso es exactamente lo que ocurrió.


          A mi hermana se le despegó el otro día una patilla de unas gafas. Ni corta ni perezosa se acercó hasta la óptica para ver si podían arreglarle la chapuza. Según me contó después, la atendió muy amablemente una señorita que, cogiendo con una mano las gafas y con la otra la patilla despegada, le dijo con rotundidad científica:”esta patilla se ha despegado”. Así, sin pasarla por una maquina ni nada, al primer vistazo. No se puede negar que el diagnostico daba toda la sensación de ser acertado, pero me parece muy imprudente precipitarse tanto en un asunto tan delicado e íntimo como es la separación de una patilla de sus gafas. Hay que tener mucha experiencia en asuntos de gafas y patillas, y ser muy sagaz en líneas generales, para deducir al primer vistazo que era la patilla la que se había despegado por el simple hecho de verla separada del resto de las gafas. Bien pudiera ser que en realidad fuera el resto de las gafas el que se hubiese separado de la patilla. El tema podría dar hasta para una discusión filosófica. Afortunadamente la perspicaz señorita zanjó la cuestión de un tajazo y al primer golpe de vista.

          En una de esas excursiones que hago algunas veces a las más remotas latitudes de Movistar TV, me encontré ayer con que el docto comentarista de un canal ultracatólico explicaba a sus oyentes, y a mí, que el Norte de África está habitado por árabes, bereberes y demás gentes musulmanas, pero que el África Subsahariana, por el contrario, la habitaban principalmente afroamericanos. Yo siempre he tenido la idea, evidentemente absurda por lo que veo, que en esa zona del continente vivían negros, gente de color (oscuro) o como mucho afroafricanos. Ahora resulta que no, que en un masivo movimiento de retorno los negros de EEUUAA han colonizado, o reconquistado o simplemente ocupado por la fuerza todo el África Subsahariana. Me parece raro que Eduardo Inda o Francisco Marhuenda, tan atentos siempre a los peligros que para la civilización occidental suponen los grandes movimientos migratorios, hayan pasado por alto un éxodo tan abrumadoramente multitudinario. Me pregunto quién vivirá ahora en Harlem, caso de vivir alguien. ¿Lo habrán reocupado los americoamericanos? ¿Estará vacío? ¿Estaremos llevando la corrección política hasta extremos tan ridículos? No se sabe.

          Para terminar citaré a una doctora en derecho, española convertida al Islam. Preguntada sobre la situación de las mujeres en países como Arabia Saudita, en donde ni conducir pueden, contestó ni corta ni perezosa que ese tipo de cosas hay que verlas en su contexto. Que no se puede decir, así al turuntutun, que fíjate tú que no las dejan conducir, que eso es muy imparcial y muy inexacto y que denota una escandalosa ignorancia sobre la sociedad saudí. Yo la miraba fascinado, con su perfecto traje sastre, su pelo al viento, su doctorado en derecho y su hablar en televisión a cara descubierta, tratando de descubrir en donde estaba la broma. Pero no, no había broma. No pueden conducir (ni prácticamente hacer ninguna otra cosa), eso es verdad, pero “quizás hay cosas que lo compensan”. Chúpate esa.

          Que digo yo que si el calor nos estará descoyuntando las mismísimas meninges, a algo así.

miércoles, 3 de agosto de 2016

MAÑANAS DE PUEBLO

          
         El día empezó pronto porque mi gato había decidido que hoy tocaba madrugar. A Chispas, que es un sentimental, le provoca una pena horrorosa ver vacío su bol de comida, y acostumbra a manifestarlo recitando un mantra de maullidos lastimeros al pié de mi cama. Yo, que de sentimental tengo bastante poco y detesto madrugar, respondo a sus lamentaciones lanzándole una babucha, pero nunca acierto. No es que el blanco sea precisamente pequeño, eso debo reconocerlo, pero entre las nebulosas del sueño es difícil acertar a cualquier cosa, sobre todo si el objeto en cuestión, a la vista de la zapatilla, ha salido corriendo hacia el pasillo como alma que lleva el Diablo. El resultado es que Don Gato sale corriendo a trote ligero… para volver diez minutos después. Visto que la simple apelación a mi sentimentalismo no produce el efecto deseado, empieza con su repertorio de guerra psicológica: se tumba a mi lado ronroneando, me lame la nariz con esa legua suya rasposa que si te descuidas te exfolia hasta el mismísimo hueso y se hace, en definitiva, el amigo cariñoso. Yo no admito bien por la mañana las manifestaciones de cariño, ni de cualquier otro tipo, pero el caso es que todas esas astutas maniobras felinas consiguen desvelarme completamente y no me queda más remedio que levantarme, a las siete de la mañana.


          Con Chispas pegado a mis talones voy como un autómata hasta la cocina, a rellenar de comida el maldito bol, y mientras él se dedica a ronchar el pienso con un crak-crak rítmico y metódico, yo empiezo el Trabajo de Sísifo de limpiar la terracita de la cocina. Allí está el cajón de arena del gato, cuyos alrededores aparecen a esas horas, después de toda una noche de tapar meadas a patadones, regado de piedrecitas de arena de gato que me veo obligado a barrer y recoger. A continuación friego la terraza y queda todo listo para que se produzca lo que yo llamo la Inspección Técnica. Chispas es muy mirado para sus cosas y el cajón de arena es su cosa más indiscutiblemente  su cosa, la  que más controlada tiene. Eso de que yo lo esté manipulando sin su consentimiento no le parece nada bien, de modo que en cuanto yo salgo de la terraza entra él, husmea un poco, se mete en el cajón, hace un pis para demostrar que aquello es suyo y culmina la ceremonia de toma de posesión con cuatro patadas bien enérgicas, regando de paso, otra vez, toda la terraza de fragmentos de su arena. Y así un día tras otro. Como Sísifo con la piedra.

         Viene después el rito del café y el cigarro. Todavía funcionando en modo piloto automático me hago un café y me lo tomo deambulando por email, facebook y lugares afines, fumando como un poseso para compensar la falta de nicotina que provoca toda una noche durmiendo. Tengo que decir que eso Chispas lo detesta hasta los mismos tuétanos felinos de su corazón. Me puedo pasar horas leyendo, con él tumbado tan ricamente a mi lado sin dar más señales de vida que algún estiramiento-acoplamiento para ponerse más cómodo; estoy viendo la televisión después de cenar y él se repanchinga en el otro extremo del sofá sin dar problemas. Pero en cuanto me siento al ordenador se pone a dar vueltas a mí alrededor maullando y dando la tabarra de las mil maneras posibles. Pasa lo mismo cuando hablo por teléfono. No se me ha ocurrido ponerme a investigar estos extravagantes comportamientos felinos. A los gatos no queda más remedio que aceptarles como son y tratar de bregar con ellos lo mejor posible. 

         Cuando termino de exprimir Internet todo lo que da de si,  llegan los asuntos de la ducha y demás manipulaciones higiénicas. Ese tiempo lo divide el gato entre hacer guardia a la puerta del baño y ensañarse con la primera pieza de calzado que tenga a mano. A Chispas le gusta muy poco estar solo y tiene clara la relación entre ponerme los zapatos y marcharme a la calle. Normalmente se conforma con morder y arañar una bota vieja que tengo reservada para su uso personal, pero también puede ocurrir que cuando entre al dormitorio a vestirme, me encuentre con todos mis zapatos desparramados y a Chispas en medio de ese mar de calzado, mirándome con cara de desafío.

          Una vez cumplidos los rituales mañaneros, salgo a la calle y me lanzo a la vorágine  de la Avenida Luis de la Concha, centro neurálgico de la vida comercial y social de Renedo. Cuando eres joven el pueblo te agobia, no te gusta, porque en el pueblo todo el mundo te conoce, todo el mundo sabe tu vida y tus milagros y a cualquier sitio que vayas te encuentras con alguien conocido. Pero cuando te vas cargando de años, cuando ya empiezas a necesitar aquel “Sistema ideal de calistenia para los que no son ya muy jóvenes” que tanto le gustaba a la sin par “Reina Lucía”, el pueblo te encanta porque todo el mundo te conoce, todo el mundo sabe tu vida y tus milagros y a cualquier sitio que vayas te encuentras con alguien conocido. Así de extravagantes somos. Si esto supone madurez o decadencia no sabría decirlo.

          Lo que sí sé es que da gusto ir andando a pequeños saltos entre saludo y saludo, entre sonrisa y sonrisa. No negaré el lado oscuro de los rencores y las murmuraciones, porque todo paraíso tiene su serpiente, pero ese tipo de cosas suelen quedar desactivadas, o casi, a poco empeño que pongas en no hacerles ni caso.

          Me gusta empezar la jornada tomando un café en Madigan’s. Madigans es indudablemente un bar, pero también tiene mucho de salita de estar, gabinete psicológico y club social de los Desterrados Hijos de Eva. Nunca falta conversación, ni risa, ni el “buongiorno, príncipe” con el que me saluda Feli todos los días, que anima mucho. Allí, entre bromas y veras, se procura quitar algo de humedad a este Valle de Lágrimas.


          Algunos días compró el periódico, pero no todos. Estar al día de las noticias es un arma de doble filo, porque la inmensa mayoría de las veces te provoca mal humor, sentimiento de frustración y, en el caso de las noticias sobre política española, hastío y desesperación; cosas, todas ellas, que no estoy seguro de que compensen el estar debidamente informado. Por otra parte siempre se encuentra algún buen artículo de opinión y hasta información cultural que hablan de verdadera cultura, aunque esto último no siempre. Hoy me he encontrado en el kiosco de Olga con un antiguo compañero de los tiempos en que estuve trabajando en RAM. Tras saludarme con un “Hola, Sierra” (la mayoría de la gente mayor del pueblo se refiere a mí como “Sierra” o “el pequeño de Sierra”) ha pasado a hacerme un relato muy pormenorizado de su vida, de lo bien que les va a sus hijos, de su huerta y no sé cuantas cosas más. Ha sido un fuego graneado de información tan intenso e impenetrabe que yo apenas he podido intercalar un “ah ¿sí?” de vez en cuando. Lo más curioso del caso es que cuando ha terminado su instructivo monólogo se ha despedido de mí con un “Bueno, me alegro que te vaya tan bien”, que me ha dejado perplejo. O el señor es adivino, y no muy bueno, o mi vida sale publicada en la Hoja Parroquial sin yo saberlo, porque desde luego no tuve oportunidad de decirle ni “esta boca es mía” y mucho menos lo bien o mal que me va la vida.

         La prensa suelo leerla en la terraza del Bourbon, ya lo he dicho en más de una ocasión. Me gusta su tranquilidad, el “Buenos días, amigo” de Juan y su superapretón de manos. Ignoro si ocurrirá lo mismo en otros lugares, pero en Renedo, en cuanto te sientas en una terraza, no pasa perro ni gato que no te suelte un “qué bien estás ahí”, “así se vive bien”, “así da gusto” o cualquier otra frase corta del mismo tenor. Tanto te lo dicen que terminas por tener la sensación de estar haciendo algo extraordinario y casi pecaminoso. Lo curioso del caso es que te lo dice gente que podría estar haciendo lo mismo, que de hecho lo hará en un momento u otro del día, pero mientras tanto te dejan con un sentimiento de culpa,  como si tú  estuvieses sentado en la terraza justo, justito, en el mejor momento. O en el peor, eso no lo tengo claro.


          Siguen las compras, que suelen empezar en el Estanco de Raúl. Hoy, como es lunes, me ha recibido con la sonrisa de siempre y su chiste de los lunes (“Ay, que larga se me está haciendo la semana”). Siguen la frutería, la carnicería… en todos los sitios es raro no escuchar una broma, o un chascarrillo, un “venga, que vaya bien el día”. También es raro, por no decir imposible, no encontrarte alguien conocido con quien hilar un poco la hebra. Y mientras vas de un sitio a otro siguen los “buenos días”, los “hasta luego”, los pitidos del claxon de algún amigo que pasa en coche. Supongo que habrá en Renedo gente que se sienta sola, pero me parece difícil. El pueblo es como una casa grande. Puedes estar solo en casa, si quieres, pero tienes la certeza de que en cuanto abras la puerta alguien se alegrará de verte. Claro que varios saludos serán forzados y algunas sonrisas serán hipócritas pero, que queréis, a caballo regalado, no se le mira el diente. Hipócrita o sincera, la cortesía siempre agrada. El único punto negro en esta idílica estampa de la compra es la caja del supermercado. No consigo acostumbrarme a ese ritmo frenético, a esa prisa enloquecida e insensata a la que te obliga el inclemente bip-bip de tu compra pasando por el sensor de la caja, a la fría eficiencia de las cajeras bombardeándote con el paquete de arroz, la lata de tomate y las naranjas. Por lo demás, hacer la compra en el pueblo suele ser una experiencia agradable.

          Llegar a casa con la compra lleva aparejada la minuciosa inspección por parte de Chispas de todas y cada una de las bolsas. Husmea, olfatea, da un par de vueltas alrededor y va a tumbarse al sofá del que acaba de levantarse. Eso si la compra no incluye algún vegetal verde, sea el que sea. Da lo mismo un puerro que un poco de perejil. A Chispas lo verde le vuelve loco y siempre lo recibe con unos maullidos, que más parecen graznidos, exigiendo para su uso personal el elemento en cuestión. Cuando yo he conseguido poner a salvo el puerro, o lo que sea, se marcha muy enfadado a enzarzarse a mordiscos rabiosos con su planta de menta.

          Si salgo a tomar el blanco nunca, o muy raramente, he quedado con alguien. Otra de las ventajas de vivir en un pueblo es que sabes con toda seguridad que siempre te vas a encontrar con amigos. Los raros momentos en los que estoy solo me entretengo escuchando descaradamente las conversaciones de la mesa de al lado, que siempre se aprende mucho. Hoy estaban sentadas cerca de mi mesa dos mujeres de unos 35 o cuarenta años, tomando su cerveza y charlando tan ricamente. Tan ricamente hasta que ha llegado el que evidentemente era el marido de una de ellas. Lo digo porque antes de sentarse le ha descerrajado un desagradable “Luego dices que estás cansada” que me ha sonado más a marido que a novio, aunque nunca se sabe. A continuación, tras explicar ella que había estado de compras, ha continuado su ametrallamiento machista con un “Toda la puta mañana para hacer la compra”. Para que luego se diga que en los pueblos no hay gente moderna. Lo que me ha resultado más alarmante ha sido el remate final: “Te pasas todo el día por ahí, estirando la pata”. De haber sido yo la mujer, le habría mandado a la mierda, por decirlo suavemente, después de la primera frase; pero claro, si se pasa todo el día “estirando la pata” la cosa cambia. Estirar la pata una vez es una tragedia, pero estar todo el día estirándola es de una frivolidad irrazonable. No me voy a poner a defender el descarnado machismo de ese hombre, pero comprendo su malhumor si se tiene que pasar la vida pagando funerales, al precio que están, porque su mujer tiene la extravagante monomanía de estirar la pata sin ton ni son. No debe resultar muy agradable estar casado con una zombi, y una zombi que se pasa toda la puta mañana de compras por añadidura.

          Entre mis amigos más íntimos no abundan los potentados. Llegar a fin de mes, o a mediados de mes, o al fin de semana suele resultarnos misión imposible, pero cuando nos juntamos a tomar el vermouth procuramos dejar a un lado las preocupaciones y nos lanzamos a una vorágine de chismes, retruécanos y frases ingeniosas. En resumen, hacemos unas risas. De nuevo es Madigans el centro neurálgico de estas reuniones. Al terminar, ahí siguen los problemas, pero te vas a casa más reconfortado.Y allí me está esperando Chispas, como un farolillo, nada más abrir la puerta, que guerra da toda la que quieras y un poco más, pero compensa.

          Está claro que las mañanas de ciudad tienen su encanto, qué duda cabe, pero yo prefiero las de pueblo.








sábado, 16 de julio de 2016

JOSEFINA, NO TE LAVES

          De la correspondencia “romántica” entre el emperador Napoleón y su esposa, Josefina, se conservan suficientes ejemplares como para saber, sin asomo de duda, que los dos augustos personajes eran de naturaleza fogosa y apasionada. La que más célebre se ha hecho ha sido aquella en la que Bonaparte le comunica a su media naranja: “Josefina, en dos días iré a verte. No te laves”. Por el tono general de la misiva han deducido los historiadores que ese napoleónico “no te laves” se refería a mismísima pepitilla de la De Beauharnais. Eso de querer encontrar el felpudo maldito de su esposa en estado de fermentación, ha aureolado al Gran General de una fama de guarrete que está, en mi opinión, muy lejos de haber sido demostrada más allá de toda duda. Se sabe que Eugenia de Beauharnais fue una devota seguidora de las costumbres del Directorio, costumbres relajadas donde las haya en cuestión de liberación sexual. La mayor parte de los aristócratas y demás gente destacada de la sociedad de aquellos días había estado en un tris de que les rebanasen el cuello en la guillotina, que a Robespierre, una vez que se puso a cercenar cabezas, no había quien le echase el freno. A esas épocas de terror total, suelen sucederles otras de desenfreno general, como bien se vio en los locos años veinte del siglo pasado. Eros y Tánatos en estado puro.


           Todo lo relativo a las partes pudendas de Josefina estaba en boca de todos, si se me permite la expresión; en algunos casos de modo figurado, pero literalmente en gran parte de ellos. Sus íntimas amigas, desde La Cabarrús hasta madame Tallien, que también fueron unas pendones muy notables, se hacían lenguas, de nuevo pido perdón, de los furores uterinos de la célebre vizcondesa de Beauharnais. Alguna de ellas, llevada por la caridad y el espíritu cristiano, informaba puntualmente a Bonaparte de los extravíos de su esposa. A Napoleone, que a todo su Grandeur y toda su Gloire añadía unas suspicacias y unas malas pulgas muy meridionales, no le hacían ninguna gracia esos comentarios; estaba todo el santo día dudando, que sí me lo creo, que no me lo creo. En esas circunstancias pudiera ser que el “no te laves” de Napoleón no fuese muestra de una desaforada afición del emperador por los berberechos arranciados, afición del más genuino mal gusto, sino una astuta estratagema de aquellas que tanta fama le dieron en el campo de batalla, que ya se sabe que “en el amor,como en la guerra”. Que Josefina no se lavase le permitiría a él investigar, y en su caso detectar, la presencia de, digamos, elementos extraconyugales en el Sagrario del Amor de su santa esposa.

         Sería también posible, aunque poco probable según los historiadores, que la mujer fuese en realidad una leal y recatada esposa, fiel a su marido como una monja. Esto se contradice, insisto, con los abundantísimos chismorreos de la época y con toda la historiografía napoleónica, pero justo es decir que no hubiese sido la pobre Josefina la primera mujer injustamente vilipendiada de la historia. De ser el caso se me ocurre otra explicación al “no te laves”, menos onerosa en términos de reputación para el Gran Corso. El nombre de soltera de la Beauharnais era Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie. Ese “De la Pagerie”, sin traducción literal al español, en castellano resuena muy muchísimo a “pajerío”. Pudiera muy bien ser que las cálidas y sensuales soledades tropicales de su Martinica natal, tan escasa de hombres y mujeres aceptables, arrojasen a la familia Tascher en los mórbidos y pecaminosos brazos de la autosatisfacción, y que lo hiciesen de un modo tan desenfrenado y total que terminasen por apodarles los “Pagerie” sus maliciosos vecinos. Según he oído decir, los placeres del dedo y de la mano le dejan a uno satisfecho , exhausto y con la libido muy tranquilizada. También me han dicho que después de practicados es la costumbre lavarse. Claro, si madame Beauharnais era adicta a ese feo vicio, tan justamente condenado por la reina Victoria y por la Iglesia, no era de esperar que recibiese a su Napoleone con el ardor romántico que él desearía. Tal estado de laxitud se compadecería mal con los volcánicos instintos acumulados de un soldadote italiano, con más de tres meses de abstinencia a cuestas por añadidura. Eso cambiaría completamente el sentido de la controvertida frase, dejando el tristemente famoso “no te laves” en un simple y ramplón “Déjate de pageries y aguanta un poco, que ya llego”. Claro que eso significaría que la antigua vizcondesa y futura ex-emperatriz se lavaba única y exclusivamente después de sus pageries, lo que por otra parte no sería tan extraño en aquellos tiempos en los que la higiene personal dejaba tantísimo que desear.Y es que todos aquellos nobles y reyes y reinas eran, por decirlo claramente, una pandilla de cerdos.

         Vemos a todos esos personajes y personajas en los retratos de corte que les representan con sus mejores galas, forrados de diamantes, rasos y terciopelos, estirados y altivos como ellos solos y la verdad es que impresionan. Pero en cuanto te pones a pensar en la escasa afición que sentían por el baño, toda esa pompa y circunstancia queda seriamente empañada por la idea del fuerte olor a chotuno del que necesariamente tenían que estar aureoladas.



          Pongamos por ejemplo el palacio de Versalles en la época de Luis XIV, ejemplo y paradigma del boato regio y cortesano elevado a su máxima potencia. Se dice que vivían en él alrededor de 4000 personas, entre reyes, príncipes, nobles y la legión de ayudantes y servidores de rigor. Todos ellos amontonados en aquella cansina sucesión de gabinetes y salones llenos de mármoles y dorados y en la que no había ningún baño. Al Rey Sol le gustaba estar siempre rodeado de gente y sus fiestas eran  multitudinarias. Estremece pensar en aquel apretujamiento de aristócratas que se bañaban una vez al año, como mucho, destilando todos ellos sus vapores corporales mezclados con los perfumes que usaban para tratar de disimularlos. Cualquier pituitaria moderna entraría en estado de shock instantáneamente. Al mal olor de las personas había que añadir el de las propias instalaciones. Cuenta el duque de Saint-Simón en sus memorias que la esquina del arranque de la Escalera de los Príncipes, tan impresionante y fastuosa, era el lugar más popular entre los nobles para ejercitar sus artes mingitorias, aunque parece ser que cualquier esquina oscura les parecía apropiada. Del cómo y cuándo de las evacuaciones mayores, y de lo que se hacía después con ellas, es mejor no hablar. Me doy perfecta cuenta de que adopto un punto de vista muy prosaico al analizar aquel despampanante fulgor, aquellos boatos regios que tanto prestigio dieron a Francia, pero como decía la marquesa de Merteuil, y aún a riesgo de ser tachado de poco sensible, “no puedo evitarlo”. La corte de Luis XIV, con toda su “Grandeur” y todo su lo que queráis, olía como un estercolero.


          Dentro de aquella guarrindonguería generalizada había personajes que destacaban por su especial falta de higiene, lo que bien mirado no deja de tener su mérito. Uno de ellos fue, precisamente, nuestro buen rey Felipe V. Felipe fue el primer Borbón que reinó en España, para alegría de su abuelo Luis XIV y desgracia de Cataluña y algunas otras regiones de España, y llegó a Madrid con las sucias costumbres de Versalles a cuestas, para añadirlas a las de la corte de España, que tampoco serían mucho más aseadas. Trajo también unas melancolías y unas neurastenias que con el tiempo degeneraron en lo que viene a ser llamado “volverse majareta”. Y esa majaratería se tradujo en una aversión irreversible por el baño en particular y por la limpieza en general. Usaba solo camisas que previamente hubiese usado la reina y estas se las dejaba puestas hasta que caían hechas jirones. El pestazo en la cámara regia alcanzaba cotas tan apocalípticas que algunos ministros se desmayaban al entrar en ella. Al amor por la suciedad unía su desenfrenada lubricidad borbónica, exigiendo a la reina el diario cumplimiento de sus deberes maritales, por lo que no es de extrañar esa cara de avinagrada que tiene Isabel de Farnesio en todos los retratos.

Con el transcurso del siglo XVIII y sus delicadezas rococó el asunto de la suciedad debió empezar a tratarse de manera un poco más moderna, pues de otro modo no se explica ese “no te laves” de Napoleón que, estoy seguro, nunca tuvo necesidad Luis XIV de decírselo a Madame de Montespan o a cualquier otra de sus numerosas amantes.

lunes, 11 de julio de 2016

GORETTI, JOSÉ MARIA Y SIMEÓN

          En mi humilde opinión, el tema se la santidad se ha visto contaminado muy seriamente del mal del siglo: la supremacía del número, la indiscutible supremacía de la cantidad sobre la calidad. Los vapores del populismo han ido ascendiendo poco a poco hasta confundirse con el incienso de las iglesias, emponzoñando sin remedio esos salones forrados de terciopelo rojo y molduras doradas tan característicos de los palacios episcopales. Ahora es suficiente con que se reúna un número suficiente de personas, suficiente para llamar la atención de los medios, para que rápidamente el prelado correspondiente ponga en marcha el engranaje canonizador. La velocidad a la que se tramitan esos expedientes, se encuentran los preceptivos tres milagros y se recogen pruebas y testimonios de las virtudes heroicas se ha acelerado tanto en los últimos cien años, que el Martirologio Romano va a terminar por ser más voluminoso que la Enciclopedia Británica. Ahora todo esos delicados y farragosos trámites se hacen con rapidez vertiginosa (vertiginosa para los tiempos vaticanos quiero decir). Pudiera ser que la santidad brille con más claridad en estos tiempos tan entregados al vicio y la perdición. Eso o en la Sagrada Congregación Para las Causas de los Santos han aplicado la Reforma Laboral del PP y tienen a los Abogados del Diablo trabajando a destajo por cuatro perras. La verdad es que ya ni los santos son como los de antes.

         Tenemos el caso de Santa María Goretti. Goretti vivía en la miseria, rodeada a más no poder de malaria y anticlericalismo. Era tan buena que cuando hizo la primera comunión prometió morir antes que cometer pecado alguno. Al año siguiente murió la pobre en horribles y santificadas circunstancias Pudiera ser que el espantoso crimen que acabó con su vida ocurriera de manera fortuita, pero es más probable que la Divina Providencia, en su sabiduría, tuviese en cuenta la debilidad de la carne (y del pescado) y provocase el incidente, para subir cuanto antes a María a las esferas celestiales, no fuese a ser que las tentaciones del siglo llevasen a la niña, unos años más tarde, a faltar a una promesa de tan dudoso cumplimiento. El caso es que María murió tan virtuosa e inmaculada como su tocaya de Nazaret, probablemente con el nombre de Jesús en los labios, y era pobre como una rata y humildísima y buena hasta decir basta. Bueno, pues esa santidad tan evidente y total tardó nada más y nada menos que cincuenta años en ser reconocida y proclamada.



          Luego está San Monseñor José María Escrivá de Balaguer, marqués de Peralta. En la Edad Media el Santo Padre tenía la costumbre de canonizar a los monarcas, quizás en una entrega algo imprudente a la teoría del Derecho Divino de los reyes, aunque los historiadores maliciosos pretenden que era, simple y llanamente, una forma de agradecer los privilegios y terrenitos concedidos por esos santos autócratas en beneficio del Papado. No sé. Pero como ahora cada vez es más difícil encontrar a un rey con la corona puesta, la Curia Romana ha democratizado su punto de vista y se ha puesto a santificar marqueses. Creo que esta actitud es muestra indubitable del constante esfuerzo de la Iglesia por adaptarse a los nuevos tiempos, aunque siempre habrá algún malintencionado que se empecine y persista en sostener lo contrario. Así son de resentidos y obcecados los librepensadores. Por si ser marqués no fuese suficiente mérito para ser santificado, San Monseñor bendijo al mundo con la creación de Opus Dei y, sobre todo, con la publicación de su célebre best-seller “Camino”, cumbre de la literatura piadosa, que deja a Tomás de Kempis y su “Imitación de Cristo ” a la altura del betún teológico. Ese “Vanidad de vanidades y todo vanidad, sino amar y servir solo a Dios. Esta es la suma sabiduría por desprecio del Mundo ir a los Reinos Celestiales”, que declaraba D. Tomas, estaría muy bien para aquellos medievales tan obtusos, que eran muy brutos y tenían escaso sentido de la oportunidad. Pero para nuestros tiempos modernos vienen mucho mejor las prédicas del Santo Monseñor cuando nos dice: “El plano de santidad que nos pide el Señor, está determinado por estos tres puntos: La santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza”. Intransigencia, coacción y desvergüenza, como debe ser. Solo con esto tendría la Iglesia motivos más que sobrados para elevarle a los altares, aunque no se le hubiesen probado tres milagros ni nada. A él y a la mayor parte de la clase política y empresarial de España, ya puestos. Uno tiende a sentir más simpatía por la virtud de la Santa Goretti que por la desvergüenza del San Marqués, pero el caso es que a ella tardaron cincuenta años en canonizarla, mientras que a él se lo ventilaron en poco más de veinte. A partir de ahí el proceso de canonización ha seguido acelerándose sin parar. El de San Juan Pablo II les llevo tan solo nueve años, y bajando. En la Congregación de los Santos, las cosas de palacio van deprisa y eso va en claramente desdoro de la tradicional y augusta paciencia Vaticana.


          Eso con las canonizaciones, que lo que ocurre con las beatificaciones es ya una cosa enloquecida e insensata. Hablando solo de beatos españoles no encontramos con que el 11 de marzo de 2001 fueron proclamados 233; el 28 de octubre de 2007, 498; el 13 de octubre de 2013, 522. No sé si el número de beatos por habitante influirá en el PIB, pero desde luego nos convendría mucho. Yo no digo ni que sean beatos, ni que no lo sean, que para dictaminarlo Doctores tiene la Santa Madre Iglesia. Pero me es inevitable hacer la reflexión de que beatificando a la gente tan a mogollón, no será difícil que se les cuele en el cielo algún malandrín que no sea trigo limpio. Es horroroso que a alguien le peguen un tiro solo por ser fraile, cura o seminarista, eso es indiscutible, pero de ahí a hacerlos a todos beatos… Teniendo en cuenta como está el asunto de la pederastia entre el clero, ahora que hay, o parece que hay, algún control sobre el asunto ¿No sería posible que en aquellos entonces turbulentos hubiese entre los fusilados alguno de esos buenos clérigos a los que se les va la mano al culito de los niños? ¿No habría alguno ellos reo de soberbia, de gula, de ira o avaricia? Lo lamento, pero tengo que decirlo: esa enloquecida forma de beatificar en manada me parece de una imprudencia temeraria y de una frivolidad impropia de la Sede de San Pedro. Ellos verán.


          Ciertamente en este asunto de la santidad, digámoslo sin rodeos, ha bajado muchísimo el nivel de calidad. Me parece muy bien que una chica defienda su pureza y que un marqués defienda su intransigencia, los dos hasta extremos virtuosamente heroicos, pero a mi dadme los santos de antes. Aquello era carácter, personalidad y sentido escenográfico y lo demás es cuento. Uno de mis favoritos ha sido siempre San Simeón El Estilita.



          San Simeón debió ser un hombre de esos que es preferible admirar de lejos, pero muy santísimo y muy ingenioso, lo que no suele coincidir. Para empezar se le considera el inventor del cilicio, lo que le conecta directamente con el Opus Dei y sus prácticas de penitencia, demostrando su gran iniciativa en el campo del masoquismo y su visión de futuro. Cuentan las crónicas que tan extremado y riguroso era en sus penitencias, que en aquellos días en que los ayunos y mortificaciones eran el pan nuestro de cada día (las mortificaciones, no el ayuno), fue expulsado de su monasterio por exagerado. De haber sido un santo de los de ahora se hubiese ido a vivir a un apartamento en la mejor zona de Madrid, como Rouco, o a los Palacios Apostólicos, como Bertone, pero no. San Simeón se fue a vivir… a una cisterna seca. Como la Historia Sagrada no dice nada de que hubiese problema de vivienda en Cilicia en aquellos años, hay que suponer que San Simeón se instalo en la cisterna (seca) de motu absolutísimamente proprio, en un rasgo de tan encantadora originalidad que no se le hubiese ocurrido ni al lord victoriano mas excéntrico. Yo opino que el santo debería haber dado por supuesto que en la Cilicia del año 400, que debía ser un lugar aburridísimo, el espectáculo de un hombre viviendo en una cisterna, mojada o seca, sería la sensación del momento y no querría perdérselo nadie. Pero no lo tuvo en cuenta y se encontró con que la gente no paraba de darle la tabarra yendo a visitarle, impidiéndole practicar en las debidas condiciones sus ayunos y rigores, de la forma más impertinente y desconsiderada. Cualquier otro en su lugar se hubiese desalentado y se hubiese puesto a pecar como un descosido, o se hubiese postulado para cardenal que para el caso era lo mismo, pero él, muy al contrario, reflexionó y volvió a reflexionar sobre el asunto, hasta que se le ocurrió la brillante idea de subirse a una columna y quedarse allí tan ricamente. Preciso es reconocer que este hombre santo tenía una tendencia irrefrenable a llamar la atención de sus semejantes, porque si vivir en una cisterna ya resulta bastante llamativo, no te digo nada la expectación que causaría verle allí empingorotado. Es factible que él fuese consciente de ese defecto suyo tan feo, que roza el pecado de escándalo, y que fuese esa la razón del virulento modo en que se disciplinaba.



          Tan arraigada debió de estar en él esa manía de dar la nota, que para sanar de ella su alma tuvo que pasarse treinta y siete años purgando y sufriendo encima de la columna. Es de suponer que la gente seguiría yendo a verle y en número aún mayor que a la cisterna, que por muy seca que estuviese, quieras que no, esos sitios siempre son húmedos y oscuros. Pero allí, al aire libre, sentadito en su columna, se le podría mirar con mucha comodidad a la hora del paseo, mientras que él, encaramado en aquellas alturas columnarias, conseguía la soledad de mono (en el sentido griego) que tanto, y de forma tan enrevesada, intentaba encontrar. Por otro lado hay una cuestión, desagradablemente escatológica, que contribuiría en gran medida a facilitar el aislamiento del santo varón. Se dice que la comida se la llevaba un fiel discípulo suyo en una cesta, y que San Simeón la subía hasta sus alturas cuasi celestiales izándola con una cuerda. Eso está muy bien, pero hay que enfrentar el hecho de que El Estilita, por muy santísimo que fuese, cagaría y mearía como todo el mundo. Los textos sagrados no dicen ni pío sobre el asunto, como tienen por costumbre, pero no sería muy arriesgado suponer que se aliviase, por así decirlo, arrimando el culo al borde de la columna. Treinta y siete años cagando y meando en el mismo sitio son muchos años. Es de imaginar que ya a los seis meses no resultaría muy agradable acercarse a ver el panorama. No te digo nada a los doce o trece años. De hecho yo creo que podría hablarse sin temor a equivocarse de guerra bacteriológica “avant-la-lettre”, lo que unido al ya citado invento del cilicio redunda en la idea de que San Simeón era un hombre inteligente y muy adelantado a su tiempo, aunque no muy limpio.


         Hay otros inventos y costumbres que podrían perfectamente haber tenido su origen en la insólita idea de San Simeón. Desde que Freud fue Freud resulta que las columnas son símbolos fálicos, y lo que está arriba del falo toda la vida fue el capullo. Así la castiza expresión “hacer el capullo” podría hacer alusión en su origen a practicar la penitencia a la manera del Estilita. Es verdad que ahora “hacer el capullo” quiere decir hacer el tonto, pero eso es porque la perniciosa secularización de la sociedad, que todo lo relativiza,  nos lleva a ver como una tontería todo lo que tenga que ver con la piedad desatada y loca. Yo propongo, en desagravio al Santo, la expresión "hacer el Estilita" y que cada cual la utilice en el sentido que prefiera. La moda de vivir en un loft o en un ático puede serle también atribuida a Simeón quien, no me cansaré de repetirlo, demostró una enorme visión de futuro. Lo único que desmerece un poco la ejemplar vida de Simeón es que por muy buena voluntad que le pongamos no se puede decir, tras treinta y siete años de deposiciones diarias, que muriese en olor de santidad.


          Tan gran sensación causó la vida de San Simeón, que creó escuela. Después de él llegó San Simeón Estilita el Joven, que se tuvo que pasar la vida buscando cada vez columnas más altas, para eludir a las multitudes que acudía a venerarle. Quizás en su atolondramiento de santo varón encontró una solución al problema de los desechos orgánicos más civilizada que aquella que tan buen resultado le dio a su antecesor,  sin tener en cuenta los efectos disuasorios para los molestos peregrinos; o quizás ya en aquella época algo más moderna algún otro santo había inventado las máscaras antigás. El caso es que el pobre tuvo que cambiar de columna hasta tres veces, antes de encontrar una lo suficientemente alta para poder hacer tranquilamente sus meditaciones. Por haber, hubo hasta un San Simeón Estilita III del que no se dice mucho y no me extraña, porque lo poco agrada y lo mucho cansa.


          Además fueron llegando otros santos más a la moda y con extravagancias nuevas, como tirarse a las hogueras y cosas de esas que, por qué negarlo, dan mucho más espectáculo que estarse quieto encima de un pilar, con el gran riego de sufrir torticolis que corrían los veneradores.También hubo algún santo de chichinabo en aquellos heroicos tiempos, como San Martín de Tours, que se encontró con un pobre en invierno y le regalo… media capa. Cortó su capa en dos y hala, una mitad para él y otra para el pobre. Eso me parece hacer las cosas a medias, por decirlo suavemente. Y tuvo suerte con su pobre, porque si un día de lluvia me encuentro yo con la rumana de la Puerta del Lupa, que es de esas profesionales que te exigen la caridad a gritos, y se me ocurre partir en dos mi gabardina y darle una mitad a ella, os aseguro que me lanza una ristra de insultos y maldiciones que me hunde la vida para siempre jamás.


          A mi dadme aquellos santos tan insensatos y apocalípticos. Dadme a Simeón y su columna, dadme a San Drogón y sus deformidades, dadme a Santa Águeda de Catania con sus tetas en una bandeja. Dadme si queréis a la infeliz María Goretti, pero esos San Sumo Pontífice y esos San Marqués, esos beatos a mogollón, que os voy a decir, me parecen de guardarropía.