jueves, 29 de mayo de 2025

CHISPA, CALOR DE HOGAR

 

Al llegar a casa ayer a mediodía encontré a Chispa tumbado en el suelo de la cocina, con la cabecita rodeada de un vómito de sangre, muerto. Un edema pulmonar del que no había dado síntomas, según me dicen.

Me mata la pena de que haya muerto solo y espero que todo haya sido rápido, que no haya sufrido mucho.

Dolorido, incrédulo, no sé como, envolví en su manta favorita el cuerpo rígido y frío, el que esa misma mañana era una bola cálida, flexible y ronroneante, y lo llevé al sofá que tanto le gustaba compartir conmigo. Durante dos horas estuve acariciando el pelo de seda y la cara siempre atenta a todo y ahora inerte, echando de menos los lametones rasposos, la mirada limpia y vivaz y el entornar de ojos agradecido y placentero cuando le daba gustito detrás de las orejas, o bajo la mandíbula. Dos horas esperando que la muerte no estuviera y que todo aquello en realidad no fuese.

Después intenté retrasar la despedida sentado en el sillón y mirándole en su caja, bien arropado con su manta, con la bufanda de angora que todos los día amasaba y un poco de su comida favorita entre las patitas delanteras para el viaje, por si hay viaje.

Y ahora queda la casa vacía, el esperar verle aparecer cada vez que cruje el suelo de madera, el arenero inútil, el cuenco de comida y el vaso de agua que tengo que quitar pero no quiero… Ayer no me dio tiempo; ayer bastante tuve con conseguir creerlo. Hoy noto el hueco. Mientras escribo me sorprendo volviendo la cabeza a ver que hace, en cual de sus sitios favoritos se ha tumbado.

Chispa era mucho Chispa. Dicen que los gatos de color naranja (naranjosos los llaman en el argot de los gatunos) son especialmente despiertos e inteligentes y desde luego Chispa lo era. No había nada en casa que no controlase y el más mínimo cambio, como mover un mueble o levantar una alfombra, tenía que ser inspeccionado por él personalmente. Tumbado en su sofá como una odalisca, en esa forma opulenta en la que solo los gatos saben tumbarse, rápidamente levantaba la cabeza vigilante al sentir el menor ruido fuera de lo común. Si el asunto le parecía lo suficientemente serio se desperezaba, se levantaba y bajaba a controlar in situ esas alteraciones de su territorio. Naturalmente en cuanto llegaba volvía a tumbarse, porque, eso siempre, tenía muy claro que control y comodidad debían ser totalmente compatibles. Era intuitivo, listo, entendía lo que a él le daba la gana, siempre juguetón y cariñoso. Y comodón, muy comodón.

Tenía un gran carácter que manifestaba con una amplia gama de maullidos. Entre ellos destacaba el perentorio maullido-graznido, que era la señal de que algo a lo que tenía derecho, según él, no estaba como debería estar: el bol de comida vacío, la bufanda que amasaba sin poner en su esquina del sofá o la caricia debida y no dada a su debido tiempo.

Con los derechos de los demás era otra cosa. Mi derecho a dormir, por ejemplo, estaba condicionado por su maullido-trompetazo, siempre junto al oído, que soltaba invariablemente si se retrasaba su desayuno o si sencillamente opinaba que ya llevaba demasiado tiempo durmiendo sin hacerle caso.

Pero luego venía lo bueno ya que Chispa siempre daba más de lo que pedía. Mientras yo tomaba los primeros cafés de la mañana se acurrucaba en el sofá a mi lado, ronroneando y dándome ese calorcito que durante quince años ha sido su mejor regalo, porque yo solo me sentía verdaderamente en mi hogar en el calor de Chispa. Ahora no sé si tengo. Cuando me muevo por la casa del salón a la cocina, o al baño, o al dormitorio, sigo esperando verle o escucharle y su ausencia lo convierte todo en una cáscara vacía.

Dicen que los gatos creen que somos nosotros quienes vivimos en su casa y debe ser cierto porque Chispa siempre se sentaba en mi sitio. Sabía lo que hacía, sabía que le tocaba levantarse cuando yo llegase, pero lo hacía como el gesto generoso de gran señor, una concesión a nuestra convivencia. 

El momento favorito del día para Chispa eran mis horas de lectura. Yo sentado junto a la ventana y él tumbado a mi lado, con la cabezuca apoyada en mi pierna, dormido plácidamente todo el tiempo, como en la gloria. Le gustaba menos que me pusiese al ordenador y en esos casos me tocaba de vez en cuando acercarme a hacerle unas caricias, en el sitio del salón que hubiera elegido para repanchingarse. El teléfono sencillamente no lo toleraba y lo habitual era que todas mis conversaciones telefónicas estuviesen acompañadas por un enrabietado marramiauuu de fondo.

Chispa empezó siendo un valiente algo sui generis que se fue superando poco a poco. Durante muchos años lo habitual cuando llegaba a casa el técnico del gas, o el de telecomunicaciones, o el fontanero o quien fuese, era que el gato se agazapara y saliese huyendo por el pasillo arrastrándose como una culebra para esconderse debajo de alguna cama. Pero, mas curioso que cobarde, se sobreponía al miedo y menos de un minuto después ya estaba husmeando maletines, palpando herramientas y controlando el asunto. Con el tiempo se fue dando cuenta de que nadie le iba a hacer daño y recibía a todo el mundo a mi lado en la puerta de casa, tan pimpante.

Mi gatín se ha muerto con dieciséis años, que equivalen a unos ochenta años humanos según dicen. Ha tenido una vida larga. Yo últimamente no podía dejar de pensar que llegaría pronto el momento en el que nos tocase despedirnos. Mi ilusión era que se fuera apagando poco a poco y al final muriese en su casa, tranquilo y arropado por mí. No ha podido ser. Me duele muchísimo que haya muerto solo pero yo quiero creer, o lo intento, que en un último acto de generosidad suyo ha querido evitarme el espanto de verle morir ahogado en sangre.

La edad le fue cambiando y con el tiempo el supergato que en cuanto anochecía se ponía a correr por el pasillo como un obús, aparecía en el salón derrapando y se subía de un salto al respaldo del sofá fue perdiendo facultades físicas. Las patas de atrás empezaron a fallarle y, gordo como estaba, perdió la fuerza para subirse a donde él quisiera estar subido, como había hecho siempre. Así que él se colocaba frente al sitio al que quería subir y me lanzaba un par de maullidos para que yo le aupase. Claro que, gato al fin, me hacía trampas y más de una vez le he visto saltar como una gacela y encaramarse él solito sin maullar ni nada en donde se suponía que era incapaz de hacerlo. Me encantaban esas argucias suyas y ya hoy, en la cocina, estoy echando de menos oír en el salón el “miauuuu quiero subir”.

Lo que nunca perdió fueron la curiosidad, la viveza en la mirada, su inteligencia gatuna y el brillo de los ojos. Hasta la última mañana que pasamos juntos la misma expresión viva de “súbeme al sofá”, la misma caída de ojos con las caricias y sobre todo el mismo cariño, el mismo calorcito.

Podría seguir escribiendo páginas y páginas y seguramente mejores que estos trazos inconexos. Nos ha pasado de todo en estos quince años juntos. Caricias y lametones, riñas y enfados, ternura y algún mordisco que otro. Pero nos queríamos y nos entendíamos como nadie.

Va ser duro salir de esto porque ahora siento dolor y rabia, que si no se pasan del todo al menos se van amortiguando con los años. Pero es una pena que cae sobre otras penas anteriores, las que él precisamente siempre me ayudaba a soportar mejor. Hoy nadie se va a acurrucar junto a mí a la hora de la siesta. Hoy no toca achuchar esa bola de seda, besar la cabezuca y decir “Ay Chispa, que pena”.

Chispita, no se puede describir el desamparo en que me dejas. Ya no puedo buscarte para posar mi cabeza en tu regazo calentito y escuchar tu ronroneo y consolarme. Me queda tu vaso de sidra lleno hasta el borde, como te gustaba, y un bol con un poco de comida. Los miro a ratos como si así pudiera regresarte.

Creo que a poca gente le interesaran los detalles de la vida de un hombre con su gato. Menos todavía los lloriqueos de un viejo que ha perdido a su mascota (como si tú, Chispa, hubieses sido mascota de nadie) pero yo necesito escribirlos y publicarlos como un último homenaje a esa maquina de soltar pelos que tanto voy a echar en falta.






sábado, 17 de agosto de 2024

LECHUGA VIVA

 




Para quienes me conocen no es ningún secreto que detesto las novedades y los cambios en cualquier ámbito de la vida. Lo detesto por carácter, por salud mental y por un espíritu de rebeldía inútil y absurdo, lo sé, contra una sociedad que ha sistematizado que todo lo que era bueno antes, debe ser malo ahora por definición y que en consecuencia hay que parir novedades a ritmo acelerado y adaptarse a los cambios que provocan sin pararse a reflexionar sobre el asunto y mucho menos cuestionar sus bondades. Pero la cuestión es que, le gusten o no a uno, las novedades no pueden esquivarse por muy prudente que se sea. Se presentan de sopetón y no te queda más remedio que lidiar con ellas, por traumáticas que te resulten.




La venta de lechugas vivas es la novedad que esta semana se me ha venido a los mismísimos morros sin previo aviso y que me ha creado serias inquietudes intelectuales, filosóficas y espirituales. Resulta que,  con absurdos y probablemente exagerados argumentos de salud, mi médico me ha impuesto una dieta consistente en no comer nada de lo que me gusta y sustituirlo por todo lo que no me gusta. Como siempre que uno trata con los médicos, esta arbitraria intromisión en mi intimidad alimentaria es tan incuestionable e inapelable como el ukase de un zar y cabría plantearse, creo yo, si este absolutismo sanitario tiene cabida en nuestro ordenamiento jurídico y se ajusta a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero me desvío del tema.


El cambio al que me obliga esta novedad me obliga a su vez a enfrentar nuevas novedades, si se me permite la expresión, entre las cuales no es la menor ni la más agradable la de visitar con mucha frecuencia la sección de frutería y horticultura del supermercado, un territorio que hasta hace poco era para mí casi tan despreciable como lo es el hábito de la lectura a nuestra sociedad actual. Y por esa sección  deambulo ahora melancólicamente, carrito en ristre, intentando encontrar algo que me resulte mínimamente apetecible y mirando con envidia la cola en el mostrador de los embutidos.


Es fácil darse cuenta de que esta situación nueva me tiene aturdido y desorientado y esas son las situaciones que la novedad aprovecha para lanzarse sobre ti como un ave de presa. Precisamente eso me sucedió cuando estaba yo desparramando mi triste mirada entre la berenjenas y las lombardas y vi de repente la novedad, algo que parecía un ramo de novia vegana, una preciosa fantasía de volutas y arabescos verdes con su celofán transparente alrededor y todo. Resultaba tan atractivo que en un primer momento pensé que debía ser artificial. Fue agradable ver un brillo de hermosura en aquel oscuro mar de tan deprimente aspecto. Todo iba bien hasta que me fijé en la cartela que lo acompañaba y que en letras de molde lo describía como “lechuga viva”.


¿Qué significaba aquello de “lechuga viva”? ¿Qué espanto era ese? Es verdad que el resto de las cartelas no especificaba “pimientos muertos”, “coliflor occisa” o “zanahorias fallecidas”, pero singularizar que aquella lechuga estaba viva pluralizaba sin ningún género de duda a todo lo demás como muerto y en consecuencia aquella aparente sección de frutas y hortalizas era en realidad un depósito de cadáveres, ni más ni menos. Tengo la afición un poco gótica de visitar cementerios; puede parecer una afición extraña, ya lo sé, pero en ellos los muertos están debidamente enterrados y una cosa es eso y otra muy distinta pasearse tranquilamente entre amontonamientos de difuntos (expuestos por cierto sin la menor preocupación por su decoro y dignidad). Esa lechuga viva, además, convertía mi nueva dieta en simple y llana necrofilia. Es imposible imaginarse el terrible estado mental y espiritual en el que me dejó el descubrimiento, ni la velocidad con la que salí de aquella espeluznante fosa común.

Antes de tomar alguna decisión precipitada, que casi siempre son malas, decidí dar un paseo lento por todas las secciones del supermercado, en parte para calmar mis nervios y en parte para investigar si se vendía alguna otra cosa viva en el resto de las secciones. Dí por supuesto que existían pocas probabilidades de encontrar vivo un detergente, un gel de ducha, unas bolsas de basura o cualquier otro artículo de limpieza o de aseo personal, tan artificiales y tranquilizadores todos ellos, y me centré en los alimentos. Ni en los enlatados, ni en las pastas y cereales, ni en los congelados encontré rastro de vida. Me inquieté un poco en la panadería, que vende pan “de masa madre”; nunca compro pan de masa madre porque no sé lo que es la masa madre y porque el nombre tiene un no sé qué de turbador;  suena a muy natural y con la naturaleza hay que andar con pies de plomo, que es muy traicionera. Jamás de los jamases había reflexionado sobre ello, pero en el estado de turbación en el que me encontraba se me vino a las meninges la posibilidad de que la madre de esa masa también estuviese viva, la pobre, o que la propia masa fuese un ser vivo con su madre y todo; pero la cartela no decía nada al respecto y deseché la idea. Más intranquilo me acerqué a la carnicería y la charcutería, casi seguro de que con el auge de la comida sin aditivos me iba a encontrar con unos chorizos de Cantimpalos o unos jamoncitos de pollo vivitos y coleando en los que nunca me hubiese fijado, pero no. Tampoco encontré, por poner un ejemplo, un solomillo singularizado como “cadáver” que pluralizase en “vivas” a las salchichas, las chuletas de Sajonia y el resto de viandas expuestas.


Tras estas prolijas investigaciones decidí que ese “lechuga viva” no era más que un truco publicitario que nada tenía que ver con la situación vital real de la hortaliza y que era muy probable que lo que en realidad habían querido poner en la cartela era “viva la lechuga” y no habían sabido escribirlo correctamente, que es ahora de lo más normal. Así que regresé a su sección y la encontré de nuevo convertida en lo que siempre había sido: un templo de la tristeza gastronómica ya sin cosas vivas ni muertas. Y a la vista del mustio estado de sus compañeras de izquierda y derecha, me compre la lechuga viva y me la llevé a casa. Craso error.


Una vez en mi cocina me dispuse a preparar una ensalada del tipo de las que mi médico dice que me convienen, ajeno completamente a la catarsis vital, al terremoto moral que estaba a punto de sufrir. Resulta que al quitar el celofán en el que venía envuelta me encontré con que, efectivamente, la lechuga estaba viva. No es que una vez liberada del incómodo corsé de plástico le diese a la lechuga por darme conversación. Una alteración de la leyes naturales de semejante calibre me hubiese encantado y estoy seguro de que entre ella y yo enseguida se hubiese dado si no una amistad, una relación de respeto mutuo y colaboración. No, lo que ocurrió es que bajo el celofán se ocultaban las raíces de la pobre lechuguita (envueltas por cierto en una repugnante esponja húmeda), ansiosas ellas por recuperar el contacto con la madre tierra. Con el cuchillo en la mano y viendo aquella lechuga sobre la tabla de cocina me sentí como si hubiese ido a comprar filetes y el carnicero me hubiese dado un ternero y le tuviese allí, mirándome mientras yo sacaba de la despensa el pan rallado.


La situación era terrible, pero más terrible aún era que se acercaba la hora de la comida y había que tomar decisiones drásticas, porque con la nueva dieta casi siempre tengo hambre y lo de saltarse una comida no cabe dentro de lo aceptable. A veces la vida nos pone en esas atroces circunstancias sabiendo, la muy asquerosa, que casi siempre se va a imponer en nosotros el instinto de supervivencia. Bueno ¿qué decir? Corté las raíces, trocee la lechuga y me la comí mezclada con aguacate y mandarinas muertos. Ni se me pasó por la cabeza buscar en internet alguna asociación de acogida de lechugas vivas, ni mucho menos poner un anuncio por si alguien la adoptaba. La trocee y me la comí.


Y desde ese día cargo en mi conciencia con esa primera cuchillada, ese separar a la lechuga de sus raíces. Me consuela un poco saber que antes de morir se vio libre del celofán y de la esponja asquerosa, pero poco. Y es que así de cabronas suelen ser la novedades.


martes, 10 de noviembre de 2020

TIBIEZA

 

Si es cierto eso de que “en el término medio está la virtud” no queda más remedio que reconocer que España es un país muy poco virtuoso. Aquí cazamos al vuelo cualquier oportunidad para saltar a una trinchera y ponernos a pegar tiros, metafóricamente hablando, a todos los que hayan saltado a la trinchera de enfrente. 

 Estos meses de pandemia están siendo especialmente fructíferos en atrincheramientos. De hecho las cosas han llegado a tal punto que solamente están permitidas dos opiniones (dos trincheras si se prefiere): defender a capa y espada la gestión del Gobierno (o de los gobiernos), sin admitir ningún fallo más allá de los que “cualquier gobierno hubiese cometido en una situación semejante; o atacar a degüello todo lo que ha hecho el Gobierno (o los gobiernos), sin admitir más aciertos que aquellos en los que “ya sería el colmo que no lo hubiesen hecho”. Si yo tuviese que elegir trinchera, o me gustase hacerlo, elegiría la primera, pero no he querido porque no soy de adhesiones inquebrantables, ni veo tan perfecto todo lo que el Gobierno ha hecho, ni lo veo tan horroroso, ni tengo carácter de atrincherado, ni me da la gana. 

A menudo me pregunto la razón de ser yo tan poco decidido a tener opiniones radicales, uno de esos “malditos tibios de corazón” que tanto le chinchan a Rosa Montero. Yo fui educado como católico y ya se sabe que los católicos tienen la Verdad verdadera y nada más que la verdad, que es una cosa muy descansada y tranquilizadora porque evita el esfuerzo de reflexionar a lo Quijote y permite repanchingarse a lo Sancho Panza . Debería, pues, ser adicto a lo que Jan Assman llama “La distinción mosaica”, que no se refiere a la división de los mosaicos en teselas sino a la división que hizo Moisés entre judíos creyentes en el único Dios verdadero y el resto de la humanidad, que pasó a ser chusma pagana destinada a la perdición y que tantas hogueras ha avivado desde entonces. Además nací, crecí y vivo en un país que en dos siglos ha pasado por cuatro guerras civiles, nueve cambios de régimen y ocho constituciones, con lo que podría decirse que llevamos el enfrentamiento en los mismísimos genes. Pero nada, oye, que no me gusta, que soy de esos de los que dice el Apocalipsis : “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero cuando eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Qué se le va a hacer.

La cuestión es que como las actuales normas, reglamentos, recomendaciones y decretos no nos permiten olvidarnos de la COVID-19 ni un santo momento, cada dos por tres los vomitados de la boca nos vemos metidos en una conversación con personas de corazón caliente A, para quienes todo se hace bien, o de corazón caliente B, que dicen que todo se hace mal. Ellos te sueltan su discurso claro, recto, contundente y sin fisuras y nosotros trasteamos como podemos con el nuestro, curvo, dubitativo, algo escéptico y, en definitiva tibio. El resultado es siempre el mismo; nos vomitan de la boca. Tanto si estás hablando con calientes de tipo A, como si lo estas haciendo con calientes de tipo B, al poco tiempo ves que te están dirigiendo una sarcástica sonrisa que está a medio camino entre el desdén y el menosprecio, acompañada de una mirada que en el caso de los calientes A significa “este cabrón es de VOX”, y en el de los caliente B “este es un podemita de mierda”, y rápidamente se ponen a hablar de otra cosa. 

Este ser malditos tibios en un ambiente que solamente admite fríos o calientes es mucho peor que trágico, es aburrido y cansino y nos dificulta la vida social  más que el miedo al contagio, porque a los tibios nos llueven las tortas de todas partes. Por añadidura corremos el riesgo de ser asimilados a un tercer grupo, que sin ser A ni B, tampoco es tibio. Hablo de los directamente negacionistas, que se agarran al clavo ardiendo de la conspiranoia para hacer un poco lo que les da la gana porque “no hay que vivir con miedo”, “nos están mintiendo” y demás clásicos del género. 

Para la COVID 19 parece que ya hay vacuna, o está a punto de haberla. Para lo demás la ha habido siempre: la cultura y el humanismo.

domingo, 1 de noviembre de 2020

LAS PARTES DE ABAJO

 

Nos dice la Real Academia de la Lengua que el eufemismo es una “Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Cuando España se vio sumergida bajo la ola de la sinceridad ante todo, la franqueza como norma y el “soy como soy” se me pasó por las meninges que el eufemismo se iría al cubo de la basura, junto con todas las demás formas de cortesía; pero vino en su auxilio el lenguaje políticamente correcto y ahora se ha convertido en un instrumento absolutamente imprescindible. De hecho no hay conversación en la que no haya que devanarse los sesos para encontrar uno lo suficientemente neutro como para no dañar alguna sensibilidad, reforzar algún odioso estereotipo u ofender alguna cultura.

Pero en los antiguos tiempos el asunto del eufemismo tampoco era un camino de rosas, porque con cierta frecuencia el remedio era peor que la enfermedad y la frase empleada para manifestarse de forma suave y decorosa resultaba más penosa que la dura o malsonante idea original. En resumidas cuentas, que hay una serie de eufemismos antiguos que suenan tan vulgares o más que la recta y franca expresión. Entre estos, los que más me han llamado la atención, para mal, siempre han sido “sus partes” y “es de abajo”. “Sus partes” es una abreviatura de “sus partes nobles”, es decir las partes nobles de él, esto es la polla y los cojones. Su correspondiente femenino es “es de abajo”, que incluye genitales y aparato reproductor de ella, y ambas expresiones se utilizan siempre y cuando él o ella sufran alguna enfermedad en esas partes de abajo. La nomenclatura para los genitales de ambos sexos es amplia y variada y se utiliza sin rubor en el lenguaje coloquial, pero se convierte en un arcano necesitado de eufemismo cuando sufren alguna perturbación sanitaria. Que se haya creído necesario diferenciar entre “sus partes” masculinas y el “es de abajo” femenino en lugar de utilizar la misma vulgaridad en ambos casos es un enigma que tiene fácil resolución. No era lo mismo el potente y triunfante lingam que el modesto y conquistado yonin.

En el bando masculino existe una rica colección de expresiones que exaltan la bienaventuranza que supone tener colgando en la entrepierna un pene y dos testículos. Se pueden tener “los huevos cuadrados” y “más cojones que el caballo de Espartero”; puede uno “tocarse las pelotas” y las cosas que no te importan te pueden “sudar la polla”. Hay que “echar un par de pelotas” o simplemente “tener cojones” para hacer las cosas como es debido. Como es natural al hombre que no alcanza ese nivel de apoteosis fálica, “le faltan huevos”. La exhibición verbal testículo-fálica salpimenta pizpireta y sin el más mínimo pudor nuestras conversaciones. Pero, ay majo, en cuanto esas pollas y cojones se ven afectados por alguna dolencia se cubren con un velo de misterio y pasan a ser una púdicas y discretas“sus partes”. Ningún hombre sufre dolencias en el pene o los testículos, sino en “sus partes”. Y cuando alguien te habla de alguien que tiene problemas en “sus partes” lo acompaña siempre con un gesto de fatalidad, como si la losa del destino hubiese caído sobre él en el peor ángulo posible. Ese hombre que hasta ayer mismo andaba medio despatarrado, con la pelvis hacia afuera, así como si le llevasen a rastras sus mismísimos cojones en una gloria de virilidad, ha pasado a ser un triste alguien con problemas en “sus partes”. Se podría pensar que “sus partes” es una forma expresión propia de gente iletrada o poco sofisticada, pero no; precisamente se me ocurrió escribir sobre esto al escuchar en las noticias de TV a un abogado cuyo cliente, como consecuencia de una agresión, sufría lesiones en “sus partes”. No se espera de un letrado que diga a cámara “a mi cliente le han jodido los cojones”, pero tampoco es tan difícil decir “sus genitales”. Pero parece que no, que no es lo mismo, que los genitales masculinos o se pueden manifestar en toda su gloria, o pasan a ser “sus partes”.

Por la parte femenina ocurre algo parecido, pero no igual. Ciertamente los genitales femeninos contribuyen igualmente a la riqueza del lenguaje. Con frecuencia hay algo que “no me sale del chichi”, o se está “hasta el mismísimo”, o no consientes que te “toquen el coño”, pero tienen un matiz más de resistencia pasiva que de victoria. Ese encantador gesto de llevarse la mano a la entrepierna para reforzar un exabrupto se da en una mujer por cada mil hombres, porque los genitales femeninos deben ser un sagrario, un oculto sancta sanctorum, algo con un cierto toque vergonzoso que es preferible ocultar, No unas lastimosas pero aún así dignas de admiración “sus partes”, sino un difuso y oscuro “es de abajo”. “Es de abajo” nos lo dicen siempre después de muchos circunloquios, susurrado de un modo un poco furtivo y con la mirada fija en el suelo, así como si te estuviesen confesando una drogadicción. El ámbito que comprende “es de abajo” no necesita ser explicado, se sobreentiende. A nadie se le ocurre pensar al escucharlo en un problema de sabañones, que más abajo no pueden estar, o en una lesión en la rodilla. “Es de abajo” comprende todo lo específicamente femenino , sin diferenciar. Esos genitales compuestos por una polla y dos cojones perfectamente identificables, cada una con su parte correspondiente de mérito y respeto pasan a convertirse en las mujeres en un totum revolutum “es de abajo” del que vale más no especificar. Es algo así como si la polla fuese el nirvana y el coño el bajo astral.

Sin estar yo ni mucho menos en contra, tampoco puede decirse que sea un apasionado defensor del lenguaje inclusivo y la búsqueda con lupa de expresiones machistas, para eliminarlas. Prueba de ello es que no es raro que hablando con mis hermanas y sobrinas sobre el tema  surja algún conato de incendio, pero esa naturalidad con que se asume “sus partes” y “es de abajo” da que pensar.





martes, 27 de octubre de 2020

DESDICHAS

Comienzo la semana abrumado bajo el peso de una serie de (tres ) catastróficas desdichas.

La primera ha sido la decisión del Gobierno de Cantabria de prohibir fumar en las terrazas. No hay estudios que comparen si el humo exhalado por un fumador tiene mayor carga viral que el aliento exhalado por alguien que no esté fumando, ni está demostrado que el humo del tabaco sea un vehículo transmisor del virus, pero da lo mismo. Prohibir fumar ya es como una especie de coletilla que acompaña a cualquier medida sanitaria. Merced a una maquiavélica combinación de paternalismo, salud y moralina al estilo de la Ley Seca, los fumadores nos hemos convertido en el pim pam pum de todas las crisis. ¿Qué el Coronavirus se transmite principalmente en los locales de ocio nocturno y las reuniones familiares? Ok, hay que contenerlo, prohibamos fumar en las terrazas al aire libre. Estoy completamente seguro de que si llega a haber, pongamos por caso, una epidemia de sabañones, una de las medidas para combatirla será prohibir fumar en mitad de Los Monegros.

Esta nueva norma es difícil de sortear porque los comandos anti-tabaco abundan como los hongos. Constituidos mayormente por una mezcla de ex-fumadores resentidos, resentidos en general y tocapelotas profesionales, estos comandos babean de satisfacción con cada nueva restricción a los fumadores, y se lanzan a las calles con el único y exclusivo fin de pillarnos en renuncio y llamarnos la atención. En las actuales circunstancias puedes ir sin mascarilla, toser en los mismísimos morros de los transeúntes, morrear apasionadamente a todos los desconocidos y desconocidas que te encuentres por la calle, que no pasará nada. Medio en serio, medio en broma, te dirán que bueno, que no es para tanto, que nadie cumple las normas a rajatabla; pero como te pillen fumando a trecientos metros de la persona más cercana puedes tener la seguridad que te va a caer la del pulpo por algún lado. En fin, son cosas de la sociedad moderna que hay que aceptar para que no te llamen terraplanista, cuando no asesino de masas.

La segunda ha tenido su origen en una llamada que recibí ayer de mi Centro de Salud, en la que una agradable voz femenina me notificó, ni más ni menos, que mi nombre aparecía en un listado de “personas de riesgo”. Soy consciente de que al tercer gin-tonic mi lengua se ve atacada por el Síndrome Torra-Puigdemont, ejerce de manera unilateral su derecho a la autodeterminación y utiliza mi boca para soltar una notable cantidad de inconveniencias. Cualquiera que haya cenado conmigo en Nochebuena ha podido verlo. Pero puesto que todos mis allegados y conocidos lo saben, me parece de una crueldad intolerable, y muy impertinente, que me incluyan en un listado. Se me aclaró que el riesgo a que hace referencia el listado de marras es sanitario, no verborreico, y que se me recomendaba encarecidamente vacunarme contra la gripe. Tampoco lo he entendido muy bien porque aparte de ser viejo, gordo e hipertenso, no veo en mí riesgo sanitario alguno; pero como no quiero añadir al peligro de fumar clandestinamente en las terrazas el de que me llamen irresponsable e insolidario, acepté la sugerencia y me presenté esta mañana en el Centro de Salud. Los diez primeros minutos los he dedicado ha hacer el ridículo deambulando por todos los mostradores, huecos y recovecos preguntando por la enfermera Cruz, de la que nadie ha sabido darme noticia debido, muy probablemente, a que mi enfermera en realidad se llama Reyes. De este penoso peregrinaje me ha salvado la potente voz de una auxiliar de enfermería preguntando por “alguien que haya venido a vacunarse”.

Debidamente ubicado y remangado he recibido el jabalinazo en el brazo con una gran presencia de ánimo, sin llorar apenas ni nada. Todo ha ido como la seda hasta que a mi “Bueno, pues ya me puedo ir” me ha contestado la amable auxiliar con un “Sí, pero no se aleje del Centro durante los próximos veinte minutos” que me ha helado la sangre. Lo primero que he pensado es que al Sistema Sanitario, tan cargado ahora de trabajo, le resultará mucho más práctico recoger los cadáveres en las cercanías del Centro de Salud, todos bien agrupaditos, que tener que ir buscarlos casa por casa; y por mucho que la auxiliar me ha hablado de ligeras erupciones cutáneas, rechazos y otras cosas por el estilo, he salido a la calle preocupado porque no tengo hecho testamento. Callado está dicho que durante esos veinte minutos he sentido síntomas no solo de gripe, coronavirus y neumonía, sino también de peste bubónica, malaria, hepatitis viral, paperas, varicela y esquizofrenia paranoide. La angustia ha sido de tal calibre que, pasados los veinte minutos, no he tenido más remedio que sentarme en una terraza a tomar un Martini y fumar con el cigarrillo escondido debajo de la mesa.

Y la tercera ¿Cual era? Ah, sí, que mi carnicero no tenía ayer filetes de rabadilla. Vamos, un inicio de semana de pesadilla.




martes, 20 de octubre de 2020

FLANES

 Yo tengo la costumbre de hacer la compra semanal los lunes por la mañana. El proceso suele desarrollarse sin  complicaciones, salvo por esa sensación de que algo se me olvida,  que me ataca siempre en el supermercado y que resuelvo  comprando un paquete de espaguetis que, naturalmente, no me hacen falta. Pero las cosas de la vida moderna constantemente conspiran para amargarnos con inquietudes, sobresaltos y temores. Así ocurrió ayer cuando llegué tranquilo y relajado a la caja del super, con mis espaguetis y todo, y la amable cajera me dio un boletito con la sugestiva leyenda “PARTICIPA Y GANA” y que, según me explicaron, había que abrir allí mismo o ya en casa, a elegir. Como a pesar de todos los consejos, recomendaciones y balletitas mágicas las gafas se me siguen empañando con la mascarilla, elegí la opción “ya en casa” para evitar la humillación de tener que pedir a la cajera que me lo leyese.

Al llegar a casa, tras guardar los espaguetis junto con otros cuatro paquetes que ya tenía y darme cuenta de que lo que en realidad se me había olvidado era la arena del gato, me puse las gafas, abrí el boletito y pude leer:

¡ENHORABUENA CUPÓN PREMIADO!

FLAN HUEVO ALTEZA

Baño maría 100 x 4

Adiós a mi tranquilidad. Nada vi de inquietante en el baño maría pero ¿100 x 4? Me parece altamente improbable, con las prisas de hoy en día, que Alteza se dedique a cocer 100 flanes cuatro veces al baño maría o, más improbable aún, 4 flanes cien veces. Y eso ¿que opción me deja? Pues que me han tocado cuatrocientos flanes de huevo. He contemplado la opción de que el premio consistiese en 100 baños maría en algún spa de moda (y cuatro flanes), pero rápidamente la he desechado porque con tanto Covid suelto sería una grave imprudencia que los supermercados se dedicasen a amontonar gente en los balnearios que ofrezcan a sus clientes baños maría, que deben ser poquísimos. Así pues, cuatrocientos flanes nada más y nada menos.

Y me he encontrado con que la que podía haber sido una agradable mañana de martes se me ha llenado de angustias, porque el hecho es que yo tenía que volver al super a por la arena del gato y me aterrorizaba la idea de canjear el boletito por los cuatrocientos flanes. Se me ha pasado por las meninges la aterradora imagen de la cajera dándome la anunciada enhorabuena a grandes voces, con toda una fila de clientes sonriendo y cuchicheando, mientras algún amable empleado me ponía delante de las narices cuatrocientos flanes de huevo. Y luego ir a casa arrastrando el saco de arena y los cuatrocientos flanes delante de toda la gente sentada en las terrazas, que ajenos a la historia del premio pensarían de mi que estoy haciendo acopio de alimentos, que me ha dado un trastorno obsesivo-compulsivo por comprar flanes de huevo o, mas probablemente, que se me ha ido completamente la cabeza. Y en esas penosas reflexiones he pasado la mañana, amenizado por los indignados maullidos de Chispas mirando su caja de arena. Al final he optado por la solución extrema de comprar la arena en la tienda de los chinos. Y ha sido un gran acierto porque la cajera ni me ha dado la enhorabuena ni nada. De hecho a contestado a mi “buenos días” con un sonriente y conciso “unochetecinco”, sin más, que me ha sonado a gloria.

Para terminar, no me gusta el flan de huevo.


viernes, 20 de septiembre de 2019

SINGAPUR


          El Ayuntamiento de Getafe ha aprobado recientemente una normativa que sanciona con multas de hasta 3000 euros una serie de conductas incívicas tales como tirar al suelo las cáscaras de las pipas, escupir en la calle y algunas otras por el estilo. No seré yo quien defienda ese tipo de comportamientos, pero empieza a ser muy preocupante ver como aumentan sin parar las restricciones a la libertad individual en favor del comportamiento civilizado, la salvaguarda de los derechos de las minorías, el lenguaje inclusivo, la salud pública y otras diversas nobles causas. De seguir así se va a dar la paradoja de que la libertad individual del ciudadano va a desaparecer en favor de la libertad general de la ciudadanía. Pero lo que me ha resultado más llamativo de la decisión del Consistorio getafense es su adhesión al método preferido por las administraciones públicas para disciplinarnos: las multas. Esos 3000 euros de sanción por tirar al suelo unas cáscaras de pipas me ha traído recuerdos de mi estancia en los años 90 en la ciudad más puntera y avanzada en ese tipo de cuestiones: Singapur.


         Cuando viajo soy siempre de los que ven la botella medio llena. Creo que todos los sitios tienen su encanto si uno se molesta un poco en buscarlo, en caso de ser necesario. No comprendo a quienes regresan de Roma diciendo que está sucia, o de Venecia con el sonsonete de lo mal que huelen los canales, o de Egipto quejándose de la pesadez de los vendedores callejeros. Estoy convencido de que esos comentarios adolecen de un cierto snobismo de andar por casa, un snobismo de rebajas se podría decir, mediante el cual quienes lo practican tratan de ponerse por encima del vulgo, de quienes nos maravillamos con lo maravilloso como si fuésemos tontos sin tener esa fina visión y ese exquisito olfato de “entendidos” que ellos SÍ tienen. Yo creo que quedan como burros insensibles a fuerza de tratar de mostrarse como cosmopolitas diplomados, pero eso puede que sean cosas mías. Eso sí, son personas a las que les suele gustar Singapur.
         La verdad es que viajé a Singapur algo a lo tonto, cegado por ese espejismo del “ya que vamos, cuanto más conozcamos, mejor” que tan catastróficas consecuencias en madrugones insensatos y acarreo constante de maletas suelen suponer a los incautos. Me refiero al clásico “Seis días en Italia, visitando treinta y dos ciudades” con el que las agencias de viajes acostumbran a engatusar a los viajeros novatos (o a quienes ven sucia Roma). La cuestión es que mi idea inicial era pasar veinticinco días en Tailandia, pero como la compañía aérea me ofrecía viajar también a Singapur por muy poco dinero más, me dejé embaucar como un pardillo. Así pues, finalmente disfruté de veinte fantásticos días en Tailandia y sufrí cinco abominables días en Singapur.
       Por uno de esos encantadores efectos secundarios del colonialismo resulta que Singapur, que geográficamente forma parte de Malasia, está controlada por los chinos o, más concretamente, por la burguesía comercial china. Es además una dictadura como una casa, pero como está disfrazada de república parlamentaria y saca siempre de notable alto a matrícula de honor en los exámenes del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, pues se hace como que no. Es, podría decirse, una dictadura del burguesariado. Y para que uno no se despiste te lo dejan muy clarito desde la mismísima llegada. Apenas has desembarcado pasas un exhaustivo control policial que no es más que el primero de otros tres o cuatro que, entre cacheos indiscriminados, apertura y cierre de maletas e inspecciones corporales con inquietantes aparatos electrónicos, te lleva hasta un mostrador en el que una funcionaria que se deshace en sonrisas te entrega, así como si nada, un documento con el sello del gobierno en el que se especifica qué delitos están castigados con la pena de muerte (bastantes), cuales con años y más años de prisión (muchos) y cuales con multas abusivas, azotes (sic) y algún otro tipo de indignidad (muchísimos). Eso sí, a la vista de nuestros pasaportes tuvo el cordial detalle de repetir sin parar “Spain, Spain; bulls, bulls”, como si fuésemos vestidos de matadores.


      Intimidados y aturdidos por toda aquella prosa punitiva deambulamos por el gigantesco y ultramoderno aeropuerto, con sus acuarios gigantes  y sus jardines colgantes y su de todo, a la busca de alguna oficina en la que contratar un hotel. Como en aquel entonces éramos todos algo pijos, nos decidimos por la oferta que ofrecía el hotel que , dentro de nuestras posibilidades, tenía el nombre más rimbombante: “The Singapore Royal Holiday Inn Crowne Plaza” (on Scotts Road). Justo es decir que el hotel hacía honor a su nombre. Aquello era un despliegue disparatado de porteros de librea, maderas nobles y cúpulas de rutilante vidrio de colores. Por el hall de entrada desfilaban lo que parecían ser jeques y jequesas, ejecutivos impecablemente trajeados y, solamente de cuando en cuando, algún turista vestido como para salir a cenar. En aquel ambiente, que si bien no era exactamente refinado hacía todo lo posible por parecerlo, nuestras camisetas y pantalones cortos de mercadillo de Bangkok resultaban, por decirlo suavemente, claramente conspicuos; y nosotros, pijos al fin y al cabo, no podíamos pensar en otra cosa que en subir a nuestras habitaciones a cambiarnos de ropa. Probablemente alterado por ese ansia por darme una ducha y vestirme adecuadamente, lo primero que hice al llegar a mi habitación fue quemar con un cigarrillo una de las dos relucientes babuchas de piel que el hotel había puesto a mi disposición, junto a la mesilla de noche. No recordaba yo haber leído en la lista de delitos y faltas que nos dieron en el aeropuerto nada sobre babuchas quemadas en los hoteles, pero por precaución escondí el cuerpo del delito en el armario. Esto no me libró de sufrir una angustia constante por el temor a ser descubierto por alguna camarera de planta cotilla; ni de las horribles pesadillas en las que me veía pagando multas astronómicas mientras me azotaban sin misericordia al grito de “Spain, Spain, Bulls, Bulls”. Una vez escondida la babucha me dediqué a fisgar un poco y así descubrí que la Dirección ponía a disposición de sus clientes una Biblia, un Corán y un ejemplar de Los Pensamientos de Buda, no sé si por fomentar el sincretismo religioso o para recordarnos que, aún rodeados de aquel confort y lujo, no somos más que miserable polvo a los pies de la divinidad. En el techo una enigmática flecha que señalaba hacia una de las esquinas del cuarto me preocupó bastante, porque se me ocurrió que podría indicar una salida de emergencia trampantojo, lo que me hubiese supuesto un grave hándicap en caso de incendio. Luego supe que no, que indicaba la dirección de La Meca para que los clientes musulmanes pudiesen rezar como es debido.


        Para sufrir mi primer encontronazo con la obsesión singapurense por la limpieza  no tuve necesidad de salir a la calle. Una vez duchado y vestido, lindo como un San Luis, bajé al versallesco salón principal a esperar a mis amigos tomando una cerveza y fumando cigarrillos. Llevaba apenas cinco minutos sentado cuando se presentó ante mí una señora muy seria  vestida con bata azul y con una caja colgada al hombro; se arrodilló (sic) ante la mesa,extrajo de la caja diversos utensilios de limpieza, retiró todos los objetos, incluidos el cenicero y mi cerveza (con gran alarma por mi parte), roció la mesa con limpiacristales, paso un paño, saco brillo al cenicero y volvió a dejar todo en su sitio, incluida mi cerveza (con gran alivio por mi parte). Resulta difícil de creer, pero juro que en los veinte minutos que estuve allí sentado, la señora repitió la representación un mínimo de cuatro veces, mientras yo la contemplaba entre histérico y estupefacto . Y no se trataba, como supuse, de que la gobernanta del hotel fuese una sádica maniática; tampoco era el caso que la señora de la limpieza padeciese un síndrome agudo de adicción al trabajo. En restaurantes, en bares de copas, en discotecas, en todos los sitios a los que fuimos, pasaba lo mismo o parecido. Todo tiene que estar limpio y reluciente, como si no se hubiese usado. La limpieza era la obsesión de moda en Singapur y supongo que lo seguirá siendo.
    Todas las calles del centro son iguales, o parecidas: bancos, hoteles, centros comerciales y rutilantes sedes empresariales. El antiguo barrio colonial inglés, el barrio chino y el barrio hindú están tan limpios y ordenados, tan completamente singapurizados, que no tienen ningún atractivo especial. Hay templos chinos que parecen balnearios japoneses, mezquitas que parecían tan recién sacadas de “Simbad el Marino” que daban ganas de esperar por ver si salía Douglas Fairbanks a firmar autógrafos, y está el famoso Sri Mariamman que quieren hacer pasar por templo hindú, pero que es claramente su caricatura. Es, en definitiva, un sitio “muy bonito” en el sentido que en EEUUAA se da a la expresión. Una de sus mayores fuentes de ingresos es el turismo y no me extraña nada, porque allí reluce tanto todo y está todo tan organizado como en uno de esos “cruceros de ensueño” en los que tres o cuatro mil personas se dejan llevar de un puerto a otro a golpe de excursión organizada y buffet libre. Pero para viajeros no es.



       En Singapur, salvo negocios y compras, hay muy poco interesante que hacer. Esto, que puede parecer un grave inconveniente, es en realidad una gran ventaja porque la lista de cosas prohibidas es tan enorme que el estar pendiente de no cometer alguna infracción le ocupa a uno casi todo el tiempo. Los carteles prohibiendo algo, cualquier cosa, son tan omnipresentes que en lo único que eres capaz de pensar es en lograr volver al hotel sin haber infringido ninguna norma, sin pagar multas o recibir azotes  y, en mi caso, rezando para que la camarera no hubiese encontrado la babucha chamuscada. Hay prohibiciones tan absurdas que dudo mucho que el acto prohibido existiese antes de la prohibición. Recuerdo ahora la prohibición de entrar en los centros comerciales con sombrilla (sic), pero había bastantes más por el estilo. Muchas parecían estar en relación con la obsesión singapurense por la pulcritud, como la de tirar cualquier cosa al suelo, masticar chicle o ir comiendo algo, lo que sea, mientras deambulas por los centros comerciales; otras con la limpieza y la salud, como la prohibición de fumar en todos los restaurantes, que ahora nos parece de lo más natural pero que resultaba completamente incomprensible en aquellos años noventa en los que aún se valoraba más la buena vida que la vida sana; otras, en fin, con la seguridad, como la prohibición de entrar en los bancos con casco o gafas de sol. Son la prohibiciones “razonables”, las que hoy en día son aceptadas sin rechistar en todo el Primer Mundo. De ahí a prohibir entrar en los centros comerciales con sombrilla, o con boina, solo hay un paso para el que con toda seguridad se encontrará también una justificación razonable y beneficiosa para el bien común.  Tengo que decir que hoy en día las prohibiciones de Singapur me sorprenderían mucho menos que hace treinta años. Me dicen que esto es síntoma de que vamos mejorando, pero yo lo dudo.


       Del resto de mis días en la “exótica” Singapur poco más tengo que decir. Creo que como muestra del aburrimiento que me aplastaba,  conocida como es mi difícil relación con la naturaleza, bastará el botón de que dedique una mañana entera a visitar el Jurong Bird Park, un aviario gigantesco que se presenta como uno de los grandes atractivos de la ciudad. Aquello es una inmensidad de pájaros de colorines y lujuriante vegetación capaz de agotar hasta al ornitólogo más obsesivo. Como soy enemigo declarado de cualquier tipo de transporte turístico, ya sean calesas, camellos, elefantes, monorraíles o trenecitos, me aventuré a recorrer el parque “dando un paseo”, una de esas decisiones estúpidas que se toman dejándose llevar por los prejuicios y de las que uno se arrepiente toda su vida. Yo no sé qué extensión tiene ese parque, pero a mitad de camino me daba la sensación de que Cantabria cabía dentro. Loros, avestruces, pelícanos, aves del Paraíso, tucanes, pingüinos, búhos, aves de presa, cigüeñas, flamencos y más loros, todos ellos exhibiendo sus plumajes multicolores entre flores y más flores también de colorín colorado… A ese insensato cromatismo que me dejó las retinas aturdidas había que añadirle un calor de mil demonios y un sol de justicia. Ponerse a la sombra de algún árbol tropical era una aventura muy arriesgada, porque por raro que parezca en una ciudad tan obsesionada por la limpieza los pájaros no tienen prohibido cagar encima de ti. Lo que si estaba prohibido, en un parque en el que ni poniendo en ello todo tu empeño le llegaba el humo de tu cigarrillo a nadie, era fumar. En fin, una auténtica delicia.


        Así fui arrastrándome por aquellos cinco días, los más largos de mi vida, haciendo compras absurdas, sorteando prohibiciones y pensando en la babucha churruscada. A fuerza de buscar encontramos cerca del hotel un establecimiento en el que algún astuto chino se había colado por alguna grieta legal que permitía comer, fumar y tomar copas al mismo tiempo, o sucesivamente. Allí pasábamos horas y horas soñando despiertos con el vuelo que nos llevaría de vuelta a Londres y repitiendo como un mantra: “con lo bien que nos lo pasábamos en Bangkok”.

martes, 13 de agosto de 2019

MINIMALISMO TEXTUAL


          En mi infatigable lucha contra el progreso indiscriminado, hace ya tiempo que clamo (en el desierto) contra ese insensato minimalismo textual que se aplica al lenguaje en los mensajes telefónicos, whatsapp y demás sistemas de comunicación inmediata. Formulamos nuestras ideas y pensamientos, y los expresamos, con palabras. A menos palabras, menos capacidad intelectual, menos claridad al comunicar y, en definitiva, menor capacidad de discernir y mayor posibilidad de ser manipulados. Se acortan las palabras, se acortan las frases y se acortan refranes, adagios y dichos populares, con resultados absurdos y ridículos a corto plazo y difíciles de calcular, pero fáciles de predecir, a plazo más largo. Hace poco tuve oportunidad de comprobarlo con el mínimo esfuerzo de ponerme a ver la televisión. En el mismo programa de citas a ciegas, y con pocos minutos de diferencia, he escuchado,  a un joven que buscaba una chica “con la cabeza puesta” y a una señora que era partidaria del “Mente in corpore”.


       “Tener la cabeza bien puesta sobre los hombros” ha sido siempre un modo de definir a las personas sensatas y juiciosas. Eso, supongo yo, querría decir el joven, al modo minimalista actual pero, claro, recitar la frase entera lleva demasiado tiempo y, al fin y al cabo siempre está a mano la coletilla del “tú ya me entiendes”. Pero con tanto “tú ya me entiendes” cada vez se entiende menos y peor.

          El caso es que el joven dijo “con la cabeza puesta” y la frase, lejos de dejar claro lo que buscaba, se prestaba a todo tipo de interpretaciones, casi todas ellas muy inquietantes. No soy un experto en temas científicos, pero jamás he oído decir que nazcan chicas, o chicos, con la cabeza sin poner. Claro está que soy de pueblo y es sabido que en las grandes ciudades las cosas cambian mucho más deprisa que en el campo, pero estoy seguro que si el caso de personas naciendo en piezas, al funesto estilo de Ikea, fuese tan frecuente como para que a los jóvenes les preocupe si sus posibles parejas tienen, o no, puesta la cabeza, algo habríamos visto por Internet. ¿Qué buscaba entonces ese joven? ¿Era un fanático de Tim Burton y quería una novia cadáver, digamos, “completa”, con su cabeza y todo? ¿Ha pasado esa pobre criatura por la espantosa experiencia de presentarse a una cita a ciegas y encontrar esperándole a una chica decapitada, al estilo de “Seven”?

             He pensado también en algún tipo de desajuste de tipo, digamos,  "reencarnacional". Quizás el joven pasó una de sus otras vidas en el París del Terror, cuando tantas y tantas aristócratas y burguesas pasaron por la guillotina. Se comprende que los jóvenes de entonces tuviesen entre sus prioridades a la hora de buscar pareja el hecho de que su chica ideal tuviese la cabeza puesta, y no amontonada con otras decenas en una canasta. Sería entonces posible que nuestro joven, desobedeciendo la estricta Ley del Olvido que rige las reencarnaciones, conservase ese recuerdo y tuviese el obsesivo temor a encontrarse con una chica que tuviese el cuerpo intacto, sí, pero  la cabeza separada de un tajazo y pinchada en una pica.

            La chica que le presentaron poco después tenía la cabeza totalmente puesta (lo que no pareció sorprender al joven en absoluto) y parecía sensata, por añadidura; pero el asunto no cuajó porque, en opinión de él, estaban en “ciclos distintos”. Qué tipo de ciclos, no lo especificó. Una excusa tan poco trabajada me lleva a pensar que el joven era, en efecto, una víctima del minimalismo textual alarmantemente propenso a amputar sus ideas con la misma alegría con la que amputaba su lenguaje. O que era tonto.

       La señora que basaba su filosofía de vida en el “mente in corpore” me trajo más turbias reminiscencias de esoterismos y metempsicosis. Todos tenemos alguna vez la mente un poco ausente, pero no tan radicalmente “extra corpore”, eso espero al menos, como para hacer del asunto nada más y nada menos que toda una filosofía de vida. Yo, desde luego, no pienso hacerlo. En nuestra vida social ya resultan demasiado cansinas las numerosas ocasiones en las que nos vemos obligados dilucidar si las personas con las que nos relacionamos tienen o no tienen vida cerebral, como para añadir la fatiga de discernir si llevan su mente “in córpore” o se la han dejado encima del aparador.

           Se me ocurre pensar que en el caso de esta señora tal vez se hayan combinado dos errores muy frecuentes hoy en día: confundir mente con alma y ser asiduo a los programas de Iker Jiménez. De esa mêlée tan insana  ha podido surgir un batiburrillo que mezcle y confunda la transmigración de las almas con una hipotética extra-corporeidad de las mentes; y es digno de lástima imaginar que una buena señora se pase el día pensando en mentes que van pasando de un cuerpo a otro, o elevándose a sutiles niveles superiores, o simplemente extracorporeizándose al menor descuido nuestro (o suyo).

           Para mi tranquilidad, al “mente in corpore” siguió un exhaustivo relato de todas las actividades deportivas a las que la señora dedica su tiempo, pudiendo así comprobar con alivio que era sin asomo de duda un grave víctima de su minimalismo textual, y que, con las prisas, había reducido el venerable “mens sana in corpore sano” a ese “mente in corpore” tan breve y pizpireto. Me veo obligado a decir que, en mi modesta opinión, nuestra amiga había centrado sus esfuerzos casi exclusivamente en el “corpore”, dejando la mente para más tarde. Lo digo porque cuando le presentaron a su cita, que era el tipo más extremo, desagradable y carpetovetónico de gañan machista a lo Arturo Fernández, la señora se deshacía en elogios, y le pareció “todo un caballero”. A mayor abundamiento en mi impresión de que la filosofía de la dama escoraba por la parte mental, su afirmación  de que una de las cosas que más le gustaban del verraco galantuomo era que “huele muy bien”. Nunca he tenido una cita a ciegas, pero siempre he dado por supuesto que a esos acontecimientos no va la gente oliendo a macho cabrío. Maravillarse porque su cita “huele bien” denota una desmesurada consideración por su sentido del olfato, en claro detrimento de su sentido común. En fin, mente in corpore.

      Otra conversación entre una pareja “a ciegas”, como pincelada final, y sin relación con el minimalismo textual. Es una muestra de como el acceso universal a la cultura que nos da internet no sirve absolutamente para nada y de como el progreso solamente algunas veces significa avance. Preguntado por su obra de arte favorita, el sujeto contestó rápidamente: “Es una de Leonardo da Vinci”. “¿El Código da Vinci?”, replicó agudamente su pareja. “No, esa no, es la de la cena, pero no me sale el nombre”.


sábado, 29 de junio de 2019

BELLEZA




Dudo que se haya escrito música más bella que las “Variaciones Goldberg”. Ya, ya sé que Bach tiene muchas más cosas admirables y bellas. Siempre se me humedecen los ojos con “La Pasión según San Mateo”; y se me levanta el ánimo con los Conciertos de Brandenburgo; y yo lloro como una Madalena con la “Oda a Santa Cecilia” de 1683, de Purcell, que me trae al alma la memoria de mi hermana Zuzu; y me dan miedo las “Ogives” y las “Gymnopedies” de Satie. Pero las “Variaciones Goldberg” son belleza en estado puro. Eso siento. Y es de belleza de lo que querría hablaros.
Mi hermano Rafa murió hace unos días. Y todo se ha roto.
Hemos sido educados, mis hermanos y yo, en la estricta regla victoriana de no dejarse arrastrar por el drama. Esa norma que dicta que cuanto más grande es el dolor, mas recios deben ser el autocontrol y la resistencia. Es inapropiado, dice esa regla, cargar a los demás con los lloros y las lamentaciones propias, porque los demás las sufren igualmente. Pero si no lloro me ahogo; si no me lamento me destruyo. Me resulta físicamente imposible atenerme a la buena educación. Quiero llorar y quiero que todos sepáis que estoy llorando. No quiero consuelo (no lo hay), pero quiero hacer de mi dolor un acto de rebeldía contra todo aquello que, con la mejor voluntad, me incrustaron en el alma. Y sobre todo, un último acto de amor a Rafa, pese a que él estaría seguramente en desacuerdo con esta exhibición de duelo.
Pero quería hablaros de belleza, no de dolor. Belleza como la de las “Variaciones Goldberg” que ahora estoy escuchando.
A lo largo, larguísimo, de estos últimos días, he estado escuchando y leyendo las unánimes loas a Rafa: honesto, caballero, dialogante, bueno, honrado, leal… Todo ello es cierto, pero nadie ha dicho la verdad nuclear sobre mi hermano: era bello. De su belleza se desprendía todo lo demás. Era una bella persona, es cierto, pero sobre todo era una persona bella.
No me resigno a la muerte de mi hermano, ni la acepto, ni me da la gana de asumir que así es la vida. Reniego de la religión y del ateísmo. Y si no creo que su muerte ha sido injusta es solamente porque no creo en la justicia. No puedo atenerme a lo conveniente. Pido perdón a mi familia porque sé que este vómito de sentimiento es contrario a las normas, pero no me da la gana  tragarlo.
Ha ocurrido que sobre nosotros ha caído como un mantra tibetano, indudablemente con la mejor voluntad, el lamento por lo que habrá sido para nosotros “el último mes”. “Que duro!, “que triste”. QUE BELLO, digo yo.
El último mes de mi hermano fue, por decisión suya, una cuestión de familia. Cuestión de esa familia de la que que él, junto con mi hermana Zuzu, fue constructor y cimiento, pilar alrededor del cual todos trepábamos. Pero quiero deciros que día a día, este último mes, esa esa habitación de Valdecilla ha sido una fuente de belleza. Ningún detalle voy a dar de un tiempo que él decidió que fuese íntimo, pero os aseguro que todos los días nos regalaba un pedacito de belleza. ¿Duro? DurísImo? ¿Bello? Bellísimo.
Nadie abrazaba como Rafa. Año tras año, en Nochebuena, hemos acudido toda la familia en tropel hasta su casa. Y de esas nochebuenas, la fiesta por excelencia de la familia, lo mejor era ese abrazo de Rafa al llegar. Era, por decirlo brevemente, un abrazo pleno. ¿Conocéis el segundo movimiento de la Séptima de Beethoven? Así era.
Ahora que han pasado los homenajes y las visitas, las llamadas y los mensajes, el reconocimiento y los honores, ya puedo decir con libertad que aún sabiendo por experiencia que lo insoportable puede soportarse, a partir de la muerte de Rafa todo será peor. Pero sobre todo quiero decir que hasta su último instante, parafraseando a Byron:


 "caminó rodeado de  belleza, como la noche 


De cimas despejadas y noches estrelladas 


Y lo mejor de lo oscuro y lo brillante


Se encontraba en sus rasgos y en sus ojos



domingo, 5 de agosto de 2018

SABIDURÍA POPULAR

          Se equivocan quienes piensan que en los pueblos la gente tiene menos posibilidades de desarrollar sus inquietudes intelectuales, políticas y filosóficas que los habitantes de las ciudades. Es cierto que hay menor número de centros culturales, ateneos, asociaciones y círculos de discusión, pero la semilla de la sabiduría florece tan esplendorosa en el agro como en la urbe. En cuanto a expresarse, se expresa en donde puede. Atenas disponía de las stoas del ágora para estos menesteres, Renedo tiene las terrazas de Luis de la Concha. En un sitio tan pequeño es difícil sentarse en una terraza y estar mucho rato solo, pero merece la pena intentarlo de vez en cuando y prestar atención, con disimulo a ser posible, a las conversaciones de las mesas vecinas. Os aseguro que el famoso refrán “nunca te acostarás sin saber una cosa más” se verá cumplido con creces.


            A propósito del caso del “Tirador de Turieno”, por poner un ejemplo,  pude enterarme hace poco de las claves que explican los verdaderos intríngulis del asunto. De hecho puede enterarme de que el caso tenía intríngulis. La prensa nos ha informado que el tirador de Turieno es un señor al que hace un par de semanas o tres, tras una violenta discusión con su hermano, le dio la tontuna de recibir a tiro limpio a los guardias civiles que acudieron a tratar de restablecer la paz fraterna. Acto seguido se atrincheró en su casa (de Turieno) escopeta en ristre, disparando por la ventana de vez en cuando. A la violencia artillera del caso se unió la polémica cuando el atrincherado logró escabullirse al monte ante las mismísimas barbas de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Se informó también que el sujeto en cuestión tenía antecedentes de tráfico y consumo de drogas. Al día siguiente de la fuga fue capturado cuando volvía al pueblo y asunto resuelto. Aparentemente. Yo en verano tengo la costumbre de creérmelo todo, porque la mayor parte de las cosas que leo en prensa me importan bastante poco, y porque el esfuerzo intelectual de dudar resulta agotador con estos espantosos calores. Debido esa frívola actitud mía  estaba lejos de sospechar que toda la información sobre el caso del tirador de Turieno fuese, como así parece haber sido,  una conspiración de tomo y lomo, un maquiavélico montaje destinado a engañarnos del modo más repugnante. 

            ¿Cómo lo supe? Poniendo la oreja en modo parabólica en una terraza de Luis de la Concha. Lo hice por el virulento empeño que una mujer estaba dedicando a  explicar a los dos hombres que la acompañaban la verdadera verdad del “Caso Turieno”. La actitud de la mujer respecto de las noticias publicadas en prensa era, creo yo, tan radicalmente distinta de la mía como es posible: yo me lo creo todo y ella no se creía nada, ni en verano, ni en invierno. La idea motora de su discurso parecía estructurarse alrededor de un “Mierda de periodismo. Mierda de periodismo y mierda de políticos”, que repetía como un mantra pero sin asomo de espiritualidad en la entonación. “Todo lo que nos han dicho es mentira (mierda de periodismo y mierda de políticos). Ni drogadicto ni nada, a ese chico le han dado “algo” y por eso se ha puesto así” (mierda de periodismo y mierda de políticos). El punto de vista me pareció interesantísimo porque jamás se me hubiese ocurrido pensar que alguien (probablemente la mierda de periodistas o la mierda de políticos) se dedicase a “dar algo” a los pacíficos ciudadanos, con el fin de que se pongan a pegar tiros a la guardia Civil para, a continuación, engañar al pueblo soberano así, por capricho. Resulta tan absurdo que tiene que ser necesariamente cierto. Uno de sus acompañantes debió hacerse una reflexión como la mía, o parecida, porque se le ocurrió preguntar el motivo por el que le “dieron algo” al pobre desgraciado, a lo que la mujer, con más vocación de oradora que de polemista, contesto con un airado “vete a saber, porque todo es una mierda” (mierda de periodismo y mierda de políticos) muy poco convincente, pero dicho en un tono que invitaba poco a la réplica. Parece ser que lo de la fuga fue verdad, pero ocurrió porque los guardias civiles “no tienen cojones”. De nuevo objetó el acompañante preguntón (que no se había ido a saber a nigún sitio) que “por mil euros que ganan, no van a jugarse la vida” y esta vez pagó la imprudencia temeraria con un fuego graneado de “¡No, que ganan dos mil!”, “Qué se acojonaron”, “mierda de periodismo y mierda de políticos”, que concluyó con un revelador “con Franco no tenían cojones”.

               Total, que “El caso del tirador de Turieno” queda más o menos así: A un pacífico lebaniego le “pusieron algo” que provocó en él una intensa furia tiroteadora. La razón de que se lo pusiesen es que todo es una mierda. Debido a la falta de cojones de unos guardias civiles que están obligados a jugarse la vida porque ganan dos mil al mes, se escapó al monte al tiempo que unos periodistas y unos políticos de mierda, que ahora sí tienen los cojones que no tenían con Franco, inventan una historieta para taparlo todo. Y de cosas así solo te enteras en las terrazas de Luis de la Concha.

               En otra ocasión, también reciente, mi maleducada costumbre de escuchar las conversaciones ajenas me llevó por los territorios de la sociología, la filosofía y la medicina, todo en uno. De nuevo tres “terracistas”, todos hombres. Dos de ellos escuchando con cierta falta de interés y el tercero dándolo todo  en una especie de clase magistral improvisada. La frase que captó mi atención fue: “El problema es que ahora, si no aceptas a los “trans”, te llaman homófono (sic)" y esa tendencia es peligrosa porque  "los "trans" generan un estereotipo y eso provoca la baja natalidad”. Se puede  aceptar que entre las palabras “transexualidad” y “natalidad” se de un ligero parecido, aunque cuesta un poco comprender ese salto desde la negra intransigencia  a la inocente homofonía. Más duro se hace intentar poner en relación los estereotipos con la baja tasa de nacimientos pero, claro está, eso es porque yo no soy filósofo. Sobre el antojo de los “trans” de generar estereotipos no había oído hablar hasta ese momento. Dí tú si no se aprenden cosas tomando un Martini en Renedo.


                 Poco a poco me fui dando cuenta de que el tema “trans” no era más que una pequeña parte de un todo filosófico centrado en el viejo asunto de la causalidad, ya que mi docto vecino de mesa pasó a aplicar inmediatamente a la medicina la lógica causa-efecto. El gran problema de los médicos de cabecera es, según parece, que los médicos “recetan lo mismo a todos los pacientes, porque recetan por los efectos y no por las causas”. Personalmente nunca me ha ocurrido eso de ir a ver al médico con un catarro y salir de la consulta con una receta para un pañuelo, pero parece ser que ocurre. Este recetar tan al margen de la causalidad, tan verdaderamente al turuntuntún, se traduce en que a un mismo paciente le prescriben con mucha frecuencia “medicamentos antagonistas”. El antagonismo medicamentoso me dejó bastante estupefacto. Es sabido que la competencia entre laboratorios farmacéuticos es feroz, pero ignoraba yo que los propios medicamentos entrasen en la liza y sintiesen tan gran rivalidad entre ellos mismos. Otro lamentable defecto de los facultativos es no recetar “nada vegetal”, sabiendo como se sabe que “las lentejas tienen mucho hierro”, y que los vegetales “potencian cualidades”.Lamento tener que reconocer mi total desconocimiento de las cualidades que han potenciado en mí las lechugas, las coles de Bruselas y las judías verdes; de hecho lo único que suelen potenciarme es la tristeza cuando las veo en el plato, pero a partir de ahora prometo estar más atento no vaya a ser que esté potenciando cualidades que no me convengan.

                  La charla terminó, en lo que a mi respecta, con una eufórica reafirmación del Principio de Causalidad al poner en inequívoca relación causa-efecto al cambio climático con el hombre. “Ahí sí, ahí sí”, exclamó triunfante nuestro filósofo, “Ahí hay causa y efecto, porque el hombre provoca un efecto que tiene causa”. No digo yo que ese "eureka" causal se pueda considerar indiscutible, porque es evidente que la frase deja suelto algún cabo que otro. Pero estoy seguro, a tenor del entusiasmo con que fue dicha, que detrás de esa aparente falta de solidez se ocultaban sesudas reflexiones que, por desgracia, no consideró oportuno exponer ante un público tan escasamente participativo.

                Para otra ocasión dejo el relato de cómo un vecino de Renedo, ayudado por su hermano, tuvo una participación activa y trascendental en la caída del Muro de Berlín.





jueves, 12 de julio de 2018

MONTESCLAROS

           He estado hace poco de excursión por el sur de Cantabria , que es la tierra natal de mi familia materna.  Estuve en Mataporquera,  el pueblo de mi abuelo Tuto. Dejando a un lado Guarroman ( y quizás la gaditana “Barriada del Meadero de la Reina”) no conozco pueblo con nombre menos glamouroso que Mataporquera, con esa resonancia tan rotunda a morcillas, costillas adobadas y  chones chillando mientras les desangran. Tampoco es muy bonito, la verdad sea dicha. Lo preside y domina una gigantesca cementera y tiene un aire general de barriada industrial victoriana, un poco al estilo de “Qué verde era mi valle”. Es cierto que ha mejorado bastante, porque cuando de niño me llevaban mis padres a visitar a una de mis tías abuelas estaba totalmente cubierto del polvo gris del cemento y ahora luce limpio y aseado, pero bonito no es. 



De Mataporquera, atravesando el bello Valle de Valdeolea, me llegué al recoleto lugar de Reinosilla que vio nacer a mi abuela Pacha.  Todo lo rural y pintoresco que os podáis imaginar se arrejunta en Reinosilla: la torre hidalga y descascarillada, las dos o tres casas grandes de piedra, las casucas rodeadas de árboles y huertas que van trepando por la loma hasta le ermita románica de San Isidoro. Por tener, hasta puente romano tiene. Mi abuela Pacha tenía un porte tan imponente y un moño tan inasequible al desaliento que me resulta difícil imaginarla cuando era niña, pero por algunas fotos antiguas de la familia puedo intentar verla con un lazo gigante en la cabeza, acompañada por su prodigiosa cantidad de hermanas, siguiendo a mi bisabuela (más imponente y más moñuda) por la cuesta de San Isidoro en algún día de romería.


Camino del Pantano del Ebro pasé por el monasterio de Montesclaros, y esto ya me trajo recuerdos más personales. 

Allá por los remotos tiempos de mi juventud di en encapricharme por pasar unos días de retiro en un monasterio. Si he de ser sincero no recuerdo si lo hice por puro esnobismo o por verdaderas ganas de retirarme a pensar, descansar y estar tranquilo. Lo más probable es que fuese una combinación de ambas cosas, porque si bien es cierto que siempre he tenido  ese tipo de inclinaciones que suelen llamarse, generalmente con sorna, “espirituales, también lo es el hecho de que en aquella época era yo muy aficionado ha hacerme el original. Mi primera intención era irme a Yuste o al Monasterio de Piedra, pero el tambaleante estado de mi cuenta corriente aconsejaba dejarse de resonancias imperiales o acuiferos bilbilitanos y buscar opciones más modestas. Y allí estaba Montesclaros como combinación perfecta entre mis altas ansias eremíticas y mis bajas opciones presupuestarias: relativamente cercano, totalmente aislado y sorprendentemente barato.

Pude comprobar el otro día que el monasterio ha sido sometido a una concienzuda restauración, pero no era así cuando yo estuve. Seguramente está mejor ahora pero yo añoro un poco aquel decrépito conjunto de edificios que no llegaban a la ruina, pero que la veían aproximarse a grandes pasos, un poco como La Encimada de Vetusta. La hospedería parece ahora un almacén de cereales reciclado en centro de interpretación, pero entonces su aspecto oscilaba entre el de un hospicio y una cárcel modelo a medio hacer. El edificio es tan enorme como feo y en aquellos días del mes de febrero estaba habitado únicamente por un joven religioso del que se me dijo que no quería contacto con nadie, y por este su seguro servidor. De esto me informó el Padre Ecónomo mientras me conducía a través de un recibidor con dimensiones catedralicias hacia unas escaleras interminables y un pasillo lóbrego y poco iluminado. Llegados a mi habitación tuvo también la gentileza de decirme que la poca afluencia de huéspedes hacía que resultase trágicamente antieconómico mantener caldeado el edificio y proporcionar agua caliente para las duchas. Yo contaba con que el régimen de vida semi-monacal de la hospedería fuese decorosamente austero, pero ni por asomo se me había ocurrido que el lote incluyese una frigidez ambiental tan extremada y mucho menos el tener que someterme a un tratamiento de duchas frías. Pero así estaban las cosas. Aquella noche dormí con tres mantas, que fueron aumentando hasta seis en el transcurso de los siguientes días. Aquello era como dormir debajo de una placa de hormigón armado, pero al menos así no tiritaba. 

Una vez instalado comencé a disfrutar de mi retiro. Las mañanas empezaban con la ducha, operación que me llevaba alrededor de tres cuartos de hora: un minuto debajo del agua y cuarenta y cuatro reuniendo el valor necesario para meterme debajo de aquel chorro de agua a punto de congelación. El desayuno, y el resto de las comidas, no se hacía en la hospedería sino en un comedor vecino al refectorio y consistía en café con leche y unas cuantas tristes galletas María. Un par de días coincidí con el joven religioso del que se me dijo que no quería contacto con nadie quien, efectivamente, no era muy sociable, pero casi siempre hacía las comidas solo. Ignoro completamente que dice sobre la gastronomía la Regla de los Reverendos Padres Dominicos, pero sí puedo atestiguar que en la dieta de sus huéspedes hay una desagradable tendencia a abusar de la col lombarda. Quiero creer que en aquellos diez días algo me darían de comer que no fuese ese asqueroso repollo morado, pero yo no lo recuerdo. Quizás el buen padre ecónomo, quien por cierto era la viva imagen del fraile panzudo bien alimentado, pensase que si aguantábamos estoicamente el dormitorio gélido y la ducha helada, aguantaríamos también con alegría una sobredosis de col lombarda y así ahorraba al monasterio un buen dinerito, no sé.

Monstesclaros es un sitio precioso y los alrededores están llenos de caminos y vericuetos para pasear rodeado de la paz de la naturaleza, de modo que los dos o tres primeros días dedicaba las mañanas a subir y bajar como una cabra por las cuestas y peñascos, bajar andando al río y demás aventuras pastoriles. Algunas veces, cuando la combinación de frío y col lombarda se me hacía muy cuesta arriba, subía hasta una loma desde la que podía verse el tentador apeadero ferroviario que en poco tiempo podría llevarme desde aquellas austeridades espartanas hasta las bendiciones térmicas y culinarias de la civilización moderna. Pero siempre resistía la tentación. Este pasear mío se vio severamente restringido cuando la hija de la cocinera me aconsejo que no pasease sin un buena vara en la mano, que le pidiese una al jardinero. A mí, que soy mucho de pensar en la imagen propia, me parecía que eso de la vara era llevar un poco hasta la exageración peregrina la sobria estampa de retirado del mundo que me había propuesto tener, y me negué lo más cortesmente que pude a seguir el consejo. Pero ella insistió con el argumento de que todos los que salían a pasear la llevaban “por si se encontraban un víbora”. Ni que decir tiene que con esa información en mente cambié las caminatas por un discreto deambular por el recinto del monasterio y sus mas próximos alrededores, sin vara.


Este relativo confinamiento tuvo como consecuencia el darme de narices cada dos por tres con la hija de la cocinera, el jardinero y, en más raras ocasiones, con el Padre Abad del monasterio. De mi amable trato con los dos primeros obtuve el privilegio de poder ir por la noche a la cocina. La cocina fue el único sitio de Montesclaros en el que no pasé frío. Al contrario, siempre hacía un calorcito muy agradable que era un verdadero lujo oriental en aquel entorno siberiano. Se daba además la circunstancia de que la cocinera, su hija y el jardinero eran muy aficionados a jugar al Tute y les venía muy bien un cuarto jugador para animar sus partidas nocturnas. Confieso que me entregué a aquellas noches clandestinas de calorcito y Tute, abundantemente regadas con Chinchón dulce, con una pasión bastante impropia de un retirado espiritual, pero la carne es débil. Claro que en el pecado llevaba la penitencia, porque era un sacrificio muy grandísimo tener que salir de aquel ambiente para ir  al inhóspito caseroton en el que dormía.

La relación con el Padre Abad dio también hermosos frutos, pero, claro está, de índole completamente diferente. Casi nada más llegar yo a Montesclaros me ofreció su consejo y ayuda espirituales, pero ante mi (algo cohibida) confesión de agnosticismo no insistió más en el asunto. Afortunadamente el Abad era persona transigente y a pesar de mi desvergonzada falta de fe todas las noches, una vez deglutida a duras penas la col lombarda, me venía a buscar al comedor de huéspedes y salíamos juntos a dar un paseo.  Hacía en la calle un frío que pelaba, pero no tanto como en mi dormitorio. Me contaba su vida en las misiones, que era lo que de verdad le gustaba, y un poco de todo lo suyo y lo mío. Y cuando no conversábamos, el Abad, que era astrónomo aficionado, me señalaba las estrellas y constelaciones que tan nítidas se veían en aquellas alturas montiscas y sin rastro de nubes. Tengo muy buen recuerdo de aquellos paseos nocturnos, aunque admito que el pensar en el tute y el Chinchón dulce que me esperaban en la cocina me llevaron más de una vez a acortarlos un poquito.

No he vuelto a comer col lombarda, ni creo que lo haga, pero me quedó buen recuerdo de Montesclaros.