domingo, 30 de junio de 2019
sábado, 29 de junio de 2019
BELLEZA
Dudo que se haya escrito música más bella que las “Variaciones Goldberg”. Ya, ya sé que Bach tiene muchas más cosas admirables y bellas. Siempre se me humedecen los ojos con “La Pasión según San Mateo”; y se me levanta el ánimo con los Conciertos de Brandenburgo; y yo lloro como una Madalena con la “Oda a Santa Cecilia” de 1683, de Purcell, que me trae al alma la memoria de mi hermana Zuzu; y me dan miedo las “Ogives” y las “Gymnopedies” de Satie. Pero las “Variaciones Goldberg” son belleza en estado puro. Eso siento. Y es de belleza de lo que querría hablaros.
Mi hermano Rafa murió hace unos días. Y todo se ha roto.
Hemos sido educados, mis hermanos y yo, en la estricta regla victoriana de no dejarse arrastrar por el drama. Esa norma que dicta que cuanto más grande es el dolor, mas recios deben ser el autocontrol y la resistencia. Es inapropiado, dice esa regla, cargar a los demás con los lloros y las lamentaciones propias, porque los demás las sufren igualmente. Pero si no lloro me ahogo; si no me lamento me destruyo. Me resulta físicamente imposible atenerme a la buena educación. Quiero llorar y quiero que todos sepáis que estoy llorando. No quiero consuelo (no lo hay), pero quiero hacer de mi dolor un acto de rebeldía contra todo aquello que, con la mejor voluntad, me incrustaron en el alma. Y sobre todo, un último acto de amor a Rafa, pese a que él estaría seguramente en desacuerdo con esta exhibición de duelo.
Pero quería hablaros de belleza, no de dolor. Belleza como la de las “Variaciones Goldberg” que ahora estoy escuchando.
A lo largo, larguísimo, de estos últimos días, he estado escuchando y leyendo las unánimes loas a Rafa: honesto, caballero, dialogante, bueno, honrado, leal… Todo ello es cierto, pero nadie ha dicho la verdad nuclear sobre mi hermano: era bello. De su belleza se desprendía todo lo demás. Era una bella persona, es cierto, pero sobre todo era una persona bella.
No me resigno a la muerte de mi hermano, ni la acepto, ni me da la gana de asumir que así es la vida. Reniego de la religión y del ateísmo. Y si no creo que su muerte ha sido injusta es solamente porque no creo en la justicia. No puedo atenerme a lo conveniente. Pido perdón a mi familia porque sé que este vómito de sentimiento es contrario a las normas, pero no me da la gana tragarlo.
Ha ocurrido que sobre nosotros ha caído como un mantra tibetano, indudablemente con la mejor voluntad, el lamento por lo que habrá sido para nosotros “el último mes”. “Que duro!, “que triste”. QUE BELLO, digo yo.
El último mes de mi hermano fue, por decisión suya, una cuestión de familia. Cuestión de esa familia de la que que él, junto con mi hermana Zuzu, fue constructor y cimiento, pilar alrededor del cual todos trepábamos. Pero quiero deciros que día a día, este último mes, esa esa habitación de Valdecilla ha sido una fuente de belleza. Ningún detalle voy a dar de un tiempo que él decidió que fuese íntimo, pero os aseguro que todos los días nos regalaba un pedacito de belleza. ¿Duro? DurísImo? ¿Bello? Bellísimo.
Nadie abrazaba como Rafa. Año tras año, en Nochebuena, hemos acudido toda la familia en tropel hasta su casa. Y de esas nochebuenas, la fiesta por excelencia de la familia, lo mejor era ese abrazo de Rafa al llegar. Era, por decirlo brevemente, un abrazo pleno. ¿Conocéis el segundo movimiento de la Séptima de Beethoven? Así era.
Ahora que han pasado los homenajes y las visitas, las llamadas y los mensajes, el reconocimiento y los honores, ya puedo decir con libertad que aún sabiendo por experiencia que lo insoportable puede soportarse, a partir de la muerte de Rafa todo será peor. Pero sobre todo quiero decir que hasta su último instante, parafraseando a Byron:
"caminó rodeado de belleza, como la noche
De cimas despejadas y noches estrelladas
Y lo mejor de lo oscuro y lo brillante
Se encontraba en sus rasgos y en sus ojos"
miércoles, 15 de agosto de 2018
domingo, 5 de agosto de 2018
SABIDURÍA POPULAR
Se equivocan quienes piensan que en los pueblos la gente tiene menos posibilidades de desarrollar sus inquietudes intelectuales, políticas y filosóficas que los habitantes de las ciudades. Es cierto que hay menor número de centros culturales, ateneos, asociaciones y círculos de discusión, pero la semilla de la sabiduría florece tan esplendorosa en el agro como en la urbe. En cuanto a expresarse, se expresa en donde puede. Atenas disponía de las stoas del ágora para estos menesteres, Renedo tiene las terrazas de Luis de la Concha. En un sitio tan pequeño es difícil sentarse en una terraza y estar mucho rato solo, pero merece la pena intentarlo de vez en cuando y prestar atención, con disimulo a ser posible, a las conversaciones de las mesas vecinas. Os aseguro que el famoso refrán “nunca te acostarás sin saber una cosa más” se verá cumplido con creces.
A propósito del caso del “Tirador de Turieno”, por poner un ejemplo, pude enterarme hace poco de las claves que explican los verdaderos intríngulis del asunto. De hecho puede enterarme de que el caso tenía intríngulis. La prensa nos ha informado que el tirador de Turieno es un señor al que hace un par de semanas o tres, tras una violenta discusión con su hermano, le dio la tontuna de recibir a tiro limpio a los guardias civiles que acudieron a tratar de restablecer la paz fraterna. Acto seguido se atrincheró en su casa (de Turieno) escopeta en ristre, disparando por la ventana de vez en cuando. A la violencia artillera del caso se unió la polémica cuando el atrincherado logró escabullirse al monte ante las mismísimas barbas de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Se informó también que el sujeto en cuestión tenía antecedentes de tráfico y consumo de drogas. Al día siguiente de la fuga fue capturado cuando volvía al pueblo y asunto resuelto. Aparentemente. Yo en verano tengo la costumbre de creérmelo todo, porque la mayor parte de las cosas que leo en prensa me importan bastante poco, y porque el esfuerzo intelectual de dudar resulta agotador con estos espantosos calores. Debido esa frívola actitud mía estaba lejos de sospechar que toda la información sobre el caso del tirador de Turieno fuese, como así parece haber sido, una conspiración de tomo y lomo, un maquiavélico montaje destinado a engañarnos del modo más repugnante.
¿Cómo lo supe? Poniendo la oreja en modo parabólica en una terraza de Luis de la Concha. Lo hice por el virulento empeño que una mujer estaba dedicando a explicar a los dos hombres que la acompañaban la verdadera verdad del “Caso Turieno”. La actitud de la mujer respecto de las noticias publicadas en prensa era, creo yo, tan radicalmente distinta de la mía como es posible: yo me lo creo todo y ella no se creía nada, ni en verano, ni en invierno. La idea motora de su discurso parecía estructurarse alrededor de un “Mierda de periodismo. Mierda de periodismo y mierda de políticos”, que repetía como un mantra pero sin asomo de espiritualidad en la entonación. “Todo lo que nos han dicho es mentira (mierda de periodismo y mierda de políticos). Ni drogadicto ni nada, a ese chico le han dado “algo” y por eso se ha puesto así” (mierda de periodismo y mierda de políticos). El punto de vista me pareció interesantísimo porque jamás se me hubiese ocurrido pensar que alguien (probablemente la mierda de periodistas o la mierda de políticos) se dedicase a “dar algo” a los pacíficos ciudadanos, con el fin de que se pongan a pegar tiros a la guardia Civil para, a continuación, engañar al pueblo soberano así, por capricho. Resulta tan absurdo que tiene que ser necesariamente cierto. Uno de sus acompañantes debió hacerse una reflexión como la mía, o parecida, porque se le ocurrió preguntar el motivo por el que le “dieron algo” al pobre desgraciado, a lo que la mujer, con más vocación de oradora que de polemista, contesto con un airado “vete a saber, porque todo es una mierda” (mierda de periodismo y mierda de políticos) muy poco convincente, pero dicho en un tono que invitaba poco a la réplica. Parece ser que lo de la fuga fue verdad, pero ocurrió porque los guardias civiles “no tienen cojones”. De nuevo objetó el acompañante preguntón (que no se había ido a saber a nigún sitio) que “por mil euros que ganan, no van a jugarse la vida” y esta vez pagó la imprudencia temeraria con un fuego graneado de “¡No, que ganan dos mil!”, “Qué se acojonaron”, “mierda de periodismo y mierda de políticos”, que concluyó con un revelador “con Franco no tenían cojones”.
Total, que “El caso del tirador de Turieno” queda más o menos así: A un pacífico lebaniego le “pusieron algo” que provocó en él una intensa furia tiroteadora. La razón de que se lo pusiesen es que todo es una mierda. Debido a la falta de cojones de unos guardias civiles que están obligados a jugarse la vida porque ganan dos mil al mes, se escapó al monte al tiempo que unos periodistas y unos políticos de mierda, que ahora sí tienen los cojones que no tenían con Franco, inventan una historieta para taparlo todo. Y de cosas así solo te enteras en las terrazas de Luis de la Concha.
En otra ocasión, también reciente, mi maleducada costumbre de escuchar las conversaciones ajenas me llevó por los territorios de la sociología, la filosofía y la medicina, todo en uno. De nuevo tres “terracistas”, todos hombres. Dos de ellos escuchando con cierta falta de interés y el tercero dándolo todo en una especie de clase magistral improvisada. La frase que captó mi atención fue: “El problema es que ahora, si no aceptas a los “trans”, te llaman homófono (sic)" y esa tendencia es peligrosa porque "los "trans" generan un estereotipo y eso provoca la baja natalidad”. Se puede aceptar que entre las palabras “transexualidad” y “natalidad” se de un ligero parecido, aunque cuesta un poco comprender ese salto desde la negra intransigencia a la inocente homofonía. Más duro se hace intentar poner en relación los estereotipos con la baja tasa de nacimientos pero, claro está, eso es porque yo no soy filósofo. Sobre el antojo de los “trans” de generar estereotipos no había oído hablar hasta ese momento. Dí tú si no se aprenden cosas tomando un Martini en Renedo.
Poco a poco me fui dando cuenta de que el tema “trans” no era más que una pequeña parte de un todo filosófico centrado en el viejo asunto de la causalidad, ya que mi docto vecino de mesa pasó a aplicar inmediatamente a la medicina la lógica causa-efecto. El gran problema de los médicos de cabecera es, según parece, que los médicos “recetan lo mismo a todos los pacientes, porque recetan por los efectos y no por las causas”. Personalmente nunca me ha ocurrido eso de ir a ver al médico con un catarro y salir de la consulta con una receta para un pañuelo, pero parece ser que ocurre. Este recetar tan al margen de la causalidad, tan verdaderamente al turuntuntún, se traduce en que a un mismo paciente le prescriben con mucha frecuencia “medicamentos antagonistas”. El antagonismo medicamentoso me dejó bastante estupefacto. Es sabido que la competencia entre laboratorios farmacéuticos es feroz, pero ignoraba yo que los propios medicamentos entrasen en la liza y sintiesen tan gran rivalidad entre ellos mismos. Otro lamentable defecto de los facultativos es no recetar “nada vegetal”, sabiendo como se sabe que “las lentejas tienen mucho hierro”, y que los vegetales “potencian cualidades”.Lamento tener que reconocer mi total desconocimiento de las cualidades que han potenciado en mí las lechugas, las coles de Bruselas y las judías verdes; de hecho lo único que suelen potenciarme es la tristeza cuando las veo en el plato, pero a partir de ahora prometo estar más atento no vaya a ser que esté potenciando cualidades que no me convengan.
La charla terminó, en lo que a mi respecta, con una eufórica reafirmación del Principio de Causalidad al poner en inequívoca relación causa-efecto al cambio climático con el hombre. “Ahí sí, ahí sí”, exclamó triunfante nuestro filósofo, “Ahí hay causa y efecto, porque el hombre provoca un efecto que tiene causa”. No digo yo que ese "eureka" causal se pueda considerar indiscutible, porque es evidente que la frase deja suelto algún cabo que otro. Pero estoy seguro, a tenor del entusiasmo con que fue dicha, que detrás de esa aparente falta de solidez se ocultaban sesudas reflexiones que, por desgracia, no consideró oportuno exponer ante un público tan escasamente participativo.
Para otra ocasión dejo el relato de cómo un vecino de Renedo, ayudado por su hermano, tuvo una participación activa y trascendental en la caída del Muro de Berlín.
jueves, 12 de julio de 2018
MONTESCLAROS
He estado hace poco de excursión por el sur de Cantabria , que es la tierra natal de mi familia materna. Estuve en Mataporquera, el pueblo de mi abuelo Tuto. Dejando a un lado Guarroman ( y quizás la gaditana “Barriada del Meadero de la Reina”) no conozco pueblo con nombre menos glamouroso que Mataporquera, con esa resonancia tan rotunda a morcillas, costillas adobadas y chones chillando mientras les desangran. Tampoco es muy bonito, la verdad sea dicha. Lo preside y domina una gigantesca cementera y tiene un aire general de barriada industrial victoriana, un poco al estilo de “Qué verde era mi valle”. Es cierto que ha mejorado bastante, porque cuando de niño me llevaban mis padres a visitar a una de mis tías abuelas estaba totalmente cubierto del polvo gris del cemento y ahora luce limpio y aseado, pero bonito no es.
De Mataporquera, atravesando el bello Valle de Valdeolea, me llegué al recoleto lugar de Reinosilla que vio nacer a mi abuela Pacha. Todo lo rural y pintoresco que os podáis imaginar se arrejunta en Reinosilla: la torre hidalga y descascarillada, las dos o tres casas grandes de piedra, las casucas rodeadas de árboles y huertas que van trepando por la loma hasta le ermita románica de San Isidoro. Por tener, hasta puente romano tiene. Mi abuela Pacha tenía un porte tan imponente y un moño tan inasequible al desaliento que me resulta difícil imaginarla cuando era niña, pero por algunas fotos antiguas de la familia puedo intentar verla con un lazo gigante en la cabeza, acompañada por su prodigiosa cantidad de hermanas, siguiendo a mi bisabuela (más imponente y más moñuda) por la cuesta de San Isidoro en algún día de romería.
Camino del Pantano del Ebro pasé por el monasterio de Montesclaros, y esto ya me trajo recuerdos más personales.
Allá por los remotos tiempos de mi juventud di en encapricharme por pasar unos días de retiro en un monasterio. Si he de ser sincero no recuerdo si lo hice por puro esnobismo o por verdaderas ganas de retirarme a pensar, descansar y estar tranquilo. Lo más probable es que fuese una combinación de ambas cosas, porque si bien es cierto que siempre he tenido ese tipo de inclinaciones que suelen llamarse, generalmente con sorna, “espirituales, también lo es el hecho de que en aquella época era yo muy aficionado ha hacerme el original. Mi primera intención era irme a Yuste o al Monasterio de Piedra, pero el tambaleante estado de mi cuenta corriente aconsejaba dejarse de resonancias imperiales o acuiferos bilbilitanos y buscar opciones más modestas. Y allí estaba Montesclaros como combinación perfecta entre mis altas ansias eremíticas y mis bajas opciones presupuestarias: relativamente cercano, totalmente aislado y sorprendentemente barato.
Pude comprobar el otro día que el monasterio ha sido sometido a una concienzuda restauración, pero no era así cuando yo estuve. Seguramente está mejor ahora pero yo añoro un poco aquel decrépito conjunto de edificios que no llegaban a la ruina, pero que la veían aproximarse a grandes pasos, un poco como La Encimada de Vetusta. La hospedería parece ahora un almacén de cereales reciclado en centro de interpretación, pero entonces su aspecto oscilaba entre el de un hospicio y una cárcel modelo a medio hacer. El edificio es tan enorme como feo y en aquellos días del mes de febrero estaba habitado únicamente por un joven religioso del que se me dijo que no quería contacto con nadie, y por este su seguro servidor. De esto me informó el Padre Ecónomo mientras me conducía a través de un recibidor con dimensiones catedralicias hacia unas escaleras interminables y un pasillo lóbrego y poco iluminado. Llegados a mi habitación tuvo también la gentileza de decirme que la poca afluencia de huéspedes hacía que resultase trágicamente antieconómico mantener caldeado el edificio y proporcionar agua caliente para las duchas. Yo contaba con que el régimen de vida semi-monacal de la hospedería fuese decorosamente austero, pero ni por asomo se me había ocurrido que el lote incluyese una frigidez ambiental tan extremada y mucho menos el tener que someterme a un tratamiento de duchas frías. Pero así estaban las cosas. Aquella noche dormí con tres mantas, que fueron aumentando hasta seis en el transcurso de los siguientes días. Aquello era como dormir debajo de una placa de hormigón armado, pero al menos así no tiritaba.
Una vez instalado comencé a disfrutar de mi retiro. Las mañanas empezaban con la ducha, operación que me llevaba alrededor de tres cuartos de hora: un minuto debajo del agua y cuarenta y cuatro reuniendo el valor necesario para meterme debajo de aquel chorro de agua a punto de congelación. El desayuno, y el resto de las comidas, no se hacía en la hospedería sino en un comedor vecino al refectorio y consistía en café con leche y unas cuantas tristes galletas María. Un par de días coincidí con el joven religioso del que se me dijo que no quería contacto con nadie quien, efectivamente, no era muy sociable, pero casi siempre hacía las comidas solo. Ignoro completamente que dice sobre la gastronomía la Regla de los Reverendos Padres Dominicos, pero sí puedo atestiguar que en la dieta de sus huéspedes hay una desagradable tendencia a abusar de la col lombarda. Quiero creer que en aquellos diez días algo me darían de comer que no fuese ese asqueroso repollo morado, pero yo no lo recuerdo. Quizás el buen padre ecónomo, quien por cierto era la viva imagen del fraile panzudo bien alimentado, pensase que si aguantábamos estoicamente el dormitorio gélido y la ducha helada, aguantaríamos también con alegría una sobredosis de col lombarda y así ahorraba al monasterio un buen dinerito, no sé.
Monstesclaros es un sitio precioso y los alrededores están llenos de caminos y vericuetos para pasear rodeado de la paz de la naturaleza, de modo que los dos o tres primeros días dedicaba las mañanas a subir y bajar como una cabra por las cuestas y peñascos, bajar andando al río y demás aventuras pastoriles. Algunas veces, cuando la combinación de frío y col lombarda se me hacía muy cuesta arriba, subía hasta una loma desde la que podía verse el tentador apeadero ferroviario que en poco tiempo podría llevarme desde aquellas austeridades espartanas hasta las bendiciones térmicas y culinarias de la civilización moderna. Pero siempre resistía la tentación. Este pasear mío se vio severamente restringido cuando la hija de la cocinera me aconsejo que no pasease sin un buena vara en la mano, que le pidiese una al jardinero. A mí, que soy mucho de pensar en la imagen propia, me parecía que eso de la vara era llevar un poco hasta la exageración peregrina la sobria estampa de retirado del mundo que me había propuesto tener, y me negué lo más cortesmente que pude a seguir el consejo. Pero ella insistió con el argumento de que todos los que salían a pasear la llevaban “por si se encontraban un víbora”. Ni que decir tiene que con esa información en mente cambié las caminatas por un discreto deambular por el recinto del monasterio y sus mas próximos alrededores, sin vara.
Este relativo confinamiento tuvo como consecuencia el darme de narices cada dos por tres con la hija de la cocinera, el jardinero y, en más raras ocasiones, con el Padre Abad del monasterio. De mi amable trato con los dos primeros obtuve el privilegio de poder ir por la noche a la cocina. La cocina fue el único sitio de Montesclaros en el que no pasé frío. Al contrario, siempre hacía un calorcito muy agradable que era un verdadero lujo oriental en aquel entorno siberiano. Se daba además la circunstancia de que la cocinera, su hija y el jardinero eran muy aficionados a jugar al Tute y les venía muy bien un cuarto jugador para animar sus partidas nocturnas. Confieso que me entregué a aquellas noches clandestinas de calorcito y Tute, abundantemente regadas con Chinchón dulce, con una pasión bastante impropia de un retirado espiritual, pero la carne es débil. Claro que en el pecado llevaba la penitencia, porque era un sacrificio muy grandísimo tener que salir de aquel ambiente para ir al inhóspito caseroton en el que dormía.
La relación con el Padre Abad dio también hermosos frutos, pero, claro está, de índole completamente diferente. Casi nada más llegar yo a Montesclaros me ofreció su consejo y ayuda espirituales, pero ante mi (algo cohibida) confesión de agnosticismo no insistió más en el asunto. Afortunadamente el Abad era persona transigente y a pesar de mi desvergonzada falta de fe todas las noches, una vez deglutida a duras penas la col lombarda, me venía a buscar al comedor de huéspedes y salíamos juntos a dar un paseo. Hacía en la calle un frío que pelaba, pero no tanto como en mi dormitorio. Me contaba su vida en las misiones, que era lo que de verdad le gustaba, y un poco de todo lo suyo y lo mío. Y cuando no conversábamos, el Abad, que era astrónomo aficionado, me señalaba las estrellas y constelaciones que tan nítidas se veían en aquellas alturas montiscas y sin rastro de nubes. Tengo muy buen recuerdo de aquellos paseos nocturnos, aunque admito que el pensar en el tute y el Chinchón dulce que me esperaban en la cocina me llevaron más de una vez a acortarlos un poquito.
No he vuelto a comer col lombarda, ni creo que lo haga, pero me quedó buen recuerdo de Montesclaros.
miércoles, 16 de mayo de 2018
sábado, 12 de mayo de 2018
SEÑOR ARREGLADO
Hace unos días alguien que no recordaba mi nombre (o no lo sabía) le contaba a una amiga mía una anécdota de la que yo era el protagonista. Para tratar de identificarme recurrió a esos típicos “si, mujer, que viene todos los días a tomar café”, “que es amigo tuyo”, “que se sienta siempre ahí” y demás cosas de esas que generalmente no nos sirven nunca para reconocer a nadie. Pero parece ser que una de las señas que utilizó en su afán por dar pistas más concretas fue un “ese señor que va siempre arreglado”, que me ha dejado completamente anonadado. Cuando se llega a mi edad ya se está muy acostumbrado a ser definido de las más diversas formas y es raro que cualquiera de ellas nos afecte los más mínimo. Como decía Wilde “La gente de hoy se comporta con perfecta monstruosidad: habla mal de uno y a sus espaldas, diciendo cosas que son completa y absolutamente ciertas”. Eso se asume. Pero verse definido de semejante manera ya traspasa todos los límites. La frase me ha parecido tan lapidaria que me estoy planteando dejar instrucciones por escrito para que la usen como epitafio para mi tumba: “Aquí descansa ese hombre que siempre iba arreglado. DEP”.
Varias personas con las que he comentado este lamentable asunto han dado por supuesto, muy precipitadamente, que lo que me molesta de la frase es el “señor” del inicio, que de manera tan rotunda me coloca en la división de los mayores. Nada más falso. Hace ya tiempo que admití el “usted” que me dirigen los camareros mal educados y los jovenzuelos educados bien, y que me coloca en la división de los maduros. No diré que su digestión no fuese lenta, pero la hice. También hay quien me ha dicho que imite a la condesa viuda de Grantham y me tome la impertinencia como un cumplido, que es más cómodo; de hecho hay quien piensa que de verdad la frase es un cumplido, lo que a mi entender es muestra palpable de la falta de reflexión seria de la gente de hoy en día. Vayamos por partes.
“Ese señor que va siempre arreglado”. En primer lugar está el inconcreto y masificador “ese” con el que empieza la frase. Ese “ese” que me manda de una patada hacia un limbo de personalidades desdibujadas, a un hipotético batallón de hombres siempre arreglados del que yo formaría parte. “El señor que va siempre arreglado” me hubiese resultado igualmente desagradable, pero tendría al menos el consuelo de ser uno, de ser un “él” con entidad propia y personalidad característica, no un “ese” del tres al cuarto, uno más del montón de “esos” que pululan por el mundo (o, lo que sería peor, solamente por Renedo). No creo que resulte tan difícil darse cuenta del golpe brutal que supone ese “ese” para mi Ego, mi Yo y mi mismísima mismidad propia.
Del “señor” no tengo nada que decir, o casi nada. Quizás resulte un arcaísmo intolerable desde el punto de vista de la Ideología de Género por demasiado hetero-patriarcal, pero nada más. Lo que me irrita de verdad es ese “va siempre arreglado” tan poco glamuroso y tan, nuevamente, masificador porque cualquiera puede ir arreglado. Arreglarse es lo más fácil del mundo porque todos tenemos un fondo de armario con un par de americanas y tres o cuatro corbatas que te las pones (no todas al mismo tiempo, claro está) y, hala, ya estás arreglado. Ir arreglado no tiene ningún mérito y es de hecho la antítesis de la elegancia, porque “ir arreglado” se ve, salta a la vista, mientras que la elegancia sencillamente se nota sin saber muy bien por qué. Un hombre arreglado es ese joven que ves en las bodas embutido en un traje nuevo, rabiosamente moderno y muy probablemente caro y que se mueve con él como si la tela en lugar de ser de lana fría fuese de hormigón armado. Eso es ir arreglado. No pretendo yo ser el Petronio de Renedo ni el Beau Brummell de Piélagos, ni muchísimo menos, pero no me gusta nada que se me vea “arreglado”. Además ese “siempre arreglado” es un bofetón muy doloroso en la encantadora imagen “casual” que veo (o imagino ver) reflejada en mis espejos cuando me visto para ir a andar a La Vega.
Desde el punto de vista ontológico la cosa empeora todavía más, si cabe. Estoy leyendo estos día “El gran asombro. La curiosidad como estímulo en la historia de la filosofía”, de Jeanne Hersch, libro que recomiendo mucho y que me tienen muy sensibilizado sobre el ser, el estar y hasta sobre el saber estar. Me preocupa que mi causa eficiente haya llevado mi causa material “hombre" hacia la causa formal de un desdibujado “ese” cuya causa final va ser, según parece, un lamentable y poco atractivo “siempre arreglado”.
Muy triste todo.
Desde el punto de vista ontológico la cosa empeora todavía más, si cabe. Estoy leyendo estos día “El gran asombro. La curiosidad como estímulo en la historia de la filosofía”, de Jeanne Hersch, libro que recomiendo mucho y que me tienen muy sensibilizado sobre el ser, el estar y hasta sobre el saber estar. Me preocupa que mi causa eficiente haya llevado mi causa material “hombre" hacia la causa formal de un desdibujado “ese” cuya causa final va ser, según parece, un lamentable y poco atractivo “siempre arreglado”.
Muy triste todo.
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