miércoles, 15 de agosto de 2018
domingo, 5 de agosto de 2018
SABIDURÍA POPULAR
Se equivocan quienes piensan que en los pueblos la gente tiene menos posibilidades de desarrollar sus inquietudes intelectuales, políticas y filosóficas que los habitantes de las ciudades. Es cierto que hay menor número de centros culturales, ateneos, asociaciones y círculos de discusión, pero la semilla de la sabiduría florece tan esplendorosa en el agro como en la urbe. En cuanto a expresarse, se expresa en donde puede. Atenas disponía de las stoas del ágora para estos menesteres, Renedo tiene las terrazas de Luis de la Concha. En un sitio tan pequeño es difícil sentarse en una terraza y estar mucho rato solo, pero merece la pena intentarlo de vez en cuando y prestar atención, con disimulo a ser posible, a las conversaciones de las mesas vecinas. Os aseguro que el famoso refrán “nunca te acostarás sin saber una cosa más” se verá cumplido con creces.
A propósito del caso del “Tirador de Turieno”, por poner un ejemplo, pude enterarme hace poco de las claves que explican los verdaderos intríngulis del asunto. De hecho puede enterarme de que el caso tenía intríngulis. La prensa nos ha informado que el tirador de Turieno es un señor al que hace un par de semanas o tres, tras una violenta discusión con su hermano, le dio la tontuna de recibir a tiro limpio a los guardias civiles que acudieron a tratar de restablecer la paz fraterna. Acto seguido se atrincheró en su casa (de Turieno) escopeta en ristre, disparando por la ventana de vez en cuando. A la violencia artillera del caso se unió la polémica cuando el atrincherado logró escabullirse al monte ante las mismísimas barbas de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Se informó también que el sujeto en cuestión tenía antecedentes de tráfico y consumo de drogas. Al día siguiente de la fuga fue capturado cuando volvía al pueblo y asunto resuelto. Aparentemente. Yo en verano tengo la costumbre de creérmelo todo, porque la mayor parte de las cosas que leo en prensa me importan bastante poco, y porque el esfuerzo intelectual de dudar resulta agotador con estos espantosos calores. Debido esa frívola actitud mía estaba lejos de sospechar que toda la información sobre el caso del tirador de Turieno fuese, como así parece haber sido, una conspiración de tomo y lomo, un maquiavélico montaje destinado a engañarnos del modo más repugnante.
¿Cómo lo supe? Poniendo la oreja en modo parabólica en una terraza de Luis de la Concha. Lo hice por el virulento empeño que una mujer estaba dedicando a explicar a los dos hombres que la acompañaban la verdadera verdad del “Caso Turieno”. La actitud de la mujer respecto de las noticias publicadas en prensa era, creo yo, tan radicalmente distinta de la mía como es posible: yo me lo creo todo y ella no se creía nada, ni en verano, ni en invierno. La idea motora de su discurso parecía estructurarse alrededor de un “Mierda de periodismo. Mierda de periodismo y mierda de políticos”, que repetía como un mantra pero sin asomo de espiritualidad en la entonación. “Todo lo que nos han dicho es mentira (mierda de periodismo y mierda de políticos). Ni drogadicto ni nada, a ese chico le han dado “algo” y por eso se ha puesto así” (mierda de periodismo y mierda de políticos). El punto de vista me pareció interesantísimo porque jamás se me hubiese ocurrido pensar que alguien (probablemente la mierda de periodistas o la mierda de políticos) se dedicase a “dar algo” a los pacíficos ciudadanos, con el fin de que se pongan a pegar tiros a la guardia Civil para, a continuación, engañar al pueblo soberano así, por capricho. Resulta tan absurdo que tiene que ser necesariamente cierto. Uno de sus acompañantes debió hacerse una reflexión como la mía, o parecida, porque se le ocurrió preguntar el motivo por el que le “dieron algo” al pobre desgraciado, a lo que la mujer, con más vocación de oradora que de polemista, contesto con un airado “vete a saber, porque todo es una mierda” (mierda de periodismo y mierda de políticos) muy poco convincente, pero dicho en un tono que invitaba poco a la réplica. Parece ser que lo de la fuga fue verdad, pero ocurrió porque los guardias civiles “no tienen cojones”. De nuevo objetó el acompañante preguntón (que no se había ido a saber a nigún sitio) que “por mil euros que ganan, no van a jugarse la vida” y esta vez pagó la imprudencia temeraria con un fuego graneado de “¡No, que ganan dos mil!”, “Qué se acojonaron”, “mierda de periodismo y mierda de políticos”, que concluyó con un revelador “con Franco no tenían cojones”.
Total, que “El caso del tirador de Turieno” queda más o menos así: A un pacífico lebaniego le “pusieron algo” que provocó en él una intensa furia tiroteadora. La razón de que se lo pusiesen es que todo es una mierda. Debido a la falta de cojones de unos guardias civiles que están obligados a jugarse la vida porque ganan dos mil al mes, se escapó al monte al tiempo que unos periodistas y unos políticos de mierda, que ahora sí tienen los cojones que no tenían con Franco, inventan una historieta para taparlo todo. Y de cosas así solo te enteras en las terrazas de Luis de la Concha.
En otra ocasión, también reciente, mi maleducada costumbre de escuchar las conversaciones ajenas me llevó por los territorios de la sociología, la filosofía y la medicina, todo en uno. De nuevo tres “terracistas”, todos hombres. Dos de ellos escuchando con cierta falta de interés y el tercero dándolo todo en una especie de clase magistral improvisada. La frase que captó mi atención fue: “El problema es que ahora, si no aceptas a los “trans”, te llaman homófono (sic)" y esa tendencia es peligrosa porque "los "trans" generan un estereotipo y eso provoca la baja natalidad”. Se puede aceptar que entre las palabras “transexualidad” y “natalidad” se de un ligero parecido, aunque cuesta un poco comprender ese salto desde la negra intransigencia a la inocente homofonía. Más duro se hace intentar poner en relación los estereotipos con la baja tasa de nacimientos pero, claro está, eso es porque yo no soy filósofo. Sobre el antojo de los “trans” de generar estereotipos no había oído hablar hasta ese momento. Dí tú si no se aprenden cosas tomando un Martini en Renedo.
Poco a poco me fui dando cuenta de que el tema “trans” no era más que una pequeña parte de un todo filosófico centrado en el viejo asunto de la causalidad, ya que mi docto vecino de mesa pasó a aplicar inmediatamente a la medicina la lógica causa-efecto. El gran problema de los médicos de cabecera es, según parece, que los médicos “recetan lo mismo a todos los pacientes, porque recetan por los efectos y no por las causas”. Personalmente nunca me ha ocurrido eso de ir a ver al médico con un catarro y salir de la consulta con una receta para un pañuelo, pero parece ser que ocurre. Este recetar tan al margen de la causalidad, tan verdaderamente al turuntuntún, se traduce en que a un mismo paciente le prescriben con mucha frecuencia “medicamentos antagonistas”. El antagonismo medicamentoso me dejó bastante estupefacto. Es sabido que la competencia entre laboratorios farmacéuticos es feroz, pero ignoraba yo que los propios medicamentos entrasen en la liza y sintiesen tan gran rivalidad entre ellos mismos. Otro lamentable defecto de los facultativos es no recetar “nada vegetal”, sabiendo como se sabe que “las lentejas tienen mucho hierro”, y que los vegetales “potencian cualidades”.Lamento tener que reconocer mi total desconocimiento de las cualidades que han potenciado en mí las lechugas, las coles de Bruselas y las judías verdes; de hecho lo único que suelen potenciarme es la tristeza cuando las veo en el plato, pero a partir de ahora prometo estar más atento no vaya a ser que esté potenciando cualidades que no me convengan.
La charla terminó, en lo que a mi respecta, con una eufórica reafirmación del Principio de Causalidad al poner en inequívoca relación causa-efecto al cambio climático con el hombre. “Ahí sí, ahí sí”, exclamó triunfante nuestro filósofo, “Ahí hay causa y efecto, porque el hombre provoca un efecto que tiene causa”. No digo yo que ese "eureka" causal se pueda considerar indiscutible, porque es evidente que la frase deja suelto algún cabo que otro. Pero estoy seguro, a tenor del entusiasmo con que fue dicha, que detrás de esa aparente falta de solidez se ocultaban sesudas reflexiones que, por desgracia, no consideró oportuno exponer ante un público tan escasamente participativo.
Para otra ocasión dejo el relato de cómo un vecino de Renedo, ayudado por su hermano, tuvo una participación activa y trascendental en la caída del Muro de Berlín.
jueves, 12 de julio de 2018
MONTESCLAROS
He estado hace poco de excursión por el sur de Cantabria , que es la tierra natal de mi familia materna. Estuve en Mataporquera, el pueblo de mi abuelo Tuto. Dejando a un lado Guarroman ( y quizás la gaditana “Barriada del Meadero de la Reina”) no conozco pueblo con nombre menos glamouroso que Mataporquera, con esa resonancia tan rotunda a morcillas, costillas adobadas y chones chillando mientras les desangran. Tampoco es muy bonito, la verdad sea dicha. Lo preside y domina una gigantesca cementera y tiene un aire general de barriada industrial victoriana, un poco al estilo de “Qué verde era mi valle”. Es cierto que ha mejorado bastante, porque cuando de niño me llevaban mis padres a visitar a una de mis tías abuelas estaba totalmente cubierto del polvo gris del cemento y ahora luce limpio y aseado, pero bonito no es.
De Mataporquera, atravesando el bello Valle de Valdeolea, me llegué al recoleto lugar de Reinosilla que vio nacer a mi abuela Pacha. Todo lo rural y pintoresco que os podáis imaginar se arrejunta en Reinosilla: la torre hidalga y descascarillada, las dos o tres casas grandes de piedra, las casucas rodeadas de árboles y huertas que van trepando por la loma hasta le ermita románica de San Isidoro. Por tener, hasta puente romano tiene. Mi abuela Pacha tenía un porte tan imponente y un moño tan inasequible al desaliento que me resulta difícil imaginarla cuando era niña, pero por algunas fotos antiguas de la familia puedo intentar verla con un lazo gigante en la cabeza, acompañada por su prodigiosa cantidad de hermanas, siguiendo a mi bisabuela (más imponente y más moñuda) por la cuesta de San Isidoro en algún día de romería.
Camino del Pantano del Ebro pasé por el monasterio de Montesclaros, y esto ya me trajo recuerdos más personales.
Allá por los remotos tiempos de mi juventud di en encapricharme por pasar unos días de retiro en un monasterio. Si he de ser sincero no recuerdo si lo hice por puro esnobismo o por verdaderas ganas de retirarme a pensar, descansar y estar tranquilo. Lo más probable es que fuese una combinación de ambas cosas, porque si bien es cierto que siempre he tenido ese tipo de inclinaciones que suelen llamarse, generalmente con sorna, “espirituales, también lo es el hecho de que en aquella época era yo muy aficionado ha hacerme el original. Mi primera intención era irme a Yuste o al Monasterio de Piedra, pero el tambaleante estado de mi cuenta corriente aconsejaba dejarse de resonancias imperiales o acuiferos bilbilitanos y buscar opciones más modestas. Y allí estaba Montesclaros como combinación perfecta entre mis altas ansias eremíticas y mis bajas opciones presupuestarias: relativamente cercano, totalmente aislado y sorprendentemente barato.
Pude comprobar el otro día que el monasterio ha sido sometido a una concienzuda restauración, pero no era así cuando yo estuve. Seguramente está mejor ahora pero yo añoro un poco aquel decrépito conjunto de edificios que no llegaban a la ruina, pero que la veían aproximarse a grandes pasos, un poco como La Encimada de Vetusta. La hospedería parece ahora un almacén de cereales reciclado en centro de interpretación, pero entonces su aspecto oscilaba entre el de un hospicio y una cárcel modelo a medio hacer. El edificio es tan enorme como feo y en aquellos días del mes de febrero estaba habitado únicamente por un joven religioso del que se me dijo que no quería contacto con nadie, y por este su seguro servidor. De esto me informó el Padre Ecónomo mientras me conducía a través de un recibidor con dimensiones catedralicias hacia unas escaleras interminables y un pasillo lóbrego y poco iluminado. Llegados a mi habitación tuvo también la gentileza de decirme que la poca afluencia de huéspedes hacía que resultase trágicamente antieconómico mantener caldeado el edificio y proporcionar agua caliente para las duchas. Yo contaba con que el régimen de vida semi-monacal de la hospedería fuese decorosamente austero, pero ni por asomo se me había ocurrido que el lote incluyese una frigidez ambiental tan extremada y mucho menos el tener que someterme a un tratamiento de duchas frías. Pero así estaban las cosas. Aquella noche dormí con tres mantas, que fueron aumentando hasta seis en el transcurso de los siguientes días. Aquello era como dormir debajo de una placa de hormigón armado, pero al menos así no tiritaba.
Una vez instalado comencé a disfrutar de mi retiro. Las mañanas empezaban con la ducha, operación que me llevaba alrededor de tres cuartos de hora: un minuto debajo del agua y cuarenta y cuatro reuniendo el valor necesario para meterme debajo de aquel chorro de agua a punto de congelación. El desayuno, y el resto de las comidas, no se hacía en la hospedería sino en un comedor vecino al refectorio y consistía en café con leche y unas cuantas tristes galletas María. Un par de días coincidí con el joven religioso del que se me dijo que no quería contacto con nadie quien, efectivamente, no era muy sociable, pero casi siempre hacía las comidas solo. Ignoro completamente que dice sobre la gastronomía la Regla de los Reverendos Padres Dominicos, pero sí puedo atestiguar que en la dieta de sus huéspedes hay una desagradable tendencia a abusar de la col lombarda. Quiero creer que en aquellos diez días algo me darían de comer que no fuese ese asqueroso repollo morado, pero yo no lo recuerdo. Quizás el buen padre ecónomo, quien por cierto era la viva imagen del fraile panzudo bien alimentado, pensase que si aguantábamos estoicamente el dormitorio gélido y la ducha helada, aguantaríamos también con alegría una sobredosis de col lombarda y así ahorraba al monasterio un buen dinerito, no sé.
Monstesclaros es un sitio precioso y los alrededores están llenos de caminos y vericuetos para pasear rodeado de la paz de la naturaleza, de modo que los dos o tres primeros días dedicaba las mañanas a subir y bajar como una cabra por las cuestas y peñascos, bajar andando al río y demás aventuras pastoriles. Algunas veces, cuando la combinación de frío y col lombarda se me hacía muy cuesta arriba, subía hasta una loma desde la que podía verse el tentador apeadero ferroviario que en poco tiempo podría llevarme desde aquellas austeridades espartanas hasta las bendiciones térmicas y culinarias de la civilización moderna. Pero siempre resistía la tentación. Este pasear mío se vio severamente restringido cuando la hija de la cocinera me aconsejo que no pasease sin un buena vara en la mano, que le pidiese una al jardinero. A mí, que soy mucho de pensar en la imagen propia, me parecía que eso de la vara era llevar un poco hasta la exageración peregrina la sobria estampa de retirado del mundo que me había propuesto tener, y me negué lo más cortesmente que pude a seguir el consejo. Pero ella insistió con el argumento de que todos los que salían a pasear la llevaban “por si se encontraban un víbora”. Ni que decir tiene que con esa información en mente cambié las caminatas por un discreto deambular por el recinto del monasterio y sus mas próximos alrededores, sin vara.
Este relativo confinamiento tuvo como consecuencia el darme de narices cada dos por tres con la hija de la cocinera, el jardinero y, en más raras ocasiones, con el Padre Abad del monasterio. De mi amable trato con los dos primeros obtuve el privilegio de poder ir por la noche a la cocina. La cocina fue el único sitio de Montesclaros en el que no pasé frío. Al contrario, siempre hacía un calorcito muy agradable que era un verdadero lujo oriental en aquel entorno siberiano. Se daba además la circunstancia de que la cocinera, su hija y el jardinero eran muy aficionados a jugar al Tute y les venía muy bien un cuarto jugador para animar sus partidas nocturnas. Confieso que me entregué a aquellas noches clandestinas de calorcito y Tute, abundantemente regadas con Chinchón dulce, con una pasión bastante impropia de un retirado espiritual, pero la carne es débil. Claro que en el pecado llevaba la penitencia, porque era un sacrificio muy grandísimo tener que salir de aquel ambiente para ir al inhóspito caseroton en el que dormía.
La relación con el Padre Abad dio también hermosos frutos, pero, claro está, de índole completamente diferente. Casi nada más llegar yo a Montesclaros me ofreció su consejo y ayuda espirituales, pero ante mi (algo cohibida) confesión de agnosticismo no insistió más en el asunto. Afortunadamente el Abad era persona transigente y a pesar de mi desvergonzada falta de fe todas las noches, una vez deglutida a duras penas la col lombarda, me venía a buscar al comedor de huéspedes y salíamos juntos a dar un paseo. Hacía en la calle un frío que pelaba, pero no tanto como en mi dormitorio. Me contaba su vida en las misiones, que era lo que de verdad le gustaba, y un poco de todo lo suyo y lo mío. Y cuando no conversábamos, el Abad, que era astrónomo aficionado, me señalaba las estrellas y constelaciones que tan nítidas se veían en aquellas alturas montiscas y sin rastro de nubes. Tengo muy buen recuerdo de aquellos paseos nocturnos, aunque admito que el pensar en el tute y el Chinchón dulce que me esperaban en la cocina me llevaron más de una vez a acortarlos un poquito.
No he vuelto a comer col lombarda, ni creo que lo haga, pero me quedó buen recuerdo de Montesclaros.
miércoles, 16 de mayo de 2018
sábado, 12 de mayo de 2018
SEÑOR ARREGLADO
Hace unos días alguien que no recordaba mi nombre (o no lo sabía) le contaba a una amiga mía una anécdota de la que yo era el protagonista. Para tratar de identificarme recurrió a esos típicos “si, mujer, que viene todos los días a tomar café”, “que es amigo tuyo”, “que se sienta siempre ahí” y demás cosas de esas que generalmente no nos sirven nunca para reconocer a nadie. Pero parece ser que una de las señas que utilizó en su afán por dar pistas más concretas fue un “ese señor que va siempre arreglado”, que me ha dejado completamente anonadado. Cuando se llega a mi edad ya se está muy acostumbrado a ser definido de las más diversas formas y es raro que cualquiera de ellas nos afecte los más mínimo. Como decía Wilde “La gente de hoy se comporta con perfecta monstruosidad: habla mal de uno y a sus espaldas, diciendo cosas que son completa y absolutamente ciertas”. Eso se asume. Pero verse definido de semejante manera ya traspasa todos los límites. La frase me ha parecido tan lapidaria que me estoy planteando dejar instrucciones por escrito para que la usen como epitafio para mi tumba: “Aquí descansa ese hombre que siempre iba arreglado. DEP”.
Varias personas con las que he comentado este lamentable asunto han dado por supuesto, muy precipitadamente, que lo que me molesta de la frase es el “señor” del inicio, que de manera tan rotunda me coloca en la división de los mayores. Nada más falso. Hace ya tiempo que admití el “usted” que me dirigen los camareros mal educados y los jovenzuelos educados bien, y que me coloca en la división de los maduros. No diré que su digestión no fuese lenta, pero la hice. También hay quien me ha dicho que imite a la condesa viuda de Grantham y me tome la impertinencia como un cumplido, que es más cómodo; de hecho hay quien piensa que de verdad la frase es un cumplido, lo que a mi entender es muestra palpable de la falta de reflexión seria de la gente de hoy en día. Vayamos por partes.
“Ese señor que va siempre arreglado”. En primer lugar está el inconcreto y masificador “ese” con el que empieza la frase. Ese “ese” que me manda de una patada hacia un limbo de personalidades desdibujadas, a un hipotético batallón de hombres siempre arreglados del que yo formaría parte. “El señor que va siempre arreglado” me hubiese resultado igualmente desagradable, pero tendría al menos el consuelo de ser uno, de ser un “él” con entidad propia y personalidad característica, no un “ese” del tres al cuarto, uno más del montón de “esos” que pululan por el mundo (o, lo que sería peor, solamente por Renedo). No creo que resulte tan difícil darse cuenta del golpe brutal que supone ese “ese” para mi Ego, mi Yo y mi mismísima mismidad propia.
Del “señor” no tengo nada que decir, o casi nada. Quizás resulte un arcaísmo intolerable desde el punto de vista de la Ideología de Género por demasiado hetero-patriarcal, pero nada más. Lo que me irrita de verdad es ese “va siempre arreglado” tan poco glamuroso y tan, nuevamente, masificador porque cualquiera puede ir arreglado. Arreglarse es lo más fácil del mundo porque todos tenemos un fondo de armario con un par de americanas y tres o cuatro corbatas que te las pones (no todas al mismo tiempo, claro está) y, hala, ya estás arreglado. Ir arreglado no tiene ningún mérito y es de hecho la antítesis de la elegancia, porque “ir arreglado” se ve, salta a la vista, mientras que la elegancia sencillamente se nota sin saber muy bien por qué. Un hombre arreglado es ese joven que ves en las bodas embutido en un traje nuevo, rabiosamente moderno y muy probablemente caro y que se mueve con él como si la tela en lugar de ser de lana fría fuese de hormigón armado. Eso es ir arreglado. No pretendo yo ser el Petronio de Renedo ni el Beau Brummell de Piélagos, ni muchísimo menos, pero no me gusta nada que se me vea “arreglado”. Además ese “siempre arreglado” es un bofetón muy doloroso en la encantadora imagen “casual” que veo (o imagino ver) reflejada en mis espejos cuando me visto para ir a andar a La Vega.
Desde el punto de vista ontológico la cosa empeora todavía más, si cabe. Estoy leyendo estos día “El gran asombro. La curiosidad como estímulo en la historia de la filosofía”, de Jeanne Hersch, libro que recomiendo mucho y que me tienen muy sensibilizado sobre el ser, el estar y hasta sobre el saber estar. Me preocupa que mi causa eficiente haya llevado mi causa material “hombre" hacia la causa formal de un desdibujado “ese” cuya causa final va ser, según parece, un lamentable y poco atractivo “siempre arreglado”.
Muy triste todo.
Desde el punto de vista ontológico la cosa empeora todavía más, si cabe. Estoy leyendo estos día “El gran asombro. La curiosidad como estímulo en la historia de la filosofía”, de Jeanne Hersch, libro que recomiendo mucho y que me tienen muy sensibilizado sobre el ser, el estar y hasta sobre el saber estar. Me preocupa que mi causa eficiente haya llevado mi causa material “hombre" hacia la causa formal de un desdibujado “ese” cuya causa final va ser, según parece, un lamentable y poco atractivo “siempre arreglado”.
Muy triste todo.
domingo, 6 de mayo de 2018
CENAS Y REFRIGERIOS
En uno de esos magacines y tertulias que suelo ver a ratos mientras me tomo mis preceptivos dos cafés mañaneros, nos informaba el pintoresco Juan Manuel de Prada sobre la forma más correcta para el plural de la palabra «curriculum» que tan de actualidad ha estado estas últimas semanas. Despreciaba «curriculums» por groseramente inculto, «curricula» por demasiado culto y proponía el uso de «curriculos» como el plural más ajustado a las normas y usos del castellano. Lamento tener que decir que el Sr. de Prada me resulta profundamente antipático, pero siempre es agradable ver en un programa de televisión a personas que utilizan correctamente el castellano. Agradable y muy chocante.
Más chocante si cabe fue poder ver y escuchar en la misma cadena , apenas unos minutos después, a una reportera que informaba a pie de calle sobre un grupo de jubilados de vacaciones, intoxicados los pobrecitos por el consumo de mejillones en mal estado. Según la periodista la razón por la que los mejillones se habían estropeado era un misterio, porque constaba que no se había producido ninguna «reducción en la cadena de refrigerio». Parece evidente que la dirección de la cadena había tomado esa mañana la decisión de contribuir al enriquecimiento de nuestra cultura en los más diversos ámbitos. Yo, por ejemplo, no tenía ni idea de que la buena conservación de los mejillones dependiera en tan gran medida de la abundancia de sus refrigerios. De hecho estaba convencido de que los mejillones eran enlatados o congelados completamente muertos y por lo tanto sin necesidad de refrigerio posterior alguno, pero parece ser que estaba equivocado. Personalmente veo como una gran crueldad ese enlatamiento en vida, aún incluyendo refrigerios, y me pregunto como es posible que las asociaciones animalistas no hayan dicho ni una palabra sobre este triste asunto. Naturalmente no tengo intención de volver a comer mejillones en lata en lo que me queda de vida. La posibilidad de abrir la lata e interrumpir un refrigerio de los pobres animalitos me parece de mala educación, además de profundamente perturbador. En cuanto a los mejillones congelados, pues no sé muy bien que hacer porque no veo como puede ser posible que les apetezca un refrigerio cuando están sometidos a tan extremada refrigeración.
Poco a poco he ido comprobando que este afán culturizador no se limita a esa cadena. La Cuatro ha querido aportar su granito de arena cultural en el terreno de la gastronomía con su fabuloso «Ven a cenar conmigo», un concurso en el que «cinco perfectos desconocidos compiten por ser el mejor anfitrión». Los cinco perfectos desconocidos van recibiendo por turno a los otros cuatro, esmerándose por conseguir el apetecible premio de 3.000 euros.Antes de ir a cenar a la casa de de turno los invitados leen el menú y hacen divertidas elucubraciones sobre el mismo, ya que una de las gracietas del concurso consiste en poner a los platos nombres absurdos para que los demás intenten adivinar lo que les van a servir . A continuación vemos al concursante del día sudando en la cocina. El resto ya es como en todas las cenas de compromiso, con los invitados dedicándose a criticar la comida, la decoración y todo lo que se ponga a tiro, apuñalando por la espalda al anfitrión con toda la saña que pueden cuando sale del comedor y sonriendo y alabando su exquisito gusto cuando está presente.
La primera noche tenemos en el menú una crema toscana y un solomillo a la Strogonoff, que no parecen dar pie precisamente a demasiada adivinación, pero es que los concursantes de "Ven a cenar conmigo" son muy especiales. Al verlo mi concursante estrella de la semana, Isabel, nos demuestra que es avispada, de mente ágil y con ciertos conocimientos de geografía, porque deduce casi sin reflexión previa que "la crema toscana no parece un plato español». Por desgracia conseguir leer correctamente el «Strogonoff» le provoca ciertas dificultades. En el primer intento nos empantana en los mismísimos morros un insólito «a la Stanford» que ella misma desecha entre sonrisas. A la segunda, y definitiva, consigue articular a duras penas un «Stragnafog» (sic) que parece dejarle más convencida. Esa Toscana y ese Stragnafog «que parece alemán» le lleva hasta deducir que el anfitrión de la noche es un «sibirita», pero no tan lejos como para adivinar en que consiste el plato («no me lo imagino»), lo que a decir verdad no es de extrañar. Parecidos problemas tiene Maribel a la hora de lidiar con la lectura. Su anfitrión ha tenido la ingeniosa idea de llamar «Estrato» a la lasagna de verduras, lo que provoca en ella gran desconcierto ya que conoce de sobra el «arte estrato», pero ignoraba que se pudiese practicar en la cocina; a ella «le gusta en la pintura, pero nada más». Con la «Efervescencia de mango» la cosa se puso más seria. Es imposible transcribir en palabras, o en algo que se les parezca, la insensata serie de perdigonadas de saliva y amontonamientos de consonantes que salieron por aquella boca. Hay que reconocer a Maribel el mérito de haberse esforzado al máximo (en otras circunstancias podríamos hablar de efervescencia mental) hasta llegar a pronunciar algo parecido a una esfrensssensensia, matizada con un saleroso y algo irritado «Somos de Almería, aquí no hablamos tan fino». A la vista del comentario cabe preguntarse de donde sacó el anfitrión, también almeriense, la finura necesaria para bautizar su postre.
La aportación de «Ven a cenar conmigo» al mundo de la cultura abarca todos los ámbitos. Otra concursante bucea en la historia para preparar una «Delicia a la Sefardí» de la que dos invitados suponen que será «un plato árabe», otro lo afirma más rotundo con un «claramente es algo árabe» mientras el cuarto se decanta por La India («o algo así») como origén de la receta. Gracias a Dios la cocinera del día nos aclaró a su debido tiempo ese sefardismo gastronómico. Tras una chocante introducción en la que insistía machaconamente en que ella cocinaba «como las abuelas» al mismo tiempo que manipulaba los mandos de su supercontemporánea cocina de inducción, explicó que la «delicia Sefardí» era un guiso de bacalao «como lo hacían antiguamente", porque que en tiempos pretéritos el bacalao en salazón era el único pescado que llegaba a las zonas de interior en condiciones aceptables, y que por eso y nada más que por eso se llamaba el plato «Delicia Sefardí». No se lo que dirían los judíos españoles de esta reducción de su afamada y rica cultura a una triste bacalada, pero la mujer lo explicaba con tanto desparpajo y naturalidad que no podía uno menos que creérselo.
Rafa nos introduce en el mundo de la parapsicología al explicar con las debidas expresiones de misterio que en su casa se producen fenómenos paranormales. La casa en sí ya es un fenómeno paranormal de primer orden, llena de vírgenes apuñaladas a tamaño natural , estucos, dorados y refulgencias; pero lo que a Rafa le inquieta es que algunas veces su perro reacciona como si le hubiesen dado un azote en el culo y sale corriendo como un desesperado, así sin más ni más. Este poltergeist anal no lo veo yo como un gran argumento para una película de terror, pero quizás se pudiese hacer un hueco en «Cuarto Milenio». Anabel se presenta a cenar peinada con lo que parece una fusión entre un intento fracasado de moño italiano y una peluca vieja de María Antonieta, todo ello rematado con una diadema de brillantes y complementado con un traje rojo de lentejuelas. Su filosofía de la vida nos la resume con un «¿Trabajar? Yo creo que tengo cuerpo como para que un hombre me mantenga ¿no?». Carolina nos desvela que no podemos esperar mucho de la dulzura de su carácter ya que «tras una apariencia de seria y seca, soy bastante bicho y cortante» y espera a sus invitados «con cuchillo en mano». Al tiempo que lo dice se dedica a poner dos dátiles envueltos en panceta y unos anacardos picados en uno de esos enormes platos-fuente que tanto se llevan ahora, pretendiendo hacerlo pasar por un primer plato con todo su morro a base de chorretearlo con balsámico de Módena. Alberto se emociona como un niño cuando descubre una bandurria en una esquina y se abalanza hacia ella al grito de «coño, un ukelele». Rafa, que parece más versado en la identificación de instrumentos musicales, estaba convencido de que las bandurrias «ya estaban descatalogadas». En fin, no hay episodio en el que no se aprendan varias cosas nuevas.
Las cenas se dan por terminadas con un fin de fiesta que podríamos llamar «de temática libre», y consisten casi siempre en unas plumbeas demostraciones de alguna afición en la que el anfitrión cree destacar, desde la danza del vientre a la meditación trascendental. Es raro que alguno de los invitados no se quede dormido durante esas fiestas. Tampoco es raro que de camino a sus casas comenten con acritud que después de la bazofia que les han servido lo primero que van a hacer al llegar es prepararse un bocadillo, para poder así justificar el 3 sobre 10 con el que han puntuado una cena en la que no han parado un santo momento de alabar las habilidades del cocinero. Pero eso son ya cosas de la competición.
lunes, 23 de abril de 2018
LUIS DE LA CONCHA
Los semáforos de Renedo no son de esos que se ponen rojos y verdes a intervalos regulares. Los de aquí están siempre verdes para los coches y los peatones tenemos que apretar un botón cada vez que queremos cruzar. Desconozco el motivo de esa injusta discriminación tan estadounidense a favor de los automovilistas, pero la cuestión es que así están las cosas. A esta peculiaridad se une otra bastante más molesta: cuando oprimes el botón no pasa nada. Esperas y esperas y el mini-antropoide rojo que te impide el paso permanece tenazmente iluminado. A diestra y a siniestra la calle aparece despejada de vehículos automóviles, pero el semáforo no se pone verde. Los peatones locales ya estamos acostumbrados y oprimimos el botoncito por pura deferencia hacia lo absurdo, pero cruzamos el paso de cebra a la antigua, como si el semáforo no existiese. Yo, que soy propenso a las situaciones extravagantes, me encontré una mañana con la insólita circunstancia de que el semáforo se puso verde al segundo y medio de haber solicitado el paso, pero me quedé tan aturdido que no fui capaz de cruzar hasta que volvió a su color rojo de toda la vida.
Este pertinaz rojerío de los semáforos da pie a conversaciones, chascarrillos y toda clase de descabelladas teorías sobre la razón de esa aparente irracionalidad semaforil. Una de las más originales la escuché de labios de una señora bastante mayor con la que coincidí en el paso de cebra Pescadería-Petisú. Yo supongo que la señora no sería del pueblo porque de otro modo no se explica que estuviese allí esperando pacientemente el verde. El caso es que al llegar yo me arremetió verbalmente con un «¿donde estarán estos sinvergüenzas?» que me dejó muy desconcertado. Ajena por completo a mi evidente expresión de perplejidad, o tal vez ignorándola olímpicamente, la señora insistió con un nuevo «pero ¿donde estarán?» que infiltró en mi cerebro la peregrina idea de que la señora tenía interés por localizar a los operarios encargados de poner en verde los semáforos, pero la deseché por absurda. Mal hecho, porque un furibundo «seguro que ellos están tomando café y nosotros aquí, esperando» confirmó mi estrambótica idea inicial. Confieso que no me tomé la molestia de sacar a la señora de su asombroso error, sino que crucé el semáforo en rojo, como siempre, y corrí al Madigans a poner a Feli al corriente de la encantadora anécdota. Pero Dios ha castigado ese desaprensivo abandono con la duda ¿Y si la señora estaba en lo cierto? He comprobado en el Ayuntamiento que no hay ninguna concejalía de semaforismo, ni negociado de botones, ni departamento de Rojo y Verde. Pero no me he quedado tranquilo, porque es sabido que las administraciones públicas subcontratan ahora mucho, y pudiera ser que alguna malvada ETT hubiese conseguido convencer a la Corporación, ya se sabe como, de la imperiosa necesidad de tener un operario a cargo de la importante función de poner los semáforos en verde o en rojo. La verdad es que aún no he conseguido llegar a una conclusión que me convenza sobre este importante asunto. Justo castigo a la maldad de haber dejado a la señora sola, esperando probablemente horas y horas a que el semáforo pasase al verde.
La mayoría de los semáforos están en la Avenida Luis de la Concha, que es la gran arteria finaciero-comercial-hostelera de Renedo. En estos últimos años me he vuelto yo un defensor de mi pueblo a capa y espada, pero al hacerlo trato de concentrar mis observaciones en la simpatía de sus gentes y la belleza del paisaje que le rodea, porque en el aspecto aquitectónico y urbanístico no hay quien tenga narices de defenderlo. En los tiempos de mi infancia era una calle bordeada de casas, jardines y huertas apenas mancillada por un par de mamotretos de viviendas espantosos, de los que en los años cincuenta llamaban "de estilo moderno". Todo aquello ha desaparecido para dar cabida a una colección de edificios horrorosos tan numerosa y variada que es raro que no aparezca en el Libro Guiness. Hormigón, azulejo, ladrillo cara vista y demás elementos de construcción están dispuestos de la manera menos agradable posible. Completan el panorama unos cuantos árboles raquíticos y algún que otro parterre de hierba, casi siempre en estado semi-selvático, de esos que los reyes de la burbuja inmobiliaria tenían la desfachatez de denominar «zonas ajardinadas».
En descargo de Luis de la Concha hay que decir que está está guarnecida a babor y estribor de pescaderías, farmacias, tiendas de ropa, panadería, tiendas de fotografía, zapaterías, joyerías y todas las demás «ías» que nos ofrece el gremio del comercio. Pero su gran atractivo reside en su nutrida variedad de bares y terrazas y, last but not least, en que allí se instala está La Carpa.
Todo el mundo sabe que hay arquitecturas permanentes y arquitecturas efímeras, pero en Renedo, siempre tan dados a innovar, tenemos también arquitectura intermitente. Hacia la mitad de la avenida hay un solar cuyo destino inicial fue la construcción de un edificio de viviendas, muy probablemente espantoso, pero que dejó en barbecho la explosión de la burbuja inmobiliaria. A la espera de mejores tiempos especulativos, la finca se ha habilitado como parking público. Allí se instala La Carpa. Si no recuerdo mal, la primera vez que se instaló La Carpa fue con motivo de las Fiestas Patronales de San Antonio. En San Antonio siempre llueve en Renedo, eso es un hecho tan firme e inmutable como la Gran Pirámide, por lo que la idea de instalar una cubierta para poder comer los churros o bailar a los alegres sones de la Orquesta Princesa o el Grupo Apache sin empaparse de agua fue generalmente bienvenida. No hay cosa más incómoda que intentar comer churros con el paraguas abierto. Más tarde se empezaron a instalar allí Las Casetas, esos bares de ocasión que los bilbaínos y su meritoria habilidad para poner nombres horrorosos a las cosas llaman «choznas». A partir de ahí, la cosa se ha desbocado. Como si el intrascendente hecho de ver instalar una carpa hubiese desatado un deseo irrefrenable de organizar eventos, el pueblo a pasado a ser sede de La Feria de Segunda Mano, La Feria del Stock, La Feria de la Leche, La Feria de Artesanía y algunos otros eventos que ahora no recuerdo. Ayer mismo hemos podido disfrutar de un concurso de ollas ferroviarias; cierto es que aquello parecía más un campamento de refugiados afganos que otra cosa, pero la intención es lo que cuenta. Se arma La Carpa para San Antonio y para Carnavales, para Halloween... A este ritmo el parking de Luis de la Concha va a poder competir con los más prestigiosos palacios de exposiciones y congresos del mundo entero. Las consecuencias de esta fiebre por los simposios de diverso tipo son que la carpa no para de ser montada y desmontada y que ver el parking despejado empieza a ser tan difícil como cruzar el paso de cebra en verde. Yo creo que con tanto gasto de montaje y desmontaje se podría haber construido la Mole Antonelliana, o por lo menos dar la entrada. Ni que decir tiene que Luis de la Concha bulle de maledicencias, murmullos y rumores de diversa índole cada vez que La Carpa se monta, permanece, se desmonta y se vuelve a montar.
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