martes, 28 de febrero de 2017

J C Leyendecker

VISITA REAL

FELIPE VI CONQUISTA NUEVA YORK CON UN TRAJE GRIS PERLA
Don Felipe se ha estrenado como rey en Estados Unidos. Probablemente se ha preparado a conciencia y -aunque no iba especialmente favorecido- estaba en sintonía con el estilo habitual de los norteamericanos en sus jornadas de trabajo. Allí, las chaquetas de mangas muy largas, los pantalones que llegan a los tobillos y la ausencia de escotes, siguen siendo las claves del atuendo de empresa para el hombre.

Para el primer discurso  en Naciones  Unidas, don Felipe eligió un muy tradicional traje de chaqueta en lana gris  perla. La chaqueta, entallada con cuello clásico al bies y pinza hueca está elaborada en doble crepe de lana. El conjunto es original y elegante. Como complementos corbata roja y zapatos oscuros. Con el pelo liso, perfectamente maquillado y con un reloj verde a juego con el traje  de doña Letizia, el Rey mantuvo reuniones con el director general de la FAO, José Graziano da Silva y con la directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS/WHO), Margaret Chan, entre otros, en la sede de las Naciones Unidas. Suponemos que el traje se lo confeccionó Jaime Gallo, el sastre que conoce las medidas del Rey a la perfección, ya que le hace la ropa desde hace 35 años.



Ya en martes, los reyes han participado en la Cumbre del Clima, donde Don Felipe estrenó atuendo y se enfundó un traje de manga larga que marcaba su figura. Se trata de una creación de su diseñador de cabecera en degradé azul y con aplicaciones en la parte superior. Lo combinó con unos zapatos negros de cordones –el mismo modelo que lució en su visita a Francia- y un nuevo reloj. Hasta en este detalle se ha sintonizado con los americanos, que a menudo pecan de llevar un calzado en exceso oscuro comparado con el resto del vestido. Nuevamente, el Rey decidió recogerse el pelo.

El encuentro del Rey con el presidente estadounidense se produjo el martes cuando la pareja presidencial ofreció una recepción en el lujoso hotel Waldorf Astoria. Aunque la Casa Blanca tan solo ha facilitado una imagen del encuentro, se puede comprobar que fue un auténtico duelo de caballeros, estilísticamente hablando. Barak se decidió por un sencillo y a la vez elegante terno gris oscuro. El Presidente prefirió  no romper la monocromía de su look y para ello se calzó con unos salones del mismo color.


Don Felipe ha superado el reto y en todos los eventos ha lucido muy elegante. Desde el primer día demostró ser un hombre a la moda. El peinado, un corte de pelo al estilo clásico, fue lo que menos le favoreció.

domingo, 19 de febrero de 2017

COSAS DE LA TELE

          No sé si os pasará a vosotros, pero yo cada día me desespero más buscando algo que ver en televisión. Algo que merezca la pena, quiero decir. Cuando, después de cenar, me tumbo en el sofá a ver la tele con Chispas despachurrado a mi lado, la mayor parte del tiempo me lo paso haciendo zapping como un idiota. Paso y repaso cadena a cadena, a golpe de mando a distancia, sabiendo de sobra que no voy a encontrar algo decente. Al cuarto repaso ya me sé casi de memoria toda la programación, pero yo sigo dale que dale, esperando algún milagro que haga aparecer algún documental interesante o una película que merezca la pena.



          Yo antes ponía muchas esperanzas en el canal “Historia”, antes de que se entregase en cuerpo y alma a ese engendro americano llamado “El precio de la historia”. Hoy, concretamente, han estado emitiendo un capítulo detrás de otro desde las 15.00 hasta las 22.30. “El precio de la historia” narra las peripecias de una casa de empeños de Las Vegas, en la que una familia de aspecto sospechosamente mafioso se pasa el día tratando de estafar a los incautos que se acercan a vender o empeñar cosas. La historia es siempre la misma: llega el incauto con lo que sea que quiera vender, que puede ir desde una miniatura napoleónica hasta una camiseta sudada de Elvis Presley, y dice a cámara, muy sonriente “Voy a pedir 2500 dólares y no aceptaré menos de 1000”. Vamos a ver, o piensas que vale 2500, o piensas que vale 1000 ¿Qué coños es eso de pedir 2500 y aceptar 1000? Pues eso es para que se vea que el pobrecito vendedor es un as del regateo camuflado de paleto del Midwest. Eso o que son tontos de baba, que también lo pienso muchas veces. El astuto dueño de la casa de empeños empieza soltando un discurso sobre, pongamos, la miniatura napoleónica. Que si Napoleón tal, que si Josefina cual, que si Waterloo… Para acabar diciendo que tiene que llamar a su “experto”. Pasado el examen del experto empieza un regateo, así como de bazar tunecino, que termina con el vendedor aceptado 700 dólares y sonriendo a cámara mientras nos suelta un “es menos de lo que pensaba, pero estoy satisfecho. Ahí es cuando se descubre que el as de la negociación es en verdad el paleto que sospechábamos. Y así una y otra vez.



          La Sexta” me propone la película “Megatiburón contra pulpo gigante”, en la que, según parece, “dos enormes criaturas luchan en la costa de California”. Yo soy mucho de vive y deja vivir y no suelo meterme en los conflictos de los demás. La mayor parte de las veces porque me importan un pimiento y en general porque creo que no son asunto mío. Comprendo que habrá mucha gente que esté en un sin vivir por conocer detalles de los problemas entre los escualos y los octópodos, sobremanera si son tan mastodónticos, pero no es mi caso. Uno de mis sobrinos está ahora viviendo en San Francisco, lo que podría ser motivo de inquietud, pero la última vez que le vi me habló de que en California hay mucha gente megabronceada, muchos hombres y mujeres megaoperados y que, en general, se percibía mucha megachorrada en el ambiente, pero de pulpos y tiburones, ya sean megas o minis, no me ha dicho ni una palabra.


          Últimamente, en uno de esos birlibirloques de movistar que no acabaré de entender en la vida, dispongo de un nuevo canal, “DARK, que emite películas “de miedo”. La de hoy es “Los zombies paletos”, en la que “Un bidón con residuos radioactivos hará que unos pueblerinos se conviertan en seres hambrientos de carne humana”. A mí, que soy de pueblo, no me hace ninguna gracias eso de que a los pueblerinos nos llamen paletos. Cierto es que a partir de las dos de la mañana empieza verse por el pueblo algún zombi que otro, pero creo yo que eso ocurrirá exactamente igual en las ciudades. El hambre de carne humana la padecemos, sí, pero tiene más que ver con la abstinencia que con los bidones radioactivos. Por otra parte en los pueblos estamos mucho más civilizados de lo que se piensa y cuando encontramos bidones radioactivos, lo que no es nada frecuente, los llevamos al Punto Limpio y se acabó, sin convertirnos en nada.

          Mtv nos ofrece una amplia serie de capítulos de “Gandía shore”, “Geordie shore”, “Acapulco shore”, “Megashore” y todo el resto de shores en los que un grupo de jóvenes y jovenas se dedican a emborracharse, follar, pelearse como verracos y demás cosas propias de la juventud, que diría Jorge Luis Vázquez. También están “La venganza de los ex”, “Los vídeos más divertidos” etc. Todos ellos protagonizados por gañanes y gañanas que nada tienen que ver con la mayoría de jóvenes que yo conozco y que se proponen como ejemplo y paradigma del moderno comportamiento juvenil.


          Están también los canales de crímenes, los de alienígenas, los de Kardasian, Campos y otros monstruos… Allá por las remotas latitudes, a partir del canal 80, asoman los tentáculos tenebrosos de EWTM, que es como Radio María pero en más radical y carpetovetónico. EWTM está empeñada en curar homosexuales, crear familias numerosas y denostar los preservativos, por otro nombre condones, en una campaña feroz contra el imperio de la lujuria. Se da la circunstancia de que varios de sus presentadores y presentadoras estrella, por no decir todos, oscilan entre el sobrepeso y la obesidad mórbida. Siendo tan pecado capital la gula como la lujuria, cabe preguntarse la razón por la que ponen tanto empeño en practicar la primera mientras vilipendian tan furibundamente la segunda. En los alrededores de EWTM sigue “Intereconomía” con su cruzada por la libertad de expresión, la independencia y la imparcialidad, que tan de agradecer resulta.



          Si por descuido se incluye una buena película, la repiten tantas veces que te puedes aprender de memoria desde los diálogos a los títulos de crédito. Yo, que recuerdo los tiempos en los que solo había dos cadenas, que se llamaban La Primera y La Segunda en un encantador esfuerzo de falta de originalidad, cadenas que ni tan siquiera emitían las 24 h. por cierto, estoy a veces por añorar aquellos días.

domingo, 22 de enero de 2017

VERSALLES


          Cómo es de sobra sabido, la sociedad francesa del Antiguo Régimen estaba dividida en tres estamentos o “Estados”. El Primer Estado, la nobleza, y el Segundo, el clero, vivían divinamente a costa del Tercero, formado por burgueses, campesinos y, en definitiva, la mayoría del pueblo francés. Las diferencias entre el Primer Estado y el Tercero eran abismales. Visto desde el siglo XXI resulta increíble que todos aquellos príncipes y duques, aquello obispos y cardenales fuesen tan egoístas e insensibles como para vivir con tantísimo lujo rodeados de tanta injusticia. Piensas que aquella Revolución que se les llevó por delante fue necesaria y justa. Casi, casi, justificas a la voraz guillotina que dejó a tantísimos de ellos sin cabeza. Por desgracia aquella revolución, que pudo ser el inicio de un mundo mejor, no acabó con nada; simplemente lo cambió de sitio. Llegó Napoleón y mandó apagar. Indudablemente aquello fue un gran logro, pero sus beneficios solo afectaron a unos pocos.



          La Europa moderna que surgió de las guerras napoleónicas, con las grandes democracias Francia e Inglaterra a la cabeza, se dedicó a colonizar y explotar al resto del mundo en beneficio propio, creando una nueva sociedad estamental en la que los “Estados” han pasado a llamarse “Mundos”, a los que se pertenece, como en el Antiguo Régimen, por derecho de nacimiento. Si naces en el Primer Mundo te salvas, si naces en el Tercero, te jodes. Cómo decía Lampedusa, cambiarlo todo para que nada cambie. El sistema es igual, solo que a nivel mundial. Unos pocos países viviendo bien mientras en el resto campan por sus respetos la enfermedad, el hambre, la guerra y la pobreza. Y estamos tan ciegos ante esta injusticia como lo estaban aquellos duques y cardenales. Y comprendes que ellos, como nosotros, se creían con derecho a derrochar mientras otros se morían de miseria. Vivimos en Versalles y puede que nos lleven en carretas a la guillotina. Sabemos que los sans-coulottes se llevaron por delante a justos y pecadores, que hicieron pocas diferencias, o ninguna, entre los nobles absolutistas y los liberales porque, al fin y al cabo, todos vivían en Versalles. Algo parecido nos puede ocurrir, porque para quienes están detrás de la valla muertos de hambre y de frío, todos nosotros, los de dentro, vivimos en Versalles al fin y al cabo.


          Primer Estado, Segundo Estado, Tercer Estado; Primer Mundo, Segundo Mundo y Tercer Mundo. No hemos acabado con la injusticia sino que la hemos globalizado. Que tarde o temprano caerán las vallas no creo que lo dude nadie. Caerán a la fuerza, porque no las abriremos. ¿Habrá después más justicia? Eso lo dudo.


domingo, 15 de enero de 2017

STEP BY STEP

          Esta mañana se me ha venido a la cabeza una persona, una de las cientos que se conocen viajando, a la que tenía olvidada en algún trastero polvoriento del cerebro y que ha sido, con gran diferencia el mayor pelmazo que he tenido que sufrir en toda en mi vida. Hablo del profesor Hugo Byron (sic). Conocí al profesor en el transcurso de un viaje, que terminó siendo una pesadilla, en aquel vetusto y destartalado expreso Santander-Málaga que estuvo en servicio hace ya muchos años, también llamado, con un optimismo completamente fuera de lugar, Expreso Estrella Cantábrico. Como el tren era nocturno y tardaba unas doce horas desde Santander a Málaga, yo solía viajar repanchingado en coche-cama, pero en aquella ocasión tuve que hacerlo en segunda clase, afectado seguramente por alguna de mis numerosas y cíclicas crisis financieras.


          La segunda clase de los expresos de entonces no era como la de ahora. Consistía en unos cubículos bastante tétricos, con capacidad teórica para ocho viajeros y sus respectivos equipajes, que cuando se llenaban eran un infierno de apretujamientos, incomodidad y olor corporal y en los que, en el mismo momento en el que arrancaba el tren, se orquestaba una sinfonía de bocadillos de tortilla de patatas, botellas de agua y de otros diversos líquidos y, en resumen, un desparrame general de lo que podríamos llamar “viandas de viaje”. Pero yo tuve la suerte, eso creí en mi ignorancia, de encontrar un departamento en el que solo se había instalado un viajero. Se trataba de un hombre menudo, de una edad algo indefinida pero sin duda entre los sesenta y los setenta años, con ese atildamiento excesivo que quiere imitar la elegancia y un cabello, escaso y pegado al cráneo con gomina, de un sospechoso color negro ala de cuervo. Practicaba una cortesía bastante exagerada, algo así como una mêlée entre lo británico y lo versallesco, que resultaba un poco cursi; pero desprendía un aire de persona educada y correcta, lo que resultaba muy tranquilizador teniendo en cuenta que nos esperaba un viaje de doce horas, ni más ni menos. Ay, error de los errores.


          Se me presentó a golpe de tarjeta de visita, un poco ajada, en la que rezaba su nombre, profesor Hugo Byron, y la dirección de un hotel en Montevideo. Tuvo también la gentileza de informarme de que era uruguayo, cosa que yo sospechaba fuertemente por su acento y su dirección en Montevideo, y aclararme que Hugo Byron era en realidad un seudónimo, asunto sobre el que yo no abrigaba la más mínima duda. A partir de ese momento empezó a hablar sin parar. De su vida, de su profesión, de la historia de España y de la de Uruguay, de la pesca del salmón en Yemen… Aquello no era un hombre, aquello era la auténtica y genuina máquina parlante, una catarata de palabras. Yo llevé mi sentido de la cortesía hasta el infinito y más allá, en el supuesto, claramente equivocado, de que en algún momento aquel anciano caería rendido por el sueño o por alguna otra cosa y se callase. Vana ilusión. Hugo Byron seguía hablando y hablando, olímpicamente ignorante del hecho evidente de ni yo, ni dos o tres personas que se instalaron con nosotros poco después, le hacíamos el menor caso. Apagamos las luces e intentamos dormir, pero aquella verborrea incontenible, aquella letanía inmisericorde, se infiltraba hasta nuestros nervios hasta dejarlos en carne viva, impidiéndonos conciliar el sueño. Intenté cambiar de departamento, pero a esas alturas todo estaba lleno de gente. Como mi coche estaba justo al lado del coche-restaurante, allí me refugiaba yo de la insólita y extremada facundia del profesor Byron, con el resultado de llegar a Málaga agotado, muerto de sueño y medio borracho por añadidura.


          Pensar en el profesor Byron me hizo recordar al Sr. Albalá, otro gran pelmazo de la historia de mi vida. El Sr. Albalá era mi profesor de Trabajos Manuales. Eso de los “trabajos manuales” puede dar lugar a equívocos, por lo que aclaro que no se trataba de un eufemismo de “educación sexual”, ni se dedicaban las clases a enseñarnos técnicas novedosas para guiarnos en nuestros tocamientos torpes. Muy al contrario  consistía en hacernos usar las manos en aplicaciones mucho menos satisfactorias, como usar la plastilina, trabajar la madera y cosas así. Aquel cúmulo de conocimientos inútiles se sustanciaba en la construcción de una casa de palillos como “trabajo de fin de curso”. Las casas de palillos se me daban espantosamente mal: las paredes me salían torcidas, las ventanas poliédricas y con mucha frecuencia colapsaban cuando estaban casi terminadas. Mis casas hubiesen hecho muy buen papel en un relato de Lovecraft o en una película de Tim Burton, pero no respondían a los cánones que el Sr. Albalá consideraba aceptables, seguramente debido a su estrechez de miras y a su falta de formación intelectual, lo que viene a ser lo mismo. Para empeorar las cosas yo me sentaba junto al genio de los trabajos manuales de la clase, un chico relamido y eficiente, cuya magnífica reproducción de una casona montañesa se elevaba día a día inmutable y perfecta, poniendo más en evidencia el lastimoso amasijo de trozos de palillo y pegamento Imedio que era la mía. Mientras tanto el Sr. Albalá paseaba por el aula repitiendo una y otra sus dos invariables frases: “cada oveja con su pareja, cada mochuelo a su olivo” y la estimulante “sin prisa, pero sin pausa”, que parecían resumir toda su filosofía de vida. Aquellas horas y horas sudando la gota gorda rodeado de palillos y escuchando una y otra vez los mantras del Sr. Albalá, las cuento entre las más aburridas que he vivido.


          Total, que los mantras del Sr. Albalá me recordaron el de mi psicóloga, que es el clásico “step by step”. Y resulta que el último de los step que hemos dado ha sido mi compromiso de publicar algo en el blog todas las semanas, y yo estaba sin escribir nada. Estando a domingo “Yo pensé que no hallara consonante”, pero, “burla burlando” os he soltado el rollo este de los pelmazos y he terminado mis deberes. A ver si la semana que viene me esmero un poco más.


domingo, 8 de enero de 2017

UN IDILICO PASEO

      Mucho lamento tener que comunicaros que, salvo milagro, cataclismo o cosa similar, voy de cabeza hacia ese pozo de iniquidad, ese loco y obsesivo frenesí que el mundo moderno llama “vida saludable”. Todo comenzó aproximadamente hace un mes, cuando acudí a la consulta de una terapeuta por mor de poner un poco de orden en mis nervios, que llevan una temporada algo destarabincunticulados. “Destarabincunticulados” no es un complicado neologismo de mi invención, sino una de aquellas palabras imposibles que se utilizaban en mi niñez para jugar a los trabalenguas. Se empezaba por lo más básico:” El perro de San Roque no tiene rabo, porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”, que era, por así decirlo, un trabalenguas de parvulitos. Se ascendía en la escala pasando por los “Tres tristes tigres buscaban trigo en un triste trigal”, que ya era de nivel un poco más avanzado. “El arzobispo de Constantinopla está sin desarzobispoconstantinopolizar” ya era para nota. Pero el trabalenguas “cum laude” era, sin duda alguna “Por el río bajan tres tablas tarabincunticuladas, el destarabincunticulador que las destarabincunticulare, buen destarabincuntilador será”.

      A mí, la verdad sea dicha, nunca me han interesado las vidas de Santos, y mucho menos la de sus perros, tengan rabo o no lo tengan. A los tres tigres les comprendo perfectísimamente porque, con lo carnívoros y lo imponentes que son, tiene que resultarles de una tristeza insoportable, y humillante por añadidura, verse reducidos al lamentable estado de tener que buscar trigo en un trigal que, al parecer, ya era triste de por sí. También me pongo en el lugar de los arzobispos de Constantinopla. Ellos que van siempre hechos un primor, con esa especie de chistera con velo, tan adornados de medallones refulgentes de oro y de diamantes, que da gusto verles paseando Constantinopla para arriba y Constantinopla para abajo. Ni que decir tiene que tiene que darles una rabia horrorosa que llegue cualquier mindundi y les desarzobispoconstatinopolice, así sin más ni más, por la tontería de recitar un trabalenguas.


      Pero a las tablas tarabincunticuladas siempre les he visto más misterio. Yo no tengo ni la más remota idea de cómo se tarabincunticuliza una tabla, ni para qué, pero me las imagino a las tres bajando tranquilamente por el río, recién tarabincunticuladas. Y me imagino también al pérfido destarabincunticulizador acechando en la ribera con la siniestra intención de deshacer ese bonito espectáculo de las tres tablas bajando. Por eso me parece que destarabincunticulado es algo así como falto de armonía, caótico en una palabra.


      El caso es que ando con los nervios algo destarabincunticulados. Mi terapeuta, que por lo demás es muy competente y muy maja, está lamentablemente poseída por ese virus infernal del ejercicio y los paseos. Antes te quitaban de fumar hasta cuando llegabas al médico con un tobillo roto; ahora te mandan pasear. ¿Qué te duele la garganta? A pasear ¿Qué estás de los nervios? A pasear ¿Qué te has roto la crisma? A pasear. Así que, pues nada, que me han mandado pasear; y como soy muy disciplinado y muy bien mandado he salido de casa dispuesto a dar mí paseo terapéutico.





      El “casco histórico” de Renedo, con su enloquecido desparrame de hormigón y asfalto, no invita precisamente a pasear, y tiene el peligro añadido de que en todas las terrazas te encuentras con alguien conocido, lo que resulta una tentación demasiado grande para un paseador novato. Pero tenemos la opción de La Vega, que es pura naturaleza apartada del mundo y sus tentaciones.


      Desde mi casa, la forma más cómoda de acceder a La Vega es por la carreta del cementerio, cuya entrada principal está precisamente al inicio del camino. La conmovedora inscripción que adorna su frontispicio (“Aquí termina para los justos la vida de los disgustos”) le levanta a uno mucho el ánimo y le da fuerzas (espirituales) para seguir adelante. Al poco de iniciar el pequeño descenso que lleva al valle, me pareció escuchar a mis espaldas un ligero rumor, que se transformó en ruido y terminó en un estrépito tan escandaloso que pensé que en la División Acorazada Brunete se habían enterado de lo de mi paseo y me estaban dando escolta. Pero no, el estruendo procedía de una enorme pala excavadora que se dedicaba aparentemente a transportar pacas de hierba de un lado a otro. La razón por la que un vehículo tan descaradamente industrial estuviese dedicado a las humildes tareas del campo, es una extravagancia que no sabría explicar. Solo sé que marchaba a una velocidad tan rara que ni me adelantaba ni conseguía dejarla atrás, por lo que tuve que pasar mis buenos cinco minutos soportando ese martilleo infernal en los oídos.



      Pasado ese amargo trago seguí caminando rodeado de huertas y campos. Y de vacas. Vacas que a mi paso se pusieron a mugir de un modo muy amenazador. Nunca me he fiado de las vacas, que estoy seguro que pican, y no me hace ninguna gracia que se dirijan a mí a mugido limpio, como a punto de embestir. Para más INRI, que diría mi madre, poco más tarde pasé junto a un cercado lleno de ovejas, creo que eran ovejas, y todas ellas, una detrás de otra, me dedicaron una mirada y un balido. No pasa nada si a uno le bala una oveja, pero que lo hiciesen cinco o seis, y en perfecto orden, provocó en mi la sensación poco alentadora de que me estaban reconociendo como a uno de los suyos. Más adelante otro ruido, provocado en esta ocasión por dos tractores, de esos que tienen unas ruedas enormes, que parece imposible que puedan pasar por el sendero sin dejarnos hechos papilla en la cuneta. Con semejante cortejo llegué a una bifurcación por la que por suerte se desviaron los tractores, dejándome solo frente a una pequeña nave, vigilada por un raquítico perro ratonero que nada mas verme se pudo a ladrar hasta desgañitarse.Los perros tampoco me gustan mucho, pero esa no es razón para que aquel escuchimizado animalucho se pusiese a ladrar con una antipatía tan rabiosa y tan descarada.



      A esas alturas del relajante paseo mis nervios estaban a medio camino entre el colapso catatónico y el desparrame histérico. Solo a fuerza de lanzar horrendas maldiciones contra mi terapeuta, contra los defensores del deporte y contra toda la universal existencia en general, conseguí ir tranquilizándome poco a poco. Por añadidura me encontraba ya en pleno campo, sin vacas, sin máquinas, sin ruido… sin nada. Si los prados circundantes hubiesen estado cubiertos de florecillas silvestres, aquello hubiese sido una bucólica perfecta. Lamentablemente, aparte de algunos huertos de coles y repollos, lo único de lo que estaba salpicado el campo era de esos antiestéticos plásticos negros que se utilizan ahora para guardar las pacas de hierba. Pero por lo menos se podía pasear tranquilamente, aspirando el aire puro del campo. Aspiración que poco a poco fue empapando mi sensible pituitaria del inconfundible y repelente olor a silo. Resulta que las vacas, en su maldad, estaban comiendo esa repugnante hierba fermentada de una de las pacas de plástico, que estaba despachurrada y a su entera disposición. Las muy asquerosas comían aquella fetida bazofia con una deleitación que cualquiera diría que era caviar beluga, esparciendo al mismo tiempo el odioso aroma a los cuatro vientos.



      Acelerando el paso todo lo que pude, y reanudando mi sarta de maldiciones, llegué por fin a la carretera y al bendito asfalto, con sus civilizados efluvios de motor de coche. Pero todavía me esperaba lo peor, que es subir esa insensata rampa que los lugareños llamamos “cuesta de Caparrini”, y que mentira me parece que no esté incluida en el catálogo de los montes más inaccesibles, así como entre el Aconcagua y el Kanchenjunga. El único aliciente es que, poco a poco, van apareciendo muros de hormigón, edificios de viviendas y algún otro indicativo de que la Avenida Luis de la Concha, con sus benditas terrazas, está casi al alcance de la mano.
      Y mañana más.

domingo, 30 de octubre de 2016

BONJOUR CHISPESSE

           Tengo Entre mi gente más cercana a veganos, animalistas, activistas contra el maltrato y demás defensores de los derechos de los animales. A pesar de que algunas de sus posturas resultan algo radicales para mi gusto (la depredación, al fin y al cabo, es el es el motor de la naturaleza y de la vida)  la verdad es que simpatizo mucho con todos ellos, porque me parece vergonzosa la manera en que se martiriza a los animales, y a los humanos, a favor del sacrosanto consumo. Eso cuando no se les hace sufrir por mera “diversión”, protagonizando actos de auténtica barbarie con el único objetivo de reírse a costa del dolor y el miedo de unos seres indefensos. Pero, puestos a defender, no estaría mal que se defendiese a los pobres mortales que vivimos con mascotas, que también tenemos que aguantar lo nuestro. Yo propondría, por poner un ejemplo, una “Asociación para la defensa y protección de los humanos que viven con gatos que son como Chispas”. Está muy lejos de mi intención vilipendiar a mi pobre gato. No voy a negar todo el cariño y la compañía que me da, pero en el lote viene incluida toda una serie de manías y peculiaridades que ponen a prueba mi paciencia, mis nervios y mi  estabilidad emocional en general.



                El principal problema con Chispas es que  aborrece los adelantos de la vida moderna. Su innata elegancia felina y su antigua y misteriosa sabiduría casan mal con los artilugios, aparatos y dispositivos eléctricos y electrónicos. Tanto los detesta que algunas veces me pregunto si se habrá hecho Amish sin maullarme nada. Como yo tampoco soy muy moderno que digamos, nuestra convivencia resulta pacifica por lo general, aunque la postura de Chispas es tan intransigente que algunas veces surgen roces y desencuentros.

            Es justo que reconozca que esa progresofobia gatuna me resulta de gran ayuda en algunas ocasiones, sobre todo en la cocina. Don Gato siempre está rondando por la cocina cuando estoy haciendo la cena, a ver si cae alguna delicia extra por casualidad. Lo cierto y verdad es que casi nunca le cae nada, porque en sus hábitos alimenticios es tan extravagante como en todo lo demás: solo come pienso de gato, peladuras de tomate y gambas (y cualquier cosa que sea verde, excepto las espinacas). Ya estoy  resignado a que Chispas campe por sus respetos por toda la casa, faltaría más, pero  en la cocina resulta peligroso. Como anda siempre con tanto sigilo, tan sin hacer ningún ruido, muchas veces me encuentro con que está despatarrado en medio del suelo de la cocina y tengo que hacer mil malabarismos para no despachurrarle de un pisotón. Hace no mucho malabarismicé  tanto que terminé yo mismísimo  descalabrado en el suelo, después de medio desnucarme contra la mesa. Lo mejor para evitarme disgustos es sacar del armario cualquier aparto que se enchufe, da igual la  batidora, el exprimidor o lo que sea. En cuanto lo ve pone cara de espanto y se larga lo más deprisa que puede. Jamás de los jamases he usado yo esos artefactos para amedrentarle;  es su natural desconfianza hacia todo lo moderno lo que le pone en fuga, digo yo. Eso o que está loco como una cabra, que  también lo pienso algunas veces. Por desgracia  no siempre es tan fácil, y tan útil, manejar esa repulsión de Chispas hacia lo moderno.

                El teléfono, da igual fijo que móvil, es uno  de los enemigos viscerales de mi gato. En cuanto suena, se pone en guardia. Tumbado a mis pies y mirándome fijamente a los ojos, maúlla con toda su rabia en cuanto me pongo a hablar. No sé qué pasará por su maquinadora mente felina, pero me barrunto que lo que no soporta es que dedique mi atención a alguien que no sea ÉL, que hasta esos extremos de egotismo llega. Tanto miau ininterrumpido termina por sacarme de mis casillas y suelto un “CALLATE DE UNA VEZ” que deja perplejos, cuando no francamente ofendidos, a mis interlocutores y me obliga a dar las correspondientes explicaciones, perdiendo ya de paso el hilo de la conversación.

                Pero el adversario de Chispas por antonomasia, su más directo rival, es el ordenador. Eso de que yo esté sentado ante el teclado como un bobo, perdiendo un tiempo que podría  dedicar a   cepillarle, mimarle  o cualquier otro “arle” de los que a él le gustan, no lo puede sufrir. Se frota contra mis piernas una vez tras otra, se despachurra panza arriba para que le acaricie, me da golpes con la pata, maúlla…  me crispa los nervios. Algunas veces termino por sacarle de la habitación y cerrar la puerta, pero ocurre que Chispas no admite ver una puerta cerrada, eso nunca. Se podría pensar que esa intolerancia a las fronteras es un rasgo de progresismo, pero no. Lo que ocurre es que Su Majestad gatuna no consiente impedimentos a la hora de inspeccionar la casa de un rincón a otro. A puerta cerrada  el concierto de maullidos, lejos de remitir, aumenta considerablemente y cambia del tono lastimero al indignado. Lo único que se puede hacer es resignarse y esperar a que se vea arrastrado por su pasión favorita: dormir a pierna suelta.

               Si quiero sacarle completamente de sus casillas, lo único que tengo que hacer es ponerme a bailar. Porque yo, señoras y señores, algunas veces bailo en casa. Me doy cuenta de que es una actividad que se acomoda mal a mi edad y condición pero, que queréis, de vez en cuando me mola ponerme música de los años ochenta y dislocarme un rato. Estos frenesíes discotequeros para Chispas son el acabose de lo inaceptable. Maúlla, salta, me muerde el pie, se me enreda entre las piernas con gran riesgo para su integridad física y la mía… No lo soporta. Si la música la escucho por youtube la irritación se le transforma en  histeria gatuna pura y dura, porque al agravio del baile se une el de usar el ordenador que, como he dicho, no le gusta un pelo. A pesar de lo molesto que resulta bailar con un gato cabreado rondándole a uno e intentando arañarle, tengo que reconocer que esa actitud dice mucho del gusto estético de Chispas, porque tiene que ser un espectáculo lamentable ver a un cincuentón barrigudo  mientras mueve la pierna, mueve el pie, mueve la tibia y el peroné, y vestido con ropa de andar por casa por añadidura. Pero esa delicada sensibilidad artística no justifica ni aminora los efectos de la rampante intolerancia de Chispas a la informática.




                La única concesión de mi gato a los inventor modernos es BabyTV. Para quienes no lo conozcan diré que BabyTV es un canal de televisión infantil, bastante ñoño y aburrido, que se pasa el día poniendo dibujos animados de animales “simpáticos”, niños “encantadores” y prados llenos de flores con un Arco Iris de fondo. Todo ello muy de colorín colorado y acompañado de melodías relajantes y piezas de música clásica. Es, en definitiva, políticamente correcto hasta la nausea. Lo es hasta tal punto que dudo muchísimo que ningún niño normal y en sus cabales aguante más de cinco minutos viéndolo. Bueno, pues a Chispas le fascina. Es sintonizar el canal y quedarse como hipnotizado. No diré que se pase horas mirando la pantalla, porque él es incapaz, salvo de madrugada, de pasar más de media hora despierto. Pero esa media hora se la pasa sentadito en el sofá sin perder ripio. Así de excéntrica es la criatura.

                Para Chispas la felicidad completa es tumbarse a mi lado cuando estoy leyendo. Se acurruca a mi lado, posa la cabezuca en mi brazo y se queda dormido como un rorro el tiempo que haga falta. Quizás sea más sensato de lo que yo creo.